Rodrigo Quesada Monge

Editorial Universidad Nacional

Costa Rica

2000

HEROISMO CONTRA GLOBALIZACION: EL EJEMPLO DEL CHE GUEVARA *

PRESENTACION

“Vivir es darse, creía; y se dio”. Eduardo Galeano

 

Ernesto Guevara de la Serna (1928-1967) con su muerte es motivo de inspiración para muchas personas. Pero, como es frecuente en estos casos, a veces no sabemos por qué. Tal ha sido la magnitud mítica que adquirió durante los últimos treinta años la figura de este hombre noble y generoso que fue Ernesto, el Che Guevara.

¿SERA CIERTO QUE EL MITO TERMINO ENGULLENDOSE A LA PERSONA?

En esta ocasión creemos que es conveniente recordar y reflexionar sobre tres de las grandes lecciones que nos dio y dejó el Che Guevara con su vida ejemplar. Se trata de una enseñanza teórica, de una enseñanza moral y de una enseñanza muy práctica como veremos. Las tres tan bien imbricadas que sólo podemos pensar en todo lo armoniosa que fue la vida del Che. Un hombre completo: nada le faltaba ni le sobraba. Se trata del mejor ejemplo que cualquiera puede escoger, para indicar a nuestros hijos, nietos y estudiantes, lo que debe hacerse para combatir la globalización.

  1. El Che Guevara enriqueció y mejoró notablemente la práctica del antiimperialismo en América Latina. A la par de la herencia de Simón Bolívar, José Martí, Augusto César Sandino, Farabundo Martí, y muchos otros grandes luchadores en América Latina, Guevara nos amplió con su ideario muy personal esa luminosa tradición antiimperialista latinoamericana.
  2. El hombre nuevo que proponía Guevara, representaba una totalidad moral decisiva para los nuevos proyectos políticos que se anunciaban en América Latina con la Revolución Cubana.
  3. La vía armada para la consecución de los objetivos políticos y sociales de la revolución socialista en América Latina, con el Che adquirió toda su verdadera potencia y exhibió también sus serias limitaciones.

Este capítulo trata sobre estos tres asuntos, ya que en la actualidad en nuestros países, pareciera que nos hemos quedado sin héroes para enfrentar la estrategia de la globalización, tan bien perfilada por un imperialismo que se siente todopoderoso y prepotente, pues cree que se ha quedado sin oponente. La figura del Che Guevara es un diáfano mentís a esta arrogancia.

IMPERIALISMO y ANTIIMPERIALISMO EN EL PENSAMIENTO DEL CHE GUEVARA

Si alguna enseñanza nos legó Ernesto Guevara es cómo se practica el antiimperialismo en América Latina. Para ello, era necesario estar muy bien informado sobre las aspiraciones y los proyectos del imperialismo.

Guevara conocía a la perfección el amplio rango de las acciones del imperialismo norteamericano. Y como buen leninista, siempre buscó contrastar la teoría con los efectos de la realidad. Esta finalmente lo frustraría, pero nos heredó con ello una lección de extraordinaria utilidad: las posibilidades y limitaciones de la teoría vienen definidas por los caprichos de nuestro mal o buen entendimiento de la realidad.

En esas condiciones no era posible hacer buen antiimperialismo, si el imperialismo con frecuencia demostraba que tenía un violentísimo control de la situación latinoamericana. Puesto que, casi desde 1817, cuando los problemas con México se inician, los Estados Unidos nunca habían dejado de imaginar una América totalmente unida, sujeta a su intransigente manipulación política y militar.

Para el Che Guevara, entonces, sólo había un enemigo: el imperialismo norteamericano. Ahora bien, pudieron presentarse diferencias de naturaleza diversa con la dirigencia de la Revolución Cubana, respecto a la mejor estrategia por seguir para combatirlo, pero el objetivo estaba muy claro: la voracidad del capitalismo de los Estados Unidos era tal, que no era razonable enfrentarlo solamente en el nivel militar, sino también había que dar la lucha en varios otros frentes al mismo tiempo. Ese era el caso como enfrentarían el chantaje y la deshumanización que experimentaban los latinoamericanos casi desde la misma inserción histórica de la idea de América. Junto a la respuesta militar, tendría que darse también una respuesta cultural y económico-social. Este último tipo de respuestas son las que aún no dan todo lo que podrían en América Latina, como se ha expuesto en los capítulos anteriores.

Para el Che estaba claro que el imperialismo apuntalaba una forma de practicar el capitalismo, que dejaba esencialmente sin protagonismo a los pueblos de América Latina. El imperialismo norteamericano había llevado hasta sus últimas consecuencias esta situación. El escenario que los Estados Unidos lograron levantar en el mundo capitalista después de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), hacía un triste honor a las intuiciones teóricas de Smith, Ricardo o Marx. Ellos nunca imaginaron un poder capitalista de esas dimensiones. En este sentido, la guerra fría vino a ser única- mente una excusa. El totalitarismo soviético fue demasiado conservador la mayor parte del tiempo que estuvo vivo y, con frecuencia, entró en serios desacuerdos con los líderes de las revoluciones poscoloniales.

El Che Guevara se dejó seducir por un antiimperialismo que tenía mucho de Mao pero más de Bolívar, mucho de Lenin pero más de Martí, mucho de Marx pero más de Fidel. Al fin y al cabo, se trataba de un antiimperialismo que tenía dos fuentes de provocación incuestionables: un imperialismo feroz e implacable, el norteamericano, y las dudas de una maquinaria soviética tibia y temerosa de las fuerzas que podría desatar en el Tercer Mundo.

El imperialismo para el Che Guevara era sobre todo un capitalismo que no da tregua en la explotación y humillación de los pueblos pobres del planeta. Su antiimperialismo, entonces, está en relación directa con esa postura. Sólo se puede hacer antiimperialismo cuando se aspira a erradicar la pobreza que trae consigo el capitalismo. No se hace antiimperialismo “dignificando” dicha pobreza con reformas superficiales y volátiles. Aquella sólo puede arrancarse de raíz con la instalación del socialismo, de tal forma que la única manera de combatir el imperialismo es con el ideario del comunismo revolucionario, que terminaría por construirse con la violencia armada de los pobres.

Existe un tratamiento, sobre todo político, del problema del imperialismo en las ideas del Che Guevara. Las razones y explicaciones económicas o puramente teóricas del mismo asunto no están muy bien elaboradas. Resulta que las lecturas del Che, así como la mayor parte de sus escritos, no están articulados con propiedad a un proyecto teórico de economía política. El Che es en esencia un hombre práctico, tanto su cultura política, como su aprendizaje de las ciencias sociales, fueron adquiridos en la brega de la lucha guerrillera. Lee, escribe y estudia con un fusil al hombro. Por eso su antiimperialismo a veces pareciera deberle poco a mucha gente. Lee muchos libros pero profundiza con dificultad. Su educación científica se resiente de su formación y lucha política. De ahí que le resultara intolerable la labor administrativa en la esfera de los negocios. Siempre se sintió incómodo al frente del Banco Nacional y del Ministerio de Industrias cubanos.

El Che Guevara era de los hombres que creían que el imperialismo no estaba configurado sólo de expansionismo colonialista. En general, quien tiene poca educación histórica o económica, tiende a confundir con mucha facilidad imperialismo con colonialismo. y una de las tres profesiones del Che Guevara, como dicen algunos escritores cubanos, después de la de médico y guerrillero, era la de economista. Sin embargo, eso no implica necesariamente que su manejo de la economía política fuera lo sólido que se requería para innovar en los aspectos teóricos del imperialismo. Debido a un falso purismo doctrinario, algunos intelectuales latinoamericanos tratan de pintar a Guevara como si fuera el genio teórico que nunca quiso ser. Su interés por la economía fue siempre práctico, buscaba respuestas para los problemas que la realidad diariamente le ofrecía. Jamás aspiró a ser un ” creador” intelectual.

La Revolución Cubana fue, precisamente, la que obligó al Che a invertir largas y agotadoras jornadas de estudio sobre economía política. Guevara llega, entonces, al pensamiento antiimperialista por la vía más dura, por medio de la lucha guerrillera y de una formación política diseñada en las selvas de América Latina y África. Sin duda, este tipo de antiimperialismo no sigue muy de cerca a los grandes textos de Hobson, Lenin, Luxemburg, Sternberg, Bukharin, Grossmann y otros del mismo estilo. No citamos a Marx, porque nunca escribió nada sistemático sobre el imperialismo. Lo más que alcanzó a realizar fue su crítica a la teoría del comercio internacional de Smith y Ricardo, lo que luego le facilitó a Lenin, en gran medida, su propia visión del problema del imperialismo. Pero no es Marx el creador del concepto ni de nada que se le parezca.

El antiimperialismo de Guevara reposa más en la fiera tradición latinoamericanista de lucha, que tiene en Bolívar y Martí a dos de sus más grandes representantes. El salto hacia las ideas de Frantz Fanon fue fácil en esas condiciones, porque el antiimperialismo del ilustre luchador argelino, tiene un decisivo componente étnico que a Guevara no se le podía escapar.

De esta manera, nos resulta muy sencillo sostener que Guevara tendió un puente indestructible entre antiimperialismo e intemacionalismo. Con dificultad a partir de sus enseñanzas, podremos olvidarnos de que a los pueblos pobres no sólo los liga la explotación, sino también componentes étnicos y culturales ineludibles.

Sus luchas en Guatemala, el Congo, Cuba y Bolivia, harían del Che uno de los pensadores antiimperialistas más consecuentes de que se tenga memoria en la historia reciente de América Latina. Con Mariátegui y Fidel en sus flancos, el Che pudo ver más allá de la rigidez estalinista. Por ello comprendió con supina claridad que el” socialismo en un solo país” era una promesa que no conduciría a ninguna parte, a no ser a la debacle de la que hemos sido testigos en años recientes.

En la historia de las revoluciones, concebidas como épocas, y no simplemente como ciclos o espasmos coyunturales, siempre existió la necesidad de parte de algunos intelectuales y políticos de llevar estas experiencias a otras latitudes. La Revolución Francesa tuvo a Napoleón para ello. Trotsky jugó un papel similar en el caso de la Revolución Rusa. El Che Guevara quiso llevar también su intemacionalismo hasta sus últimas consecuencias, y lo logró. Pero siempre las fuerzas de la reacción intentaron oponer todo tipo de obstáculos a estos capítulos revolucionarios. Eso fue Waterloo y el Congreso de Viena para Napoleón; eso fue México para Trotsky; lo mismo Bolivia para el Che.

Finalmente, nunca acabaremos de comprender por qué los triunfos parciales y transitorios del imperialismo, alguna gente los asume como definitivos, si persisten en desconocer que las enseñanzas de hombres como el Che, Trotsky o Fidel no se agotan en el enfrentamiento de trinchera o en el estrecho perímetro de un escritorio. Esto es verificable, si nos percatamos a tiempo que las ideas y prácticas antiimperialistas siguen vigentes, tan frescas y contundentes como cuando fueron originalmente formuladas. Porque la lección más contundente del Che a este respecto es que el antiimperialismo nunca dejará de existir mientras perviva un sistema económico que reduce su accionar al más primitivo de todos los dispositivos imaginables: el poder del rico contra el pobre. No por coincidencia es este dispositivo el que ha movido el sistema capitalista mundial desde hace quinientos años. Una situación tan sencilla como esta requiere un gran esfuerzo para que cierta gente la entienda. Como cuesta entender también que es posible una sociedad diferente. Ese proyecto pedagógico le tomó la vida a Ernesto Guevara.

LA UTOPIA DEL HOMBRE NUEVO

El Che Guevara era un soñador. Una afirmación como esta puede significar muchas cosas. Podemos estar mencionando que se trataba de un loco o de un iluso. En ambos casos el hombre sale intacto. ¿Por qué? Porque el loco y el iluso son los únicos capaces, muchas veces, de operar los cambios que son requeridos en determinadas situaciones de la vida.

Posiblemente, la condición de revolucionario exija de nuestra parte que seamos ” iluminados” o “posesos” al mismo tiempo. El Che Guevara creía que era factible una sociedad donde no hubiera explotadores ni explotados, y dio su vida por esa ensoñación, como la hemos llamado en este libro.

Ahora bien, el asunto no es si este tipo de sueños es válido o no, tampoco estamos discutiendo si se trata de una idea nueva o vieja. De hecho, de novedoso no tiene nada un ideario como este, sin embargo, qué agregó Ernesto Guevara al mismo, que lo enriqueció y lo revitalizó suficientemente como para que treinta años después siga conjurando fantasmas, y tenga un poder de invocación tal como para hacernos sentir incómodos y avergonzados de estar vivos en un continente donde la explotación, la humillación y el crimen contra los pobres, siguen siendo las condiciones básicas de la vida cotidiana de al menos unos 200 millones de personas.

Guevara es el punto justo de articulación entre su época (desgarrada y polarizada por la guerra fría) y las posibilidades revolucionarias ofrecidas por el proceso de descolonización que siguiera a la Segunda Guerra Mundial. Aquí habría que aclarar que el “guevarismo” no es un “tercermundismo”, de haber sido así, su figura no habría ido más allá de los tugurios de ciudades como Caracas o de las favelas brasileñas. Aunque el tercermundismo tampoco significa “lumpen obrerismo”, para Guevara el auge revolucionario pasaba por el mejoramiento de las oportunidades materiales de los hombres y las mujeres de América Latina, antes que la revolución quedara reducida al simple gesto caritativo del guerrillero barbudo y agotado por el acoso de las montañas.

Con Guevara la revolución no suponía, exigía una entrega total de los hombres y las mujeres que fueran a ofrendar sus vidas por ella. Esa inmolación estaba compuesta por la convicción de que era posible derrotar el imperialismo y a sus testaferros en cualquier parte del mundo donde fuera necesario. Un ingrediente adicional determinante era que la revolución no se acababa cuando los revolucionarios tomaran el poder, ese era el momento en que apenas se iniciaba. El “hombre nuevo” era un combatiente a tiempo completo, creía en la “revolución permanente” y se haría sentir ahí donde se le requiriera.

“El hombre nuevo” sería un ejemplo incuestionable de moral revolucionaria, siempre digno de ser imitado, no tanto porque se tratara de un individuo sumiso e irracionalmente manso, sino por todo lo contrario, porque su espíritu estaría siempre activo en la discusión, en el trabajo voluntario, en las iniciativas y la imaginación que demandaban la lucha por erradicar y sustituir el sistema capitalista por uno más igualitario, justo y humano: el socialismo.

“El hombre nuevo” evitaría las ataduras que lo mantuvieran atascado en un solo campo de batalla. Tendría que estar siempre dispuesto, si así lo postulaba la pelea, a trasladarse de Guatemala a Cuba, de aquí al Congo, a Uruguay, a Bolivia… adonde fuera posible pasarle el mensaje educativo a ese tipo de hombre que se agotara en la factura unidimensional del simple consumidor, o del buen ” ciudadano del mundo” que nos quiere recetar la globalización.

“El hombre nuevo” sería esa clase de combatiente que no dudaría, en el momento de realizar los trabajos que las aspiraciones de la revolución le demandaran. Si en un instante la revolución le exigía asumir labores de burócrata estaría bien, y cumpliría con fe y dedicación. Si al minuto siguiente era requisito conducir un tractor en la zafra, también estaría contento con dicha labor.

“El individualismo como tal, como acción única de una persona colocada sola en un medio social debe desaparecer de Cuba. El individualismo debe ser, en el día de mañana, el aprovechamiento cabal de todo el individuo en beneficio absoluto de una colectividad. Pero aun cuando esto se entienda hoy, aun cuando se comprendan estas cosas que estoy diciendo, y aun cuando todo el mundo esté dispuesto a pensar un poco en el presente, en el pasado y en lo que debe ser el futuro, para cambiar de manera de pensar hay que sufrir profundos cambios interiores, y asistir a profundos cambios exteriores, sobre todo sociales”.

Guevara siempre entendió y a partir de ahí construyó, que para la sociedad socialista el egoísmo es inimaginable. La individualidad socialista sólo era posible para él, cuando el otro dejaba de existir como persona y por último como ser humano. No olvidemos que el “hombre nuevo” es sobre todo otra clase de sujeto social, aquel que ha aprendido a sentir y a pensar intensamente con el otro. No a partir del otro, por el otro o a pesar del otro, como nos enseña el programa moral de la globalización.

La integridad moral en el socialismo no se mide por la capacidad que tienen los individuos de llevar un registro bien cuidado de sus faltas, sus yerros o sus omisiones. Al tratarse de una nueva clase de ética, los hombres y las mujeres renacidos que producirá el socialismo, apreciarán su nivel de integridad personal cuando experimenten el placer de ver que se crece junto con el otro, no contra el otro.

Las reflexiones que hacía el Che sobre valoraciones ciertas y contundentes de nuestro pasado repleto de omisiones solapadas furtivamente, por la cobardía egoísta que fomentaba y fomenta el capitalismo, eran una invitación no a que nos regodeáramos con ese pasado, sino con particular énfasis a que nos ocupáramos de nuestro futuro. El hombre y la mujer nuevos del socialismo irían a ser personas que en lugar de vivir atosigados por los remordimientos que podría inspirar el pasado, iban a estar plenamente ocupados en construirse un futuro lleno de esperanza, posibilidades y realizaciones. De esta manera, fue como se empezó a construir el socialismo en Cuba.

CONTRA LA INSOLENCIA DEL IMPERIALISMO: LA VIA ARMADA

Este es el tercer legado del Che Guevara para los hombres y las mujeres que luchan por el socialismo en cualquier parte del mundo. A la violencia del imperialismo sólo se puede responder con la violencia del antiimperialismo.

Marx lo decía con toda claridad: el capitalismo había venido al mundo goteando sangre por todos y cada uno de sus poros. Los procesos de descolonización que había detonado la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, pusieron en evidencia cuán feroz sería la defensa que opondría la burguesía, para proteger el trabajo gratuito con que la obsequiaban, desde la segunda mitad del siglo XIX, los pueblos pobres del llamado Tercer Mundo.

El asunto es que el sistema capitalista mundial se encontró con una nueva realidad al iniciarse la segunda parte del presente siglo. La llegada de los pueblos de África, Asia y América Latina al escenario internacional, modificó con profundidad el panorama que se tenía desde 1880, y aún después de 1917: Porque los últimos cincuenta años están bañados en sangre por el imperialismo; son años en los que no hay un centímetro cuadrado de la geografía del planeta donde la insolencia imperialista no se haya dejado sentir. Hablamos del Congo, Argelia, Vietnam, Cuba, República Dominicana, Nicaragua, Grenada y Panamá, sólo para mencionar unos cuantos ejemplos.

En todos esos casos, la violencia imperialista siempre encontró un enemigo indiscutible: la violencia revolucionaria de los pueblos indignados por tantos siglos de humillación y oprobio. A este tipo de violencia era a la que se refería el Che, cuando argumentaba que había que crear tantos Vietnam como fueran necesarios.

Su teoría del “foco revolucionario” parecía estar muy cerca de la “enfermedad infantil del comunismo” como llamaba Vladimir Lenin, durante los inicios de la Revolución Bolchevique en Rusia (1917), a las supuestas poses “ultra izquierdistas” de ciertos radicales pequeño-burgueses de formación anarquista y otras orientaciones antibolcheviques. Pero en su momento, el tratamiento “guevarista” de la guerra de guerrillas cumplió un propósito específico: hacerle ver a los campesinos y obreros del mundo en desarrollo, que era posible una transformación de la sociedad bajo su propia conducción revolucionaria. Por eso, es que la teoría del foco, carece de sentido sin la metodología de la vanguardia, diseñada por Lenin durante la Revolución Rusa, y por Mao Tse-tung durante la Revolución China.

Guevara creía que el partido de los comunistas revolucionarios era esencial para conquistar el poder y retenerlo. No obstante, el verdadero problema de toda esta situación era la facilidad con que se podía caer en las generalizaciones. Para muchos líderes revolucionarios de la etapa poscolonial (como Nasser en Egipto o Ben Bella en Argelia), la condición histórica de ex-colonias hacía que sus países se asemejaran demasiado. El error estaba ahí, precisamente, en que si la India en 1947 podía presentar características sociopolíticas muy similares a las que tendría Afganistán durante la invasión soviética de 1980, este tipo de evocaciones no debían habernos conducido a la generalización de la creencia de que, entonces, la guerra de guerrillas iba a parir los mismos resultados. Si la respuesta del campesinado y de la clase obrera cubanos fue óptima en el trayecto del movimiento revolucionario, no significaba que una situación ni siquiera remotamente similar se tendría que presentar en Argentina o Bolivia. Pero la teoría del foco sostenía que en estos casos era posible crear la atmósfera indicada. Los legados leninista y maoísta aquí fueron fundamentales, puesto que para Guevara, en ausencia de una teoría marxista del partido bien elaborada (no olvidemos que Marx no dejó trabajo teórico concluido sobre la política o el partido), era ineludible acudir a las nociones de vanguardia diseñadas por Lenin, Mao y Ho Chi-Minh, atendiendo parámetros históricos muy concretos. La teoría del foco revolucionario, entonces, era de la vanguardia, y por lo tanto era eminentemente coyuntural.

De esta manera, resulta ridículo seguir acusando al Che de “iluminado”. Todo lo contrario, Guevara conocía muy bien el propósito para el que estaba articulando la teoría del foco revolucionario. En un continente repleto de las más detestables dictaduras, el “foquismo” serviría un objetivo básico: en los escenarios urbanos crear tanta violencia obrera y de pequeña burguesía, como un capitalismo deficiente y mal desarrollado permitiera. Durante los años sesenta y setenta, Argentina, Perú y Uruguay probaron que el “foquismo” funcionaba, puesto que la guerrilla urbana en estos países siempre encontró obstáculos por parte de la izquierda más conservadora, nos referimos a los partidos comunistas. Por esos años, contradecir a los comunistas era estar en lo cierto, cuando se trataba de luchas antiimperialistas reales y no meramente burocráticas o de gabinete.

El “foquismo” también demostró su eficacia en los amplios y empobrecidos sectores rurales de América Latina. El Che pierde su vida en Bolivia, pero el “foquismo” continúa en Perú, en Colombia y, hasta hace poco, en Guatemala. Guevara es ejecutado promoviendo la creación de un foco revolucionario en Bolivia, pero le ganó la batalla política a las dictaduras latinoamericanas, que aterrorizadas por su ejemplo masacrarían a los pueblos de Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Brasil, Nicaragua, El Salvador y Panamá. Obviamente, nada de esto hubiera sido posible sin la ayuda incondicional del imperialismo norteamericano, verdadero y entusiasta artífice del asesinato de tantos Guevaras como se les ocurriera nacer: ¡recordemos a Chico Mendes!

BALANCE FINAL

Pensar al Che Guevara en nuestro tiempo no es hacer liturgia o labor teologista. Se trata de un hombre que supo vivir como pensaba y sentía, y eso ya es decir demasiado en un mundo donde disfrazarse forma parte del ritual cotidiano de la mayoría de las personas. Sus tres legados esenciales siguen siendo pertinentes para continuar la lucha en América Latina, donde los problemas centrales que él quiso resolver continúan vigentes, tal vez hoy con más fuerza que nunca.

Un Che Guevara globalizado, de tenis y camiseta, sólo es reconocible para los hombres y las mujeres de un siglo que ya se acostumbró a vivir sin esperanza. Recordarlo es precisamente recuperar ese sentido de la utopía, esa capacidad que todavía tienen los pueblos de América Latina, para soñar con que surjan tantos hombres y mujeres que den su vida para que los niños del mañana puedan sonreír sin hambre, sin desamparo y sin miedo.

ENTONCES…

LAS CONCLUSIONES

El lector habrá podido darse cuenta de que este libro es sencillo, sin grandes pretensiones. La intención básica ha sido compartir con él algunas preocupaciones que han emergido sobre todo en el aula universitaria. Durante el contacto con nuestros estudiantes es cuando los profesores nos enteramos de la enorme cantidad de preguntas sin respuestas que puede tener una persona, sin importar muchas veces su procedencia social, educación o sexo. La sensibilidad frecuentemente pareciera asunto de unos pocos. Porque ese, sin discusión, es el problema: falta de sensibilidad, eso es lo que hemos querido hacer con este libro: “socializar nuestra angustia”.

Después de seis meses de preparación y redacción, este libro nos condujo a las siguientes conclusiones:

  1. La globalización es antes que nada un proceso socio histórico que afecta principalmente a los países pobres. Con ello queremos indicar que no es posible elaborar ningún tipo de tratamiento analítico de estos temas, sin ubicarnos en el tiempo y en el espacio. Como todo aquello que tiene relación con el desarrollo del capitalismo, en sus etapas más complejas y sofisticadas, el enfoque deberá ser genético-evolutivo, de lo contrario corremos el riesgo de vanalizar nuestro trabajo.
  2. Es un proceso cuya pretensión mayor es “insensibilizar” a la gente, para que su única motivación de vida sea el consumo. Los recursos a que acude para lograr ese propósito son diversos. Ya hemos mencionado varios, pero uno de ellos, tal vez el más dinámico, es seducir a las personas con la idea de que no hay posibilidad de soñar con una sociedad mejor, ni siquiera diferente. La globalización acaba con toda utopía alternativa.
  3. La globalización carecería de sentido si la larga y nefasta trayectoria del imperialismo no estuviera detrás de ella. Por eso cuando nos referimos a ella, hablamos también de imperialismo permanente. Globalizar es invitar a la gente a que acepte que no es posible vivir nuestra individualidad para nosotros mismos. El imperialismo universaliza los aspectos materiales de la civilización. De esta manera, mediante la globalización se logra universalizar también la espiritualidad, la moral, el arte y hasta el amor.
  4. Controlar la vida privada de las personas, diseñar sus sueños y condicionar sus utopías, sería el triunfo más logrado de los ideólogos de la globalización. La amistad, la solidaridad, la paz, la vida, siguen presentes en la agenda de los seres humanos, que todavía creen en la posibilidad de un mundo mejor. Pero, mientras se le preste atención a los enfoques tremendistas de la globalización, la cual siempre parte del argumento de que frente a ella no hay salida, será todavía más difícil encontrar una ruta cierta hacia la verdadera civilización: aquella en donde ser realista, será pedir lo imposible.
  5. Junto a ella, una nueva propuesta de regionalización ha empezado a tener cabida, desplegada por los países capitalistas metropolitanos, para los que el Tercer Mundo (incluyendo ahora a la antigua Europa socialista) es el nuevo escenario de la guerra fría. Porque la desmoralización que cayó de súbito sobre estos pueblos alcanzó ya tales niveles, que hoy a nadie se le puede ocurrir pensar en que el socialismo sea una alternativa, en el momento en que, paradójicamente, lo es más que nunca. Así lo había presentido el Che Guevara.
  6. La guerra fría, entonces, no ha concluido. Apenas se inicia contra los pueblos pobres del planeta. Ello implica, si no nos hemos dado cuenta, entre otros aspectos, mayor capacidad de chantaje, soborno, corrupción y manipulación de los valores más preciados de estos pueblos: su independencia, su libre autodeterminación y, por encima de todo, su derecho a la vida.

7 Finalmente, la globalización aspira además a ser una propuesta de modificación de todas las políticas culturales, en países como los latinoamericanos. Porque en estos países, las tradiciones son muy fuertes y romper esos mascarones de proa, para la globalización, es posibilitar también que el Estado-nación desaparezca. Al borrar las fronteras, según el viejo criterio, dictado por lo que se aprendió durante la conquista del Oeste en los Estados Unidos, el genocidio es una expresión de la supervivencia de los países ricos, ante los embates de la enfermedad, la miseria y el crimen que proceden de los países pobres. El genocida, entonces, termina como funcionario público, bien pagado y atendido por las agencias internacionales, que se encargan de decirle al mundo hasta dónde llega la responsabilidad de los pobres, en lo que compete a la inminencia del colapso planetario total.

  1. La intención ideológica de fondo, para los nigromantes de la democracia burguesa, entonces, es demostrarnos que no existe otra salida para la humanidad, más que aquella planteada por el capitalismo. En este caso, el proyecto vital, político, moral y onírico del Che Guevara tiene una gran vigencia, una fuerza que sólo la bancarrota ideológica del imperialismo podría haber hecho posible. Con su muerte en 1967, el Che fue capaz de abrirnos los ojos y de señalarnos el camino a seguir, para que nuestros hijos no obedezcan ciegamente las señales de sumisión, necrofilia y catastrofismo que nos han traído los ideólogos de la globalización.