Artículo por: por Revista Primera Piedra Nº769 | Mar 12, 2018 | Por Martín Espinoza C, periodista, radio.uchile.cl, Viernes 9 de marzo 2018

Para el constitucionalista los próximos dos años para Chile, y para el PS, son claves. Cree que la arena política se removerá de tal modo que el PS se verá obligado a decidir entre una senda de humanización -y administración- del neoliberalismo, o una que proponga un proyecto post neoliberal. Para eso, sugiere, es vital la convergencia de lo que él denomina “fuerzas transformadoras”.

Fernando Atria acaba de leer el proyecto que la presidenta Michelle Bachelet envió al Congreso para empujar una nueva carta fundamental. No es lo que esperaba, y tiene palabras para explicarlo. Pedagógicamente analiza la última gran iniciativa del oficialismo y, de pasada, aprovecha de hacer un completo análisis del panorama político y partidario que se asoma por los próximos cuatro años.

¿Cómo interpreta el gesto de la Presidenta Bachelet que, a cinco días de abandonar el gobierno, firma un proyecto para una Nueva Constitución?

Antes de leer el proyecto yo pensaba que la Presidenta quería, primero, completar la promesa. Lo segundo era que este proyecto podía cumplir una función: respaldar a quienes estábamos por una nueva Constitución, para demostrar que no era nada desatado ni irracional y podríamos decir “esto es una nueva Constitución”. Ahora, habiéndolo leído, ese segundo sentido no va a ser cumplido en absoluto, lo que es un grave error, porque el proyecto, aunque diga que es una nueva Constitución, se construye como modificaciones a la Constitución vigente.

Es más bien una gran reforma…

Sí. Son modificaciones que, si se llegaran a aprobar -que no se van a aprobar-, serían importantes. Hay reconocimiento constitucional de pueblos indígenas, entonces hay cosas importantes, pero está construido sobre la Constitución de 1980, entonces mantiene el lenguaje “guzmaniano” y después corrige. Si vamos a hacer una nueva Constitución, mejor desecharla. ¿Por qué mantener lo primero y compensar? Mantiene las leyes orgánicas constitucionales, aún con quorum calificado. Entonces, ¿por qué no eliminarlas?

¿Entonces, asumiendo que algunas partes no serán aprobadas, tiene errores tanto de contenido como de estrategia?

Yo no entiendo la lógica. Supongo que ellos tienen clarísimo que las posibilidades de aprobación de este proyecto son nulas y que, si fuera aprobado, sería después de una trabajosa negociación parlamentaria en que todo lo que es importante va a ser purgado, que fue lo que pasó el 2005. Este proyecto tiene una viabilidad cero. Yo supongo que eso lo ven. Lo que se debió hacer era tomar como base la Constitución de 1925 y hacer las modificaciones sobre ese texto.

¿Quería la Presidenta Bachelet tener una nueva Constitución?

Mi opinión es que sí. Lo que ocurrió es que se encontró con la incapacidad de la cultura política binominal para enfrentar el problema. El problema constitucional tiene dos momentos. Uno es el original, y el otro es el problema 30 años después. El original es que se creó una Constitución para proteger el modelo neoliberal. Organizaron los poderes del Estado de modo tal de garantizar que no se pudiese transformar. Entonces se configuró un poder neutralizado, incapacitado de tomar decisiones transformadoras, de cualquier tipo. Si uno mira para atrás uno revisa: ¿cuáles son los casos en los que el sistema político ha sido capaz de identificar un problema grave que haya requerido una decisión política transformadora y que haya sido eficazmente resuelto? No hay casos. Quizás la Reforma Procesal Penal. El problema de la descentralización y la reivindicación del pueblo mapuche son dos ejemplos. En ambos casos no se ha podido avanzar y se agravan a medida que pasa el tiempo.

Ese es el original, ¿y el de treinta años después?

Treinta años después siguen habiendo esas reglas pero hay otra cosa: la cultura política binominal empezó a entenderse a sí misma atada, aun cuando no lo estuviera. Entendían que no actuar mediante grandes acuerdos es “pasar la aplanadora”. Si yo pienso: ¿qué reforma legal se hizo “pasando la aplanadora”? Yo diría, por ejemplo, la creación de las AFP. Una aplanadora no es la ley de inclusión, que se discute en público y se vota en el Congreso. Si eso pasa para modificar las AFP, Isapres o universidades, imagínate cómo es con la Constitución. Entonces, ¿tenía Bachelet ánimo de cambiar la Constitución? Yo creo que sí, pero se enfrentó a esta cultura política binominal.

La Presidenta Bachelet decidió asumir el liderazgo de un gobierno reformista. Terminó pagando los platos rotos -con una desaprobación importante- de un gobierno que intentó impulsar reformas que verían algunos resultados a largo plazo. La constitucional es una de ellas, se pagó el precio por eso, y aun así se perdió la oportunidad de hacer un cambio significativo. Probablemente pasen años antes de una nueva reforma. ¿Es un despilfarro mandar un proyecto así?

Hay tres cosas. Primero, este gobierno enfrentó una oposición de la derecha completamente desproporcionada. Pensar que un gobierno de Guillier iba a ser como uno de Maduro es una ridiculez. Sin embargo la campaña de Chilezuela tuvo cierta eficacia. La segunda es que, fruto de una cultura política binominal, se empezaron a producir dentro de la Nueva Mayoría (NM) conflictos. La promesa de la NM era que en esas divisiones, entre quienes querían transformar el modelo neoliberal y quienes quería seguir humanizándolo, tenían el predominio quienes estaban por transformar. A medida que se fue debilitando el gobierno, los pro neoliberalismo fueron ganando fuerza. La designación de Burgos representa eso muy bien. Y la tercera, que es la que está más en control del gobierno, es que uno no puede presentar un proyecto de reforma constitucional que tenga errores de redacción. Defenderse de acusaciones porque está mal hecha, mal redactada, se hace insostenible.

¿Tuvo errores de origen el proceso constituyente?

Si uno entiende cuál es el problema se da cuenta de que la solución tiene que estar a la altura del problema. Había dos alternativas: la que se eligió, o un plebiscito anterior al proceso. Ese plebiscito habría abierto una puerta que no se pudo abrir. La pregunta es ¿por qué no se eligió el camino del plebiscito? Ese fue el gran triunfo de Burgos, según él mismo dice.

¿Por qué ganó Sebastián Piñera las elecciones presidenciales?

Yo no creo que uno pueda decir que la elección tiene un significado sociológico profundo. Me parecería un poco ridículo porque hace cuatro años la derecha había sufrido una derrota histórica. La necesidad de una transformación para llegar a un Chile post neoliberal sigue tan vigente como antes. Yo creo que había una sensación de que la Nueva Mayoría no podía hacerlo. Y claro que no podía, porque es parte de la “clase política”. Como es “la clase política”, sus promesas transformadoras eran recibidas cada vez con más escepticismo. La candidatura de Guillier se afirmó inicialmente porque él significaba un “yo no soy uno más de ellos”. Lo que terminó representando Guillier fue un reflejo prístino y puro de lo que se le reprochaba a la NM.

Las que mencionas son, a excepción de la campaña del terror, falencias y carencias propias de la NM. Es decir, el proyecto político alternativo podría haber sido el Frente Amplio (F.A.) y no Chile Vamos…

Eso explica que el F.A. haya obtenido 20 por ciento de los votos, si no hubiera sido por las encuestas amañadas de la derecha, perfectamente podría haber pasado a segunda vuelta.

Pero algo tuvo que hacer bien la derecha, ¿o no?

La derecha supo capitalizar todo esto.

¿Con propuestas?

Supo entender que si iban directamente en contra de la idea transformadora iban a perder. Por eso en segunda vuelta prometieron AFP estatal y gratuidad. Por otro lado, la campaña de Guillier no supo entender que se necesitaba un discurso que le diera viabilidad a un discurso transformador.

¿Y cuánto tuvo que ver tener un mal candidato presidencial?

Yo no creo que Guillier haya sido un mal candidato. Hay una explicación un poco más larga. Fue un candidato que llegó a serlo de una manera que contradecía las razones por las que era candidato. Él era candidato porque “no era parte de la cocina”, pero se convirtió en postulante a La Moneda como resultado de la más clara de las cocinas. Terminó siendo candidato del PS en una votación del comité central a la cual se llegó después de negar la posibilidad de primarias internas, ¡y esa votación fue secreta! Si uno dijera: “demos un ejemplo de una política que descansa en la máquina y en la cocina y que ignora la óptica ciudadana, ¿cómo lo hacemos? Evitemos una consulta ciudadana que había sido prometida y después elegimos a puerta cerrada y en secreto a nuestro candidato”. Eso se fue replicando durante la campaña. El PS elige a Guillier así, después se baja Lagos, obvio, después la DC dice que no va a primarias, obvio también. Entonces se pierden las primarias para reforzar una candidatura. ¿Cómo hay una política que es sistemáticamente incapaz de hacer lo que cualquier observador razonable diría que hay que hacer? Es insólito, increíble.

En este contexto ¿cuál es la crítica a las dirigencias del PS? ¿Cuán lejos están ellas de
los principios originales del partido?

Lo que se ve es esta creciente distancia entre la ciudadanía y la “clase política”. Esta distinción, “nosotros” y “ellos”, es la que hoy articula la política en general. Eso mismo pasa dentro de los partidos, de todos. Una alienación entre los militantes de base y las cúpulas partidarias. Al PS le pasa esto agudamente. Tiene una conducción totalmente despolitizada. El caso del PS está llegando a un punto crítico porque, entre otras cosas, le fue relativamente bien las elecciones, entonces el momento crítico quedó tapado. Yo creo que si sigue por donde va, va por el camino del PS griego o francés, que son partidos socialistas otrora poderosos y que ahora están totalmente destruidos porque perdieron la capacidad de articular un proyecto político transformador El PS necesita articular un programa post neoliberal. Si no lo hace el PS, lo hará el F.A. Eso nos llevaría a un escenario como el español, en el que la izquierda está dividida. Si a las elecciones va la derecha unida y la izquierda va dividida, ¿qué va a pasar?

Entiendo de tus palabras un llamado a hacer del PS un partido efectivamente socialista, pero da la impresión de que no hay voluntad política para hacer socialismo en el PS…

Hay poca voluntad en las cúpulas del PS, pero mucha en las bases.

La constancia y la luz al final del túnel.

Atria guarda silencio un momento y desliza con tono medio burlón, como si le hubiesen
hecho esta pregunta cien veces: Ahora me preguntas “¿por qué estoy en el PS?”

Ya llegaremos a eso, pero ¿cómo llegan las cúpulas a ocupar ese sitial con tal nivel de desconexión de las bases?

Si uno va donde cualquier ciudadano y le pregunta qué opina de los políticos, ¿qué te va a decir? Pero uno ahí recuerda: “los políticos” no están ahí por haber sido nombrados por cuatro generales. Están ahí porque ganaron elecciones. Y uno pregunta a los votantes y despotrican. En el PS es lo mismo que la política nacional.

Volviendo a la pregunta que sacaste a colación, desde su renovación el PS ha sido conocido por sus tendencias. Siempre ha tenido una tendencia predominante y, también, siempre ha existido una tendencia que se ha ocupado de tensionar, desde la izquierda, a la tendencia predominante. Hoy lo hace la Izquierda Socialista. ¿No siente a esta fuerza como parte del status quo de un partido que ya optó por un camino alternativo a ese?

Este fenómeno de que la ciudadanía votaba por los políticos, a pesar del desprecio que se tiene por ellos, experimentó un giro que llevó al 20 por ciento del F.A. La pregunta es si eso puede pasar dentro de los partidos. Las máquinas clientelares que son los partidos son las que manejan el poder formal y eso lleva a la consolidación de las cúpulas que hay, que responden a sus lógicas porque no descansan en una validación ante el partido militante, sino en la eficacia de esas máquinas clientelares. Entonces, ¿es posible que surja dentro del PS una posibilidad que apele al partido militante?

No solo que surja, sino que adquiera un rol protagónico, predominante…

Estoy en el PS porque todavía creo que eso es posible. Ahora, esa esperanza no va a ser sostenida con independencia de lo que pase en la realidad por tiempo indefinido. Si no ocurre llegará un momento en el que me diga: parece que esto no resultó, y ese momento se acerca. La posibilidad de que el PS entre en un camino irreversible es algo que hay que tomarse en serio. El hecho de que una pelea del pasado haya sido ineficaz no quiere decir que hoy día vaya a serlo. Hoy las condiciones para eso son más propicias de lo que eran hace quince años.

Yo tengo una crítica matizada. No levanto el dedo acusador contra quienes, a cargo del PS después de la renovación, entendieron que en los 90’ la prioridad uno era asegurar la viabilidad del bloque. Ahora, eso pudo haber tenido sentido en los 90’, pero en la medida en que va desapareciendo la posibilidad de una regresión autoritaria esa idea empieza a perder su sentido. El sentido que puede haber tenido, hoy indiscutiblemente ya no lo tiene. Lo que necesita hacer el PS para garantizar su sobrevivencia es reconectarse con su historia y ofrecerle al país un programa transformador.

Muchos no ven esa luz al final del túnel. ¿Por qué seguir manteniendo esa fe?

El tiempo que viene, de aquí a uno o dos años, es un tiempo en el que es probable que haya movimientos en la política de los que no suele haber. Creo que se ha abierto un periodo en que las cosas no respondan a las lógicas que han articulado a la política chilena en los últimos casi 30 años, entonces creo que es un periodo muy importante. Si surge un PS que asuma un proyecto de este tipo, las posibilidades para las fuerzas transformadoras en Chile son considerables, porque eso, creo yo, permitiría abrigar la esperanza de una convergencia. Si esto no resulta, y si el PS se mantiene con ideas de unirse con el PPD, bueno, las posibilidades de convergencia con las fuerzas transformadoras son cercanas a cero. Mientras tanto lo que va a haber es una izquierda dividida, con un proyecto sin viabilidad política. Entonces hay mucho en juego.

A riesgo de parecer insistente, ¿no fue el 2011 una ocasión propicia para tomar ese
rumbo?

No había mucha necesidad de hacer algo distinto, porque lo que había que hacer es simplemente sentarse cuatro años y en cuatro años más nos va a caer el gobierno de nuevo, porque era algo evidente. Eso, hoy, no es así. Al contrario, no hay ninguna seguridad de ganar en cuatro años más. Ahora sí hay una necesidad objetiva de articular un proyecto político que no había en 2011. Entonces tenemos una posibilidad más grande que la que había.

La NM y el PS se han acomodado dentro del espectro progresista administrando así el modelo neoliberal, maquillándolo con reformas como las de este gobierno, no intentando dejarlo atrás. ¿Debería el PS abandonar el progresismo?

El proyecto del PS no puede ser dotar de rostro humano el modelo neoliberal. Eso es axiomático. Durante los noventa, haber esperado el surgimiento de un programa político transformador no era realista. Ahora, esto se vuelve problemático cuando ese momento cambia. Cuando un horizonte de transformación se hace posible, si se sigue insistiendo en seguir humanizando el modelo neoliberal, eso muestra que ya no estás en una lógica socialista. Esos horizontes se abrieron fuertemente en 2011. No es lo mismo asumir una posición de humanización del neoliberalismo hoy, a hacerlo en 1995. Mi juicio hoy sería mucho más categórico. Lo fundamental es darle a un proyecto de transformación una estructura y un contenido que lo haga plausible. Lo que necesita es ser articulado política y técnicamente. Sabemos que en la medida en que se intente realizar un programa así eso va a afectar intereses poderosos y va a haber oposición, y va a haber que enfrentarla. A través de todos los medios democráticos, por cierto.

¿Qué no te seduce o qué no te gusta del Frente Amplio?

En buena medida el F.A. es una interrogante. No sabemos cómo va a enfrentar el hecho de tener una fuerza parlamentaria. Va a tener que participar de negociaciones parlamentarias, en algunos casos votar que sí a cosas que no consideran ideales, entonces van a tener que crear formas de procesar las diferencias.

¿Es madurez?

No quiero decir madurez, porque eso supondría que estoy diciendo que son inmaduros y creo que hay que erradicar todo ese lenguaje que infantiliza al F.A.

Son sus pocos años de vida…

Hay que hablar de ellos como una fuerza política más. Tienen una característica: que es nueva. Es un hecho. Eso no significa que sea sospechoso, quiere decir que no ha pasado por la política de la realidad, esa en la que es necesario estar dispuesto a actuar en el mundo como es, no como a uno le gustaría que fuera. En ese mundo la política tiene poco poder, en que no se puede avanzar todo lo que uno quisiera, ni mucho menos, entonces hay avances ambiguos. Espero que el F.A. sea capaz de desarrollar formas de proceder que lo habiliten para enfrentar ese desafío. Yo supongo que lo van a hacer, con algunos tropezones, pero son conscientes de la responsabilidad que tienen. No es que haya cosas del F.A. que no me gusten, hay aspectos que considero interrogantes.

¿Cómo ve la línea de alianzas para el futuro del PS? ¿Con quién debería trabajar? ¿Debería existir una NM?

Creo que hoy esa es una pregunta menos urgente de lo que uno pensaría. Las interrogantes están en todos lados. En la Democracia Cristiana (DC) están reflexionando, no sabemos qué posición adoptará. En el pasado el PS entendió que su contribución era asegurar a cualquier precio la unidad con la DC. Hoy el PS necesita asumir un programa transformador y después mostrar disposición a converger con todos quienes estén dispuestos a converger en un programa como este.

¿No suena algo intransigente?

No voy a juntarme con quienes quieran realizar un proyecto contrario, pero hay que repolitizar al PS. Tiene que definirse por un proyecto político, de lo contrario está condenado a la irrelevancia.

Fuente Análisis Semanal Revista Primera Piedra Nº769