Artículo por: Revista Primera Piedra Nº 774 | Abr 16, 2018 | Por Daniel Fortin Les Echos

Nos acostumbramos a todo en Francia. Este 2018, por ejemplo, hará exactamente 44 años desde que el estado francés está en déficit. Ningún gobierno ni de izquierda o derecha ha podido, sabido o querido romper con la adicción que nos lleva, presupuesto tras presupuesto, a financiar nuestro crecimiento con préstamos. Es así que, entre 1980 y hoy, nuestra deuda pública ha aumentado de 20% a casi el 100% del PIB. En medio de una indiferencia casi general. De hecho es una particularidad francesa: llueva o truene, sea en crisis o en aguas tranquilas, se deja avanzar nuestra deuda pública con una tranquilidad que deja perplejo.

En ningún momento, ni siquiera en período de crecimiento donde el ejercicio sería más fácil, se plantea el tema de reducir nuestra deuda (Más de 2.000 billones de euros) Y qué? Sí, el número es tan enorme que se convierte en abstracto y se continúa ignorándolo tal que la opinión pública ni se mueve. En realidad si vivimos por tanto tiempo en este ciclo de endeudamiento creciente sin que nada grave nos sucede para que preocuparse!!! Así la deuda no es un tema electoral sino más bien una palanca fácil de usar.

Pero debemos ser honestos. Francia no tiene el monopolio de las economías impulsadas por la deuda. La indiferencia de los líderes – políticos y económicos- de vivir a crédito sin preocuparse por el daño infligido a las generaciones futuras es incluso una actitud ampliamente compartida en el mundo. Este es el interés del trabajo colectivo que publica este mes el Cercle Turgot2, un centro de reflexión y análisis financiero. Este think tank primero tiene el mérito de recordar algunas figuras edificantes. La deuda pública primaria de los países desarrollados y en desarrollo en la actualidad es de 200 billones (millones de millones) de dólares, tres veces el PIB mundial, según Jean- Jacques Pluchart.

Esto muestra que, de alguna manera, en esta área, los keynesianos ganaron la batalla de las ideas contra los liberales. Los primeros consideran que “el endeudamiento del Estado contribuye al desarrollo económico de la Nación”, mientas que los liberales lo culpan de “desviar el ahorro privado de la inversión productiva”, retardando la creación de empleo.

Pero el fervor colectivo por la deuda no es solo una cuestión de doctrina. Sea testigo el ejemplo de los Estados Unidos. Incluso en la tierra del liberalismo desenfrenado, la deuda es muy natural. El primer gobierno federal elegido por la Constitución en 1789 tomó el liderazgo del estado con una deuda que ya alcanzaba el 30% del PIB. Una situación nacida de la incapacidad en ese momento de elevar el impuesto en un país aún fragmentado. Esta herencia cultural sigue siendo hoy un fuerte marcador de la conciencia estadounidense.

Bajo el efecto de los recortes de impuestos, los planes de reactivación o el gasto militar, la deuda no se ha detenido. La prodigiosa indiferencia global por la deuda se amplió de $ 3,3 billones en 2001 a una asombrosa cifra de $ 20 billones de dólares en 2017. Y, al igual que sus predecesores, Donald Trump nunca ha expresado su intención de abordar el problema. Sin duda, esto es lo más fascinante en esta revisión histórica y global de la deuda propuesta por el Círculo Turgot. Si se han ideado muchas medidas para hacerla sostenible, nada, o muy poco, se ha hecho para imponer realmente una contención o reducción de la deuda.

A medida que aumentó la deuda y las crisis que causó en los países asiáticos en 1997, en Argentina (ocho incumplimientos) o más recientemente en Grecia (2010), la deuda y sus excesos provocaron normas internacionales que imponen la austeridad y la ortodoxia fiscal a los países que fueron víctimas (consenso de Washington de los años noventa). Pero nada que pueda obstaculizar su tremendo progreso. La culminación de esta casi negación del problema se alcanzó después de la crisis de 2008. Grandes capturas de recompras de títulos públicos en el mercado de bonos, los principales bancos centrales mundiales, la FED primero en los Estados Unidos, el BCE luego en Europa, han estado trabajando para monetizarlos, reduciendo masivamente el costo de la deuda soberana de los estados al provocar una caída en sus tasas de interés.

Esta colcha monetaria ha tenido el mérito de anestesiar temporalmente los efectos de la gigantesca deuda global en los presupuestos de los Estados. También levantó cualquier inhibición, si todavía existía, en la continuación de la carrera crediticia. ¿Qué pasará cuando las tasas de interés vuelvan a subir? ¿Y qué mecanismos tendrán las autoridades para lidiar con una posible nueva crisis cuando todas las herramientas parecen haber sido utilizadas?

Esta es la “despreocupada preocupación” del momento.

CARTAS Y COMENTARIOS

Primera Piedra es un muy buen medio de análisis político. Escriben personas de claro peso académico. Rómulo Pardo Silva

Les escribo para decir lo que ustedes seguro saben y han elegido. Su campo amplio es la política en la marco de la realidad chilena y mundial de hoy. Las dificultades y vías del reformismo.

En realidad esa elección corresponde a una verdad, a corto plazo, y resulta aceptable en la opinión pública. Más lejos, grave, estructural, es la crisis de la civilización empresarial actual. No hay planeta para el productivismo y consumismo que persigue también el progresismo.

Este encuadre es a contracorriente pero lo necesario ya desde hoy como construcción de ideas, programa y acción.

Muchas gracias por su envío que seguiré leyendo con interés. Saludos.

Fuente Análisis Semanal Revista Primera Piedra Nº774

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