Artículo por: Artículo por Revista Primera Piedra Nº 832 | May 27, 2019

La clase media ha sido motivo de debates importantes desde el siglo pasado. En realidad, si a otros no se les hubiese ocurrido hablar de ricos y pobres; de burgueses y proletarios o, simplemente de lucha de clases, probablemente lo de la clase media hubiese permanecido en un lugar muy secundario de las discusiones.

La clase media cumple muchas funciones en los discursos de la clase política (¿podremos llamarles así?). La primera es mostrar que entre los pobres y los ricos hay muchas posibilidades y que todos pueden ir subiendo… poco a poco. Diversos sociólogos, especialmente norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX, hicieron largas listas de clases sociales que correspondían a las diversas funciones que las personas podían ocupar en la sociedad.

Otra manera de definir las clases sociales es dividir a la población por tramos de ingresos. Este ejercicio podría tener tantas clases como tramos. Cien tramos de ingreso (percentiles); diez tramos (deciles); o, más corto aun, con los quintiles que, por ejemplo, tiende a presentarse en los resultados de la encuesta CASEN. Si se divide la población, por ejemplo, en 10 tramos se podría decir que el grupo medio es el 5 o el 4, 5 y 6. Si se quiere ampliar -por razones obviamente arbitrarias- se podría decir que la clase media va del 2 al 9 lo que hace que, por arte de magia, la clase media sería el 80% de la población.

Si se quiere dividir las clases por patrimonio el ejercicio sería de igual naturaleza y arbitrariedad. Ahora, si se quiere definir de manera ligeramente más subjetiva, es decir, preguntándole a las personas si se sienten de clase media podría llegarse fácilmente a más del 90% de la población. El presidente Piñera con un patrimonio de algunos miles de millones de dólares declaró ser de clase media. Con esta medida, la clase alta estaría apenas compuesta por unas 20 personas (unas 3 o 4 familias que tienen más dinero que el Presidente), lo que es ridículo.

De otro lado, ser de clase media se convirtió en una buena manera para escapar del estigmatismo asistencialista que acompañó a la calificación de “pobre” por el neoliberalismo. Los ideólogos de la focalización de la asistencia social durante la dictadura pinochetista, inspirados en las políticas de entonces del FMI y del Banco Mundial, se regocijaban de tanta eficiencia en el gasto público. Los resultados estuvieron a la vista. La década de los 80 en Chile y América Latina se llamó la década perdida porque, de punta a punta, fue de crecimiento cero.

Los grandes perdedores, justamente, fueron esa clase media que se empobreció, se le exigió pagar educación, salud y se le encarecieron los servicios básicos. Al final lo que parece claro es que entre los primeros 95 centiles como se observa en el gráfico hay un continuo de ingresos en que algunos ganan un poquito más que otros pero no hay que descuidarse porque basta que alguien pierda su empleo para que baje 20 o 30 escalones en el gradiente social que muestra el gráfico.

Asimismo, una enfermedad cara (catastrófica) puede obligar a que una familia pierda todo su patrimonio (que en la enorme mayoría de los casos consiste cuando más en la vivienda cuyos dividendos se pagan durante 30 años con dificultad).

Esa clase media que imagina el Ministro Moreno con varios autos y casas en la playa por familia, solo muestra su profundo desconocimiento del Chile real en que el 60% de los trabajadores gana menos de 500 mil pesos.

Cierto, ya no somos el país de alta mortalidad infantil ni de personas que no comen o no logran enfrentar el frío invernal, pero los desafíos del siglo XXI son otros. Las reivindicaciones de la clase media (¿el 95% de la población?) no son diferentes entre los de más arriba que entre lo de más abajo. Todos necesitan poder asegurar educación gratuita y de calidad para sus hijos; todos necesitan acceso oportuno, de calidad y con protección financiera en salud; todos necesitan pensiones dignas; todos necesitan viviendas dignas; todos necesitan protección ante la delincuencia y los abusos; todos necesitan apoyo en caso de cesantía.

Los que pueden sentirse indiferentes si esto no existe por su riqueza, difícilmente superan al 5% de la población y, justamente, son los que menos aportan, proporcionalmente, a resolver los problemas de la clase media.

Presidente, si quiere llamar a sus propuestas clase media protegida y ser coherente debe plantearse políticas universales –para todos- en las áreas que se han señalado.

Fuente Análisis Semanal Revista Primera Piedra Nº 832

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