Artículo por: Revista Primera Piedra Nº 829 | May 06, 2019 | Por Enrique Ceppi

El fallido golpe de estado en Venezuela del pasado 30 de abril, fraguado por Estados Unidos y llevado adelante por Juan Guaidó y Leopoldo López, dejó nuevamente al desnudo la fragilidad de la opción derechista en ese país. La derecha venezolana se quedó sin sustento político y ha estado controlada por los sectores más reaccionarios, tributarios de Washington, desde que Hugo Chávez llegó al gobierno en 1999 e inició las trasformaciones que incorporaron a las masas populares, hasta entonces excluidas, en la repartición de la renta petrolera. La derecha venezolana – tal como la chilena – es capaz de avalar cualquier aventura que les permita volver al tomar el control del país y beneficiarse del maná petrolero. El intento golpista del 30 de abril no es el primero ni será el último.

El fracaso del golpe de estado no cambia algo evidente. Venezuela se encuentra en una crisis política, económica y social profunda. El gobierno de Nicolás Maduro ha perdido el control de la situación y cada día improvisa para mantenerse a flote. No se sostienen las escusas del bloqueo de Estados Unidos y del sabotaje de los empresarios para explicar la crisis económica. Solo hasta hace un par de meses el país del Norte seguía siendo su principal cliente y en Caracas prospera una nueva clase empresarial al alero de los contratos con el Estado.

Dentro de todos los matices que tiene el régimen iniciado por Hugo Chávez, las características que han predominado hasta hoy son el nacionalismo fraguado en los cuarteles militares y la vocación distributiva que garantizaba a todos los venezolanos recibir su parte de las riquezas naturales del país. Pero, lo que Chávez no logró mientras vivió, no lo conseguirá Nicolás Maduro ni ninguno de los dirigentes actuales. Chávez no fue capaz de “sembrar el petróleo” y superar el sistema económico extractivista basado en la exportación de materias primas. También fracasó en poner freno a la endémica corrupción que corroe todos los estamentos de la sociedad, y, por último, Chávez profundizó el modelo político caudillista que socava las organizaciones de base y los movimientos sociales.

No hay escusa aceptable para haber llevado a Venezuela a la situación actual, con una economía estancada, inflación descontrolada, delincuencia desbocada, emigración masiva, mercado negro reinante, todo ello en un país que tiene las mayores reservas de hidrocarburos, recursos hídricos en abundancia, minas de oro y diamantes, pesquerías y un clima que permite dos o más cosechas al año.

El gobierno de Nicolás Maduro no solo ha contado con las riquezas naturales de Venezuela, también ha tenido el apoyo de aliados internacionales no menores. Los apoyos de Rusia y la República Popular China deberían ser suficientes para contrarrestar el bloqueo de EE.UU. Pero el problema no es ese, el problema es que Maduro no gobierna Venezuela.

Con la llegada de la ultraderecha al gobierno en Washington las cosas empeoraron para Maduro y los chavistas. No cabe duda que la amenaza de abierta intervención militar es real, sin contar que las otras formas de intervención están todas en operación. Estamos viviendo el triste y lamentable espectáculo de los gobernantes chilenos bailando al ritmo de la música de Donald Trump, como en los viejos tiempos de la guerra fría cuando se dictaba la Ley Maldita o se rompían las relaciones diplomáticas con Cuba.

En las manifestaciones de la derecha en Caracas han aparecido las banderas de EE.UU., la respuesta de Nicolás Maduro ha sido encabezar una marcha de militares.

Nunca es tarde para enmendar el rumbo. La respuesta que esperamos los amigos del pueblo venezolano, la respuesta que esperamos los defensores de la democracia, es un llamado al diálogo de todas las fuerzas disponibles para respetar la soberanía venezolana y su derecho a la autodeterminación. La tarea en Venezuela es aislar a la derecha golpista y abrir espacio para las fuerzas organizadas de la sociedad civil y los movimientos de base.
La lenta agonía de Venezuela solo tendrá fin cuando se abra espacio para la política, para las ideas, para la democracia.

Fuente Análisis Semanal Revista Primera Piedra Nº 829

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