Foto: Regeneración, 25 de octubre del 2019

Y la multitud de pronto harta de abusos, de postergaciones, de indiferencia, de exclusión, de ninguneo, de abierta burla a sus demandas…, aparentemente “de la nada” estalla en explosión social y nos deja, y nos mantiene, con la boca abierta. La notificación en todo caso estaba, ignorada pero estaba, latente y sabida por demás: salario mínimo, salud y medicinas, jubilaciones, costo de la vida, pasajes de locomoción, desigualdad…y etcétera…y etcétera… lo que, para las clases dominantes a todas luces, era preferible esconderla bajo la alfombra y, con las mejores razones y seducciones apretar el cinturón al próximo descanso que este pueblo y su actual símbolo de exportación, la impecable barbie neoliberal, soportaba todo como tantos otros mitos del pasado: “los ingleses de América”, “roto patiperro”, “roble pellinero”, “perejil sin hoja”, “carne de perro”, sin ánimo de mencionar otros menos felices de antaño como el “carácter democrático” de nuestros institutos armados, de caro costo social.

Lo cierto es que no escuchamos ni percibimos la profundidad ni la magnitud del malestar tanto tiempo comprimido al fondo de la olla popular, y síntomas habían y venían, el más emblemático el Instituto Nacional, que se volvía nebuloso e incomprensible, diez, veinte gatos, poniendo en jaque un establecimiento republicano con más de 200 años y más de 4000 educandos, una y otra vez. Según algunos, y de acuerdo a teorías conspirativas, este colegio habría sido el laboratorio de prueba de esta asonada nacional, fabulación que sin duda excede por lejos las capacidades del supuesto grupo conspirador, pero otorga alivio y da un respiro al teorizador, mezquino, pero respiro al fin. Otros, u otro por ahí deslizó que tras esta violenta castaña se escondía la mano del gato del comunismo internacional, lo cual a todas luces resulta inverosímil, y sólo se entiende como el destello residual de un fantasma alojado en una psiquis senescente. Y síntomas había, en las barras bravas de uno y otro color, en los universitarios contrafuertes católicos y cordilleranos de San Carlos, y en el prestado y azul estadio de Ñuñoa, y también en el populoso Monumental, pero no quisimos escuchar, o escuchamos a medias, lo que convenía al momento electoral y el resto para después, para después, treinta años para después. Y ahora cae la teja, o el pesado tejo rayuelero de la realidad, y nos sorprenden con que ahora es después, y tenemos acumuladas tal cantidad de demandas, que no sabemos ni por dónde empezar. Y no hay más respuesta que llamar a la calma y a la unidad nacional, para dar curso a una compleja sesión legislativa para derogar el aumento de los insignificantes 30 pesos del pasaje de transporte, que fue la gota que colmó el vaso, pero el líquido pesado y espeso sigue allí, una borra sucia de treinta años que, sin un auténtico desprendimiento y generosidad, de verdad, sin un auténtico abandono de prejuicios y dogmas, económicos y políticos, no habrá forma de iniciar un diálogo integrador y transversal ante lo que podríamos catalogar como el fin del pacto transicional, y abordar un nuevo pacto social que, si todo cambia para que todo siga igual como indica el manual del gatopardo, difícil que tenga éxito, e incluso, aunque se asuma un nuevo pacto social, resulta complejo imaginar el nuevo pastel con los mismos degustadores.

Fuente Análisis Semanal Revista Primera Piedra Nº854

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