Por: Jorge Omar Escudero

Las generaciones futuras querrán comprender la increíble aventura de Hitler. Pero la explicación es difícil porque el análisis debe desenvolverse sobre niveles muy diferentes. Tenemos en primer lugar, el carácter del hombre: paranoico, con una personalidad profundamente contradictoria y compleja, que sólo parece encontrar una coherencia interior en la voluntad de poder.

Algunos han querido ver en el trastrocamiento de los valores, con el cinismo y la insensibilidad consecuentes, la expresión de una moral esotérica o de una nueva cosmología, privilegio de unos pocos iniciados. La verdad es tal vez más simple: desclasado, lobo entre los lobos, supo aprovechar hábilmente los escrúpulos y las contradicciones de sus adversarios. Más que un fanático o un iluminado, Hitler es un ser racional, calculador y comediante. Esta constante mezcla de cinismo y fraseología idealista, de valores irracionales puestos al servicio de cálculos oportunistas, de intuiciones casi femeninas, oscurecida por tabúes, prejuicios e ignorancia, explica quizá la fascinación que el hombre ejerció sobre sus contemporáneos. ¿Pero hacia dónde tiende esta voluntad de poderío, desde el momento que no está al servicio de una ideología ni de una satisfacción personal? La feroz avidez de este arribista trasunta el egoísmo más monstruoso. Pero Hitler es más que nada un mito, el del Führer infalible y omnipotente. Nosotros sabemos lo que vale en realidad esta imagen. Su existencia se debe al hábil empleo de todos los resortes de la propaganda hablada, escrita, grabada, fotografiada, filmada. Pero el hombre se identificó poco a poco con el mito del que se servía. A partir de 1938, la lucidez lo abandona; ya no puede escapar a la megalomanía. Se instaura la confusión entre el frío análisis de la realidad que le permite gobernar y la figura del jefe con la cual

gobierna. La satisfacción de la sed de poderío hace surgir en él una necesidad de dominio aún más grande y, lentamente, el equilibrio quizás excepcional de estas facultades contradictorias se despedaza. Entre el fantoche de carne y el mito de acero, hay sólo relaciones fugaces a partir de 1943.

Y es ese el momento en que el Führer deja de mostrarse a su pueblo.

El antisemitismo fue la obsesión dominante de su vida. ¿Provenía de sus ansias de poder o del temor a ser asimilado al pueblo judío, como quizás le sucedió en Viena?

Estas dos explicaciones que no se contradicen, no son tampoco suficientes. Si él no había concebido desde el comienzo aquella “solución final” que Eichman fue encargado de realizar, la guerra, multiplicando sus sueños de grandeza y las más absurdas posibilidades, lo conducirá a concebir y ejecutar el genocidio. Y también en este caso, la locura vencerá sobre la lucidez, porque para conducir a los judíos al exterminio se emplearán camiones y bencina que eran desesperadamente necesarios en el frente ruso.

Pero Hitler no es todo el nazismo. Junto a él, está el pueblo alemán y se nos plantea el problema de su culpabilidad. El nazismo, ¿es sólo una consecuencia de la crisis de posguerra o tiene sus raíces en toda o en parte de la historia alemana? Sí seguimos la primera hipótesis deberemos preguntarnos por qué la crisis no generó otros regímenes nazistas y por qué el fascismo italiano, que también fue una dictadura demagógica e irracional en una sociedad racionalmente organizada, no dio los mismos resultados.

Estamos obligados a reconocer, en el curso de la historia alemana, desequilibrios y fracturas internas que ya dejan entrever la catástrofe, como lo ha demostrado brillantemente Alexander Abusch en su obra “El camino equivocado de una nación). Al comienzo del siglo xx, la Alemania del Káiser da, en efecto, esa impresión de delirio de poder, es decir, la impresión de una nación en la que el desarrollo político y ético no ha estado a la par de un prodigioso desarrollo técnico.

Los alemanes pueden aducir el impacto de una derrota y el abatimiento provocado por la crisis. Pero estos hechos por sí solos no hubieran sido suficientes para hacer triunfar al nazismo. Es verosímil entonces que, bajo cierto aspecto, el nazismo no sea un producto de exportación. Esta culpabilidad

tampoco puede limitarse a los grupos y hombres cuya responsabilidad directa es bien conocida. Todo el pueblo alemán y en particular las masas pequeño-burguesas con su pasividad y su falta de estabilidad política, fueron las presas elegidas por la demagogia nacional-socialista. En este sentido, el triunfo de Hitler hace resaltar todas las deficiencias de la democracia y de los demócratas de Weimar. Vino después la complicidad extranjera, los ambientes financieros anglo-sajones, la alta burguesía francesa inquieta bajo el frente popular —hubiese preferido a Hitler antes que a Blum—,

Stalin que sacrificaba Alemania y la revolución para consolidar su poderío en la URSS. Gran parte de Alemania conocía todas las atrocidades nazis. Si calló, como por ejemplo ante la cuestión judía, ¿no fue quizás porque su historia y su elección, en el fondo, se inclinaban en el mismo sentido?

No obstante, la opinión pública pudo detener el exterminio de los enfermos mentales durante la guerra; pero también es verdad que aquellos enfermos eran arios . . .

Hitler no aparece sólo como el mago de los sentimientos populares, ni como el títere de grupos cultos. Para que triunfase fue necesario el encuentro de determinados elementos: por una parte, una personalidad vulgar pero dotada, que supo explotar el momento, y por otra, una situación social e histórica propia de Alemania, una sociedad burguesa en crisis y una civilización profundamente dividida.

La experiencia nazi, aun en sus excesos, realiza en el corazón de Europa una tentación fáutica; por lo tanto plantea, no sólo un interrogante siempre actual sobre nuestros valores políticos y económicos, sino que obliga a un reexamen inquietante sobre el sentido de nuestra civilización.