Su biografía dice a vuelo de pájaro que nació en Montevideo hace 59 años y que fue jefe de redacción del semanario “Marcha” y director del diario “Época” en su país, y de la revista “Crisis” en Buenos Aires. Pero eso, con ser mucho, ya que cada uno de estos medios representaron la posibilidad de gritar verdades y denunciar miserias en ambas márgenes del Río de la Plata, no dice todo lo que significa para las letras y la conciencia latinoamericana el nombre de Eduardo Galeano. Sus escritos -“Las venas abiertas de América Latina”, “Memorias del fuego”, “El libro de los abrazos”, “Las palabras andantes”, entre otros- dejaron una huella profunda en la formación moral y ética de varias generaciones que le agradecen su fina ironía y su implacable denuncia de injusticia universal. De allí que no sorprenda el éxito que otra vez ha logrado con su último libro “Patas arriba. La escuela del mundo al revés”, donde, como siempre, y “a pesar de los pesares” como el mismo Galeano dice, vuelve a convocar a la utopía.

-Hay una definición de su último libro “Patas arriba” que señala que es un “manual de tropelías con ráfagas de esperanza”. ¿Para usted ha sido una catarsis de despedida a un fin de siglo turbulento? ¿Algo que era necesario enumerar y compartir? 

-Es una tentativa de retrato del mundo de fin de siglo que continua en los noticieros de cada día. Contiene horror y esperanza, una tentativa de ayudar a rebelar este mundo tal cual es, tal cual está. Está patas arriba y tratamos de ver si podemos enderezarlo.

-¿Con humor?

-Con humor y con amor. No es un libro fatalista, que dice esta es la realidad, este es el destino: suicidémonos todos. De ninguna manera, es un libro que propone encarar la realidad como es, sin disfraces, sin máscaras, pero con la intención de ayudar a cambiarla. La experiencia histórica del siglo veinte nos enseña a desconfiar de los grandes acontecimientos espectaculares, y probablemente los cambios que valen la pena son cambios que se agregan a otros en una incesante suma de pequeñas contribuciones al cambio. Por eso creo -o es a lo que aspiro- que un libro puede ser una de esas pequeñas contribuciones, con el arma del humor, porque es la mejor manera de poner sobre la superficie estos temas deprimentes. Humor, ironía y un lenguaje que no sea aburrido, alternando los textos largos con otros más pequeños. Esto es lo que he intentado, en un contrapunto incesante en el que cuento con la ayuda de José Guadalupe Posadas.

-¿Cómo es eso?

-Se trata de un grabador mexicano de alto talento que murió en 1913 y con cuyo fantasma me comuniqué. Le dije: Don José, que tal si trabajamos juntos. Y el fantasma me dijo, pues ándale…

-¿Pensó el libro para las nuevas generaciones que no leyeron “Las venas abiertas de América Latina”?

-Puede ser. En realidad, no lo pensé para un público determinado, simplemente sentí que era necesario intentar una suerte de retrato del mundo al revés. Fue escrito a mediados del 98 y reafirmo que continua en los noticieros y telediarios, porque los acontecimientos posteriores no han hecho más que confirmarlo. Ahí está el escándalo mundial que se ha producido con la detención de Pinochet. Es una prueba de que el mundo está patas arriba, porque un señor que mató a 3.000 personas, a la hora en que la justicia se acuerda de que la justicia existe y actúa para por lo menos someterlo a proceso y quizás condenarlo, tendría que ser una noticia normal, cotidiana, o algo que merecería un par de líneas en los diarios. Si alguien mata 3.000 personas, por supuesto que tiene que ser juzgado y condenado. ¿Por qué si no con qué criterio se va a mandar a la cárcel a un navajero de suburbio? Este te podría contestar suelto de cuerpo: pero si yo sólo maté a uno o a dos, y este mató a miles y todavía lo aplaude el mundo, y el Papa le asegura un lugar en el paraíso.

-Y lo bendijo…

-Así es. A él y a su familia. Desde ese día pienso que no quiero ir al paraíso, en parte por lo aburrido que debe ser y por otro lado para no encontrarme con gente así. Pero además está todo ese tema del que tanto hablaban, como era “el milagro chileno”. Hasta hace muy poquitos años, había que ver aquellos editoriales del “New York Times”, laudatorios del milagro que había permitido que Chile dejara de ser una República bananera. O sea, un abierto elogio al crimen, al baño de sangre, al asesinato de la democracia. El mundo celebró a Pinochet. Era un héroe de Occidente.

-Releyendo sus textos de los años 60-70 y este último libro, se nota una línea de coherencia ideológica. ¿Cuál es la receta que le ha permitido permanecer bastante inmune a la debacle que ha afectado al campo de las ideas y a los principios de muchos de sus colegas?

-Es verdad que ha habido una especie de arrepentimiento universal. No de todos pero sí de mucha gente. En algunos casos, ha sido por oportunismo, pero en otros ha sido un cambio honesto y respetable, gente que ha dejado de creer en lo que creía y se ha mudado de ideas, como quien se cambia de domicilio. Yo sigo siendo leal a las ideas en las que creo y a los amigos que quiero. Son las dos cosas que me ayudan a vivir y a sobrevivir. Esas ideas, provienen a la vez, de la razón y el corazón. Son ideas sentí pensantes, no son ideas que pertenecen solamente al dominio de la razón. Están muy vinculadas con lo que se siente en las entrañas, provienen de esas voces misteriosas que la razón a veces no es capaz de entender, pero que es capaz de organizar. La razón te ayuda pero si fuera solo por ella, estaríamos fritos.

-¿De allí surge la coherencia?

-Eso explica una coherencia que corresponde a una tentativa de vivir senti-pensantemente. Son ideas que vienen también de la emoción. Yo siento que tengo la misma capacidad de asombro e indignación que cuando empecé a escribir hace ya unos cuantos años. Ha habido sí un cambio de lenguaje, intento decir más con menos, hay una intención de síntesis más rigurosa que antes, pero en lo esencial hay una continuidad de la que no me arrepiento. Si eso es ser prehistórico, como se dice por ahí, pues lo soy. Pero estoy convencido de que no es así, es una manera de confirmar que la realidad cambia, la vida cambia, y uno también, pero se puede seguir siendo leal a ciertos principios básicos. Yo sigo creyendo en la identidad entre la ética y la estética, entre la justicia y la belleza.

-¿Cómo se expresa el llamado “discurso único” en el campo de la literatura?

-Ahora hay una moda de alabanza del mercado que se expresa en todos los campos. Es una suerte de “nueva fe” en el dinero…y aclaro que no tengo nada contra el dinero. Comparto lo que decía un amigo mío, de que “el dinero no hace la felicidad, pero logra algo tan parecido que la diferencia es un asunto de especialistas”. El problema es cuando el dinero se convierte en el eje del universo, o cuando los derechos del dinero pasan a ser más importantes que los derechos de las personas. Eso es precisamente el neoliberalismo. Y este tiene sus expresiones literarias. Es curioso: desde el punto de vista de los medios, del desarrollo de la tecnología de la información y la comunicación, nunca tuvimos tantas oportunidades de estar informados. Sin embargo, este es un mundo peligrosamente parecido al de los mudos y los sordos, porque hay una tendencia al mensaje único. Esto viene de la concentración del poder que se da en la economía pero también en la cultura. Por ejemplo, el periodismo independiente era más posible hace 30 años que ahora en que es una aventura loca que por suerte sigue teniendo gente que se anima a seguir intentándolo.

-¿Asusta el disenso? 

-Cada vez es más difícil el discurso disidente. Paradójicamente, en un sistema que se ha impuesto en nombre del rescate a la democracia, con todo el elogio de la disidencia contra lo que era la burocracia y el autoritarismo en los países de Europa del Este, se aplasta la disidencia. Allí está el ejemplo de lo que pasó con Peter Handke, el escritor austriaco-alemán, cuando la reciente guerra contra Yugoslavia. Tuvo la osadía de discrepar y fue condenado monstruosamente. Esto corresponde a lo que podríamos llamar una “macdonaldización” del pensamiento. La metáfora creo que funciona porque la universalización de McDonald’s en el mundo del fin de siglo implica una violación de los derechos humanos doble: una violación cultural porque se niega el derecho de autodeterminación de la cocina, que es una de las expresiones de la diversidad cultural del mundo. O sea, se incita a que todos comamos comida de plástico, o basura. La boca es una de las puertas del alma y evidentemente que la cocina es un signo cultural de diversidad. Y además McDonald’s comete un atentado sindical, porque prohíbe que sus empleados se agremien, queriendo dar por tierra así con dos siglos de luchas obreras y conquistas. Esto en nombre de la democracia, el doble arco de McDonald’s ocupa ahora el centro del altar que antes estaba reservado a la cruz.

-En su libro también hace hincapié en el tema de la impunidad y la describe como “hija de la mala memoria”. ¿Cree que hay distintas clases de impunidad o se trata de que todos somos un poco impunes?

-Creo que hay una suerte de reino de la impunidad que se alimenta de la ignorancia de la opinión pública. Nunca la opinión pública estuvo tan informada y a la vez tan manipulada. Entonces no se formulan las preguntas más obvias: ¿en las guerras quién vende las armas?. Cuando aparecen datos como esta monstruosidad que está ocurriendo en Timor Oriental, ¿quién fue el doctor Frankestein de este monstruo?. Las potencias occidentales anuncian que suspenden la venta de armamento a Indonesia y el mundo llora de la emoción. ¡Qué buenos que son, que corazón tan generoso tienen! Cuando eso equivale a una confesión: nosotros hemos alimentado este crimen, somos los que damos armas y asesoría para que aparezcan estos grupos paramilitares que arrasan países, los que elevamos al poder a la dictadura de Suharto que asesinó -según cálculos conservadores- a medio millón de personas. Por eso, la manipulación otorga impunidad a los dueños del mundo que son los que custodian la paz y al mismo tiempo hacen el negocio de la guerra. Las cinco potencias que tienen derecho de veto en las Naciones Unidas son las principales proveedoras de armas para que sigan las guerras.

-Otro tema que le preocupa es la industria del miedo. ¿En nombre de la seguridad ciudadana es válido terminar viviendo en verdaderos bunkers?

-Ahora vengo de Italia, donde el tema de la seguridad es el de primera página de los diarios. La histeria de la seguridad. Hay una especie de pánico colectivo por el auge del delito y el crimen, que hasta cierto punto tiene una relación con la realidad, pero no da para justificar esta suerte de desplazamiento universal del valor justicia por el valor seguridad. Para mi asombro, uno de los dirigentes políticos italianos más prominentes lo dijo con todas las letras: la seguridad es más importante que la justicia. Eso ocurre porque se ha desprestigiado la justicia en la misma medida que esta ideología neoliberal se ha impuesto como la única forma posible de sentir y de pensar. Lo que era injusticia hace 30 años, ahora no lo es. Es el justo castigo que la ineficiencia merece. El mundo no es injusto: castiga a los ineficientes. Y si hay delito, es porque hay una proporción de la población que debe ser enjaulada o exterminada. Lo que nos retrotrae a los tiempos de Cesare Lombrozzo y el derecho penal más reaccionario. Y lo peor es que esos increíbles puntos de vista los veo hoy en boca de algunos que eran antes mis amigos. Hay unas piruetas de circo tan asombrosas en el campo del pensamiento que a mí me dejan bizco y boquiabierto.

-Lo paradójico es que no se relaciones el auge de la violencia con la situación que provocan los actuales planes económicos… 

-Tal cual. Es evidente que hay un auge del delito, pero es más cierto que la primera causa es la de la injusticia, el reparto escandalosamente injusto de los panes y de los peces. A esto hay que sumarle los ejemplos de la sociedad de consumo que ejerce su dictadura a través de las pantallas de los televisores dando órdenes a los muchachos, diciéndoles: si no tiene un zapato de marca, o tal auto, eres una porquería que no merece existir. Esas órdenes, obviamente, son invitaciones al delito para una franja abultada de la población europea y para una inmensa proporción de la población latinoamericana. Por otra parte, también aparece la impunidad, que se ejercita constantemente desde el poder. Ahora leí el informe que elaboró el Congreso de los Estados Unidos en octubre del año pasado, sobre el lavado que el City Bank hizo de los cien millones de narcodólares de Raúl Salinas, que pasaron además por cinco países. Nada menos que el City Bank, y el informe es del Congreso norteamericano, no del partido del Trabajo de Albania. Cien millones de dólares lavados por un banco que proporcionó a su cliente cuentas e identidades falsas y empresas fantasmas. Lo asesoraron para delinquir, en un país que se confiesa impotente para condenar a los responsables de la operación. Así estamos. El primer banco del mundo queda impune, pero van presos los negros pobres que venden droga en la calle. ¿Por qué la droga es motivo de condenación al infierno a los negros pobres, y es en cambio trampolín al cielo para los banqueros prósperos?

-Otra de sus grandes obsesiones es el tema de los automóviles. ¿Cómo es eso de que el auto maneja al conductor?

-Esto corresponde a un mundo donde los fines han sido usurpados por los medios, donde somos instrumentos de nuestro sistema. Y esto vale tanto para Europa como para cualquier sitio. El automóvil te maneja, la computadora te programa, el supermercado te compra y la televisión TV. Somos instrumentos de nuestros instrumentos. Este sistema global de poder está creando unas sociedades babilónicas inmensas donde está prohibido respirar y caminar. Se ha llegado a un extremo tal de violación de los derechos humanos que eso dos derechos básicos no se pueden ejercer en las grandes ciudades. Son lugares donde practicarlos es una hazaña. Yo soy el único ser humano que atravesó Los Ángeles y Ciudad de México, caminando. Modestamente creo que merecería una estatua, y en lugar de eso, mis amigos me recomendaron que vaya a un psicoanalista.

-Más que nunca en los últimos años, Estados Unidos controla el mundo política, económica y militarmente. ¿Sigue creyendo que es posible mantenerse al margen de este dominio o es escéptico sobre tal posibilidad?

-Creo que hay que ubicarse frente a un sistema de valores que se ha universalizado y que afortunadamente tiene respondones. Dentro de los propios Estados Unidos hay una conciencia crítica desarrolladísima que me permite saber que esta es una lucha universal contra la imposición global de los valores de la cultura de la violencia y del consumo. Cuando ocurre la guerra de Yugoslavia, esta siniestra operación en que los bombardeadores no han corrido nunca el menor riesgo, el mundo se dividió entre los que arrojan las bombas y los que las reciben, y obviamente quienes tuvieron la total impunidad fueron los primeros, en nombre de los derechos humanos y aplaudidos por buena parte del pensamiento progre del planeta. Entonces me pregunto: ¿qué derecho moral tienen los que hablan contra la limpieza étnica? ¿Alemania e Italia, contra la limpieza étnica? ¿Están escandalizados? ¿Pero no se acuerdan lo que ocurrió hace quince minutos en su historia nacional? ¿Los Estados Unidos, que hicieron la limpieza étnica de los indios y los negros, van a ser ahora los guardianes morales del planeta? Simultáneamente se produce la matanza de Colorado, ese colegio donde dos chicos enloquecidos acribillaron a balazos a doce estudiantes y un profesor. En el discurso mientras los enterraban, el vicepresidente Al Gore dice: este es el resultado de la cultura de la violencia. Es verdad, pero no anuncia que van a dejar de fabricarla. Estados Unidos produce y vende casi la mitad de los armamentos que se consumen en las guerras del mundo. Violencia es también el océano de sangre que se derrama por las pantallas, chicas y grandes, del cine, de las computadoras, del televisor.

-¿Dónde está la luz al final del túnel?

-Hay muchas fuentes de esperanza. Si la esperanza no tuviera agua de beber se moriría de sed. Afortunadamente hay una enorme cantidad de gente, como los zapatistas, los sin tierra brasileños, las Madres de Plaza de Mayo, y muchos otros, que se niegan a aceptar como único destino universal posible la cultura de la violencia y del consumo. Gente que está haciendo cosas por la afirmación de los derechos humanos reales, que no es sólo el derecho de comer -todavía negado a una gran franja de la población mundial-, sino también el de trabajar para vivir, en vez de estar condenados a vivir para trabajar. El derecho a tener una cultura propia, una memoria propia. El derecho de respirar y caminar. Hay una inmensa cantidad de movimientos que en todas partes luchan contra la aniquilación del planeta y el deterioro de la calidad de vida. Hace un siglo la diferencia entre los que tenían y los que necesitaban era de uno a siete, ahora es de uno a setenta. Ese mundo que es cada vez más desigual, también es más igualador. Desigual en las oportunidades que ofrece e igualador en las costumbres que impone. Un mundo que te condena a morir de hambre o aburrimiento. Nosotros no lo aceptamos como destino, no es el único mundo posible. La realidad es un desafío, nace de nuevo cada mañana. ¿Quién iba a decir el 1º de enero del 94, que iban a surgir de las entrañas de la tierra los zapatistas? No lo previó nadie, y saltó el conejo de la galera. Eso quiere decir que todavía hay vida, ganas de no someterse mansamente.

Carlos Aznárez 

¿Guatemala? ¿Centroamérica? En el centro de América, está Kansas.
Eduardo Galeano

Guatemala no figura en el mapa de los medios masivos de comunicación, que fabrican la opinión pública mundial. Sin embargo, oh milagro, una mujer guatemalteca, Rigoberta Menchú, está ocupando, en estos últimos tiempos, bastante espacio. No por lo que ella denuncia, desde el país que viene de padecer la más larga y feroz matanza del siglo XX en las Américas: Rigoberta no es la denunciante, sino la denunciada. Una vez más, como es debido, las víctimas se sientan en el banquillo de los acusados.

Los gases de la infamia Desde los Estados Unidos, faltaba más, se ha desatado esta nueva guerra química de intoxicación masiva. La cosa empezó cuando un antropólogo norteamericano consagró 10 años de su vida a la investigación de las contradicciones de Rigoberta y la responsabilidad de la guerrilla en la represión que los indígenas han sufrido. «Vino a Guatemala, a estudiarnos como si fuéramos insectos», comenta el escritor Dante Liano: «En su libro invoca testigos y archivos. ¿Qué archivos hay sobre la guerra reciente? ¿Le abrió sus archivos el ejército?». Hace poco tiempo, el diputado Barrios Klee intentó consultar esos archivos, y apareció con un tiro en la cabeza. El obispo Juan Gerardi, que también lo había intentado, terminó con el cráneo partido a golpes de piedra.

The New York Times dio difusión mundial al asunto. El diario confirmó y publicó las conclusiones del antropólogo: el testimonio «Yo, Rigoberta Menchú», publicado hace veintipico de años, contiene «inexactitudes y falsedades». Por ejemplo, el hermano de Rigoberta, Patrocinio, no fue quemado vivo: fue fusilado y arrojado a una fosa común. O, por ejemplo: «Ella asistió, durante tres años, a un colegio privado», lo que suena a internado suizo, pero se refiere a una escuelita de Chichicastenango Y así por el estilo, otros pelos en la leche. Cortina de humo A partir de allí, ardió, en reguero internacional, la pólvora. Súbitamente, se han multiplicado las voces que hablan de escándalo, que llaman mentirosa a Rigoberta y que, de paso cañazo, desautorizan al movimiento de resistencia indígena que ella expresa y simboliza. Con sospechosa celeridad, se está elevando una cortina de humo ante 40 años de tragedia en Guatemala, mágicamente reducidos a la provocación guerrillera y a los líos de familia, esas «cosas de indios».

No tuvo la misma repercusión, por cierto, el voluminoso y documentado informe de la Iglesia, elaborado por la comisión que el obispo Gerardi presidió, y que fue difundido el año pasado, dos días antes de su asesinato. Miles de testimonios, recogidos en todo el país, fueron juntando los pedacitos de la memoria del dolor: 150 mil guatemaltecos muertos, 150 mil desaparecidos, un millón de exiliados y refugiados, 200 mil huérfanos, 40 mil viudas. Nueve de cada 10 víctimas eran civiles desarmados, en su mayoría indígenas; y en ocho de cada 10 casos, la responsabilidad era del ejército o de sus bandas paramilitares. El informe habla de la responsabilidad directa, la responsabilidad de los títeres pagados. Sobre la otra, la de los titiriteros pagantes, bien valdría la pena que los Estados Unidos enviaran a todos sus antropólogos, y The New York Times movilizara a su cuerpo entero de redacción, para investigar el asunto.

Pero el Pentágono y la Casa Blanca bien pueden silbar y mirar para otro lado: los norteamericanos no tienen la más puta idea de dónde queda este país, Guatemala, de nombre pintoresco y difícil de pronunciar.

El Nóbel y ella La campaña contra Rigoberta llegó hasta Oslo. Ya hay quienes exigen que devuelva el Nóbel, o que se lo quiten. El premio está dado y bien dado, ratificó el Comité noruego: «Los detalles invocados no son esenciales», declaró su vocero.

Bueno fuera. El Nóbel de la Paz, que Rigoberta ganó en el 92, no sólo fue la única conmemoración decente y justa de los 500 años de eso que llaman Descubrimiento de América, sino que, además, resultó un buen plumerazo para un premio que necesitaba una limpieza. El Premio Nóbel de la Paz venía cargando mucha mugre desde 1906, cuando se lo dieron a Teddy Roosevelt, quien a los cuatro vientos proclamaba que la guerra purifica a los hombres, y más sucio fue quedando, con el paso del tiempo, cuando fue recibido por otros jefes guerreros, como, por ejemplo, Henry Kissinger, quien debe al mundo muchas muertes y ha sido el papá de Pinochet y otros monstruitos. Patas arriba: el mundo al revés discute ahora si Rigoberta merecía ese premio, en lugar de discutir si ese premio la merecía.

El país y ella Los indígenas son mayoría en Guatemala. Pero la minoría dominante los trata, en dictadura o en democracia, como África del Sur trataba a los negros en tiempos del apartheid. De cada seis guatemaltecos adultos, sólo uno vota: los indios son buenos para atraer turistas, para recoger las cosechas de algodón y de café, y para servir de bestias de carga a la economía nacional y de blanco de tiro al ejército. «Pareces indio», dicen los mandones, que se creen blancos, a los hijos que se portan mal. Esa «sociedad guatemalteca» recibió la noticia del Nóbel como un balde de agua fría. «India relamida», llaman a Rigoberta, desde entonces, las voces del despecho, y también: «india igualada». Y ahora: «india mentirosa».

Ella se ha salido de su lugar, y eso ofende. Que Rigoberta fuera india y mujer, vaya y pase, y allá ella con su doble desgracia. Pero esta mujer india resultó rebelde, imperdonable insolencia, y para colmo cometió luego la barbaridad de convertirse en uno de los símbolos universales de la dignidad humana. A los poderosos de Guatemala y del mundo, este desafío no les gusta ni un poquito.

El tiempo y ella Rigoberta viene de una familia aniquilada, de una aldea arrasada, de una memoria quemada. Ella ha pasado los primeros 20 años de su vida cerrando los ojos de los
muertos que le han abierto los ojos. El escritor vasco Bernardo Atxaga le preguntó:
-¿Cómo puedes ser tan jodídamente alegre?

-El tiempo -respondió-. Desde chiquitos, nos educan para entender el tiempo como tiempo que no termina nunca, aunque el tránsito por el mundo sea muy corto. Está escrito en uno de los libros sagrados:

-¿Qué es una persona en el camino? Tiempo. Rigoberta es hija del tiempo. Como todos los mayas, ha sido tejida por los hilos del tiempo. Y ella suele decir:

  • El tiempo teje despacio.

A la larga, lentamente, el tiempo decidirá qué es lo que vale la pena recordar de todo esto. El paso de los días y de los años irá separando la paja del grano. Quizás el tiempo olvide que Rigoberta Menchú recibió un Premio Nóbel, pero seguramente el tiempo no olvidará que ella recibe, cada día, en las sierras indígenas de Guatemala y en tantos otros lugares, un premio mucho más importante que todos los nóbeles: el amor de los indignados y el odio de los indignos.

Quienes apedrean a Rigoberta, ignoran que la están elogiando. Al fin y al cabo, como bien dice el viejo proverbio, son los árboles que dan frutos los que reciben las pedradas.

 

Eduardo Galeano –

A pesar de los pesares

1

América Latina ya no es una amenaza. Por tanto, ha dejado de existir. Rara vez las fábricas universales de opinión pública se dignan a echarnos alguna ojeada. Y sin embargo Cuba, que tampoco amenaza a nadie, es todavía una obsesión universal. No le perdonan que siga estando, que maltrecha y todo siga siendo. Esa islita sometida a feroz estado de sitio, condenada al exterminio por hambre, se niega a dar el brazo a torcer. ¿Por dignidad nacional? No, no, nos explican los entendidos: por vocación suicida. Con la pala en alto, los enterradores esperan.

Tanta demora los irrita. Al Este de Europa han hecho un trabajo rápido y total, contratado por los propios cadáveres, y ahora están ansiosos por arrojar tierra sin flores sobre esta porfiada dictadura roja que se niega a aceptar su destino. Los enterradores ya tienen preparada la maldición fúnebre. No para decir que la revolución cubana ha muerto de muerte matada: para decir que ha muerto porque morir quería.

2
Entre los más impacientes, entre los más furiosos, están los arrepentidos. Ayer  han confundido al estalinismo con el socialismo y hoy tienen huellas que borrar, un pasado que expiar: las mentiras que dijeron, las verdades que callaron. Es el Nuevo Orden Mundial, los burócratas se hacen empresarios y los censores se vuelven campeones de la libertad de expresión.

3
Nunca he confundido a Cuba con el paraíso. ¿Por qué voy a confundirla, ahora, con el infierno? Yo soy uno más entre los que creemos que se puede quererla sin mentir ni callar.

4
Fidel Castro es un símbolo de dignidad nacional. Para los latinoamericanos, que ya estamos cumpliendo cinco siglos de humillación, un símbolo entrañable. Pero Fidel ocupa, desde hace añares, el centro de un sistema burocrático, sistema de ecos de los monólogos del poder, que impone la rutina de la obediencia contra la energía creadora; y a la corta o a la larga, el sistema burocrático -partido único, verdad única- acaba por divorciarse de la realidad. En estos tiempos de trágica soledad que Cuba está sufriendo, el Estado omni-potente se revela omni-impotente.

5
Ese sistema no proviene de la oreja de una cabra. Proviene, sobre todo, del veto imperial. Apareció cuando la revolución no tuvo más remedio que cerrarse para defenderse, obligada a la guerra por quienes prohibían que Cuba fuera Cuba; y el incesante acoso exterior lo fue consolidando a lo largo del tiempo. Hace más de treinta años que el veto imperial se aplica, de mil maneras, para impedir la realización del proyecto de la Sierra Maestra. Continuo escándalo de hipocresía: desde aquel entonces, toman examen de democracia a Cuba, los fabricantes de todas las dictaduras militares que en Cuba han sido. En Cuba, democracia y socialismo nacieron para ser dos nombres de la misma cosa; pero los mandones del mundo sólo otorgan la libertad de elegir entre el capitalismo y el capitalismo.

6
El modelo de la Europa del Este, que tan fácilmente se ha derrumbado allá, no es la revolución cubana. La revolución cubana, que no llegó desde arriba ni se impuso desde afuera, ha crecido desde la gente, y no contra ella ni a pesar de ella. Por eso ha podido desarrollar una conciencia colectiva de patria: el imprescindible auto-respeto que está en la base de la utoeterminación.

7
El bloqueo de Haití, anunciado con bombos y platillos en nombre de la democracia herida, fue un fugaz espectáculo. No duró nada. Terminó mucho antes del regreso de Aristide. No podía durar: en democracia o en dictadura, hay cincuenta empresas norteamericanas que sacan jugo a esa mano de obra baratísima. En cambio, el bloqueo contra Cuba se ha multiplicado con los años. ¿Un asunto bilateral? Así dicen; pero nadie ignora que el bloqueo norteamericano implica, hoy por hoy, el bloqueo universal. A Cuba se le niega el pan y la sal y todo lo demás. Y también implica, aunque lo ignoren muchos, la negación del derecho a la autodeterminación. El cerco asfixiante tendido en torno a Cuba es una forma de intervención, la más feroz, la más eficaz, en sus asuntos internos. Genera desesperación, estimula la represión, desalienta la libertad. Bien lo saben los bloqueadores.

8
Ya no hay Unión Soviética. Ya no se puede cambiar, a precios justos, azúcar por petróleo. Cuba queda condenada al desamparo. El bloqueo multiplica el canibalismo de un mercado internacional que paga nada y cobra todo. Acorralada, Cuba apuesta al turismo. Y se corre el peligro de que resulte peor el remedio que la enfermedad.  Cotidiana contradicción: los turistas extranjeros disfrutan de una isla dentro de la isla, donde para ellos hay lo que para los cubanos falta. Se reabren viejas heridas de la memoria. Hay bronca popular, bronca justa, en esta patria que había sido colonia, y había sido putero, y había sido garito. Penosa situación, sin duda; que por ser cubana, se mira con lupa. Pero, ¿quién puede tirar la primera piedra? ¿No se consideran normales, en toda América Latina, los privilegios del turismo extranjero? Y, peor, ¿no se considera normal la sistemática guerra contra los pobres, desde el mortal muro que separa a los que tienen hambre de los que tienen miedo?

9
¿En Cuba hay privilegios? ¿Privilegios del turismo y también, en cierta medida, privilegios del poder? Sin duda. Pero el hecho es que no existe sociedad más igualitaria en América. Se reparte la pobreza: no hay leche, es verdad, pero la leche no falta a los niños ni a los viejos. La comida es poca, y no hay jabones, y el bloqueo no explica por arte de magia todas las escaseces; pero en plena crisis sigue habiendo escuelas y hospitales para todos, lo que no resulta fácil de imaginar en un continente donde tantísima gente no tiene otro maestro que la calle, ni más médico que la muerte. La pobreza se reparte, digo, y se reparte: Cuba sigue siendo el país más solidario del mundo. Recientemente, por poner un ejemplo, Cuba fue el único país que abrió las puertas a los haitianos fugitivos del hambre y de la dictadura militar, que en cambio fueron expulsados de los Estados Unidos.

10
Tiempo de derrumbamiento y perplejidad; tiempo de grandes dudas y certezas chiquitas. Pero quizá no sea tan chiquita esta certeza: cuando nacen desde adentro, cuando crecen desde abajo, los grandes procesos de cambio no terminan en su lado
jodido. Nicaragua, pongamos por caso, que viene de una década de asombrosa grandeza, ¿podrá olvidar lo que aprendió en materia de dignidad y justicia y democracia? ¿Termina el sandinismo en algunos dirigentes que no han sabido estar a la altura de su propia gesta, y se han quedado con autos y casas y otros bienes públicos? Seguramente el sandinismo es bastante más que esos sandinistas que habían sido capaces de perder la vida en la guerra y en la paz no han sido capaces de perder las cosas.

11
La revolución cubana vive una creciente tensión entre las energías de cambio que ella contiene y sus petrificada estructuras de poder. Los jóvenes, y no sólo los jóvenes, exigen más democracia. No un modelo impuesto desde afuera, prefabricado por quienes desprestigian a la democracia usándola como coartada de la injusticia social y la humillación nacional. La expresión real, no formal, de la voluntad popular, quiere encontrar su propio camino. A la cubana. Desde adentro, desde abajo.

Pero la liberación plena de esas energías de cambio no parece posible mientras Cuba continúe sometida a estado de sitio. El acoso exterior alimenta las peores tendencias del poder: las que interpretan toda contradicción como un posible acto de conspiración, y no como la simple prueba de que está viva la vida.

12
Se juzga a Cuba como si no estuviera padeciendo, desde hace más de treinta años, una continua situación de emergencia. Astuto enemigo, sin duda, que condena las consecuencias de sus propios actos. Yo estoy en contra de la pena de muerte. En cualquier lugar. En Cuba, también. Pero, ¿se puede repudiar los fusilamientos en Cuba sin repudiar, a la vez, el cerco que niega a Cuba la libertad de elegir y la obliga a vivir en vilo? Sí, se puede. Al fin y al cabo, a Cuba le dictan cursos de derechos humanos quienes silban y miran para otro lado cuando la pena de muerte se aplica en otros lugares de América. Y no se aplica de vez en cuando, sino de manera sistemática: achicharrando negros en las sillas eléctricas de los Estados Unidos, masacrando indios en las sierras de Guatemala, acribillando niños en las calles de Brasil.

Y por lamentables que hayan sido los fusilamientos en Cuba, al fin y al cabo, ¿deja de ser admirable la porfiada valentía de esta isla minúscula, condenada a la soledad, en un mundo donde el servilismo es alta virtud o prueba de talento? ¿Un mundo donde quien no se vende, se alquila?

(1992)

Tomado de:
Eduardo Galeano, Ser como ellos y otros artículos, Siglo Veintiuno Editores, México, 1992.

 

Eduardo Galeano –

Apuntes del Más Allá

Informaciones útiles. La tradición islámica prohíbe tomar vino en la Tierra, pero el Corán promete vino incesante en el Cielo. El Corán, que condena el adulterio en la Tierra, también promete bellas vírgenes y apuestos mancebos, disponibles en cantidad, para el goce eterno en el Jardín del Deleite que aguarda a los muertos virtuosos.

La tradición católica, amiga del vino en el Más Acá, no ofrece vino en el Más Allá, donde los elegidos de Dios serán sometidos a una dieta de leche y miel. Y según el dictamen del papa Juan Pablo II, en el Paraíso los hombres y las mujeres estarán juntos, pero “serán como hermanos”.

Por influencia de la vida ultraterrena o por otros motivos, hay 1300 millones de musulmanes y 1000 millones de católicos.

Pero quien mejor conoce el Cielo no es musulmán, ni católico. El telepredicador evangelista Billy Graham, cuyas luces orientan al presidente Bush en las tinieblas de este mundo, es el único ser humano que ha sido capaz de medir el reino de Dios. La Billy Graham Evangelistic Association, con sede en Minneapolis, ha revelado que el Paraíso mide mil quinientas millas cuadradas. A fines del siglo veinte, una encuesta de Gallup indicó que ocho de cada
diez estadounidenses creen que los ángeles existen. Un científico del American Institute of Physics (College Park, Md) aseguró que es imposible que más de diez ángeles puedan bailar al mismo tiempo en una cabeza de Universidad de Santiago de Compostela informaron que la temperatura del infierno es de 279 grados.

Mientras tanto, los servicios de telecomunicaciones de Israel dieron a conocer el número del fax de Dios (00972-25612222) y su sitio en Internet (www.kotelkam.com).

Agradezco el milagro. Mensajes escritos por diversas generaciones, a lo largo de muchos años, en los exvotos de lata pintada, en las iglesias de México:

El 15 de junio de 1790, un asesino se arrepintió ante la prodigiosa imagen del Señor de Plateros y así fue resucitado el hombre a quien él había dado muerte con una grande piedra. Y para testimonio del milagro, el resucitado trajo la piedra sobre su cabeza a este santuario, al día siguiente de cometido el crimen. La Sra. Margarita Canales de Gutiérrez da gracias a la Virgen Ntra. Sra. de Guadalupe porque el 10 de enero de 1914 las tropas de Pancho Villa entraron en Ojinaga y violaron a su hermana y a ella no.  El Sr. Pablo Estrada, decepcionado por la muerte de su madre, apeló al suicidio, pegándose seis veces con un martillo, dándole gracias a la Virgen de San Juan por haberle quitado ese mal pensamiento.
Doy infinitas gracias al Santo Niño de Atocha por librarme de una pena de 40 años de prisión y sólo pagarla con 8 días. José Guadalupe de la Rueda, Penal de Barrientos.

Doy gracias al Santo Niño porque tengo tres hermanas y yo soy la más fea y me casé primero.
Infinitas gracias doy a la Virgencita de los Dolores porque anteanoche mi mujer se huyó con mi compadre Anselmo y con eso él va a pagar todas las que me ha hecho.

Doy gracias al Dibino Rostro de Acapulco porque maté a mi marido i no me hicieron nada. Rosa Perea. El turismo de después. Entierros celestiales, precios terrenales. Por  12.500 dólares, tendrá usted su tumba en el Valle del Silencio: “Descanse
en paz. En la luna”, ofrece la empresa norteamericana Celestis Inc., que ya tiene tres satélites funerarios en órbita. Los cohetes llevarán las cenizas de los clientes desde la base de Cabo Cañaveral. Por un precio adicional de 5600 dólares, la empresa Earthview brinda un video del lanzamiento y asegura el envío de un epitafio digital hacia una estrella que será bautizada con el nombre del finado. Estos fueron los dos primeros epitafios enviados al cielo:

Qué vista tan magnífica.

Mi espíritu está libre para elevarse.

Lápidas. Epitafios escritos en tumbas de diversos cementerios, aquí en la Tierra:

Por querer estar mejor, estoy aquí.

Yo les dije que no me sentía bien.

Disculpen que no me levante.

Ni Dios podrá quitarme lo bailado.

Cometió el delito de ser bueno.

Esta ceniza regada fue boca besada.

Le siguen saliendo hojitas.

Saludó a los conocidos, abrazó a los amigos, besó a los queridos. Y se fue.

Ella no era de este mundo.

El Más Acá. Estimado señor Futuro, De mi mayor consideración:

Le estoy escribiendo esta carta para pedirle un favor. Usted sabrá disculpar la molestia. No, no tema, no es que quiera conocerlo. Ha de ser usted un señor muy solicitado, habrá tanta gente que querrá tener el gusto; pero yo no. Cuando alguna gitana me atrapa la mano, para leerme el porvenir, salgo corriendo a la disparada antes de que ella pueda cometer semejante
crueldad.
Y sin embargo usted, misterioso señor, es la promesa que nuestros pasos persiguen queriendo sentido y destino. Y es este mundo, este mundo y no otro mundo, el lugar donde usted nos espera. A mí y a los muchos que no creemos en los dioses que nos prometen otras vidas en los lejanísimos hoteles del Más Allá. Y ahí está el problema, señor Futuro. Nos estamos quedando sin mundo. Los violentos lo patean, como si fuera una pelota. Juegan con él los señores de la guerra, como si fuera una granada de mano, y los voraces lo exprimen, como si fuera un limón. A este paso, me temo, más temprano que tarde el mundo podría no ser más que una piedra muerta girando en el espacio, sin tierra, sin agua, sin aire y sin alma.

De eso se trata, señor Futuro. Yo le pido, nosotros le pedimos, que no se deje desalojar. Para estar, para ser, necesitamos que usted siga estando, que usted siga siendo. Que usted nos ayude a defender su casa, que es la casa del tiempo. Háganos esa gauchada, por favor. A nosotros y a los otros: a los otros que vendrán después, si tenemos después.

Le saluda atentamente,

Un terrestre.

 

Eduardo Galeano –

Crónica de la ciudad de La Habana

Los padres habían huido al norte. En aquel tiempo, la revolución y él estaban recién nacidos. Un cuarto de siglo después, Nelson Valdés viajó de Los Ángeles a La Habana, para conocer su país. Cada mediodía, Nelson tomaba el ómnibus, la guagua 68, en la puerta del hotel, y se iba a leer libros sobre Cuba. Leyendo pasaba las tardes en la biblioteca José Martí, hasta que caía la noche. Aquel mediodía, la guagua 68 pegó un frenazo en una bocacalle. Hubo gritos de protesta, por el tremendo sacudón, hasta que los pasajeros vieron el motivo del frenazo: una mujer muy rumbosa, que había cruzado la calle.

—Me disculpan, caballeros —dijo el conductor de la guagua 68, y se bajó. Entonces todos los pasajeros aplaudieron y le desearon buena suerte.

El conductor caminó balanceándose, sin apuro, y los pasajeros lo vieron acercarse a la muy salsosa, que estaba en la esquina, recostada a la pared, lamiendo un helado. Desde la guagua 68, los pasajeros seguían el ir y venir de aquella lengüita que besaba el helado mientras el conductor hablaba y hablaba sin respuesta, hasta que de pronto ella se rió, y le regaló una mirada. El conductor alzó el pulgar y todos los pasajeros le dedicaron una cerrada ovación.
Pero cuando el conductor entró en la heladería, produjo cierta inquietud general. Y cuando al rato salió con un helado en cada mano, cundió el pánico en las masas.

Le tocaron la bocina. Alguien se afirmó en la bocina con alma y vida, y sonó la bocina como alarma de robos o sirena de incendios; pero el conductor, sordo, como si nada, seguía pegado a la muy sabrosa.

Entonces avanzó, desde los asientos de atrás de la guagua 68, una mujer que parecía una gran bala de cañón y tenía cara de mandar. Sin decir palabra, se sentó en el asiento del conductor y puso el motor en marcha. La guagua 68 continuó su recorrido, parando en sus paradas habituales, hasta que la mujer llegó a su propia parada y se bajó. Otro pasajero ocupó su lugar, durante un buen tramo, de parada en parada, y después otro, y otro, y así siguió la guagua 68 hasta el final.

Nelson Valdés fue el último en bajar. Se había olvidado de la biblioteca.

Eduardo Galeano – Cuatro frases que hacen crecer la nariz de Pinocho

1 Somos todos culpables de la ruina del planeta

La salud del mundo está hecha un asco. ‘Somos todos responsables’, claman las voces de la alarma universal, y la generalización absuelve: si somos todos responsables, nadie lo es. Como conejos se reproducen los nuevos tecnócratas del medio ambiente. Es la tasa de natalidad más alta del mundo: los expertos generan expertos y más expertos que se ocupan de envolver el tema en el papel celofán de la ambigüedad. Ellos fabrican el brumoso lenguaje de las exhortaciones al ‘sacrificio de todos’ en las declaraciones de los gobiernos y en los solemnes acuerdos internacionales que nadie cumple. Estas cataratas de palabras -inundación que amenaza convertirse en una catástrofe ecológica comparable al agujero del ozono- no se desencadenan gratuitamente. El lenguaje oficial ahoga la realidad para otorgar impunidad a la sociedad de consumo, a quienes la imponen por modelo en nombre del desarrollo y a las grandes empresas que le sacan el jugo. Pero las estadísticas confiesan. Los datos ocultos bajo el palabrerío revelan que el 20 por ciento de la humanidad comete el 80 por ciento de las agresiones contra la naturaleza, crimen que los asesinos llaman suicidio y es la humanidad entera quien paga las consecuencias de la degradación de la tierra, la intoxicación del aire, el envenenamiento del agua, el enloquecimiento del clima y la dilapidación de los recursos naturales no renovables. La señora Harlem Bruntland, quien encabeza el gobierno de Noruega, comprobó recientemente que si los 7 mil millones de pobladores del planeta consumieran lo mismo que los países desarrollados de Occidente, “harían falta 10 planetas como el nuestro para satisfacer todas sus necesidades”. Una experiencia imposible. Pero los gobernantes de los países del Sur que prometen el ingreso al Primer Mundo, mágico pasaporte que nos hará a todos ricos y felices, no sólo deberían ser procesados por estafa. No sólo nos están tomando el pelo, no: además, esos gobernantes están cometiendo el delito de apología del crimen. Porque este sistema de vida que se ofrece como paraíso, fundado en la explotación del prójimo y en la aniquilación de la naturaleza, es el que nos está enfermando el cuerpo, nos está envenenando el alma y nos está dejando sin mundo.

2 Es verde lo que se pinta de verde

Ahora, los gigantes de la industria química hace su publicidad en color verde, y el Banco Mundial lava su imagen repitiendo la palabra ecología en cada página de sus informes y tiñendo de verde sus préstamos. “En las condiciones de nuestros préstamos hay normas ambientales estrictas”, aclara el presidente de la suprema banquería del mundo. Somos todos ecologistas, hasta que alguna medida concreta limita la libertad de contaminación. Cuando se aprobó en el Parlamento del Uruguay una tímida ley de defensa del medio ambiente, las empresas que echan veneno al aire y pudren las aguas se sacaron súbitamente la recién comprada careta verde y gritaron su verdad en términos que podrían ser resumidos así: “los defensores de la naturaleza son abogados de la pobreza, dedicados a sabotear el desarrollo económico y a espantar la inversión extranjera”. El Banco Mundial, en cambio, es el principal promotor de la riqueza, el desarrollo y la inversión extranjera. Quizás por reunir tantas virtudes, el Banco manejará, junto a la ONU, el recién creado Fondo para el Medio Ambiente Mundial. Este impuesto a la mala conciencia dispondrá de poco dinero, 100 veces menos de lo que habían pedido los ecologistas, para financiar proyectos que no destruyan la naturaleza. Intención irreprochable, conclusión inevitable: si esos proyectos requieren un fondo especial, el Banco Mundial está admitiendo, de hecho, que todos sus demás proyectos hacen un flaco favor al medio ambiente. El Banco se llama Mundial, como el Fondo Monetario se llama Internacional, pero estos hermanos gemelos viven, cobran y deciden en Washington. Quien paga, manda, y la numerosa tecnocracia jamás escupe el plato donde come. Siendo, como es, el principal acreedor del llamado Tercer Mundo, el Banco Mundial gobierna a nuestros países cautivos que por servicio de deuda pagan a sus acreedores externos 250 mil dólares por minuto, y les impone su política económica en función del dinero que concede o promete. La divinización del mercado, que compra cada vez menos y paga cada vez peor, permite atiborrar de mágicas chucherías a las grandes ciudades del sur del mundo, drogadas por la religión del consumo, mientras los campos se agotan, se pudren las aguas que los alimentan y una costra seca cubre los desiertos que antes fueron bosques.

3 Entre el capital y el trabajo, la ecología es neutral

Se podrá decir cualquier cosa de Al Capone, pero él era un caballero: el bueno de Al siempre enviaba flores a los velorios de sus víctimas… Las empresas gigantes de la industria química, petrolera y automovilística pagaron buena parte de los gastos de la Eco 92. La conferencia internacional que en Río de Janeiro se ocupó de la agonía del planeta. Y esa conferencia, llamada Cumbre de la Tierra, no condenó a las transnacionales que producen contaminación y viven de ella, y ni siquiera pronunció una palabra contra la ilimitada libertad de comercio que hace posible la venta de veneno. En el gran baile de máscaras del fin de milenio, hasta la industria química se viste de verde. La angustia ecológica perturba el sueño de los mayores laboratorios del mundo, que para ayudar a la naturaleza están inventando nuevos cultivos biotecnológicos. Pero estos desvelos científicos no se proponen encontrar plantas más resistentes a las plagas sin ayuda química, sino que buscan nuevas plantas capaces de resistir los plaguicidas y herbicidas que esos mismos laboratorios producen. De las 10 empresas productoras de semillas más grandes del mundo, seis fabrican pesticidas (Sandoz, Ciba-Geigy, Dekalb, Pfiezer, Upjohn, Shell, ICI). La industria química no tiene tendencias masoquistas. La recuperación del planeta o lo que nos quede de él implica la denuncia de la impunidad del dinero y la libertad humana. La ecología neutral, que más bien se parece a la jardinería, se hace cómplice de la injusticia de un mundo donde la comida sana, el agua limpia, el aire puro y el silencio no son derechos de todos sino privilegios de los pocos que pueden pagarlos. Chico Mendes, obrero del caucho, cayó asesinado a fines del 1988, en la Amazonía brasileña, por creer lo que creía: que la militancia ecológica no puede divorciarse de la lucha social. Chico creía que la floresta amazónica no será salvada mientras no se haga la reforma agraria en Brasil. Cinco años después del crimen, los obispos brasileños denunciaron que más de 100 trabajadores rurales mueren asesinados cada año en la lucha por la tierra, y calcularon que cuatro millones de campesinos sin trabajo van a las ciudades desde las plantaciones del interior. Adaptando las cifras de cada país, la declaración de los obispos retrata a toda América Latina. Las grandes ciudades latinoamericanas, hinchadas a reventar por la incesante invasión de exiliados del campo, son una catástrofe ecológica: una catástrofe que no se puede entender ni cambiar dentro de los límites de la ecología, sorda ante el clamor social y ciega ante el compromiso político.

4 La naturaleza está fuera de nosotros

En sus 10 mandamientos, Dios olvidó mencionar a la naturaleza. Entre las órdenes que nos envió desde el monte Sinaí, el Señor hubiera podido agregar, pongamos por caso: “Honrarás a la naturaleza de la que formas parte”. Pero no se le ocurrió. Hace cinco siglos, cuando América fue apresada por el mercado mundial, la civilización invasora confundió a la ecología con la idolatría. La comunión con la naturaleza era pecado. Y merecía castigo. Según las crónicas de la Conquista., los indios nómadas que usaban cortezas para vestirse jamás desollaban el tronco entero, para no aniquilar el árbol, y los indios sedentarios plantaban cultivos diversos y con períodos de descanso, para no cansar a la tierra. La civilización que venía a imponer los devastadores monocultivos de exportación no podía entender a las culturas integradas a la naturaleza, y las confundió con la vocación demoníaca o la ignorancia. Para la civilización que dice ser occidental y cristiana, la naturaleza era una bestia feroz que había que domar y castigar para que funcionara como una máquina, puesta a nuestro servicio desde siempre y para siempre. La naturaleza, que era eterna, nos debía esclavitud. Muy recientemente nos hemos enterado de que la naturaleza se cansa, como nosotros, sus hijos, y hemos sabido que, como nosotros, puede morir asesinada. Ya no se habla de someter a la naturaleza, ahora hasta sus verdugos dicen que hay que protegerla. Pero en uno u otro caso, naturaleza sometida y naturaleza protegida, ella está fuera de nosotros. La civilización que confunde a los relojes con el tiempo, al crecimiento con el desarrollo y a lo grandote con la grandeza, también confunde a la naturaleza con el paisaje, mientras el mundo, laberinto sin centro, se dedica a romper su propio cielo.

Eduardo Galeano –

Cuba duele

-Las prisiones y los fusilamientos en Cuba son muy buenas noticias para el superpoder universal, que está loco de ganas de sacarse de la garganta esta porfiada espina. Son muy malas noticias, en cambio, noticias tristes que mucho duelen, para quienes creemos que es admirable la valentía de ese país chiquito y tan capaz de grandeza, pero también creemos que la libertad y la justicia marchan juntas o no marchan.

Tiempo de muy malas noticias: por si teníamos poco con la alevosa impunidad de la carnicería de Irak, el gobierno cubano comete estos actos que, como diría don Carlos Quijano, “pecan contra la esperanza”.

-Rosa Luxemburg, que dio la vida por la revolución socialista, discrepaba con Lenin en el proyecto de una nueva sociedad. Ella escribió palabras proféticas sobre lo que no quería. Fue asesinada en Alemania, hace 85 años, pero sigue teniendo razón: “La libertad sólo para los partidarios del gobierno, sólo para los miembros de un partido, por numerosos que ellos sean, no es libertad. La libertad es siempre libertad para el que piensa diferente”. Y también: “Sin elecciones generales, sin una libertad de prensa y una libertad de reunión ilimitadas, sin una lucha de opiniones libres, la vida vegeta y se marchita en todas las instituciones públicas, y la burocracia llega a ser el único elemento activo”.

-El siglo XX, y lo que va del XXI, han dado testimonio de una doble traición al socialismo: la claudicación de la socialdemocracia, que en nuestros días ha llegado al colmo con el sargento Tony Blair, y el desastre de los estados comunistas convertidos en estados policiales. Muchos de esos estados se han desmoronado ya, sin pena ni gloria, y sus burócratas reciclados sirven al nuevo amo con patético entusiasmo.

La revolución cubana nació para ser diferente. Sometida a un acoso imperial incesante, sobrevivió como pudo y no como quiso. Mucho se sacrificó ese pueblo, valiente y generoso, para seguir estando de pie en un mundo lleno de agachados. Pero en el duro camino que recorrió en tantos años, la revolución ha ido perdiendo el viento de espontaneidad y de frescura que desde el principio la empujó. Lo digo con dolor. Cuba duele.

-La mala conciencia no me enreda la lengua para repetir lo que ya he dicho, dentro y fuera de la isla: no creo, nunca creí, en la democracia del partido único (tampoco en Estados Unidos, donde hay un partido único disfrazado de dos), ni creo que la omnipotencia del Estado sea la respuesta a la omnipotencia del mercado.

-Las largas condenas a prisión son, creo, goles en contra. Convierten en mártires de la libertad de expresión a unos grupos que abiertamente operaban desde la casa de James Cason, el representante de los intereses de Bush en La Habana. Tan lejos había llegado la pasión libertadora de Cason que él mismo fundó la rama juvenil del Partido Liberal Cubano, con la delicadeza y el pudor que caracterizan a su jefe.

Actuando como si esos grupos fueran una grave amenaza, las autoridades cubanas les han rendido homenaje, y les han regalado el prestigio que las palabras adquieren cuando están prohibidas.

Esta “oposición democrática” no tiene nada que ver con las genuinas expectativas de los cubanos honestos. Si la revolución no le hubiera hecho el favor de reprimirla, y si en Cuba hubiera plena libertad de prensa y de opinión, esta presunta disidencia se descalificaría a sí misma. Y recibiría el castigo que merece, el castigo de la soledad, por su notoria nostalgia de los tiempos coloniales en un país que ha elegido el camino de la dignidad nacional.

-Estados Unidos, incansable fábrica de dictaduras en el mundo, no tiene autoridad moral para dar lecciones de democracia a nadie. Sí podría dar lecciones de pena de muerte el presidente Bush, que siendo gobernador de Texas se proclamó campeón del crimen de Estado firmando 152 ejecuciones.

Pero las revoluciones de verdad, las que se hacen desde abajo y desde adentro como se hizo la revolución cubana, ¿necesitan aprender malas costumbres del enemigo que combaten? No tiene justificación la pena de muerte, se aplique donde se aplique.

-¿Será Cuba la próxima presa en la cacería de países emprendida por el presidente Bush? Lo anunció su hermano Jeb, gobernador del estado de Florida, cuando dijo: “Ahora hay que mirar al vecindario”, mientras la exiliada Zoe Valdés pedía a gritos, desde la televisión española, “que le metan un bombazo al dictador”. El ministro de Defensa, o más bien de Ataques, Donald Rumsfeld, aclaró: “Por ahora, no”.

Parece que el peligrosímetro y el culpómetro, las maquinitas que eligen víctimas en el tiro al blanco universal, apuntan, más bien, hacia Siria. Quién sabe. Como dice Rumsfeld: por ahora.

-Creo en el sagrado derecho a la autodeterminación de los pueblos, en cualquier lugar y en cualquier tiempo. Puedo decirlo, sin que ninguna mosca me atormente la conciencia, porque también lo dije públicamente cada vez que ese derecho fue violado en nombre del socialismo, con aplausos de un vasto sector de la izquierda, como ocurrió, por ejemplo, cuando los tanques soviéticos entraron en Praga, en 1968, o cuando las tropas soviéticas invadieron Afganistán, a fines de 1979.

-Son visibles, en Cuba, los signos de decadencia de un modelo de poder centralizado, que convierte en mérito revolucionario la obediencia a las órdenes que bajan, “bajó la orientación”, desde las cumbres.

El bloqueo, y otras mil formas de agresión, bloquean el desarrollo de una democracia a la cubana, alimentan la militarización del poder y brindan coartadas a la rigidez burocrática. Los hechos demuestran que hoy es más difícil que nunca abrir una ciudadela que se ha ido cerrando a medida que ha sido obligada a defenderse. Pero los hechos también demuestran que la apertura democrática es, más que nunca, imprescindible. La revolución, que ha sido capaz de sobrevivir a las furias de 10 presidentes de Estados Unidos y de 20 directores de la CIA, necesita esa energía, energía de participación y de diversidad, para hacer frente a los duros tiempos que vienen.

Han de ser los cubanos, y sólo los cubanos, sin que nadie venga a meter mano desde afuera, quienes abran nuevos espacios democráticos, y conquisten las libertades que faltan, dentro de la revolución que ellos hicieron y desde lo más hondo de su tierra, que es la más solidaria que conozco.

La Jornada, México, D.F., viernes 18 de abril de 2003.

 

De los muchachos que por entonces conocí en las montañas, ¿quién quedará vivo?

1.
Eran muy jóvenes. Estudiantes de la ciudad y campesinos de comarcas donde un litro de leche costaba dos días enteros de trabajo. El ejército les pisaba los talones y ellos contaban chistes verdes y se cagaban de la risa.

Estuve con ellos algunos días. Comíamos tortas de maíz. Las noches eran muy frías en la alta selva de Guatemala. Dormíamos en el suelo, abrazados todos con todos, bien pegados los cuerpos, para darnos calor y que no nos matara la helada del alba.

2.
Había, entre los guerrilleros, unos cuantos indios. Y eran indios caso todos los soldados enemigos. El ejército los cazaba a la salida de las fiestas y cuando despertaban de la borrachera ya tenían puesto el uniforme y el arma en la mano. Así marchaban a las montañas, a matar a quienes morían por ellos.

3.
Una noche, los muchachos me contaron como Castillo Armas se había sacado de encima a un lugarteniente peligroso. Para que no le robara el poder o las mujeres, Castillo Armas lo mandó en misión secreta a Managua. Llevaba un sobre lacrado para el dictador Somoza. Somoza lo recibió en el palacio. Abrió el sobre, lo leyó delante de él, le dijo:

-Se hará como pide su presidente.

Lo convidó con tragos.

Al final de una charla agradable, lo acompañó hasta la salida. De pronto, el enviado de Castillo Armas se encontró solo y con la puerta cerrada a sus espaldas.

El pelotón, ya formado, lo esperaba rodilla en tierra.

Todos los soldados dispararon a la vez.

4.
Conversación que no sé si escuché o imaginé en aquellos días:

-Una revolución de mar a mar. Todito el país alzado. Y los pienso ver con estos mis ojos…

-¿Y cambiará todo, todo?

-Hasta las raíces.

-¿Y ya no habrá que vender los brazos por nada?

-Ni modo, pues.

-¿Ni aguantar que lo traten a uno como bestia?

-Nadie será dueño de nadie.

-¿Y los ricos?

-No habrá mas ricos.

-¿Y quién nos va a pagar a los pobres, entonces, las cosechas?

-Es que tampoco habrá pobres.

-Ni ricos ni pobres.

-Ni pobres ni ricos.

-Pero entonces, se va a quedar sin gente Guatemala. Porque aquí, sabes vos, el que no es rico, es pobre.

5.
El vicepresidente se llamaba Clemente Marroquín Rojas. Dirigía un diario, de estilo estrepitoso, y a la puerta de su despacho montaban guardia dos gordos con metralleta.

Marroquín Rojas me recibió con un abrazo. Me ofreció café; me palmeaba la espalda y me miraba con ternura.

Yo, que había estado en la montaña con los guerrilleros hasta la semana anterior, no entendía nada. “Es una trampa”, pensé, por el gusto de sentirme importante.

Entonces Marroquín Rojas me explicó que Newbery, el hermano del famoso aviador argentino, había sido su gran amigo en los años juveniles y yo era su vivo retrato. Se olvidó de que estaba ante un periodista. Convertido en Newbery, le escuché bramar contra los norteamericanos porque no hacían las cosas como era debido. Una escuadra de aviones norteamericano, piloteados por aviadores norteamericanos, había partido de Panamá y había descargado napalm norteamericano sobre una montaña de Guatemala.

Marroquín Rojas estaba hecho una furia porque los aviones se habían vuelto a Panamá sin tocar tierra guatemalteca.

-Podían haber aterrizado, ¿no le parece? -me decía, y yo le decía que sí me parece:
-Podían haber aterrizado, por lo menos.

6.
Los guerrilleros me lo habían contado. Varias veces habían visto estallar napalm en el cielo, sobre las montañas vecinas. Habían encontrado con frecuencia las huellas de la espuma derramada al rojo vivo: los árboles quemados hasta las raíces, los animales carbonizados, las rocas negras.

7.
A mediados de 1954, los Estados Unidos habían sentado a Ngo Dinh Diem en el trono de Saigón y habían fabricado la entrada triunfal de Castillo Armas en Guatemala.

La expedición de rescate de la United Fruit cortó de un golpe de hacha la reforma agraria que había expropiado y distribuido, ente los campesinos pobres, las tierras eriales de la empresa.

Mi generación se asomó a la vida política con aquella señal en la frente. Horas de indignación y de impotencia…

Recuerdo al orado corpulento que nos hablaba con voz serena, pero echando fuego por la boca, aquella noche de gritos de rabia y de banderas, en Montevideo. “Hemos venido a denunciar el crimen…”

El orados se llamaba Juan José Arévalo. Yo tenía catorce años y nunca se me borró el impacto.
Arévalo había iniciado, en Guatemala, el ciclo de reformas sociales que Jacobo Arbenz profundizó y que Castillo Armas ahogó en sangre. Durante su gobierno había eludido -nos contó- treinta y dos tentativas de golpe de estado.

Años después, Arévalo se convirtió en funcionario. Peligrosa especie, la de los arrepentidos: Arévalo se hizo embajador del general Arana, señor de horca y cuchillo, administrador colonial de Guatemala, organizador de carnicerías. Cuando lo supe, ya hacía años yo había perdido la inocencia, pero me sentí como un gurisito estafado.

8.
Conocí a Mijangos en el 67, en Guatemala. Me recibió en su casa, sin preguntas, cuando bajé de la sierra a la ciudad. Le gustaba cantar, beber buen trago, saludar la visa: no tenía piernas para bailar, pero batía palmas animando las fiestas. Tiempo después, mientras Arévalo era embajador, Adolfo Mijangos fue diputado. Una tarde, Mijangos denunció un fraude en la Cámara. La Hanna Mining Cº, que en el Brasil había derribado dos gobiernos, había hecho nombrar ministro de Economía de Guatemala a un funcionario de la empresa. Se firmó entonces un contrato para que la Hanna explotara, en asociación con el Estado, las reservas de níquel, cobalto, cobre y cromo en las márgenes del lago Izabal. Según el acuerdo, el Estado se beneficiaría con una propina y la empresa con mil millones de dólares. En su condición de socia del país, la Hanna no pagaría impuesto a la renta y usaría el puerto a mitad de precio.

Mijangos alzó la voz de protesta.

Poco después, cuando iba a subir a su Peugeot, una ráfaga de balazos le entró por la espalda. Cayó de su silla de ruedas con el cuerpo lleno de plomo.

9.
Escondido en un almacén de los suburbios, yo esperaba al hombre más buscado por la policía militar guatemalteca. Se llamaba Ruano Pinzón, y él también era, o había sido, policía militar.

-Mirá ese muro. Saltá. ¿Podés?

Torcí el pescuezo. La pared de la trastienda no terminaba nunca.

-No -dije.

-Pero si vienen ellos, ¿Vas a saltar?

Otra que saltar. Si venían ellos, iba a volar. El pánico convierte a cualquiera en campeón olímpico.
Pero ellos no vinieron. Ruano Pinzón llegó esa noche y pude hablar largamente con él. Tenía una campera de cuero negra y los nervios le hacían bailar los ojos. Ruano Pinzón había desertado.

El era el único testigo todavía vivo de la matanza de una veintena de dirigentes políticos suprimidos en vísperas de las elecciones. Había ocurrido en el cuartel de Matamoros. Ruano Pinzón fue uno de los cuatro policías que llevaron las bolsas, grandes y pesadas, a las camionetas. Se dio cuanta porque las mangas se le enchastraron de sangre. En el aeropuerto La Aurora subieron las bolsas a un avión 500 de la Fuerza Aérea. Después, las arrojaron al Pacífico.

El los había visto llegar vivos al cuartel, reventados por los golpes; y había visto al ministro de Defensa en persona comandando la operación.

De los hombres que habían cargado los cadáveres, Ruano Pinzón era el único que quedaba. Uno había amanecido con un puñal en el pecho en una cama de la pensión La Posada. Otro recibió un tiro en la espalda, en una cantina de Zacapa, y al otro lo habían acribillado en el bar de atrás de la estación central.

Eduardo Galeano – Días y noches de amor y de guerra (1984)

 

Eduardo Galeano – Diccionario del nuevo orden mundial
(Imprescindible en la cartera de la dama y el bolsillo del caballero).

apartheid. Sistema original de África del Sur, destinado a evitar que los negros invadan su propio país. El Nuevo Orden lo aplica, democráticamente, contra todos los pobres del mundo, sea cual fuera su color.

Bandera. Contiene tantas estrellas que ya no queda lugar para las barras, Japón y Alemania estudian diseños alternativos.

Comercio, libertad de. Droga estupefaciente prohibida en los países ricos, que los países ricos venden a los países pobres.

Consumo, sociedad de. Prodigioso envase lleno de nada. Invención de alto valor científico, que permite suprimir las necesidades reales, mediante la oportuna imposición de necesidades artificiales. Sin embargo, la Sociedad de Consumo genera cierta resistencia en las regiones más atrasadas. (Declaración de don Pampero Conde, nativo de Cardona, Uruguay: «Para qué quiero frío, si no tengo sobretodo».)

Costos, cálculo de. Se estima en 40 millones de dólares el costo mínimo de una campaña electoral para presidente de los Estados Unidos. En los países del Sur, el costo de fabricación de un presidente resulta considerablemente más reducido, debido a la ausencia de impuestos y al bajo precio de la mano de obra.

Creación. Delito cada vez menos frecuente.

Cultura universal. Televisión.

Desarrollo. En las sierras de Guatemala: No se necesita matar a todos. Desde 1982, nosotros dimos desarrollo al 70% de la población, mientras matamos al 30% (General Héctor Alejandro Gramajo, ex ministro de Defensa de Guatemala, recientemente graduado en el curso de Relaciones Internacionales de la Universidad de Harvard. Publicado en Harvard International Review, edición de primavera de 1991).

Deuda externa. Compromiso que cada latinoamericano contrae al nacer, por la módica suma de 2 000 dólares, para financiar el garrote con el que será golpeado.

Dinero, libertad del. Dítese del rey Herodes suelto en una fiesta infantil. Gobierno. En el Sur, institución especializada en la difusión de la pobreza, que periódicamente se reúne con sus pares para festejar los resultados de sus actos. La última Conferencia Regional sobre la Pobreza, que congregó en Ecuador a los gobiernos de América Latina, reveló que se ha logrado condenar a la pobreza a un 62,3 por ciento de la población latinoamericana. La Conferencia celebró la eficacia del nuevo Método Integrado de Medición de la Pobreza (MIMP).

Guerra. Castigo que se aplica a los países del Sur cuando pretenden elevar los precios de sus productos de exportación. El más reciente escarmiento fue exitosamente practicado contra Irak. Para corregir la cotización del petróleo fue necesario producir 150 mil daños colaterales, vulgarmente llamados víctimas humanas, a principios de 1991.

Guerra fría. Ya era. Se necesitan nuevos enemigos. Interesados dirigirse al Pentágono, Washington DC, o a la comisaría de su barrio.

Historia. El 12 de octubre de 1992 el Nuevo Orden Mundial cumplió 500 años.

Ideologías, muerte de las. Expresión que comprueba la definitiva extinción de las ideas molestas y de las ideas en general. Impunidad. Recompensa que se otorga al terrorismo, cuando es de Estado.

Intercambio. Mecanismo que permite a los países pobres pagar cuando compran y cuando venden también. Una computadora cuesta, hoy día, tres veces más café y cuatro veces más cacao que hace cinco años (Banco Mundial, cifras de 1991.)

life, american way of. Modo de vida típico de los Estados Unidos, donde se practica poco.

Mercado. Lugar donde se fija el precio de la gente y otras mercancías.

Mundo. Lugar peligroso «A pesar de la desaparición de la amenaza soviética, el mundo continua siendo un lugar peligroso.» (George Bush, mensaje anual al Congreso, 1991.)

Mundo, mapa del. Un mar de dos orillas. Al Norte, pocos con mucho. Al Sur, muchos con poco. El Este que ha logrado dejar de ser Este, quiere ser Norte, pero a la entrada del Paraíso un cartel dice: Completo.

Naturaleza. Los arqueólogos han localizado ciertos vestigios.

ninja, tortugas. Violentos bichitos que luchan contra el mal, ayudados por una pócima mágica que se llama, como el dólar, green stuff.

Orden. El mundo gasta seis veces más fondos públicos en investigación militar que en investigación médica. (Organización Mundial de la Salud, datos de 1991.)

Pobreza. En 1729, Jonathan Swift escribió su Modesta proposición para evitar que los hiijos de los pobres sean una carga para sus padres y para el país.  En esa obra, el autor recomendó cebar a los niños pobres antes de comerlos. A la luz del peligroso desarrollo del problema en nuestros días, los expertos internacionales estudian la puesta en práctica de esta interesante iniciativa.

Poder. Relación del Norte con el Sur. Dícese también de la actividad que en el Sur ejerce la gente del Sur que vive y gasta y piensa como si fuera del Norte.

Privatización. Transacción mediante la cual el Estado argentino pasa a ser propiedad del Estado español.

Riqueza. Según los ricos, no produce la felicidad. Según los pobres, produce algo bastante parecido. Pero los estadistas indican que los ricos son ricos porque son pocos, y las fuerzas armadas y la policía se ocupan de aclarar cualquier posible confusión al respecto.

Televisión. Cultura universal. Dictadura de la Imagen Única, que rige en todos los países. Ahora el mundo entero tiene la libertad de ver las mismas imágenes y escuchar las mismas palabras. A diferencia de la extinta Dictadura del Partido Único, la Dictadura de la Imagen Única trabaja por la felicidad del género humano y el desarrollo de su inteligencia.

Veneno. Sustancia que actualmente predomina en el aire, el agua, la tierra y el alma.

Eduardo Galeano, Ser como ellos y otros artículos, Siglo Veintiuno de España
Editores, Madrid, 1992.

Eduardo Galeano –

Dicen las paredes

En el sector infantil de la Feria del Libro, en Bogotá:
El locópter es muy veloz, pero muy lento.
En la rambla de Montevideo, ante el rio-mar:
Un hombre alado prefiere la noche.
A la salida de Santiago de Cuba:
Como gasto paredes recordándote.
Y en las alturas de Valparaíso:
Yo nos amo.

En Buenos Aires, en el puente de La Boca:
Todos prometen y nadie cumple. Vote por nadie.
En Caracas, en tiempos de crisis a la entrada de uno de los barrios más pobre:
Bienvenida clase media.
En Bogotá, a la vuelta de la Universidad Nacional:
Dios vive.
Y debajo, con otra letra:
De puro milagro.
Y también en Bogotá:
¡Proletarios de todos los países, uníos!
Y debajo, con otra letra:
(Último aviso.)

En Montevideo, en el barrio Brazo Oriental:
Estamos aquí sentados, mirando cómo nos matan los sueños.
Y en la escollera, frente al puerto montevideano del Buceo:
Mojarra viejo: no se puede vivir con miedo toda la vida.
En letras rojas, a lo largo de toda una cuadra de la avenida de Colón, en Quito:
¿Y si entre todos le damos una patada a esta gran burbuja gris?.

En pleno centro de Medellín:
La letra con sangre entra.
Y abajo firmando:
Sicario alfabetizador.
En la ciudad uruguaya de Melo:
Ayude a la policía: Tortúrese.
En un muro de Mesatepe, en Nicaragua, poco después de la caída del dictador Somoza:
Se morirán de nostalgia, pero no volverán.

En la Facultad de Ciencias Económicas, en Montevideo:
La droga produce amnesia y otras cosas que no recuerdo.
En Santiago de Chile, a orillas del río Mapocho:
Bienaventurados los borrachos, porque ellos verán a Dios dos veces.
En Buenos Aires, en el barrio de Flores:
Una novia sin tetas más que novia es un amigo.

Eduardo Galeano – El libro de los abrazos

Eduardo Galeano – Cinco siglos de prohibición del arco iris en el cielo latinoamericano

El Descubrimiento: el 12 de octubre de 1492, América descubrió el capitalismo. Cristóbal Colón, financiado por los reyes de España y los banqueros de Génova, trajo la novedad a las islas del mar Caribe. En su diario del Descubrimiento, el almirante escribió 139 veces la palabra oro y 51 veces la palabra Dios o Nuestro Señor. Él no podía cansar los ojos de ver tanta lindeza en aquellas playas, y el 27 de noviembre profetizó: Tendrá toda la cristiandad negocio en ellas. Y en eso no se equivocó. Colón creyó que Haití era Japón y que Cuba era China, y creyó que los habitantes de China y Japón eran indios de la India; pero en eso no se equivocó.

Al cabo de cinco siglos de negocio de toda la cristiandad, ha sido aniquilada una tercera parte de las selvas americanas, está yerma mucha tierra que fue fértil y más de la mitad de la población come salteado. Los indios, víctimas del más gigantesco despojo de la historia universal, siguen sufriendo la usurpación de los últimos restos de sus tierras, y siguen condenados a la negación de su identidad diferente. Se les sigue prohibiendo vivir a su modo y manera, se les sigue negando el derecho de ser. Al principio, el saqueo y el otrocidio fueron ejecutados en nombre del Dios de los cielos. Ahora se cumplen en nombre del dios del Progreso.

Sin embargo, en esa identidad prohibida y despreciada fulguran todavía algunas claves de otra América posible. América, ciega de racismo, no las ve.

***

El 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón escribió en su diario que él quería llevarse algunos indios a España para que aprendan a hablar (“que deprendan fablar”). Cinco siglos después, el 12 de octubre de 1989, en una corte de justicia de los Estados Unidos, un indio mixteco fue considerado retardado mental (“mentally retarded”) porque no hablaba correctamente la lengua castellana. Ladislao Pastrana, mexicano de Oaxaca, bracero ilegal en los campos de California, iba a ser encerrado de por vida en un asilo público. Pastrana no se entendía con la intérprete española y el psicólogo diagnosticó un claro déficit intelectual. Finalmente, los antropólogos aclararon la situación: Pastrana se expresaba perfectamente en su lengua, la lengua mixteca, que hablan los indios herederos de una alta cultura que tiene más de dos mil años de antigüedad.

***

El Paraguay habla guaraní. Un caso único en la historia universal: la lengua de los indios, lengua de los vencidos, es el idioma nacional unánime. Y sin embargo, la mayoría de los paraguayos opina, según las encuestas, que quienes no entienden español son como animales.

De cada dos peruanos, uno es indio, y la Constitución de Perú dice que el quechua es un idioma tan oficial como el español. La Constitución lo dice, pero la realidad no lo oye. El Perú trata a los indios como África del Sur trata a los negros. El español es el único idioma que se enseña en las escuelas y el único que entienden los jueces y los policías y los funcionarios. (El español no es el único idioma de la televisión, porque la televisión también habla inglés.) Hace cinco años, los funcionarios del Registro Civil de las Personas, en la ciudad de Buenos Aires, se negaron a inscribir el nacimiento de un niño. Los padres, indígenas de la provincia de Jujuy, querían que su hijo se llamara Qori Wamancha, un nombre de su lengua. El Registro argentino no lo aceptó por ser nombre extranjero.

Los indios de las Américas viven exiliados en su propia tierra. El lenguaje no es una señal de identidad, sino una marca de maldición. No los distingue: los delata. Cuando un indio renuncia a su lengua, empieza a civilizarse. ¿Empieza a civilizarse o empieza a suicidarse?

***

Cuando yo era niño, en las escuelas del Uruguay nos enseñaban que el país se había salvado del problema indígena gracias a los generales que en el siglo pasado exterminaron a los últimos charrúas.

El problema indígena: los primeros americanos, los verdaderos descubridores de América, son un problema. Y para que el problema deje de ser un problema, es preciso que los indios dejen de ser indios. Borrarlos del mapa o borrarles el alma, aniquilarlos o asimilarlos: el genocidio o el otrocidio.

En diciembre de 1976, el ministro del Interior del Brasil anunció, triunfal, que el problema indígena quedará completamente resuelto al final del siglo veinte: todos los indios estarán, para entonces, debidamente integrados a la sociedad brasileña, y ya no serán indios. El ministro explicó que el organismo oficialmente destinado a su protección (FUNAI, Fundacao Nacional do Indio) se encargará de civilizarlos, o sea: se encargará de desaparecerlos. Las balas, la dinamita, las ofrendas de comida envenenada, la contaminación de los ríos, la devastación de los bosques y la difusión de virus y bacterias desconocidos por los indios, han acompañado la invasión de la Amazonia por las empresas ansiosas de minerales y madera y todo lo demás. Pero la larga y feroz embestida no ha bastado. La domesticación de los indios sobrevivientes, que los rescata de la barbarie, es también un arma imprescindible para despejar de obstáculos el camino de la conquista.

***

Matar al indio y salvar al hombre, aconsejaba el piadoso coronel norteamericano Henry Pratt. Y muchos años después, el novelista peruano Mario Vargas Llosa explica que no hay más remedio que modernizar a los indios, aunque haya que sacrificar sus culturas, para salvarlos del hambre y la miseria.

La salvación condena a los indios a trabajar de sol a sol en minas y plantaciones, a cambio de jornales que no alcanzan para comprar una lata de comida para perros. Salvar a los indios también consiste en romper sus refugios comunitarios y arrojarlos a las canteras de mano de obra barata en la violenta intemperie de las ciudades, donde cambian de lengua y de nombre y de vestido y terminan siendo mendigos y borrachos y putas de burdel. O salvar a los indios consiste en ponerles uniforme y mandarlos, fusil al hombro, a matar a otros indios o a morir defendiendo al sistema que los niega. Al fin y al cabo, los indios son buena carne de cañón: de los 25 mil indios norteamericanos enviados a la segunda guerra mundial, murieron 10 mil.

El 16 de diciembre de 1492, Colón lo había anunciado en su diario: los indios sirven para les mandar y les hacer trabajar, sembrar y hacer todo lo que fuere menester y que hagan villas y se enseñen a andar vestidos y a nuestras costumbres. Secuestro de los brazos, robo del alma: para nombrar esta operación, en toda América se usa, desde los tiempos coloniales, el verbo reducir. El indio salvado es el indio reducido. Se reduce hasta desaparecer: vaciado de sí, es un no-indio, y es nadie.

***

El shamán de los indios chamacocos, de Paraguay, canta a las estrellas, a las arañas y a la loca Totila, que deambula por los bosques y llora. Y canta lo que le cuenta el martín pescador:

-No sufras hambre, no sufras sed. Súbete a mis alas y comeremos peces del río y beberemos el viento.

Y canta lo que le cuenta la neblina:

-Vengo a cortar la helada, para que tu pueblo no sufra frío.

Y canta lo que le cuentan los caballos del cielo:

-Ensíllanos y vamos en busca de la lluvia.

Pero los misioneros de una secta evangélica han obligado al chamán a dejar sus plumas y sus sonajas y sus cánticos, por ser cosas del Diablo; y él ya no puede curar las mordeduras de víboras, ni traer la lluvia en tiempos de sequía, ni volar sobre la tierra para cantar lo que ve. En una entrevista con Ticio Escobar, el shamán dice: Dejo de cantar y me enfermo. Mis sueños no saben adónde ir y me atormentan. Estoy viejo, estoy lastimado. Al final, ¿de qué me sirve renegar de lo mío?

El shamán lo dice en 1986. En 1614, el arzobispo de Lima había mandado quemar todas las quenas y demás instrumentos de música de los indios, y había prohibido todas sus danzas y cantos y ceremonias para que el demonio no pueda continuar ejerciendo sus engaños. Y en 1625, el oidor de la Real Audiencia de Guatemala había prohibido las danzas y cantos y ceremonias de los indios, bajo pena de cien azotes, porque en ellas tienen pacto con los demonios.

***

Para despojar a los indios de su libertad y de sus bienes, se despoja a los indios de sus símbolos de identidad. Se les prohíbe cantar y danzar y soñar a sus dioses, aunque ellos habían sido por sus dioses cantados y danzados y soñados en el lejano día de la Creación. Desde los frailes y funcionarios del reino colonial, hasta los misioneros de las sectas norteamericanas que hoy proliferan en América Latina, se crucifica a los indios en nombre de Cristo: para salvarlos del infierno, hay que evangelizar a los paganos idólatras. Se usa al Dios de los cristianos como coartada para el saqueo.

El arzobispo Desmond Tutu se refiere al África, pero también vale para América:
-Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: “Cierren los ojos y recen”. Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia.

***

Los doctores del Estado moderno, en cambio, prefieren la coartada de la ilustración: para salvarlos de las tinieblas, hay que civilizar a los bárbaros ignorantes. Antes y ahora, el racismo convierte al despojo colonial en un acto de justicia. El colonizado es un sub-hombre, capaz de superstición pero incapaz de religión, capaz de folclore pero incapaz de cultura: el sub-hombre merece trato subhumano, y su escaso valor corresponde al bajo precio de los frutos de su trabajo. El racismo legitima la rapiña colonial y neocolonial, todo a lo largo de los siglos y de los diversos niveles de sus humillaciones sucesivas.

América Latina trata a sus indios como las grandes potencias tratan a América Latina.

***

Gabriel René-Moreno fue el más prestigioso historiador boliviano del siglo pasado. Una de las universidades de Bolivia lleva su nombre en nuestros días. Este prócer de la cultura nacional creía que los indios son asnos, que generan mulos cuando se cruzan con la raza blanca. Él había pesado el cerebro indígena y el cerebro mestizo, que según su balanza pesaban entre cinco, siete y diez onzas menos que el cerebro de raza blanca, y por tanto los consideraba celularmente incapaces de concebir la libertad republicana.

El peruano Ricardo Palma, contemporáneo y colega de Gabriel René-Moreno, escribió que los indios son una raza abyecta y degenerada. Y el argentino Domingo Faustino Sarmiento elogiaba así la larga lucha de kis indios araucanos por su libertad: Son más indómitos, lo que quiere decir: animales más reacios, menos aptos para la Civilización y la asimilación europea.

El más feroz racismo de la historia latinoamericana se encuentra en las palabras de los intelectuales más célebres y celebrados de fines del siglo diecinueve y en los actos de los políticos liberales que fundaron el Estado moderno. A veces, ellos eran indios de origen, como Porfirio Díaz, autor de la modernización capitalista de México, que prohibió a los indios caminar por las calles principales y sentarse en las plazas públicas si no cambiaban los calzones de algodón por el pantalón europeo y los huaraches por zapatos.

Eran los tiempos de la articulación al mercado mundial regido por el Imperio Británico, y el desprecio científico por los indios otorgaba impunidad al robo de sus tierras y de sus brazos.

El mercado exigía café, pongamos el caso, y el café exigía más tierras y más brazos. Entonces, pongamos por caso, el presidente liberal de Guatemala, Justo Rufino Barrios, hombre de progreso, restablecía el trabajo forzado de la época colonial y regalaba a sus amigos tierras de indios y peones indios en cantidad.

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El racismo se expresa con más ciega ferocidad en países como Guatemala, donde los indios siguen siendo porfiada mayoría a pesar de las frecuentes oleadas exterminadoras.

En nuestros días, no hay mano de obra peor pagada: los indios mayas reciben 65 centavos de dólar por cortar un quintal de café o de algodón o una tonelada de caña. Los indios no pueden ni plantar maíz sin permiso militar y no pueden moverse sin permiso de trabajo. El ejército organiza el reclutamiento masivo de brazos para las siembras y cosechas de exportación. En las plantaciones, se usan pesticidas cincuenta veces más tóxicos que el máximo tolerable; la leche de las madres es la más contaminada del mundo occidental. Rigoberta Menchú: su hermano menor, Felipe, y su mejor amiga, María, murieron en la infancia, por causa de los pesticidas rociados desde las avionetas. Felipe murió trabajando en el café. María, en el algodón. A machete y bala, el ejército acabó después con todo el resto de la familia de Rigoberta y con todos los demás miembros de su comunidad. Ella sobrevivió para contarlo.

Con alegre impunidad, se reconoce oficialmente que han sido borradas del mapa 440 aldeas indígenas entre 1981 y 1983, a lo largo de una campaña de aniquilación más extensa, que asesinó o desapareció a muchos miles de hombres y de mujeres. La limpieza de la sierra, plan de tierra arrasada, cobró también las vidas de una incontable cantidad de niños. Los militares guatemaltecos tienen la certeza de que el vivió de la rebelión se transmite por los genes.

Una raza inferior, condenada al vicio y a la holgazanería, incapaz de orden y progreso, ¿merece mejor suerte? La violencia institucional, el terrorismo de Estado, se ocupa de despejar las dudas. Los conquistadores ya no usan caparazones de hierro, sino que visten uniformes de la guerra de Vietnam. Y no tienen piel blanca: son mestizos avergonzados de su sangre o indios enrolados a la fuerza y obligados a cometer crímenes que los suicidan. Guatemala desprecia a los indios, Guatemala se auto desprecia.

Esta raza inferior había descubierto la cifra cero, mil años antes de que los matemáticos europeos supieran que existía. Y habían conocido la edad del universo, con asombrosa precisión, mil años antes que los astrónomos de nuestro tiempo.

Los mayas siguen siendo viajeros del tiempo: ¿Qué es un hombre en el camino? Tiempo.

Ellos ignoraban que el tiempo es dinero, como nos reveló Henry Ford. El tiempo, fundador del espacio, les parece sagrado, como sagrados son su hija, la tierra, y su hijo, el ser humano: como la tierra, como la gente, el tiempo no se puede comprar ni vender. La Civilización sigue haciendo lo posible por sacarlos del error.

***

¿Civilización? La historia cambia según la voz que la cuenta. En América, en Europa o en cualquier otra parte. Lo que para los romanos fue la invasión de los bárbaros, para los alemanes fue la emigración al sur.

No es la voz de los indios la que ha contado, hasta ahora, la historia de América. En las vísperas de la conquista española, un profeta maya, que fue boca de los dioses, había anunciado: Al terminar la codicia, se desatará la cara, se desatarán las manos, se desatarán los pies del mundo. Y cuando se desate la boca, ¿qué dirá? ¿Qué dirá la otra voz, la jamás escuchada? Desde el punto de vista de los vencedores, que hasta ahora ha sido el punto de vista único, las costumbres de los indios han confirmado siempre su posesión demoníaca o su inferioridad biológica. Así fue desde los primeros tiempos de la vida colonial:

¿Se suicidan los indios de las islas del mar Caribe, por negarse al trabajo esclavo? Porque son holgazanes.

¿Andan desnudos, como si todo el cuerpo fuera cara? Porque los salvajes no tienen vergüenza.

¿Ignoran el derecho de propiedad, y comparten todo, y carecen de afán de riqueza? Porque son más parientes del mono que del hombre.

¿Se bañan con sospechosa frecuencia? Porque se parecen a los herejes de la secta de Mahoma, que bien arden en los fuegos de la Inquisición.

¿Jamás golpean a los niños, y los dejan andar libres? Porque son incapaces de castigo ni doctrina.

¿Creen en los sueños, y obedecen a sus voces? Por influencia de Satán o por pura estupidez.

¿Comen cuando tienen hambre, y no cuando es hora de comer? Porque son incapaces de dominar sus instintos.

¿Aman cuando sienten deseo? Porque el demonio los induce a repetir el pecado original.

¿Es libre la homosexualidad? ¿La virginidad no tiene importancia alguna? Porque viven en la antesala del infierno.

***

En 1523, el cacique Nicaragua preguntó a los conquistadores:

-Y al rey de ustedes, ¿quién lo eligió?

El cacique había sido elegido por los ancianos de las comunidades. ¿Había sido el rey de Castilla elegido por los ancianos de sus comunidades? La América precilombina era vasta y diversa, y contenía modos de democracia que Europa no supo ver, y que el mundo ignora todavía. Reducir la realidad indígena americana al despotismo de los emperadores incas, o a las prácticas sanguinarias de la dinastía azteca, equivale a reducir la realidad de la Europa renacentista a la tiranía de sus monarcas o a las siniestras ceremonias de la Inquisición.

En la tradición guaraní, por ejemplo, los caciques se eligen en asambleas de hombres y mujeres -y las asambleas los destituyen si no cumplen el mandato colectivo. En la tradición iroquesa, hombres y mujeres gobiernan en pie de igualdad. Los jefes son hombres; pero son las mujeres quienes los ponen y deponen y ellas tienen poder de decisión, desde el Consejo de Matronas, sobre muchos asuntos fundamentales de la confederación entera. Allá por el año 1600, cuando los hombres iroqueses se lanzaron a guerrear por su cuenta, las mujeres hicieron huelga de amores. Y al poco tiempo los hombres, obligados a dormir solos, se sometieron al gobierno compartido.

***

En 1919, el jefe militar de Panamá en las islas de San Blas, anunció su triunfo:

-Las indias kunas ya no vestirán molas, sino vestidos civilizados.

Y anunció que las indias nunca se pintarían la nariz sino las mejillas, como debe ser, y que nunca más llevarían aros en la nariz, sino en las orejas. Como debe ser.

Setenta años después de aquel canto de gallo, las indias kunas de nuestros días siguen luciendo sus aros de oro en la nariz pintada, y siguen vistiendo sus molas, hechas de muchas telas de colores que se cruzan con siempre asombrosa capacidad de imaginación y de belleza: visten sus molas en la vida y con ella se hunden en la tierra, cuando llega la muerte.

En 1989, en vísperas de la invasión norteamericana, el general Manuel Noriega aseguró que Panamá era un país respetuosos de los derechos humanos:

-No somos una tribu -aseguró el general.

***

Las técnicas arcaicas, en manos de las comunidades, habían hecho fértiles los desiertos en la cordillera de los Andes. Las tecnologías modernas, en manos del latifundio privado de exportación, están convirtiendo en desiertos las tierras fértiles en los Andes y en todas partes.

Resultaría absurdo retroceder cinco siglos en las técnicas de producción; pero no menos absurdo es ignorar las catástrofes de un sistema que exprime a los hombre y arrasa los bosques y viola la tierra y envenena los ríos para arrancar la mayor ganancia en el plazo menos. ¿No es absurdo sacrificar a la naturaleza y a la gente en los altares del mercado internacional? En ese absurdo vivimos; y lo aceptamos como si fuera nuestro único destino posible.

Las llamadas culturas primitivas resultan todavía peligrosas porque no han perdido el sentido común. Sentido común es también, por extensión natural, sentido comunitarios. Si pertenece a todos el aire, ¿por qué ha de tener dueño la tierra? Si desde la tierra venimos, y hacia la tierra vamos, ¿acaso no nos mata cualquier crimen que contra la tierra se comete? La tierra es cuna y sepultura, madre y compañera. Se le ofrece el primer trago y el primer bocado; se le da descanso, se la protege de la erosión.

Es sistema desprecia lo que ignora, porque ignora lo que teme conocer. El racismo es también una máscara del miedo.

¿Qué sabemos de las culturas indígenas? Lo que nos han contado las películas del Fas West. Y de las culturas africanas, ¿qué sabemos? Lo que nos ha contado el profesor Tarzán, que nunca estuvo.

Dice un poeta del interior de Bahía: Primero me robaron del África. Después robaron el África de mi.

La memoria de América ha sido mutilada por el racismo. Seguimos actuando como si fuéramos hijos de Europa, y de nadie más.

***

A fines del siglo pasado, un médico inglés, John Down, identificó el síndrome que hoy lleva su nombre. Él creyó que la alteración de los cromosomas implicaba un regreso a las razas inferiores, que generaba mongolian idiots, negroid idiots y aztec idiots.

Simultáneamente, un médico italiano, Cesare Lombrosos, atribuyó al criminal nato los rasgos físicos de los negros y de los indios.

Por entonces, cobró base científica la sospecha de que los indios y los negros son proclives, por naturaleza, al crimen y a la debilidad mental. Los indios y los negros, tradicionales instrumentos de trabajo, vienen siendo también desde entonces, objetos de ciencia.

En la misma época de Lombroso y Down, un médico brasileño, Raimundo Nina Rodrigues, se puso a estudiar el problema negro. Nina Rodrigues, que era mulato, llegó a la conclusión de que la mezcla de sangres perpetúa los caracteres de las razas inferiores, y que por tanto la raza negra en el Brasil ha de constituir siempre uno de los factores de nuestra inferioridad como pueblo. Este médico psiquiatra fue el primer investigador de la cultura brasileña de origen africano. La estudió como caso clínico: las religiones negras, como patología; los trances, como manifestaciones de histeria.

Poco después, un médico argentino, el socialista José Ingenieros, escribió que los negros, oprobiosa escoria de la raza humana, están más próximos de los monos antropoides que de los blancos civilizados. Y para demostrar su irremediable inferioridad, Ingenieros comprobaba: Los negros no tienen ideas religiosas.

En realidad, las ideas religiosas habían atravesado la mar, junto a los esclavos, en los navíos negreros. Una prueba de obstinación de la dignidad humana: a las costas americanas solamente llegaron los dioses del amor y de la guerra. En cambio, los dioses de la fecundidad, que hubieran multiplicado las cosechas y los esclavos del amo, se cayeron al agua.

Los dioses peleones y enamorados que completaron la travesía, tuvieron que disfrazarse de santos blancos, para sobrevivir y ayudar a sobrevivir a los millones de hombres y mujeres violentamente arrancados del África y vendidos como cosas. Ogum, dios del hierro, se hizo pasar por san Jorge o san Antonio o san Miguel, Shangó, con todos sus truenos y sus fuegos, se convirtió en santa Bárbara. Obatalá fue Jesucristo y Oshún, la divinidad de las agus dulces, fue la Virgen de la Candelaria…

Dioses prohibidos. En las colonias españolas y portuguesas y en todas las demás: en las islas inglesas del Caribe, después de la abolición de la esclavitud se siguió prohibiendo tocar tambores o sonar vientos al modo africano, y se siguió penando con cárcel la simple tenencia de una imagen de cualquier dios africano. Dioses prohibidos, porque peligrosamente exaltan las pasiones humanas, y en ellas encarnan. Friedrich Nietzsche dijo una vez:

-Yo sólo podría creer en un dios que sepa danzar.

Como José Ingenieros, Nietzsche no conocía a los dioses africanos. Si los hubiera conocido, quizá hubiera creído en ellos. Y quizá hubiera cambiado algunas de sus ideas. José Ingenieros, quién sabe.

***

La piel oscura delata incorregibles defectos de fábrica. Así, la tremenda desigualdad social, que es también racial, encuentra su coartada en las taras hereditarias. Lo había observado Humboldt hace doscientos años, y en toda América sigue siendo así: la pirámide de las clases sociales es oscura en la base y clara en la cúspide. En el Brasil, por ejemplo, la democracia racial consiste en que los más blancos están arriba y los más negros abajo. James Baldwin, sobre los negros en Estados Unidos:

-Cuando dejamos Mississipi y vinimos al Norte, no encontramos la libertad.

Encontramos los peores lugares en el mercado de trabajo; y en ellos estamos todavía.

***

Un indio del Norte argentino, Asunción Ontíveros Yulquila, evoca hoy el trauma que marcó su infancia:
-Las personas buenas y lindas eran las que se parecían a Jesús y a la Virgen.

Pero mi padre y mi madre no se parecían para nada a las imágenes de Jesús y la Virgen María que yo veía en la iglesia de Abra Pampa.

La cara propia es un error de la naturaleza. La cultura propia, una prueba de ignorancia o una culpa que expiar. Civilizar es corregir.

***

El fatalismo biológico, estigma de las razas inferiores congénitamente condenadas a la indolencia y a la violencia y a la miseria, no sólo nos impide ver las causas reales de nuestra desventura histórica. Además, el racismo nos impide conocer, o reconocer, ciertos valores fundamentales que las culturas despreciadas han podido milagrosamente perpetuar y que en ellas encarnan todavía, mal que bien, a pesar de los siglos de persecución, humillación y degradación. Esos valores fundamentales no son objetos de museo. Son factores de historia, imprescindibles para nuestra imprescindible invención de una América sin mandones ni mandados. Esos valores acusan al sistema que los niega.

***

Hace algún tiempo, el sacerdote español Ignacio Ellacuría me dijo que le resultaba absurdo eso del Descubrimiento de América. El opresor es incapaz de descubrir, me dijo:

-Es el oprimido el que descubre al opresor.

Él creía que el opresor ni siquiera puede descubrirse a sí mismo. La verdadera realidad del opresor sólo se puede ver desde el oprimido.

Ignacio Ellacuría fue acribillado a balazos, por creer en esa imperdonable capacidad de revelación y por compartir los riesgos de la fe en su poder de profecía.

¿Lo asesinaron los militares de El Salvador, o lo asesinó un sistema que no puede tolerar la mirada que lo delata?

(1992)

Eduardo Galeano, Ser como ellos y otros artículos

 

 

 

 

 

 

Eduardo Galeano –

El Che

1957
El Hombrito

El Che

En el valle del Hombrito, los rebeldes mandan. Aquí han instalado un horno de pan, una imprenta, que consiste en un viejo mimeógrafo, y un consultorio médico que funciona en un bohío de una sola pieza.

El médico es Ernesto Guevara, llamado el Che, que de argentino tiene, además del sobrenombre, ciertas costumbres como el mate y la ironía. Peregrino de América, se incorporó a las fuerzas de Fidel en México. Allí había ido a parar después de la caída de Guatemala y se ganaba la vida como fotógrafo, a peso la foto, y vendiendo estampitas de la Virgen de Guadalupe.

En el consultorio del Hombrito, el Che atiende a una caravana de niños barrigudos, casi enanos, y muchachas viejas, gastadas en pocos años de mucho parir y poco comer, y hombres que son como pellejos secos y vacíos, porque la miseria va convirtiendo a cada cual en su propia momia.
El año pasado, cuando la metralla arrasó a los guerrilleros a poco de llegar, el Che tuvo que elegir entre una caja de balas y una caja de remedios. No podía cargar con las dos, y prefirió la caja de balas. Ahora acaricia su viejo fusil Thompson, que es el único instrumento de cirugía en el que de veras cree.

Chana la Vieja, campesina de la Sierra Maestra, lo recordará así:

Pobrecito el Che. Yo siempre lo veía con aquella carga de su asma y decía “Ay, Virgen”. Para el asma él se quedaba tranquilito, respirando bajo. Hay persona que con el asma se pone histérica, tose y abre los ojos y abre la boca. Pero el Che trataba de amansar el asma. Se tiraba en un rincón para que el asma descanse.

A él no le gustaba la lástima. Si una le decía: “Pobrecito”, él le echaba a una miradita rápida que no quería decir nada y quería decir mucho.

Yo le preparaba algo calientico, que le pasara por el pecho y lo aliviara. Él, muy zalamero, me decía: “Ah, la novia mía”. Pero de canalla que era.

Memoria del Fuego (3)

 

Eduardo Galeano

Hablan las paredes

Según el diccionario de la Real Academia Española, las frases que manos anónimas escriben en las paredes de las ciudades se llaman grafitos y “son de carácter popular y ocasional, sin trascendencia”.

Alguna trascendencia les reconoció, en cambio, Rudolph Giuliani. En años recientes, cuando el alcalde emprendió su cruzada contra el hampa en Nueva York, condenó a los peligrosos autores de palabras y dibujitos, porque “ensuciando las paredes revelan una conducta protocriminal”. En cambio, se supone, revelan una irreprochable conducta las empresas que cubren las ciudades con anuncios de publicidad descaradamente mentirosos.

Las paredes, me parece, opinan otra cosa. Ellas no siempre se sienten violadas por las manos que las escriben o las dibujan. En muchos casos, están agradecidas. Gracias a esos mensajes, ellas hablan y se divierten. Bostezan de aburrimiento las ciudades intactas, que no han sido garabateadas por nadie en los poquitos espacios no usurpados por las ofertas comerciales.

Somos muchos los lectores al paso. Y diga lo que diga la respetable Academia, somos muchos los que cada día comprobamos que las anónimas inscripciones trascienden a sus autores. Alguien, quién sabe quién, desahoga su bronca personal, o trasmite alguna idea que le ha visitado la cabeza, o se saca las ganas de tomarse el pelo o tomar el pelo a los demás: a veces ese alguien está siendo mano de muchos. A veces ese alguien está oficiando de intérpretes de los sentires colectivos, aunque no lo sepa ni lo quiera.

Aquí va una breve recopilación, dividida por temas, de algunas frases que he leído últimamente en diversas ciudades: en las paredes, que vienen a ser algo así como las imprentas más democráticas de todas.

Tiempos modernos
Si la cárcel está llena de inocentes, ¿dónde están los delincuentes?
Yo no vendo a mi madre. Ya la vendió mi padre.
Oculté tan bien lo que pensaba, que ya no lo recuerdo.
Tanta lluvia y tan poco arco iris.
¿Y si hay guerra y no va nadie?
En mi hambre, mando yo.

Preguntas
Vivir solo ¿es tan imposible como vivir acompañado?
Los mudos ¿practican el sexo oral?
¿El amor muere o cambia de domicilio?
Un parto en la calle ¿es alumbrado público?
Si María era virgen, ¿Jesús era adoptado?
Cuando yo sea niño, ¿seré poeta?

De ellas sobre ellos
Hombre que no miente es mujer.
Una mujer sin hombre es como un pez sin bicicleta.
El 99 por ciento de los hombres da mala reputación al resto.
Prometen regalos y dan palos.
¿Qué hacen las mujeres antes de encontrar al hombre de sus sueños? Se casan y tienen hijos.
Detrás de toda mujer feliz, hay un machista abandonado.
Si Dios hizo a Adán a su imagen y semejanza, ¿quién nos defiende de Dios?

De ellos sobre ellas
Mujer que no rompe las bolas es hombre.
Cada día mueren dieciocho mil mujeres, y a la mía ni le duele la cabeza.
La mujer en casa y con la pata rota.
Linda como mujer de otro.
Si se callaran un momento, podría decirles cuánto las amo.
Cuando no te lo cobran, te lo hacen pagar.
Si las mujeres fueran necesarias, Dios tendría una.

La Tercera Vía
Happy birthgay.
Iguales, pero diversos.
Somos así porque nos gusta, aunque no les guste.
Lo único contra natura es el voto de castidad.
No tengo miedo de mí.
Yo soy Adán, más Eva.
Si Dios me hizo así, Dios es gay.

Todos
Te amo y no puedo parar.

Morir
¿Por qué tienen muros los cementerios, si los que están adentro no pueden salir y los que están afuera no quieren entrar?
Los muertos no nos dejan vivir, porque no los dejamos morir.
La muerte es un mal hereditario.
Hablaban tan bien de mí, que pensé que me había muerto.
La muerte siempre gana, pero te da una vida de ventaja.
No te preocupes tanto por la vida, porque no saldrás vivo de ella.
Todos los dioses fueron inmortales.
Lo único seguro es que quién sabe.

Zig y zag
Con el tigre delante, no hay burro con reuma.
La calle Después lleva a la plaza Nunca.
Soñé que tenía insomnio.
Yo camino con ojos en los pies.

 

Eduardo Galeano –

 La guerra del Chaco

1933
Campos Jordán

La Guerra del Chaco

Están en guerra Bolivia y el Paraguay. Los dos pueblos más pobres de América del Sur, lo que no tienen mar, los más vencidos y despojados, se aniquilan mutuamente por un pedazo de mapa.

Escondidas entre los pliegues de ambas banderas, la Standard Oil Company y la Royal Dutch Shell disputan el posible petróleo del Chaco. Metidos en la guerra, paraguayos y bolivianos están obligados a odiarse en nombre de una tierra que no aman, que nadie ama: el Chaco es un desierto gris, habitado por espinas y serpientes, sin un pájaro cantor ni una huella de gente. Todo tiene sed en este mundo de espanto. Las mariposas se apiñan, desesperadas, sobre las pocas gotas de agua. Los bolivianos vienen de la heladera al horno: han sido arrancados de las cumbres de los Andes y arrojados a estos calcinados matorrales. Aquí mueren de bala, pero más mueren de sed.

Nubes de moscas y mosquitos persiguen a los soldados, que agachan la cabeza y trotando embisten a través de la maraña, a marchas forzadas, contra las líneas enemigas. De un lado y del otro, el pueblo descalzo es la carne de cañón que paga los errores de los oficiales. Los esclavos del patrón feudal y del cura rural mueren de uniforme, al servicio de la imperial angurria.
Habla uno de los soldados bolivianos que marcha hacia la muerte. No dice nada sobre la gloria, nada sobre la patria. Dice, resollando:

– Maldita sea la hora en que nací hombre.

Céspedes

Contará Augusto Céspedes, del lado boliviano, la patética epopeya. Un pelotón de soldados empieza a excavar un pozo, a pico y pala en busca de agua. Ya se ha evaporado lo poco que llovió y no hay nada de agua por donde se mire o se ande.

A los doce metros, los perseguidores del agua encuentran barro líquido. Pero después, a los treinta metros, a los cuarenta y cinco, la polea sube baldes de arena cada vez más seca. Los soldados continúan excavando, día tras día, atados al pozo, pozo adentro, boca de arena cada vez más honda, cada vez más muda; y cuando los paraguayos, también acosados por la sed, se lanzan al asalto, los bolivianos mueren defendiendo el pozo, como si tuviera agua.

Roa Bastos

Contará Augusto Roa Vastos, del lado paraguayo, la patética epopeya. También él hablará de los pozos convertidos en fosas, y del gentío de muertos, y de los vivos que sólo se distinguen de los muertos porque se mueven, pero se mueven como borrachos que han olvidado el camino de su casa. Él acompañara a los soldados perdidos, que no tienen ni una gota de agua para perder en lágrimas.

1935
Camino de Villamontes a Boyuibe

Después de noventa mil muertos

 

Después de noventa mil muertos, acaba la guerra del Chaco. Tres años ha durado la guerra, desde que paraguayos y bolivianos cruzaron las primeras balas en un caserío llamado Masamaclay -que en lengua de indios significa lugar donde pelearon dos hermanos.

Al mediodía llega al frente la noticia. Callan los cañones. Se incorporan los soldados, muy de a poco, y van emergiendo de las trincheras. Los haraposos fantasmas, ciegos de sol, caminan a los tumbos por campos de nadie hasta que quedan frente a frente el regimiento Santa Cruz, de Bolivia, y el regimiento Toledo, del Paraguay: los restos, los jirones. Las órdenes recién recibidas prohíben hablar con quien era enemigo hasta hace un rato. Solo está permitida la venia militar; y así se saludan. Pero alguien lanza el primer alarido y ya no hay quien pare la algarabía. Los soldados rompen la formación, arrojan las gorras y las armas al aire y corren en tropel, los paraguayos hacia los bolivianos, los bolivianos hacia los paraguayos, bien abiertos los brazos, gritando, cantando, llorando, y abrazándose ruedan por la arena caliente.

Eduardo Galeano – Memoria del Fuego 3 (1986)

 

Eduardo Galeano cuenta la invasión a República Dominicana

1965
San Juan de Puerto Rico

Bosch

La gente se lanza a las calles de Santo Domingo, armada con lo que tenga, con lo que venga, y embiste contra los tanques. Que se vayan los usurpadores, quiere la gente. Que vuelva Juan Bosch, el presidente legal.

Los Estados Unidos tienen preso a Bosch en Puerto Rico y le impiden volver a su país en llamas. Bosch se muerde los puños, a solas en el rabiadero, y sus ojos azules perforan las paredes.

Algún periodista le pregunta, por teléfono, si él es enemigo de los estados Unidos. No; él es enemigo del imperialismo de los Estados Unidos.

  • Nadie que haya leído a Mark Twain -dice, comprueba Bosch- puede ser enemigo de los Estados Unidos.

1965
Santo Domingo

Caamaño

A la tremolina acuden estudiantes y soldados y mujeres con ruleros. Barricadas de toneles y camiones volcados impiden el paso de los tanques. Vuelan piedras y botellas. De las alas de los aviones, que bajan en picada, llueve metralla sobre el puente del río Ozama y las calles repletas de multitud.

Sube la marea popular, y subiendo hace el aparte entre los militares que habían servido a Trujillo: a un lado deja a los que están baleando pueblo, dirigidos por Imbert y Wessin y Wessin, y al otro lado a los dirigidos por Francisco Caamaño, que abren los arsenales y reparten fusiles.

El coronel Caamaño, que en la mañana desencadenó el alzamiento por el regreso del presidente Juan Bosch, había creído que sería cosa de minutos. Al mediodía comprendió que iba para largo, y supo que tendría que enfrentar a sus compañeros en armas. Vio que corría la sangre y presintió, espantado, una tragedia nacional. Al anochecer, pidió asilo en la embajada de El Salvador.

Tumbado en un sillón de la embajada, Caamaño quiere dormir. Toma sedantes, las píldoras de costumbre y más, pero no hay caso. El insomnio, la crujidera de dientes y el hambre de uñas le vienen de los tiempos de Trujillo, cuando él era oficial del ejército de la dictadura y cumplía o veía cumplir tareas sombrías, a veces atroces. Pero esta noche está peor que nunca. En la duermevela, no bien consigue pegar los ojos, sueña. Cuando sueña, es sincero: despierta temblando, llorando, rabiando por la vergüenza de su pavor.

Acaba la noche y acaba el exilio, que una noche ha durado. El coronel Caamaño se moja la cara y sale de la embajada. Camina mirando al suelo. Atraviesa el humo de los incendios, humo espeso, que hace sombra, y se mete en el aire alegre del día y vuelve a su puesto al frente de la rebelión.

1965
Santo Domingo

La invasión

Ni por aire, ni por tierra, ni por mar. Ni los aviones del general Wessin y Wessin, ni los tanques del general Imbert son capaces de apagar la bronca de la ciudad que arde. Tampoco los barcos: disparan cañonazos contra el Palacio de Gobierno, ocupado por Caamaño, pero matan amas de casa. La Embajada de los Estados Unidos, que llama a los rebeldes “escoria comunista y pandilla de hampones”, informa que no hay modo de parar el alboroto y pide ayuda urgente a Washington. Desembarcan, entonces, los marines.

Al día siguiente muere el primer invasor. Es un muchacho de las montañas del norte de Nueva York. Cae tiroteado desde alguna azotea, en una callecita de esta ciudad que nunca en su vida había oído nombrar. La primera víctima dominicana es un niño de cinco años. Muere de granada, en un balcón. Los invasores lo confunden con un francotirador.

El presidente Lyndon Jhonson advierte que no tolerará otra Cuba en el Caribe. Y más soldados desembarcan. Y más. Veinte mil, treinta y cinco mil, cuarenta y dos mil. Mientras los soldados norteamericanos destripan dominicanos, los voluntarios norteamericanos remiendan en los hospitales.

Jhonson exhorta a sus aliados a que acompañen esta Cruzada de Occidente. La dictadura militar del Brasil, la dictadura militar del Paraguay, la dictadura militar de Honduras, y la dictadura milita de Nicaragua envían tropas a la República Dominicana para salvar la Democracia amenazada por el pueblo.

Acorralado entre el río y el mar, en el barrio viejo de Santo Domingo, el pueblo resiste.
José Mora Otero, Secretario General de la OEA, se reúne, a solas, con el coronel Caamaño. Le ofrece seis millones de dólares si abandona el país. Es enviado a la mierda.

1965
Santo Domingo
132 noches

Ha durado esta guerra de palos y cuchillos y carabinas contra morteros y ametralladoras. La ciudad huele a pólvora y a basura y a muerto.

Incapaces de arrancar la rendición, los invasores, los del todo poder, no tienen más remedio que aceptar un acuerdo. Los ningunos, los ninguneados, no se han dejado atropellar. No han aceptado traición ni consuelo. Pelearon de noche, cada noche, toda la noche, feroces batallas casa por casa, cuerpo a cuerpo, metro a metro, hasta que desde el fondo de la mar alzaba el sol sus flameantes banderas y entonces se agazapaban hasta la noche siguiente. Y al cabo de tanta noche de horror y de gloria, las tropas invasoras no consiguen instalar en el poder al general Imbert, ni al general Wessin y Wessin, ni a ningún otro general

Eduardo Galeano – Memoria del fuego (3)

 

Eduardo Galeano –

La lección argentina: los invisibles se adueñaron de la escena

No sólo en la Argentina, no sólo en América latina, el sistema está ciego. ¿Qué son las personas de carne y hueso? Para los economistas más notorios, números. Para los banqueros más poderosos, deudores. Para los tecnócratas más eficientes, molestias. Y para los políticos más exitosos, votos. Ahora los invisibles han ocupado, cosa rara, el centro de la escena. Son los que se niegan a seguir comiendo promesas; los que han sido despojados de sus salarios y de sus jubilaciones; los que han sido desvalijados de sus ahorros de toda la vida; los jóvenes que se sienten traicionados por el país que heredan. En el río revuelto de la bronca colectiva, aparecen también los pescadores: los provocadores, los delincuentes, los violentos, los que quieren desviar el justo torrente de la indignación popular, para que todo acabe en una guerra de pobres contra pobres. Pero eso no quita ni un poquito de valor a la pueblada que volteó al gobierno de De la Rúa, ni a las caceroladas de después, que son irrefutables pruebas de energía democrática.

De la Rúa había dicho, en su discurso, palabra más, palabra menos: la realidad no existe, la gente no existe. La democracia somos nosotros, le respondió la gente, y nosotros estamos hartos. ¿O acaso la democracia consiste solamente en el derecho de votar cada cuatro años? ¿Derecho de elección o derecho de traición? En la Argentina, como en tantos otros países, la gente vota, pero no elige. Vota por uno, gobierna otro: gobierna el clon.  El clon hace, desde el gobierno, todo lo contrario de lo que el candidato había prometido durante la campaña electoral. Según la célebre definición de Oscar Wilde, cínico es el que conoce el precio de todo y el valor de nada. El cinismo se disfraza de realismo y así se desprestigia la democracia.

Las encuestas indican que América latina es, hoy por hoy, la región del mundo que menos cree en el sistema democrático de gobierno. Una de esas encuestas, publicada por la revista The Economist, reveló la caída vertical de la fe de la opinión pública en la democracia, en casi todos los países latinoamericanos: hace medio año, sólo creían en ella seis de cada diez argentinos, bolivianos, venezolanos, peruanos y hondureños, menos de la mitad de los mexicanos, los nicaragüenses y los chilenos, no más que un tercio de los colombianos, los guatemaltecos, los panameños y los paraguayos, menos de un tercio de los brasileños y apenas uno de cada cuatro salvadoreños. Triste panorama, caldo gordo para los demagogos y los mesías de uniforme: mucha gente, y sobre todo mucha gente joven, siente que el verdadero domicilio de los políticos está en la cueva de Alí Babá y los cuarenta ladrones.

Un recuerdo de infancia del narrador Héctor Tizón: en la Avenida de Mayo, en Buenos Aires, su papá le señaló a un señor que en la vereda, ante una mesita, vendía pomadas y cepillos para lustrar zapatos:

-Ese señor se llama El pidió González. Míralo bien. El fue vicepresidente de la república.

Eran otros tiempos. Sesenta años después, en las elecciones legislativas de 2001, hubo un aluvión de votos en blanco o anulados, algo jamás visto, un record mundial. Entre los votos anulados, el candidato triunfante fue el pato Clemente, que no tiene manos para robar.

Quizá nunca América latina había sufrido un saqueo político comparable con el de la década pasada. Con la complicidad y el amparo del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, siempre exigentes de austeridad y transparencia, varios gobernantes robaron hasta las herraduras de los caballos al galope. En los años de las privatizaciones, rifaron todo, hasta las baldosas de las veredas y los leones de los zoológicos, y todo lo evaporaron. Los países fueron entregados para pagar la deuda externa, según mandaban los que de veras mandan, pero la deuda, misteriosamente, se multiplicó entre los dedos ágiles de Carlos Menem y muchos de sus colegas. Y los ciudadanos, los invisibles, se han quedado sin países, con una inmensa deuda que pagar, platos rotos de esa fiesta ajena, y con gobiernos que no gobiernan, porque están gobernados desde afuera.

Los gobiernos piden permiso, hacen sus deberes y rinden examen: no ante los ciudadanos que los votan, sino ante los banqueros que los vetan. Ahora que estamos todos en plena guerra contra el terrorismo internacional, esta duda no está demás: ¿qué hacemos con el terrorismo del mercado, que está castigando a la inmensa mayoría de la humanidad? ¿O no son terroristas los métodos de los altos organismos internacionales, que en escala planetaria dirigen las finanzas, el comercio y todo lo demás? ¿Acaso no practican la extorsión y el crimen, aunque maten por asfixia y hambre y no por bomba? ¿No están haciendo saltar en pedazos los derechos de los trabajadores? ¿No están asesinando la soberanía nacional, la industria nacional, la cultura nacional?

La Argentina era la alumna más cumplida del Fondo Monetario, del Banco Mundial y de la Organización Mundial del Comercio. Así le fue.

Damas y caballeros: los primeros son los banqueros. Y donde manda capitán, no manda marinero.

Palabras más, palabras menos, éste fue el primer mensaje que el presidente George W. Bush envió al presidente Rodríguez Saá. Desde la ciudad de Washington, capital de los Estados Unidos y no sólo de los Estados Unidos, Bush indicó que la Argentina debe “proteger” a sus acreedores y al Fondo Monetario Internacional y llevar adelante una política de “más austeridad”.

Mientras tanto, en Buenos Aires, el nuevo Presidente provisional metió la pata en su primera respuesta a la prensa. Un periodista le preguntó qué iba a priorizar, la deuda o la gente, y él contestó: “La deuda”. Don Sigmund Freud sonrió desde su tumba, pero Rodríguez Saá corrigió de inmediato su respuesta. Y poco después, anunció que suspenderá los pagos de la deuda y destinará ese dinero a crear fuentes de trabajo para las legiones de desocupados.

La deuda o la gente, ésa es la cuestión. Y ahora la gente, al son de sus tachos de cocina, suena y exige.  Hace cosa de un siglo, don José Batlle y Ordóñez, presidente del Uruguay, estaba presenciando un partido de fútbol. Y comentó: ¡Qué lindo sería si hubiera 22 espectadores y diez mil jugadores! Quizá se refería a la educación física, que él promovió. O estaba hablando, más bien, de la democracia que quería.

Un siglo después, en la orilla argentina del río, muchos de los manifestantes llevaban la camiseta de su selección nacional de fútbol, su entrañable señal de identidad, su alegre certeza de patria: con la camiseta puesta, tomaron las calles. La gente, harta de ser espectadora de su propia humillación, ha invadido la cancha.

No va a ser fácil desalojarla.

 

Eduardo Galeano –

La máquina

La Jornada

Sigmund Freud lo había aprendido de Jean-Martin Charcot: las ideas pueden ser implantadas, por hipnotismo, en la mente humana.

Ha pasado más de un siglo. Mucho se ha desarrollado, desde entonces, la tecnología de la manipulación. Una máquina colosal, del tamaño del planeta, nos manda repetir los mensajes que nos mete adentro. Es la máquina de traicionar palabras.

El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, había sido electo, y reelecto por abrumadora mayoría en comicios mucho más transparentes que la elección que consagró a George W. Bush en Estados Unidos.

La máquina dio manija al golpe de Estado que intentó voltearlo. No por su estilo mesiánico, ni por su tendencia a la verborragia, sino por las reformas que propuso y las herejías que cometió. Chávez tocó a los intocables. Los intocables, dueños de los medios de comunicación y de casi todo lo demás, pusieron el grito en el cielo. Con toda libertad denunciaron el exterminio de la libertad. Dentro y fuera de fronteras, la máquina convirtió a Chávez en un “tirano”, un “autócrata delirante” y un “enemigo de la democracia”. Contra él estaba “la ciudadanía”. Con él, “las turbas”, que no se reunían en locales sino en “guaridas”.

La campaña mediática fue decisiva para la avalancha que desembocó en el golpe de Estado, programado desde lejos contra esta feroz dictadura que no tenía ni un solo preso político. Entonces, ocupó la presidencia un empresario, votado por nadie. Democráticamente, como primera medida de gobierno, disolvió el Parlamento. Al día siguiente, subió la Bolsa; pero una pueblada devolvió a Chávez a su lugar legítimo. El golpe mediático sólo había podido generar un poder virtual, como comentó el escritor venezolano Luis Britto García, y poco duró. La televisión venezolana, baluarte de la libertad de información, no se enteró de la desagradable noticia.

Mientras tanto, otro votado por nadie, que también llegó al poder por golpe de Estado, luce con éxito su nuevo look: el general Pervez Musharraf, dictador militar de Pakistán, transfigurado por el beso mágico de los grandes medios de comunicación. Musharraf dice y repite que ni se le pasa por la cabeza la idea de que su pueblo pueda votar, pero él ha hecho voto de obediencia a la llamada “comunidad internacional”, y ése es el único voto que de veras importa, al fin y al cabo, a la hora de la verdad.

Quién te ha visto y quién te ve: ayer Musharraf era el mejor amigo de sus vecinos, los talibanes, y hoy se ha convertido en “el líder liberal y valiente de la modernización de Pakistán”.

Y a todo esto, continúa la matanza de palestinos, que las fábricas de la opinión pública mundial llaman “cacería de terroristas”. Palestino es sinónimo de “terrorista”, pero el adjetivo jamás se adjudica al ejército de Israel. Los territorios usurpados por las continuas invasiones militares se llaman siempre “territorios en disputa”. Y los palestinos, que son semitas, resultan ser “antisemitas”. Desde hace más de un siglo, ellos están condenados a expiar las culpas del antisemitismo europeo y a pagar, con su tierra y con su sangre, el holocausto que no cometieron.

Concurso de agachados en la Comisión de Derechos Humanos de la Organización de Naciones Unidas, que apunta siempre al sur y nunca al norte.

La comisión está especializada en disparar contra Cuba, y este año le ha tocado al Uruguay el honor de encabezar el pelotón. Otros gobiernos latinoamericanos lo han acompañado. Ninguno dijo: “lo hago para que me compren lo que vendo”, ni: “lo hago para que me presten lo que necesito”, ni: “lo hago para que aflojen la cuerda que me aprieta el pescuezo”. El arte del buen gobierno permite no pensar lo que se dice, pero prohíbe decir lo que se piensa. Y los medios han aprovechado la ocasión para confirmar, una vez más, que la isla bloqueada sigue siendo la mala de la película.

En el diccionario de la máquina, se llaman “contribuciones” los sobornos que los políticos reciben, y “pragmatismo” las traiciones que cometen. Las “buenas acciones” ya no son los nobles gestos del corazón, sino las acciones que cotizan bien en la Bolsa, y en la Bolsa ocurren las “crisis de valores”. Donde dice “la comunidad internacional exige”, debe decir: la dictadura financiera impone.

“Comunidad internacional” es, también, el seudónimo que ampara a las grandes potencias en sus operaciones militares de exterminio, o “misiones de pacificación”. Los “pacificados” son los muertos. Ya se prepara la tercera guerra contra Irak. Como en las dos anteriores, los bombardeadores serán “fuerzas aliadas” y los bombardeados “hordas de fanáticos al servicio del carnicero de Bagdad”. Y los atacantes dejarán en el suelo atacado un reguero de cadáveres civiles, que se llamarán “daños colaterales”.

Para explicar esta próxima guerra, el presidente Bush no dice: “El petróleo y las armas la están necesitando, y mi gobierno es un oleoducto y un arsenal”. Y tampoco dice, para explicar su multimillonario proyecto de militarización del espacio: “Vamos a anexar el cielo, como anexamos Texas”. Nada de eso: es el mundo libre el que debe defenderse de la amenaza terrorista, aquí en la tierra y más allá de las nubes, aunque el terrorismo haya demostrado que prefiere los cuchillos de cocina a los misiles. Y aunque Estados Unidos se oponga, como también se opone Irak, al Tribunal Penal Internacional que acaba de nacer para castigar los crímenes contra la humanidad.

Por regla general, las palabras del poder no expresan sus actos, sino que los disfrazan; y eso no tiene nada de nuevo. Hace más de un siglo, en la gloriosa batalla de Omdurman, en Sudán, donde Winston Churchill fue cronista y soldado, 48 británicos ofrendaron sus vidas. Además, murieron 27 mil salvajes. La corona británica llevaba adelante a sangre y fuego su expansión colonial, y la justificaba diciendo: “estamos civilizando África a través del comercio”. No decía: “estamos comercializando África a través de la civilización”. Y nadie preguntaba a los africanos qué opinaban del asunto.

Pero nosotros tenemos la suerte de vivir en la era de la información, y los gigantes de la comunicación masiva aman la objetividad. Ellos permiten que se exprese, también, el punto de vista del enemigo. Durante la guerra de Vietnam, pongamos por caso, el punto de vista enemigo ocupó 3 por ciento de las noticias difundidas por las cadenas ABC, CBS y NBC.

La propaganda, confiesa el Pentágono, forma parte del gasto bélico. Y la Casa Blanca ha incorporado al gabinete de gobierno a la experta publicitaria Charlotte Beers, que había impuesto en el mercado local ciertas marcas de comida para perros y de arroz para personas. Ella se está ocupando, ahora, de imponer en el mercado mundial la cruzada terrorista contra el terrorismo. “Estamos vendiendo un producto”, explica Colin Powell.

“Para no ver la realidad, el avestruz hunde la cabeza en el televisor”, comprueba el escritor brasileño Millor Fernandes.

La máquina dicta órdenes, la máquina aturde.

Pero el 11 de septiembre también dictaron órdenes, también aturdieron, los altavoces de la segunda torre gemela de Nueva York, cuando empezó a crujir. Mientras huía la gente, volando escaleras abajo, los altavoces mandaban que los empleados volvieran a sus puestos de trabajo.

Se salvaron los que no obedecieron.

 

Eduardo Galeano –

La reconquista de Chile

1970
Santiago de Chile

Paisaje después de las elecciones

En un acto de imperdonable mala conducta, el pueblo chileno elige presidente a Salvador Allende. Otro presidente, el presidente de la empresa ITT, International Telephone and Telegraph Corporation, ofrece un millón de dólares a quien acabe con tanta desgracia. Y el presidente de los Estados Unidos dedica al asunto diez millones: Richard Nixon encarga a la CIA que impida que Allende se siente en el sillón presidencial, o que lo tumbe si se sienta.

El general René Schneider, cabeza del ejército, se niega al golpe de Estado y cae fulminado en emboscada:
Esas balas eran para mí -dice Allende.

Quedan suspendidos los préstamos del Banco Mundial y de toda la banquería oficial y privada, salvo los préstamos para los gastos militares. Se desploma el precio internacional del cobre.
Desde Washington, el canciller Henry Kissinger explica:

No veo por qué tendríamos que quedarnos de brazos cruzados, contemplando cómo un país se hace comunista debido a la irresponsabilidad de su pueblo.

1972
Santiago de Chile

Chile queriendo nacer

Un millón de personas desfilan por las calles de Santiago, en apoyo a Salvador Allende y contra los momios burgueses que fingen que están vivos y fingen que son chilenos.

Pueblo en fuego, pueblo rompiendo la costumbre de sufrir: en busca de sí, Chile recupera el cobre, el hierro, el salitre, los bancos, el comercio exterior y los monopolios industriales. También se anuncia la próxima nacionalización de los teléfonos de la ITT. Se pagará por ellos lo poco que la ITT dice que vales, en sus declaraciones de impuestos.

1973
Santiago de Chile

La trampa

Por valija diplomática llegan los verdes billetes que financian huelgas y sabotajes y cataratas de mentiras. Los empresarios paralizan a Chile y le niegan alimentos. No hay más mercado que el mercado negro. Largas colas hace la gente en busca de un paquete de cigarrillos o un kilo de azúcar; conseguir carne o aceite requiere un milagro de la Virgen María Santísima. La Democracia cristiana y el diario “El Mercurio” dicen pestes del gobierno y exigen a gritos el cuartelazo redentor, que ya es hora de acabar con esta tiranía roja; les hacen eco otros diarios y revistas y radios y canales de televisión. Al gobierno le cuesta moverse: jueces y parlamentarios le ponen palos en las ruedas, mientras conspiran en los cuarteles los jefes que Allende cree leales.

En estos tiempos difíciles, los trabajadores están descubriendo los secretos de la economía. Están aprendiendo que no es imposible producir sin patrones, ni abastecerse sin mercaderes. Pero la multitud obrera marcha sin armas, vacías las manos, por este camino de su libertad. Desde el horizonte vienen unos cuantos buques de guerra de los Estados Unidos, y se exhiben ente las costas chilenas. Y el golpe militar, tan anunciado, ocurre.

1973
Santiago de Chile

Allende

Le gusta la buena vida. Varias veces ha dicho que no tiene pasta de apóstol ni condiciones de mártir. Pero también ha dicho que vale la pena morir por todo aquello sin lo cual no vale la pena vivir. Los generales alzados le exigen la renuncia. Le ofrecen un avión para que se vaya de Chile. Le advierten que el palacio presidencial será bombardeado por tierra y aire.
Junto a un puñado de hombres, Salvador Allende escucha las noticias. Los militares se han apoderado de todo el país. Allende se pone un casco y prepara su fusil. Resuena el estruendo de las primeras bombas. El presidente habla por radio, por última vez:

Yo no voy a renunciar…

1973
Santiago de Chile

La reconquista de Chile

Una gran nube negra se eleva desde el palacio en llamas. El presidente Allende muere en su sitio. Los militares matan de a miles por todo Chile. El Registro Civil no anota las defunciones, porque no caben en los libros, pero el general Tomás Opazo Santander afirma que las víctimas no suman más que el 0,01 por 100 de la población, lo que no es un alto costo social, y el director de la CIA, William Colby, explica en Washington que gracias a los fusilamientos Chile está evitando una guerra civil. La señora Pinochet declara que el llanto de las madres redimirá al país.

Ocupa el poder, todo el poder, una Junta Militar de cuatro miembros, formados en la Escuela de las Américas en Panamá. Los encabeza el general Augusto Pinochet, profesor de Geopolítica. Suena música marcial sobre un fondo de explosiones y metralla: las radios emiten bandos y proclamas que prometen más sangre, mientras el precio del cobre se multiplica por tres, súbitamente, en el mercado mundial.
El poeta Pablo Neruda, moribundo, pide noticias del terror. De a ratos consigue dormir y dormido delira. La vigilia y el sueño son una única pesadilla. Desde que escuchó por radio las palabras de Salvador Allende, su digno adiós, el poeta ha entrado en agonía.

Eduardo Galeano – Memoria del Fuego 3

 

Eduardo Galeano –

La Revolución Cubana sigue siendo contagiosa

Intervención de Eduardo Galeano con motivo de su nombramiento Doctor Honoris causa por la Universidad de La Habana.

Muchas gracias. En realidad, esas dos palabritas expresan perfectamente todo lo que tengo que decir, porque estoy diciéndolas de verdad y no por fórmula de obligatoria cortesía. Pero voy a agregar algunas palabras más, que quizás ayuden a explicar los motivos de mi gratitud. Seré breve. No se asusten, por favor, que nadie salga corriendo: también estoy diciendo de verdad estas otras dos palabritas, seré breve, que habitualmente anuncian discursos de plomo.

No digo muchas gracias a la Universidad de La Habana solamente porque ha cometido la irresponsabilidad de hacerme doctor, aunque este único gesto bien valdría, de por sí, mi agradecimiento.
Porque estaba visto que yo, que nunca fui estudiante universitario y aprendí lo poco que sé en los cafés de Montevideo, sólo podía llegar a ser doctor por algún acto de magia o generosidad.
Había otra posibilidad, pensándolo bien, pero no se me dio. En mi país, en un pueblo que se llama Cerro Chato aunque no tiene ningún cerro, ni chato ni puntiagudo, hubo alguien que tuvo esa suerte. Doctor Galarza, se llamaba. El padre lo había bautizado así, Doctor de nombre, Galarza de apellido, porque quería un hijo con diploma y su bebé no le pareció digno de confianza. Pero cuando yo nací, me llamaron Eduardo.

Digo muchas gracias a la Universidad de La Habana por el doctorado y por otro motivo que es, para mí, mucho más importante: porque el doctorado viene de donde viene.

No me gusta citar mis propios textos, habiendo tantos otros autores que valen más la pena, y rara vez lo hago. Pero permítanme un par de pecaditos.

Hace treinta años, me preguntaba yo, a propósito de la actitud del gobierno de Estados Unidos, que prohibía que sus ciudadanos viajaran libremente a Cuba: “Si esta Isla es, como dicen, el infierno, ¿por qué Estados Unidos no organiza excursiones para que sus ciudadanos la conozcan y se desengañen?” Ahora, me lo sigo preguntando. Hace diez años, formulaba otra pregunta sobre la infiernización de Cuba: “¿Por qué voy a confundirla, ahora, con el infierno, si yo nunca la he confundido con el Paraíso?”

Y ahora, me lo sigo preguntando. Ni infierno, ni Paraíso: la Revolución, obra de este mundo, está sucia de barro humano, y justamente por eso, y no a pesar de eso, sigue siendo contagiosa. Pero muchos de los que antes la ubicaban en las alturas celestiales, ahora la condenan al fuego eterno. Antes confundían al socialismo con el estalinismo, y ahora son campeones de la libertad de expresión. Ahora son maestros de democracia y antes confundían la unidad con la unanimidad y la contradicción con la conspiración, porque la contradicción era un instrumento de la conspiración imperialista en lugar de ser, como era, como es, la única prueba irrefutable de que está viva la vida.

En el Nuevo Orden Mundial, cuando los burócratas se hacen empresarios y los toros bravíos se vuelven bueyes mansos, cuando muchos amigos de antes se convierten en enemigos de ahora, cobran tremenda actualidad aquellas palabras de Carlos Fonseca Amador, el fundador del Frente Sandinista: “Los amigos de verdad son los que critican de frente y elogian por la espalda”.

Yo siempre creí que a Cuba se puede quererla sin mentir coincidencias ni callar divergencias. Y ahora estoy más que nunca seguro de que no hay otra manera de quererla, ni dentro ni fuera de sus fronteras, porque la coincidencia que se alimenta de la divergencia es la única forma de amor digna de fe.

No son muy honrosos, que digamos, estos tiempos que estamos viviendo. Pareciera que se está disputando la Copa Mundial del Felpudo. Uno tiene la impresión, y ojalá sea una impresión equivocada, de que los gobiernos compiten entre sí a ver quién se arrastra mejor por los suelos y quién se deja pisar con mayor entusiasmo. La competencia venía de antes, pero a partir de los atentados terroristas del 11 de septiembre hay una casi unanimidad en la obsecuencia oficial ante los mandones del mundo.

Casi unanimidad, digo. Y digo que hoy me siento orgulloso de recibir esta distinción en el país que más claramente ha puesto los puntos sobre las íes diciendo no a la impunidad de los poderosos, el país que con más firmeza y lucidez se ha negado a aceptar esta suerte de salvoconducto universal otorgado a los señores de la guerra, que en nombre de la lucha contra el terrorismo pueden practicar a su antojo todo el terrorismo que se les ocurra, bombardeando a quien quieran y matando cuando quieran y cuantos quieran.

En un mundo donde el servilismo es alta virtud; en un mundo donde quien no se vende, se alquila, resulta raro escuchar la voz de la dignidad. Cuba está siendo, una vez más, boca de esa voz.
A lo largo de más de cuarenta años, esta revolución, castigada, bloqueada, calumniada, ha hecho bastante menos que lo que quería pero ha hecho mucho más que lo que podía. Y en eso está. Ella sigue cometiendo la peligrosa locura de creer que los seres humanos no estamos condenados a la humillación. A ella le doy, en ustedes, mis muchas gracias

Tomado de Revista Memoria

 

Eduardo Galeano – La teoría del fin de la Historia: El desprecio como destino

1
¿Fin de la historia? Para nosotros, no es ninguna novedad. Hace ya cinco siglos, Europa decretó que eran delitos la memoria y la dignidad en América. Los nuevos dueños de estas tierras prohibieron recordar la historia, y prohibieron hacerla. Desde entonces, sólo podemos aceptarla.

2
Pieles negras, pelucas blancas, coronas de luces, mantos de seda y pedrería: en el carnaval de Río de Janeiro, los muertos de hambre sueñan juntos y son reyes por un rato. Durante cuatro días, el pueblo más musical del mundo vive su delirio colectivo. Y el miércoles de cenizas, al mediodía, se acabó la fiesta. La policía se lleva preso a quien siga disfrazado. Los pobres se despluman, se despintan, se arrancan las máscaras visibles, máscaras que desenmascaran, máscaras de la libertad fugaz, y se colocan las otras máscaras, invisibles, negadoras de la cara: las máscaras de la rutina, la obediencia y la miseria. Hasta que llegue el próximo carnaval, las reinas vuelven a lavar platos y los príncipes a barrer las calles.

Ellos venden diarios que no saben leer, cosen ropas que no pueden vestir, lustran autos que nunca serán suyos y levantan edificios que jamás habitarán. Con sus brazos baratos, ellos brindan productos baratos al mercado mundial.

Ellos hicieron Brasilia, y de Brasilia fueron expulsados.

Cada día ellos hacen el Brasil, y el Brasil es su tierra de exilio.

Ellos no pueden hacer la historia. Están condenados a padecerla.

3
Fin de la historia. El tiempo se jubila, el mundo deja de girar. Mañana es otro nombre de hoy. La mesa está servida, y la civilización occidental no niega a nadie el derecho de mendigar las sobras. Ronald Reagan despierta y dice: “La guerra fría acabó. Hemos ganado”. Y Francis Fukuyama, un funcionario del Departamento de Estado, gana súbitamente éxito y fama descubriendo que el fin de la guerra fría es el fin de la historia. El capitalismo, que dice llamarse democracia liberal, es el puerto de llegada de todos los viajes, “la forma final de gobierno humano”.

Horas de gloria. Ya no existe la lucha de clases y al Este ya no hay enemigos, sino aliados. El mercado libre y la sociedad de consumo conquistan el consenso universal, que había sido demorado por el desvío histórico del espejismo comunista. Como quería la Revolución Francesa, ahora somos todos libres, iguales y fraternales. Y todos propietarios. Reino de la codicia, paraíso terrenal. Como Dios, el capitalismo tiene la mejor opinión sobre sí mismo, y no hay duda de su propia eternidad.

4
Bienvenida sea la caída del muro de Berlín, dice un diplomático peruano, Carlos Alzamora, en un artículo reciente; pero dice que el otro muro, el que separa al mundo pobre del mundo opulento, está más alto que nunca. Un apartheid universal: los brotes de racismo, intolerancia y discriminación, cada vez más frecuentes en Europa, castigan a los intrusos que saltan ese alto muro para meterse en la ciudadela de la prosperidad.

Y a la vista está. El muro de Berlín ha muerto de buena muerte, pero no alcanzó a cumplir treinta años de vida, mientras que el otro muro celebrará muy pronto sus cinco siglos de edad. El intercambio desigual, la extorsión financiera, la sangría de capitales, el monopolio de la tecnología y de la información y la alienación cultural son los ladrillos que día a día se agregan, a medida que crece el drenaje de riqueza y soberanía desde el Sur hacia el Norte del mundo.

5
Con el dinero ocurre al revés que con las personas: cuanto más libre, peor. El neoliberalismo económico, que el Norte impone al Sur como fin de la historia, como sistema único y último, consagra la opresión bajo la bandera de la libertad. En el mercado libre es natural la victoria del fuerte y legitima la aniquilación del débil. Así se eleva el racismo a la categoría de doctrina económica. El Norte confirma la justicia divina: Dios recompensa a los pueblos elegidos y castiga a las razas inferiores, biológicamente condenadas a la pereza, la violencia y la ineficacia. En un día de trabajo, un obrero del Norte gana más que un obrero del Sur en medio mes.

6
Salarios de hambre, costos bajos, precios de ruina en el mercado mundial.

El azúcar es uno de esos productos latinoamericanos condenados a la inestabilidad y la caída. Durante muchos años, hubo una excepción: la Unión Soviética ha pagado, y paga todavía, un precio equilibrado por el azúcar de Cuba. Ahora, en plena euforia, el capitalismo triunfante se frota las manos. Hay bastantes indicios de que ese pacto comercial no va a durar mucho tiempo más. Y a nadie se le ocurre pensar que esa excepción ejemplar pudiera anunciar la posible creación de un nuevo orden internacional más justo, una alternativa al sistemático saqueo que los técnicos llaman “deterioro de los términos de intercambio”. No: si los soviéticos pagan todavía buen precio por el azúcar cubano, eso no hace más que probar las diabólicas intenciones que han guiado los malos pasos de Moscú, que se metía donde no debía cuando usaba cuernos, tridente y rabo.

El orden vigente es el único orden posible: el comercio ladrón es el fin de la historia.

7
Preocupado por el colesterol, olvidado del hambre, el Norte practica, sin embargo, la caridad. La Madre Teresa de Calcuta es más eficiente que Carlos Marx. La ayuda del Norte al Sur es muy inferior a las limosnas solemnemente comprometidas ante las Naciones Unidas, pero sirve para que el Norte coloque la chatarra de guerra, mercancías sobrantes y proyectos de desarrollo que subdesarrollan al Sur y multiplican la hemorragia para curar la anemia.

Mientras tanto, en los últimos cinco años, el Sur ha donado al Norte una suma infinitamente mayor, equivalente a dos planes Marshall en valores constantes, por concepto de intereses, ganancias, royalties y diversos tributos coloniales. Y mientras tanto, los bancos acreedores del Norte destripan a los Estados deudores del Sur, y se quedan con nuestras empresas públicas a cambio de nada. Menos mal que el imperialismo no existe. Ya nadie lo menciona: por lo tanto, no existe. También esa historia se acabó.

8
Pero, si los imperios y sus colonias yacen en las vitrinas del museo de antigüedades, ¿por qué los países dominantes siguen armados hasta los dientes? ¿Por el peligro soviético? Esa coartada ya no se la creen ni los soviéticos. Si la cortina de hierro se ha derretido y los malos de ayer son los buenos de hoy, ¿por qué los poderosos siguen fabricando y vendiendo armas y miedo? El presupuesto de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos es mayor que la suma de todos los presupuestos de educación infantil en el llamado Tercer Mundo. ¿Despilfarro de recursos? ¿O recursos para defender el despilfarro? La organización desigual del mundo, que simula ser eterna, ¿podría sostenerse un sólo día más si se desarmaran los países y las clases sociales que se han comprado el planeta?

Este sistema enfermo de consumismo y arrogancia, vorazmente lanzado al arrasamiento de tierras, mares, aires y cielos, monta guardia al pie del alto muro del poder. Duerme con un solo ojo, y no le faltan motivos.

El fin de la historia es su mensaje de muerte. El sistema que sacraliza el caníbal orden internacional, nos dice: “Yo soy todo. Después de mí, nada”.

9
Desde la pantalla de una computadora, se decide la buena o mala suerte de millones de seres humanos. En la era de las súper empresas y la supertecnología, unos son mercaderes y otros somos mercancías. La magia del mercado fija el valor de las cosas y de la gente.

Los productos latinoamericanos valen cada vez menos. Nosotros, los latinoamericanos, también.

El Papa de Roma ha condenado enérgicamente el fugaz bloqueo, o amenaza de bloqueo, contra Lituania, pero el Santo Padre nunca dijo ni pío sobre el bloqueo contra Cuba, que ya lleva treinta años, ni sobre el bloqueo contra Nicaragua, que duró diez. Normal. Y normal es, ya que tan poco valemos los latinoamericanos vivos, que nuestros muertos se coticen cien veces menos que las víctimas del hoy desintegrado Imperio del Mal. Noam Chomsky y Edward Herman se han tomado el trabajo de medir el espacio que merecemos en los principales medios norteamericanos de comunicación. Jerzy Popieluszko, sacerdote asesinado por el terror de Estado en Polonia, en 1984, ha ocupado más espacio que la suma de cien sacerdotes asesinados por el terror de Estado en América Latina en estos últimos años.

Nos han impuesto el desprecio como costumbre. Y ahora nos venden el desprecio como destino.

10
El Sur aprende geografía en mapamundis que lo reducen a la mitad de su tamaño real. Los mapamundis del futuro, ¿lo borrarán del todo?

Hasta ahora, América Latina era la tierra del futuro.

Cobarde consuelo; pero algo era.

Ahora nos dicen que el futuro es el presente.

(1990)
Eduardo Galeano – Ser como ellos y otros artículos

 

 

 

 

 

 

Eduardo Galeano

Las tradiciones futuras

Hay un único lugar donde ayer y hoy se encuentran y se reconocen y se abrazan, y ese lugar es mañana. Suenan muy futuras ciertas voces del pasado americano muy pasado. Las antiguas voces, pongamos por caso, que todavía nos dicen que somos hijos de la tierra, y que la madre no se vende ni se alquila. Mientras llueven pájaros muertos sobre la ciudad de México, y se convierten los ríos en cloacas, los mares en basureros y las selvas en desiertos, esas voces porfiadamente vivas nos anuncian otro mundo que no es este mundo envenenador del agua, el suelo, el aire y el alma. También nos anuncian otro mundo posible las voces antiguas que nos hablan de comunidad. La comunidad, el modo comunitario de producción y de la vida, es la más remota tradición de las Américas, la mas americana de todas: pero también pertenecen a los tiempos que vienen y presiente un nuevo Nuevo Mundo. Porque nada hay menos foráneo que el socialismo en estas tierras nuestras. Foráneo es, en cambio, el capitalismo: como la viruela, como la gripe, vino de afuera.

Eduardo Galeano – El libro de los abrazos

Eduardo Galeano

Latinoamericanos

Dicen que hemos faltado a nuestra cita con la Historia, y hay que reconocer que nosotros llegamos tarde a todas las citas.

Tampoco hemos podido tomar el poder, y la verdad es que a veces nos perdemos por el camino o nos equivocamos de dirección, y después nos echamos un largo discurso sobre el tema. Los latinoamericanos tenemos una jodida fama de charlatanes, vagamundos, buscabroncas, calentones y fiesteros, y por algo será. Nos han enseñado que, por ley de mercado, lo que no tiene precio no tiene valor, y sabemos que nuestra cotización no es muy alta. Sin embargo, nuestro fino olfato para los negocios nos hace pagar por todo lo que vendemos y nos permite comprar todos los espejos que nos traicionan la cara.

Llevamos quinientos años aprendiendo a odiarnos entre nosotros y a trabajar con alma y vida por nuestra perdición, y en eso estamos; pero todavía no hemos podido corregir nuestra manía de andar soñando despiertos y chocándonos con todo, y cierta tendencia a la resurrección inexplicable.

Patas arriba, la escuela del mundo al revés (1998)

Eduardo Galeano –

Los cursos de la Facultad de Impunidades

Este centro universitario, cosa rara, no es privilegio de pocos. La Facultad de Impunidades abarca la realidad entera, y a ella asisten todos los jóvenes latinoamericanos, ricos y pobres, ilustrados y analfabetos. La realidad dicta los cursos prácticos. De la teoría se encarga la televisión.

Cómo desprestigiar a la democracia

La eficacia pedagógica está fuera de duda. Las clases que enseñan la impunidad de los políticos, por ejemplo, están logrando, aceleradamente, la despolitización masiva de la muchachada. Si la siembra del desaliento continúa a este ritmo, pronto se logrará que nadie crea en nadie. El caso más instructivo, en esta materia, es el de Carlos Menem, que llegó a la presidencia de Argentina con el 46 por ciento de los votos. Al día siguiente, Menem hizo suyo el programa del Álvaro Alsogaray, que había obtenido el 6 por ciento, y desde entonces Menem está realizando todo lo contrario de lo que había prometido. Esta usurpación de la voluntad colectiva está contribuyendo en gran forma al desprestigio de la democracia, en un país donde ella nunca ha sido muy frecuente y en una sociedad abrumada por el peso tradicional del ejército y la Iglesia.

La Facultad de Impunidades instruye en la falta de escrúpulos y educa en la irresponsabilidad moral. En ocasiones, las estadísticas ilustran sus cursos. Los numeritos acompañan, por ejemplo, a la materia que se ocupa de las relaciones entre la economía y la política en las democracias recién nacidas, o renacidas, en toda América Latina. La economía es cada vez más antidemocrática, mientras la gente pasa del entusiasmo a la desesperanza y más de un defraudado identifica a la democracia con el fraude. Los gobiernos civiles están continuando y multiplicando, impunemente, la política económica neoliberal, mercado libre, dinero libre, que habían impuesto las dictaduras militares. Los resultados están a la vista. Nunca había sido tan evidente la contradicción entre la democracia política y la dictadura social.

Y a la vista están los últimos datos de las Naciones Unidas sobre la década de los ochenta: según la CEPAL, organismo técnico regional, cuatro de cada diez latinoamericanos “viven en estado de miseria absoluta”. Ellos no tienen el destino escrito en los astros: lo tienen escrito en el sistema de poder. La trampa del hambre y la trampa del consumo operan con impunidad, y así se va abriendo la brecha que separa a trampeados de tramposos: cada vez hay más distancia entre la inmensa mayoría que necesita mucho más de lo que consume y la mínima minoría que consume mucho más de los que necesita.

Cómo desprestigiar al Estado

Otra materia de la Facultad de Impunidades trata de los políticos y el Estado. Los mismos políticos que impunemente han exprimido al Estado hasta la última gota, han descubierto ahora que el Estado es inútil y merece ser arrojado a la basura. A lo largo de muchos años, ellos han convertido los derechos de los ciudadanos en favores del poder, han puesto al público al servicio del servicio público y han hecho del Estado un laberinto lleno de parásitos que deambulan hacia ninguna parte. Seguramente Franz Kafka hubiera cambiado de tema si hubiera conocido a la burocracia latinoamericana, en estos países nuestros donde de día falta agua y de noche falta luz, los teléfonos no funcionan, las cartas no llegan y los expedientes tienen hijos.

Y ahora, los políticos tradicionales que hicieron al enfermo, nos venden el hospital: devueltos al gobierno tras el ocaso de las dictaduras militares, ellos entonan salmos a la gloria del dinero libre y sacrifican, en los altares del mercado, a las empresas públicas.

Impunidad de los dueños del mundo. Hágase la voluntad de los países ricos, aunque los países ricos son ricos precisamente porque predican la libertad económica pero no la practican. Nuestra buena conducta se mide por la puntualidad en los pagos y la capacidad de obediencia. Los acreedores golpean la mesa y nuestros gobiernos civiles humillan la cabeza y juran que van a privatizarlo todo. Los numerito prueban que en América Latina la libertad del dinero favorece su evasión, no su inversión, y que así la especulación se ría de la producción y la economía se convierte en una ruleta; pero las trompetas anuncian al capital privado como si fuera un rescate del Quinto de Caballería.

Nuestros gobiernos quieren privatizarlo todo, sí, y empiezan por poner la bandera de remate a los sectores clave de la soberanía nacional: las comunicaciones, la energía, el transporte. Privatizarlo todo, y de ser posible también los hospitales y las escuelas y los cementerios y las cárceles y los zoológicos. Todo, menos las Fuerzas Armadas, que casualmente son las que se llevan la parte del león de los sueldos y gastos de cada presupuesto público. En el nuevo Estado, Estado de la Seguridad Nacional, la burocracia militar es sagrada. Y si no, ¿quién va a ocuparse del “costo social” de los “programas de ajuste”? La impunidad del dinero, que en nuestras tierras mata por hambre o bala, exige que el Estado benefactor deje paso al Estado juez y gendarme: juez vulnerable al soborno y amenaza, implacable gendarme de los pobres.

Cómo desprestigiar a la justicia

La impunidad militar es el más intensivo de los cursos de la Facultad de Impunidades. El acelerado desprestigio del poder civil, en toda América Latina, da la medida de sus éxitos.

Este curso está centrado en la aceptación de la ley del más fuerte como ley natural. Calumniando a la selva, la cultura urbana llama “ley de la selva” a la ley que rige nuestra civilizada vida. En el vértigo de la competencia, en la lucha por el dinero y el poder, la economía de mercado y el orden imperial confirman, cada día, la moral militar: la humillación es el destino que merecen los débiles: los países débiles, las empresas débiles, los gobiernos débiles, las personas débiles.

Las dictaduras militares, que en años recientes nos ensuciaron de mugre y miedo, han dejado a la democracia una doble hipoteca. Los gobiernos civiles han aceptado, sin chistar, esa herencia maldita: el pago de sus deudas y el olvido de sus crímenes. Ahora todos trabajamos para pagar los intereses y vivimos en estado de amnesia.

Las deudas militares, que los gobiernos civiles han socializado, ¿han servido para financiar obras de desarrollo? La usina nuclear de Angra dos Reis, en Brasil, es un buen ejemplo: costó varios miles de millones de dólares, ni se sabe cuántos, y no da más luz que una luciérnaga. Y la absolución del terrorismo militar y paramilitar, que los gobiernos civiles han dispuesto, ¿han servido para consolidar la democracia? ¿O más bien han servido para legalizar la prepotencia, para estimular la violencia y para identificar a la justicia con la venganza o la locura? Somos todos iguales ante la ley, dice la Constitución; pero nuestras Constituciones, obras de ficción de tendencia surrealista y mediocre estilo, ignoran que en este mundo la justicia es, como la democracia y el bienestar, un privilegio de los países ricos.

La deuda militar, traducida en abrumadora deuda externa, no es el precio del desarrollo. La deuda militar es el precio del terror; y la impunidad nos impide saberlo, porque nos prohíbe recordarlo.

Nuestros profesores en la materia han superado a Freud. Para salvar sus exámenes, hay que repetir esta lección: la desmemoria indica buena salud.

Cómo desprestigiar la vida humana

A este paso, América Latina va en camino de convertirse en un vasto criadero de Frankensteins; y Colombia nos brinda un ejemplo de alarmante fecundidad.

Desde hace años, en Colombia, el poder enseña que el crimen paga. A la sombra del poder, y por él alimentadas, han crecido las bandas paramilitares que vienen lloviendo muerte sobre el país. La prensa internacional atribuye toda la culpa a los narcotraficantes y a los guerrilleros; pero la violencia es más bien hija de la Doctrina de Seguridad Nacional, que instrumenta a los ejércitos para matar compatriotas.

En todo caso, el dinero de los mafiosos de la cocaína no se consideraba sucio mientras servía para la limpieza de rojos; y de las 75 matanzas que ocurrieron en 1988, carnicerías que bañaron a Colombia en sangre, apenas cinco fueron obra directa de los narcos. Con el pretexto de los grupos de auto-defensa contra los secuestros de la guerrilla, los Escuadrones de la Muerte nacieron, crecieron y se multiplicaron, impunemente, a lo largo de mucho tiempo. Impunemente, el ejército participó; impunemente, el gobierno toleró. En 1983, el Procurador General de la Nación acusó a 59 militares y policías, integrantes de una banda responsable de más de cien asesinatos y desapariciones. La justicia militar se hizo cargo del asunto: nunca más se supo. En 1988, los asesinatos de políticos, sindicalistas e intelectuales de izquierda sumaron siete veces más víctimas que los enfrentamientos entre la guerrilla y el ejército. Ese año, los obreros de la industria del cemento hicieron una huelga, y no fue por salarios: exigían al gobierno que les permitiera armarse. Doce de sus dirigentes habían sido asesinados. Ante las denuncias de Amnesty International, el Ministerio de Defensa contestó con una lista de torturadores militares que habían sufrido sanción. El Ministerio no mencionaba la sanción, que consistía en 48 horas de arresto simple.

Hoy Colombia está peor que Chicago en los años de Al Capone y la ley seca. Tres candidatos a la presidencia han caído, acribillados, en ocho meses. Un precoz egresado de la Facultad de Impunidades, un niño de quince años salido de los suburbios de Medellín, asesinó al jefe de Izquierda Unida, Bernardo Jaramillo, a cambio de 650 dólares. Normalmente, se cobra mucho menos. Como en el corrido mexicano, la vida no vale nada. La gente muere de plomonía y en las ciencias sociales han surgido nuevos especialistas, los violentólogos, que intentan descifrar lo que ocurre. Algunos se limitan a confirmar una antigua certeza del sistema: además de ser burros y haraganes, los pobres son violentos, si han nacido en Colombia. Otros, en cambio, se niegan a creer que los colombianos lleven la marca de la violencia en la frente. No es asunto de genes: esta violencia es hija del miedo, esta tragedia es hija de la impunidad.

Cómo desprestigiar la soberanía nacional

Como todas nuestras fuerzas armadas, los militares colombianos obedecen a una potencia extranjera, a través de la Junta Interamericana de Defensa; y ese deber de obediencia está por encima de la jurada lealtad a su propia nación. La potencia extranjera dominante los adiestra en las artes de la impunidad, transmitiéndoles un know-how de altísimo nivel y probada experiencia.

El último espectáculo público en la materia, la invasión de Panamá, tuvo un éxito clamoroso. Esta operación, destinada a capturar a un agente de la CIA que había sido infiel a la empresa, costó cuatro mil muertos y siete mil millones de dólares en daños, pero casi todas las víctimas eran pobres y pobres eran los barrios arrasados, de modo que el mundo entero no tuvo mayor dificultad en encogerse de hombros y dejar hacer. Con la más absoluta impunidad, los Estados Unidos han impuesto un nuevo administrador del canal de Panamá, para evitar que se cumplan los tratados, y un nuevo presidente del país. El nuevo presidente, el gordísimo Endara, se dedica a hacer huelgas de hambre protestando porque Roma no paga traidores, mientras Panamá sufre impunemente la cotidiana humillación de la ocupación extranjera.

* * *

Desde su casa matriz, y a través de muchas sucursales, la Facultad de Impunidades nos induce a desquerernos y a descreernos. Sus profesores nos invitan a olvidar el pasado para que no seamos capaces de recordar el futuro. Y así, cada día nos enseñan la resignación. Cada día aprendemos a resignarnos para poder sobrevivir. Pero hace poco, en una pared de un barrio de la ciudad de Lima, un alumno rebelde escribió: “No queremos sobrevivir. Queremos vivir”. Él hablaba por muchos.

(1990)

Eduardo Galeano -Ser como ellos y otros artículos

Eduardo Galeano –

 

Los numeritos y la gente

¿Dónde se cobra el Ingreso per Cápita? A más de un muerto de hambre le gustaría saberlo.
En nuestras tierras, los numeritos tienen mejor suerte que las personas. ¿A cuántos les va bien cuando a la economía le va bien? ¿A cuántos desarrolla el desarrollo?

En Cuba, la revolución triunfó en el año más próspero de toda la historia económica de la isla.

En América Central, las estadísticas sonreían y reían mientras más jodida y desesperada estaba la gente. En las décadas del 50, del 60, del 70, años tormentosos, tiempos turbulentos, América Central lucía los índices de crecimiento económico más altos del mundo y el mayor desarrollo regional de la historia humana.

En Colombia, los ríos de sangre se cruzan con los ríos de oro. Esplendores de la economía, años de plata fácil: en plena euforia, el país produce cocaína, café y crímenes en cantidades locas.

Eduardo Galeano – El libro de los abrazos

Eduardo Galeano –

Mea culpa

Hace un cuarto de siglo, quise viajar a los Estados Unidos por primera vez.

Fui al consulado, pedí la visa. El formulario preguntaba, entre otras cosas: ¿Se propone usted asesinar al presidente de los Estados Unidos de América? Yo era tan modesto que ni siquiera me proponía asesinar al Presidente del Uruguay; pero respondí: sí. Estaba seguro de que la pregunta era una broma, inspirada por mis maestros Ambrose Bierce y Mark Twain.

El consulado me negó la visa. Mi respuesta era una mala respuesta. Yo no había entendido. Y han pasado los años y, la verdad sea dicha. Sigo sin entender. Discúlpenme ustedes, por favor. Estoy confundiendo esta convención de libreros norteamericanos con un confesionario de mi infancia católica. Pero, ¿ante quien podría confesarse un escritor, mejor que ante un librero? Y para muchos pecados, ¿no se requieren acaso muchos libreros?

Cada mañana, para empezar el día, desayuno noticias. En los diarios leo, por ejemplo, los frecuentes escándalos que acosan a los candidatos presidenciales. Y confieso que no consigo entender por que los políticos norteamericanos son malos si tiene amores con bellas mujeres inofensivas, y en cambio son buenos si tienen amores con las grandes empresas que venden armas o veneno.

O leo sobre el envío de militares norteamericanos para luchar contra las plantaciones de droga en América Latina. Y no hay caso, no me entra en la cabeza por que son malos los países que producen drogas, y malas las personas que consumen drogas, y en cambio es bueno el modo de vida que genera la necesidad de consumirlas.

En las páginas de economía, leo que los Estados Unidos han importando 35.292 corpiños mexicanos durante 1991. Ni un corpiño más, porque a 35.292 llegaba la cuota de corpiños autorizada por el gobierno.. Y entonces, ni modo: no entiendo por que las barreras proteccionistas y los subsidios son buenos en los Estados unidos, y en cambio son malos en América Latina.

Neblinas del Bien y el Mal. En la prensa norteamericana veo los avisos que exhortan a comprar productos nacionales, Buy american!, y entonces tampoco entiendo por que son malos los productos japoneses que invaden el mercado norteamericano, y en cambio son buenos los productos norteamericanos que invaden América Latina.

Y no solo los productos: Imaginemos que los marines de México invaden Los Ángeles, para proteger a los mexicanos amenazados por los recientes disturbios. ¿Bueno o malo?

Y hasta me pregunto: ¿Y yo mismo? ¿Soy bueno, yo? ¿O soy malo? Me atormentan las dudas sobre mi identidad: dudas muy de nosotros, los escritores, bien lo sé. Para nadie es un misterio que los escritores tenemos el alma condenada al infierno de la angustia incesante: en el centro de ese hervidero, nuevas dudas responden a cada certeza y nuevas preguntas responden a cada pregunta. Pero mi angustia se multiplica en este fin de siglo, fin de milenio, porque yo también se que los Estados Unidos andan en busca de nuevos malos que combatir.

Nostalgias del Imperio del Mal: allá en el Este, los malos se han convertido en buenos, y el resto del mundo esta siendo dramáticamente incapaz de producir los malos que el mercado militar demanda con urgencia. Yo todavía no entiendo por que eran malos los soldados de Irak cuando se apoderaban de Kuwait, y en cambio eran buenos los marines cuando se apoderaban de Granada o Panamá; pero hay que tener en cuenta que Saddam Hussein, que fue bueno hasta fines de 1990, viene siendo malo desde principios de 1991. Evidentemente, un solo malo no alcanza. Siempre se puede echar mano a los malos de larga duración, como Muammar Khaddafi o Fidel Castro; pero hay que reconocer que la oferta es pobre. Confidencialmente confieso, y lo confieso con todas las letras, por difícil que me resulte: si, es verdad, si: yo no se manejar automóviles, no tengo computadora, nunca fui al psicoanalista, escribo a mano, no me gusta la tele y jamás he visto a las tortugas Ninja.

Y mas, todavía: mi cabeza es calva y de izquierda. Vanos han resultado todos mis esfuerzos para que el pelo brote en mi desnudo cráneo y para corregir mi tendencia a pensar zurdamente. Hasta hace pocos años, en las escuelas ataban la mano izquierda de los niños zurdos, para obligarlos a escribir con la mano; y parece que eso daba buenos resultados. Para obligar a los adultos a pensar derechamente, las dictaduras militares usan terapias de sangre y fuego y las democracias usan la televisión. A mi me han hecho probar ambas medicinas; y no hubo caso.

Admito que tengo, por ejemplo, una incapacidad biológica para percibir las virtudes de la libertad del dinero. A fines del año pasado, pongamos por caso, yo estaba con mi mujer en la mitad de un largo viaje, cuando quebró Pan American. Ella y yo nos quedamos literalmente en el aire y sin avión. Tuvimos que pedir dinero prestado a unos amigos, y entonces yo interprete el episodio según mí limitada visión de las cosas: creí que la mano invisible del mercado me había robado dos pasajes.

Debo reconocer que me equivoqué. Ya no tengo ninguna esperanza de recuperar ni un centavo; pero ahora me doy cuenta de que Dios me hizo un favor. Astutamente, el Altísimo utilizó ese sutil procedimiento para convencerme de que no se puede andar por el mundo sin tarjeta de crédito.

Yo no tenía. Lo confieso. Hasta hace poco, mi natural inclinación al Mal me impedía esta felicidad. Yo creía que la tarjeta de crédito eran una trampa mas de la sociedad de consumo. Creía que los habitantes de las grandes ciudades modernas padecen la esclavitud por deudas, tanto como los indios de Guatemala en las plantaciones de algodón o de café. Ahora se ha descorrido el velo que cubría mis ojo, y veo: nadie es, sino es digno de crédito. Ahora, yo soy. Debo, luego soy.

Pero la duda, porfiada sombra, vuelve al asalto. A mi cabeza se le da por pensar que mi país también debe, y que cuanto mas paga, mas debe. Y cuanto mas debe, menos lo gobierna el gobierno y mas lo gobiernan los acreedores. Y sin embargo los Estados Unidos, que deben mucho mas que toda América Latina junta, no aceptan condiciones, sino que las imponen. ¿Será que es malo deber poco, y en cambio es bueno deber muchísimo?

Dudas, dudas. ¡Y tantas dudas sobre mi propio trabajo! Me pregunto: ¿Tendrá todavía destino la literatura, en este mundo donde todos los niños de cinco años son ingenieros electrónicos? Y quisiera responder-me: Quizás el modo de vida de nuestro tiempo no resulte demasiado bueno para la gente, ni para la naturaleza; pero es sin duda muy bueno para la industria farmacéutica. ? Por que no podría ser también muy bueno para la industria literaria? Todo depende del producto que se ofrezca, que ha de ser tranquilizante como el valium y brilloso y light como un show de la tele: que ayude a no pensar con riesgo ni a sentir con locura, que evite los sueños peligrosos y que sobre todo evite la tentación de vivirlos.

Pero ocurre que es exactamente la literatura que no soy capaz de escribir ni de leer. Condenado a la impotencia no puedo escribir ni leer palabras neutrales. Y aunque hago todo lo posible, no consigo parar de creer que estos tiempos de resignación, desprestigio de la pasión humana y arrepentimiento del humano compromiso, son nuestro desafío pero no son nuestro destino.

Muchas gracias. He desahogado mi conciencia amparado en el secreto de confesión, y les ruego que no lo olviden. Ahora debo tramitar mi visado para entrar al Nuevo Orden Mundial. Ojalá no me pregunten si me propongo matar al presidente.

( Palabras pronunciadas por Eduardo Galeano ante la reunión anual de los libreros de los Estados Unidos, American Booksellers Association, en la ciudad de Los Ángeles, el 26 de mayo de 1992. Publicado en el Papel Literario de EL NACIONAL Caracas 18/10/92.)

Eduardo Galeano, Ser como ellos y otros artículos

 

Eduardo Galeano –

S.O.S

Pagina12

¿Quién se queda con el agua? El mono que tiene el garrote. El mono desarmado muere de sed. Esta lección de la prehistoria abre la película 2001, Odisea del espacio. Para la odisea 2003, el presidente Bush anuncia un presupuesto militar de mil millones de dólares por día. La industria armamentista es la única inversión digna de confianza: hay argumentos que son irrebatibles, en la próxima Cumbre de la Tierra en Johannesburgo o en cualquier otra conferencia internacional.

***

Las potencias dueñas del planeta razonan bombardeando. Ellas son el poder, un poder genéticamente modificado, un gigantesco Frankenpower que humilla a la naturaleza: ejerce la libertad de convertir el aire en mugre y el derecho de dejar a la humanidad sin casa; llama errores a sus horrores, aplasta a quien se pone en su camino, es sordo a las alarmas y rompe lo que toca.

***

Se alza la mar, y las tierras bajitas quedan por siempre sepultadas bajo las aguas. Esto parece una metáfora sobre el desarrollo económico en el mundo tal cual es, pero no: se trata de una fotografía del mundo tal cual será, en un futuro no tan lejano, según las previsiones de los científicos consultados por las Naciones Unidas.

Durante más de dos décadas, las profecías de los ecologistas merecieron burla o silencio. Ahora, los científicos les dan la razón. Y el 3 de junio de este año, hasta el propio presidente Bush no tuvo más remedio que admitir, por primera vez, que ocurrirán desastres si el recalentamiento global continúa dañando el planeta. El Vaticano reconoce que Galileo no estaba equivocado, comentó el periodista Bill McKibben. Pero nadie es perfecto: al mismo tiempo, Bush anunció que los Estados Unidos aumentarán en un 43 por ciento, en los próximos dieciocho años, la emisión de los gases que intoxican la atmósfera. Al fin y al cabo, él preside un país de máquinas que ruedan comiendo petróleo y vomitando veneno: más de doscientos millones de automóviles, y menos mal que los bebés no manejan. A fines del año pasado, en un discurso, Bush exhortó a la solidaridad, y fue capaz de definirla: “Deja que tus niños laven el auto del vecino”.

***

La política energética del país líder del mundo está dictada por los negocios terrenales, que dicen obedecer al alto cielo. Trasmitía mensajes divinos la finada empresa Enron, fallecida por estafa, que fue la principal asesora del gobierno y la principal financista de las campañas de Bush y de la mayoría de los senadores. El gran jefe de Enron, Kenneth Lay, solía decir: “Creo en Dios y creo en el mercado”.

Y el mandamás anterior tenía un lema parecido: “Nosotros estamos del lado de los ángeles”.
Los Estados Unidos practican el terrorismo ambiental sin el menor remordimiento, como si el Señor les hubiera otorgado un certificado de impunidad porque han dejado de fumar.

***

“La naturaleza está ya muy cansada”, escribió el fraile español Luis Alfonso de Carvallo. Fue en 1695. Si nos viera ahora.

Una gran parte del mapa de España se está quedando sin tierra. La tierra se va; y más temprano que tarde, entrará la arena por las rendijas de las ventanas. De los bosques mediterráneos, queda en pie un quince por ciento. Hace un siglo, los bosques cubrían la mitad de Etiopía, que hoy es un vasto desierto.

La Amazonia brasileña ha perdido florestas del tamaño del mapa de Francia. En América Central, a este paso, pronto se contarán los árboles como el calvo cuenta sus pelos.

La erosión expulsa a los campesinos de México, que se marchan del campo o del país. Cuanto más se degrada la tierra en el mundo, más fertilizantesy pesticidas hay que usar. Según la Organización Mundial de la Salud, estas ayudas químicas matan tres millones de agricultores por año.

Como las lenguas humanas y las humanas culturas, van muriendo las plantas y los animales. Las especies desaparecen a un ritmo de tres por hora, según el biólogo Edward O. Wilson. Y no sólo por la deforestación y la contaminación: la producción en gran escala, la agricultura de exportación y la uniformización del consumo están aniquilando la diversidad. Cuesta creer que hace apenas un siglo había en el mundo más de quinientas variedades de lechuga y 287 tipos de zanahoria. Y 220 variedades de papa, sólo en Bolivia.

***

Se pelan los bosques, la tierra se hace desierto, se envenenan los ríos, se derriten los hielos de los polos y las nieves de las altas cumbres. En muchos lugares la lluvia ha dejado de llover, y en muchos llueve como si se partiera el cielo. El clima del mundo está para el manicomio.

Las inundaciones y las sequías, los ciclones y los incendios incontrolables son cada vez menos naturales, aunque los medios insisten, contra toda evidencia, en llamarlos así. Y parece un chiste de humor negro que las Naciones Unidas hayan llamado a los años noventa Década Internacional para la Reducción de los Desastres Naturales. ¿Reducción? Esa fue la década más desastrosa. Hubo ochenta y seis catástrofes, que dejaron cinco veces más muertos que los muchos muertos de las guerras en ese período. Casi todos, el 96 por ciento para ser precisos, murieron en los países pobres, que los expertos insisten en llamar “países en vías de desarrollo”.

***

Con devoción y entusiasmo, el sur del mundo copia, y multiplica, las peores costumbres del norte. Y del norte no recibe las virtudes, sino lo peor: hace suya la religión norteamericana del automóvil y su desprecio por el transporte público, y toda la mitología de la libertad de mercado y la sociedad de consumo. Y el sur también recibe, con los brazos abiertos, las fábricas más cochinas, las más enemigas de la naturaleza, a cambio de salarios que dan nostalgia de la esclavitud.

Sin embargo, cada habitante del norte consume, en promedio, diez veces más petróleo, gas y carbón; y en el sur sólo una de cada cien personas tiene auto propio. Gula y ayuno del menú ambiental: el 75 por ciento de la contaminación del mundo proviene del 25 por ciento de la población. Y en esa minoría no figuran, bueno fuera, los mil doscientos millones que viven sin agua potable, ni los mil cien millones que cada noche se van a dormir sin nada en la barriga. No es “la humanidad” la responsable de la devoración de los recursos naturales, ni de la pudrición del aire, la tierra y el agua.

El poder se alza de hombros: cuando este planeta deje de ser rentable, me mudo a otro.

***

La belleza es bella si se puede vender y la justicia es justa si se puede comprar. El planeta está siendo asesinado por los modelos de vida, como nos paralizan las máquinas inventadas para acelerar el movimiento y nos aíslan las ciudades nacidas para el encuentro.

Las palabras pierden sentido, mientras pierden su color la mar verde y el cielo azul, que habían sido pintados por gentileza de las algas que echaron oxígeno durante tres mil millones de años.

***

Esas lucecitas de la noche, ¿nos están espiando? Las estrellas tiemblan de estupor y de miedo. Ellas no consiguen entender cómo sigue dando vueltas, todavía vivo, este mundo nuestro, tan fervorosamente dedicado a su propia aniquilación. Y se estremecen de susto, porque han visto que ya este mundo anda invadiendo otros astros del cielo.

 

Eduardo Galeano –

Se venden piernas

(Para Ángel Ruocco)

Hasta el Papa de Roma ha suspendido sus viajes por un mes. Por un mes, mientras dure el Mundial de Italia, estaré yo también cerrado por fútbol, al igual que muchos otros millones de simples mortales.

Nada tiene de raro. Como todos los uruguayos, de niño quise ser jugador de fútbol. Por mi absoluta falta de talento, no tuve más remedio que hacerme escritor. Y ojalá pudiera yo, en algún imposible día de gloria, escribir con el coraje de Obdulio, la gracia de Garrincha, la belleza de Pelé y la penetración de Maradona

En mi país, el fútbol es la única religión sin ateos; y me consta que también la profesan, en secreto, a escondidas, cuando nadie los ve, los raros uruguayos que públicamente desprecian al fútbol o lo acusan de todo. La furia de los fiscales enmascara un amor inconfesable. El fútbol tiene la culpa, toda la culpa, y si el fútbol no existiera, seguramente los pobres harían la revolución social y todos los analfabetos serían doctores; pero en el fondo de su alma, todo uruguayo que se respete termina sucumbiendo, tarde o temprano, a la irresistible tentación del opio de los pueblos.

Y la verdad sea dicha: este hermoso espectáculo, esta fiesta de los ojos, es también un cochino negocio. No hay droga que mueva fortunas tan inmensas en los cuatro puntos cardinales del mundo. Un buen jugador es una muy valiosa mercancía, que se cotiza y se compra y se vende y se presta, según la ley del mercado y la voluntad de los mercaderes.

Ley del mercado, ley del éxito. Hay cada vez menos espacio para la improvisación y la espontaneidad creadora. Importa el resultado, cada vez más, y cada vez menos el arte, y el resultado es enemigo del riesgo y la aventura. Se juega para ganar, o para no perder, y no para gozar la alegría de dar alegría. Año tras año, el fútbol se va enfriando; y el agua en las venas garantiza la eficacia. La pasión de jugar por jugar, la libertad de divertirse y divertir, la diablura inútil y genial, se van convirtiendo en temas de evocación nostalgiosa.

El fútbol sudamericano, el que más comete todavía estos pecados de leso eficiencia, parece condenado por las reglas universales del cálculo económico. Ley del mercado, ley del más fuerte. En la organización desigual del mundo, el fútbol sudamericano es una industria de exportación: produce para otros. Nuestra región cumple funciones de sirvienta del mercado internacional. En el fútbol, como en todo lo demás, nuestros países han perdido el derecho de desarrollarse hacia adentro. No hay más que ver los seleccionados de Argentina, Brasil y Uruguay en este mundial del 90. Los jugadores se conocen en el avión. Solamente un tercio juega en el propio país; los dos tercios restantes han emigrado y pertenecen, casi todos, a los equipos europeos. El Sur no sólo vende brazos, sino también piernas, piernas de oro, a los grandes centros extranjeros de la sociedad de consumo; y al fin y al cabo, los buenos jugadores son los únicos inmigrantes que Europa acoge sin tormentos burocráticos ni fobias racistas.

Parece que muy pronto cambiará la reglamentación internacional. Los clubes europeos podrían, de aquí a poco, contratar a cuatro, o quizá cinco, jugadores extranjeros. En ese caso, me pregunto qué será del fútbol sudamericano. No nos van a quedar ni los masajistas.

En estos tiempos de tanta duda, uno sigue creyendo que la tierra es redonda por lo mucho que se parece al balón que gira, mágicamente, sobre el césped de los estadios. Pero también el fútbol demuestra que esta tierra no es muy redonda, que digamos.

Ser como ellos y otros artículos

Eduardo Galeano

Cuenta la historia de la invasión a Bahía de Cochinos

1961
Bahía de Cochinos

A contraviento,

a contramuerte, siempre de ida, nunca de vuelta, la revolución cubana continúa escandalosamente viva a no más de ocho minutos de vuelo de Miami.

Para acabar con la insolencia, la CIA lanza una invasión desde Estados Unidos, Guatemala y Nicaragua. Somoza II despide en el muelle a los expedicionarios. El Ejército Cubano de Liberación, que la CIA ha fabricado y puesto en funcionamiento, está formado por militares y policías de la dictadura de Batista y por los desalojados herederos de las plantaciones de azúcar, los bancos, los diarios, los garitos, los burdeles y los partidos políticos.

  • ¡Tráiganme un par de pelos de la barba de Castro! -les encarga Somoza.

Aviones de los Estados Unidos entran en el cielo de Cuba. Están camuflados. Llevan pintada la estrella de la Fuerza Aérea Cubana. Los aviones ametrallan, volando bajo, al pueblo que los saluda, y descargan bombas sobre las ciudades. Tras el bombardeo, que prepara el terreno, los invasores desembarcan en los pantanos de la Bahía de Cochinos. Mientras tanto, el presidente Kennedy juega al golf en Virginia. Kennedy ha dado la orden, pero había sido Eisenhower quien había puesto en marcha el plan de invasión. Eisenhower había dado su visto bueno a la invasión a Cuba en el mismo escritorio donde antes había aprobado la invasión de Guatemala. El jefe de la CIA, Allen Dulles, le aseguró que acabaría con Fidel Castro como había acabado con Arbenz. Sería cosa de un par de semanas, día más, día menos, y el mismo equipo de la CIA se haría cargo del asunto: los mismos hombres, desde las mismas bases. El desembarco de los libertadores desencadenaría la insurrección popular en la isla sometida a la tiranía roja. Los espías norteamericanos sabían que el pueblo de Cuba, harto de hacer colas, no esperaba más que la señal de alzarse.

1961
Playa Girón

La segunda derrota militar de los Estados Unidos en América Latina

En tres días acaba Cuba con los invasores. Entre los muertos, hay cuatro pilotos norteamericanos. Los siete buques, escoltados por la Marina de Guerra de los Estados Unidos, huyen o se hunden en la bahía de los Cochinos. El presidente Kennedy asume la total responsabilidad por este fiasco de la CIA. La CIA creyó, como siempre, en los informes de sus pícaros espías locales, que cobran por decir lo que gusta escuchar; y, como siempre, confundió la geografía con un mapa militar ajeno a la gente y a la historia. Las ciénagas que la CIA eligió para el desembarco habían sido el lugar más miserable de toda Cuba, un reino de cocodrilos y mosquitos, hasta que la revolución llegó. Entonces el entusiasmo humano transformó estos lodazales, fundando en ellos escuelas, hospitales y caminos. La gente de aquí fue la primera en poner el pecho a las balas, contra los invasores que venían a salvarla.

1961
La Habana

Retrato del pasado

Los invasores, parásitos y verdugos, jóvenes millonarios, veteranos de mil crímenes, responden a las preguntas de los periodistas. Nadie asume la responsabilidad de Plata Girón ni de nada; todos eran cocineros de la expedición.

Ramón Calviño, célebre torturador en los tiempos de Batista, sufre amnesia total ante las mujeres por él golpeadas y pateadas y violadas, que lo reconocen y lo increpan. El padre Ismael de Lugo, capellán de la brigada de asalto, busca amparo bajo el manto de la Virgen. Él había peleado del lado de Franco en la guerra española, por consejo de la Virgen, y ahora invadido Cuba para que la Virgen no sufra más contemplando tanto comunismo. El padre Lugo invoca una Virgen empresaria, dueña de algún banco o plantación nacionalizada, que piensa y siente como los otros mil doscientos prisioneros: el derecho es el derecho de propiedad y de herencia; la libertad, libertad de empresa. La sociedad modelo, una sociedad anónima. La democracia ejemplar, una asamblea de accionistas.

Todos los invasores han sido educados en la ética de la impunidad. Nadie reconoce haber matado a nadie. Y al fin y al cabo, tampoco la miseria firma sus crímenes. Algunos periodistas les preguntan sobre las injusticias sociales, pero ellos se lavan las manos, el sistema se lava las manos: los niños que en Cuba y en toda América Latina mueren a poco de nacer, mueren de gastroenteritis, no de capitalismo.

1961
Washington
¿Quién invadió Cuba? Un diálogo en el Senado de los Estados Unidos

Senador Capehart -¿Cuántos aviones teníamos?

Allen Dulles (director de la CIA) -¿Cuántos tenían los cubanos? Senador Sparkman -No, los americano. ¿Cuántos?

Dulles -Bueno, se trata de cubanos.

Sparkman -Los rebeldes.

Dulles -Nosotros no los llamamos rebeldes.

Capehart -Quiero decir: las fuerzas revolucionarias.

Sparkman -Cuando él se preguntó cuántos aviones teníamos, se refería a eso, a las fuerzas anti-Castro.
Richard M. Bisell (sub-director de la CIA) -Empezamos, señor, con dieciséis B-26…

1961
La Habana
María de la Cruz

Poco después de la invasión, se reúne el pueblo en la plaza. Fidel anuncia que los prisioneros serán canjeados por medicinas para los niños. Después entrega diplomas a cuarenta mil campesinos alfabetizados. Una vieja insiste en subir a la tribuna, y tanto insiste que por fin la suben. En vano manotea el aire, buscando el altísimo micrófono, hasta que Fidel se lo acomoda:

-Yo quería conocerlo, Fidel. Quería decirle…

-Mire que me voy a poner colorado.

Pero la vieja, mil arrugas, cuatro huesitos, le descerraja elogios y gratitudes. Ella ha aprendido a leer y a escribir a los ciento seis años de edad. Y se presenta. Se llama María de la Cruz, por ser nacida el mismo día de la invención de la Santa Cruz, y de apellido Semanat, porque Semanat se llamaba la plantación de caña donde ella nació esclava, hija de esclavos, nieta de esclavos. En aquel tiempo los amos mandaban al cepo a los negros que querían letras, explica María de la Cruz, porque los negros eran las máquinas que funcionaban al toque de campana y al ritmo de los azotes, y por eso ella ha demorado tanto en aprender.

María de la Cruz se apodera de la tribuna. Después de hablar, canta. Después de cantar, baila. Hace más de un siglo que se ha echado a bailar María de la Cruz. Bailando salió del vientre de la madre y bailando atravesó el dolor y el horror hasta llegar aquí, que era donde debía llegar, de modo que ahora no hay quien la pare.

1961
Punta del Este
La letrinocracia

Después del fracaso del desembarco de los soldados en Cuba, los Estados Unidos anuncian un gran desembarco de dólares en América Latina.

Para aislar a los barbudos, el presidente Kennedy ofrece a los latinoamericanos torrentes de donaciones, préstamos, inversiones:

-Cuba es la gallina de los huevos de oro -comprueba el Che Guevara, en la conferencia panamericana de Punta del Este.

El Che denuncia este proyecto de soborno como una tomadura de pelo. Para que nada cambie, se desencadena la retórica del cambio. Suman medio millón las páginas de los informes oficiales de la conferencia, y no hay página que no hable de revolución, reforma agraria y desarrollo. Mientras los Estados Unidos tumban las precios de los productos de América Latina, prometen letrinas a los pobres, a los indios, a los negros: no maquinarias, ni equipos, sino letrinas:

-Para los señores técnicos -acusa el Che-, planificar es planificar la letrina. Si les hiciéramos caso, Cuba podría ser…¡un paraíso de la letrina!

Memoria del Fuego (3)

 

Eduardo Galeano

Cuenta la historia de la Revolución Mexicana

 

1910
Ciudad de México

El Centenario y el dictador

En el apogeo de las celebraciones del Centenario, don Porfirio inaugura un manicomio. Poco después, coloca la primera piedra de una nueva cárcel.

Condecorado hasta en la barriga, su emplumada cabeza reina allá en lo alto de una nube de sombreros de copa y cascos imperiales. Sus cortesanos, reumáticos ancianos de levita y polainas y flor en el ojal, bailan al ritmo de Viva mi desgracia, el vals de moda. Una orquesta de ciento cincuenta músicos toca bajo treinta mil estrellas eléctricas en el gran salón del Palacio Nacional.

Un mes entero duran los festejos. Don Porfirio, ocho veces reelegido por él mismo, aprovecha uno de estos históricos bailes para anunciar que ya se vienen su noveno período presidencial. Al mismo tiempo, confirma la concesión del cobre, el petróleo y la tierra a Morgan, Guggenheim, Rockefeller y Hearst por noventa y nueve años. Lleva mas de treinta años el dictador, inmóvil, sordo, administrando el más vasto territorio tropical de los Estados Unidos.

Una de estas noches, en plena farra patriótica, el cometa Halley irrumpe en el cielo. Cunde el pánico. La prensa anuncia que el cometa meterá la cola en México y que se vienen el incendio general.

1911
Anenecuilco

Zapata

Nació jinete, arriero y domador. Cabalga deslizándose, navegando a caballo las praderas, cuidadoso de no importunar el hondo sueño de la tierra. Emiliano Zapata es hombre de silencios. Él dice callando.

Los campesinos de Anenecuilco, su aldea, casitas de adobe y palma salpicadas en la colina, han hecho jefe a Zapata y le han entregado los papeles del tiempo de los virreyes, para que él sepa guardarlos y defenderlos. Ese manojo de documentos prueba que esta comunidad, aquí arraigada desde siempre, no es intrusa en su tierra.

La comunidad de Anenecuilco esta estrangulada, como todas las demás comunidades de la región mexicana de Morelos. Cada vez hay que menos islas de maíz en el océano del azúcar. De la aldea de Tequesquitengo, condenada a morir porque sus indios libres se negaban a convertirse en peones de cuadrilla, no queda más que la cruz de la torre de la iglesia. Las inmensas plantaciones embisten tragando tierras, aguas y bosques. No dejan sitio ni para enterrar a los muertos:

– Si quieren sembrar, siembren en macetas.

Matones y leguleyos se ocupan del despojo, mientras los devoradores de comunidades escuchan conciertos en sus jardines y crían caballos de polo y perros de exposición.

Zapata, caudillo de los lugareños avasallados, entierra los títulos virreinales bajo el piso de la iglesia de Anenecuilco t se lanza a la pelea. Su tropa de indios, bien plantada, bien montada, mal armada, crece al andar.

1911
Ciudad de México

Madero

Mientras Zapata desencadena la insurrección en el sur, todo el norte de México se levanta en torno a Francisco Madero. Al cabo de más de treinta años de trono continuo, Porfirio Díaz se desploma en un par de meses.

Madero, el nuevo presidente, es virtuosos hijo de la Constitución liberal. Él quiere salvar a México por la vía de la reforma jurídica. Zapata exige la reforma agraria. Ante el clamor de los campesinos, los nuevos diputados prometen estudiarles la miseria.

1911
Campos de Chihuahua

Pancho Villa

De todos los jefes norteños que han llevado a Madero a la presidencia de México, Pancho Villa es el más querido y queredor.

Le gusta casarse y lo hace a cada rato. Con una pistola en la nuca, no hay cura que se niegue ni muchacha que se resista. También le gusta bailar el tapatío al son de la marimba y meterse al tiroteo. Como lluvia en el sombrero le rebotan muy temprano:

– Para mi la guerra empezó cuando nací.

Era casi un niño cuando vengó a la hermana. De la muchas muertes que debe, la primera fue de patrón; y tuvo que hacerse cuatrero.

Había nacido llamándose Doroteo Arango. Pancho Villa era otro, un compañero de banda, un amigo, el más querido: cuando los guardias rurales mataron a Pancho Villa, Doroteo Arngo le recogió el nombre y se lo quedó. ÉL pasó a llamarse Pancho Villa, contra la muerte y el olvido, para que su amigo siguiera siendo.

1912
Ciudad de México

Huerta

Tiene cara de muerto maligno. Los lentes negros, fulgurantes, son lo único vivo de su cara.
Veterano guardaespaldas de Porfirio Díaz, Victoriano Huerta se convirtió súbitamente a la Democracia el día en que la dictadura cayó. Ahora es el brazo derecho del presidente Madero, y se ha lanzado a la cacería de revolucionarios. Al norte atrapa a Pancho Villa y al sur a Gildardo Magaña, lugarteniente de Zapata, y ya los da por fusilados, ya está el pelotón acariciando los gatillos, cuando el perdón del presidente interrumpe la ceremonia:

– Vino la muerte a buscarme -suspira Villa-, pero se equivocó de hora.

Los dos resucitados van a parar a una misma celda en la prisión de Tlateolco. Conversando pasan los días y los meses. Magaña habla de Zapata y de su plan de reforma agraria y del presidente Madero, que se hace el sordo porque quiere quedar bien con los campesinos y con los terratenientes, montando en dos caballos a la vez.

Un pequeño pizarrón y un par de libros llegan a la celda. Pancho Villa sabe leer personas, pero no letras. Magaña le enseña; y juntos van entrando, palabra por palabra, estocada tras estocada, en los castillos de Los tres mosqueteros. Después emprenden viaje por Don Quijote de La Mancha, locos caminos de la vieja España; y Pancho Villa, feroz guerrero del desierto, acaricia las páginas con mano de amante, Magaña le cuenta:

– Este libro…¿sabes? Lo escribió un preso. Uno como nosotros.

1913
Ciudad de México

Una soga de dieciocho centavos

El presidente Madero aplica un impuesto, un impuestito, a las jamás tocadas empresas petroleras, y el embajador norteamericano, Henry Lane Wilson, amenaza con la invasión. Anuncia el embajador que varios barcos de guerra avanzan sobre los puertos de México, mientras el general Huerta se subleva y embiste a cañonazos contra el Palacio Nacional.

El destino de Madero se discute en el Salón de Fumar de la embajada de los Estados Unidos. Se resuelve aplicarle la ley de fugas. Lo suben a un auto y al rato le ordenan bajar y lo acribillan en la calle.

El general Huerta, nuevo presidente, acude a un banquete en el Jockey Club. Allí anuncia que tiene un buen remedio, una soga de dieciocho centavos, para acabar con Emiliano Zapata y Pancho Villa y los demás enemigos del orden.

1913
Jonacatepec

El sur de México se crece en el castigo

Los oficiales de Huerta, veteranos en el oficio de masacrar indios rebeldes, se proponen limpiar las comarcas del sur incendiando pueblos y cazando campesinos. Cae muerto o preso todo el que encuentran porque, ¿quién que en el sur sea no es de Zapata?

El ejército de Zapata anda hambriento y enfermo, desflecado, pero el jefe de los sin tierra sabe lo que quiere y su gente cree en lo que hace; y ni las quemas ni las levas pueden contra eso. Mientras los diarios de la capital informan que han sido destruidas por completo las hordas zapatista, Zapata vuela trenes, sorprende y aniquila guarniciones, ocupa pueblos, asalta ciudades y deambula a su antojo por montes y barrancas, peleando y amando como si nada.

Zapata duerme donde quiere y con la que quiere, pero entre todas prefiere a dos que son una.

Zapata y ellas

Éramos gemelas. Las dos éramos Luces, por el día en que nos bautizamos, y las dos Gregorias por el día en que nacimos. A ella le decían Luz y a mi Gregoria y ya allí estábamos las dos señoritas en la casa cuando el zapatismo llegó. Y entonces el jefe Zapata empezó a convencer a mi hermana de que se fuera con él:

– Mira, vente.

Y un mero 15 de setiembre pasó allá y se la llevó.

Ya después, en esto de andar andando, murió mi hermana, en Huautla, de un mal que le nombran, ¿cómo le nombran?, San Vito, mal de San Vito. Tres días y tres noches estuvo allá el jefe Zapata sin comer ni beber nada.

Estábamos acabando de arder las ceritas a mi hermana y ay, ay, ay, que él me lleva a la fuerza. Dijo que yo le pertenecía porque éramos una mi hermana y yo…

1913
Campos de Chihuahua

El norte de México celebra guerra y fiesta

Cantan los gallos a la hora que quieren. Se ha puesto esta tierra loca y ardiente; y todo el mundo se alza.

-Ya nos vamos, mujer, nos vamos a la guerra.

-¿Y yo por qué?

-¿Quieres que en la guerra me muera de hambre? ¿Quién va a hacerme las tortillas?

Bandadas de zopilotes persiguen por llanos y montañas a los peones armados. Si la vida no vale nada, ¿cuánto vale la muerte?.

Como dados se echan los hombres a rodar, que se vino el alboroto, y rodando en el tiroteo encuentran venganza o encuentran olvido, tierrita de alimento y cobija.

-¡Viene Pancho Villa! -celebran los peones.

-¡Viene Pancho Villa! -se persignan los mayorales.

-¿Dónde, dónde está? -se pregunta el general Huerta, Huerta el usurpador.

-En el norte, sur, este y oeste; y también en ninguna parte -comprueba el comandante de la guarnición de Chihuahua.

Ante el enemigo, Pancho Villa es siempre el primero en arremeter, galopando hasta meterse en las humeantes bocas de los cañones. En plena batalla, ríe risas de caballo. Como pez fuera del agua le boquea el corazón.

-El general no es malo. Es emocionadito -explican sus oficiales.

Por emocionadito, y por pura alegría, a veces despazurra de un balazo al mensajero que llega a todo galope trayendo buenas noticias desde el frente.

1913
Culiacán

Las balas

Hay balas con imaginación, que se divierten afligiendo carne, descubre Martín Luis Guzmán. Él conocía las balas serias, que sirven al furor humano, pero no sabía de las balas que juegan con el humano dolor.

Por tener mala puntería y buena voluntad, el joven novelista Guzmán se convierte en director de uno de los hospitales de Pancho Villa. Los heridos se amontonan en la mugre sin más remedio que apretar los dientes, si tienen.

Recorriendo las salas repletas, Guzmán comprueba la inverosímil trayectoria de las balas fantaseadoras, capaces de vaciar un ojo dejando vivo el cuerpo o de meter un pedazo de oreja en la nuca y un pedazo de nuca en el pie, y asiste al siniestro goce de las balas que habiendo recibido orden de matar a un soldado, lo condenan a nunca más dormir o nunca más sentarse o nunca más comer con la boca.

1913
Campos de Chihuahua

Una de estas mañanas me asesiné,

En algún polvoriento camino de México, y el hecho me produjo una honda impresión.

No ha sido éste el primer crimen que he cometido. Desde que hace setenta y un años nací en Ohio y recibí el nombre de Ambrose Bierce hasta mi reciente deceso, he destripado a mis padres y a diversos familiares, amigos y colegas. Estos conmovedores episodios han salpicado de sangre mis días o mis cuentos, que me da los mismo:

La diferencia entre la vida que viví y la vida que escribí es asunto de los farsantes que en el mundo ejecutan la ley humana, la crítica literaria y la voluntad de Dios.

Para poner fin a mis días, me sumé a las tropas de Pancho Villa y elegí una de las muchas balas perdidas que en estos tiempos pasan zumbando sobre la tierra mexicana. Este método me resultó más práctico que la horca, más barato que el veneno, más cómodo que disparar con mi propio dedo y más digno que esperar a que la enfermedad o la vejez se hicieran cargo de la faena.

1914
Ciudad Jiménez

El cronista de pueblos en furia

De susto en susto, de maravilla en maravilla, anda John Reed por los caminos del norte de México. Va en busca de Pancho Villa y lo encuentra, en otros, en todos, a cada paso.

Reed, cronista de la revolución, duerme donde lo sorprenda la noche. Nunca nadie le roba nada, ni lo deja nadie pagar nada que no sea música de baile; y nunca falta quien le ofrezca un pedazo de tortilla o un lugar sobre el caballo.

  • ¿De dónde viene usted?
  • De Nueva York.
  • No conozco Nueva York. Pero le apuesto a que allá no se ven vacas tan buenas como las que pasan por las calles de Ciudad Jiménez.

Una mujer lleva un cántaro en la cabeza. Otra, en cuclillas, amamanta a un niño. Otra, de rodillas, muele maíz. Envueltos en desteñidos sarapes, los hombres beben y fuman en rueda.

– Oye, Juanito, ¿Por qué tu gente no nos quiere a los mexicanos? ¿Por qué nos llaman grasientos?

Todo el mundo tiene algo que preguntar a este rubio flaquito, de lentes, con cara de venido por error:

  • Oye, Juanito, ¿Cómo se dice mula en inglés?
  • En inglés, mula se dice: cabezona, testaruda, hija de la chingada…

1914
Torreón

Sobre rieles marchan al tiroteo

En el vagón rojo, que luce su nombre en grandes letras doradas, el general Pancho Villa recibe a John Reed. Lo recibe en calzoncillos, lo convida con café y lo estudia un largo rato. Cuando decide que este gringo merece la verdad, empieza a hablar:

– Los políticos de chocolate quieren triunfar sin ensuciarse las manos. Estos perfumados…

Luego lo lleva a visitar un hospital de campaña, un tren con quirófano y médicos para curar a propios y ajenos; y le muestra los vagones que llevan a los frentes de guerra el maíz, el azúcar, el café y el tabaco. También le muestra el andén donde se fusila a los traidores.

Los ferrocarriles habían sido obra de Porfirio Díaz, clave de paz y orden, llave maestra del progreso de un país sin ríos ni caminos: no habían nacido para transportar pueblo armado, sino materias primas baratas, obreros dóciles y verdugos de rebeliones. Pero el general Villa hace la guerra en tren. Desde Camargo lanzó una locomotora a toda velocidad y reventó un ferrocarril repleto de soldados. A Ciudad Jiménez entraron los hombres de Villa agazapados en inocentes vagones de carbón, y la ocuparon al cabo de unos pocos balazos disparados más por júbilo que por necesidad. En tren marchan las tropas villistas hacia las avanzadas de la guerra. Jadea la locomotora trepando a duras penas los desollados lomeríos del norte, y tras el penacho de humo negro vienen crujiendo con mucho meneo los vagones llenos de soldados y caballos. Se ven los techos del tren cubiertos de fusiles y sombrerotes y fogones. Allí arriba, entre los soldados que cantan mañanitas y tirotean el aire, los niños berrean y las mujeres cocinan: las mujeres, las soldaderas, luciendo vestidos de novia y zapatos de seda del último saqueo.

1914
Campos de Morelos

Es tiempo de andar y pelear

Y suenan como derrumbamientos de montañas los ecos de los truenos y los balazos. El ejército de Zapata, abajo haciendas, arriba pueblos, se abre camino hacia la ciudad de México.

Junto al jefe Zapata, cavila y limpia su fusil el general Genovevo de la O, cara de sol con bigotones, mientras Otilio Montaño, anarquista, discute un manifiesto con el socialista Antonio Díaz Soto y Gama.

Ente los oficiales y asesores de Zapata, hay una sola mujer. La coronela Rosa Bobadilla, que ganó su grado en batalla, manda una tropa de hombres de caballería y les tiene prohibido que beban ni una gota de tequila. Ellos la obedecen, misteriosamente, aunque siguen convencidos de que las mujeres nomás sirven para adornar el mundo o hacer hijos y cocinar maíz, chile, frijoles y lo que cosorra Dios y dé licencia.

1914
Ciudad de México

Huerta huye

en el mismo barco que se había llevado de México a Porfirio Díaz.

Los andrajos ganan la guerra contra los encajes. La marea campesina se abate sobre la capital desde el norte y desde el sur. Zapata, el Atila de Morelos, y Pancho Villa, el orangután, el que come carne cruda y roe huesos, embisten vengando ofensas. En vísperas de Navidad, los diarios de la ciudad de México ostentan una orla negra en primera página. El luto anuncia la llegada de los forajidos, los bárbaros violadores de señoritas y cerraduras.

Años turbulentos. Ya no se sabe quién es quién. La ciudad tiembla de pánico y suspira de nostalgia. Hasta ayer nomás, en el eje del mundo estaban los amos, en sus casonas de treinta lacayos y pianos y candelabros y baños de mármol de Carrara; y alrededor los siervos, el pobrerío, condenado al salario o la propina que apenas da para comer, muy de vez en cuando, alguito de leche aguada o café de frijoles o carne de burro.

1915
Ciudad de México

El casi poder

Un golpecito de aldaba, entre queriendo y no queriendo, y una puerta que se entreabre: alguien se descubre la cabeza y con el descomunal sombrero apretado entre las manos pide, por amor de Dios, agua o tortillas. Los hombres de Zapata, indios de calzón blanco y cananas cruzadas al pecho, merodean por las calles de la ciudad que los desprecia y los teme. En ninguna casa los invitan a pasar. Dos por tres se cruzan con los hombres de Villa, también extranjeros, perdidos, ciegos.

Suave chasquido de huaraches, chas-ches, chas-ches, en los escalones de mármol; pies que se asustan del place de la alfombra; rostros mirándose con extrañeza en el espejo de los pisos encerados: los hombres de Zapata y Villa entran al Palacio Nacional y lo recorren como pidiendo disculpas, de salón en salón. Pancho Villa se sienta en el dorado sillón que fue trono de Porfirio Díaz, por ver qué se siente, y a su lado Zapata, traje muy bordado, cara de estar sin estar, contesta con murmullos las preguntas de los periodistas.

Los generales campesinos han triunfado, pero no saben qué hacer con la victoria:

– Este rancho está muy grande para nosotros.

El poder es asunto de doctores, amenazante misterio que sólo pueden descifrar los ilustrados, los entendidos en alta política, los que duermen en almohadas blanditas.

Cuando cae la noche, Zapata se marcha a un hotelucho, a un paso del ferrocarril que conduce a su tierra, y Villa a su tren militar. Al cabo de unos días, se despiden de la ciudad de México.

Los peones de las haciendas, los indios de las comunidades, los parias del campo, han descubierto el centro del poder y por un rato lo han ocupado, como de visita, en puntas de pie, ansiosos por terminar cuanto antes esta excursión a la luna. Ajenos a la gloria del triunfo regresan, por fin, a las tierras donde saben andar son perderse.

No podría imaginar mejor noticia el heredero de Huerta, el general Venustiano Carranza, cuyas descalabradas tropas se están recuperando con ayuda de los Estados Unidos.

1915
Tlaltizapán

La reforma agraria

En un antiguo molino del pueblo de Tlaltizapán, Zapata instala su cuartel general. Atrincherado en su región, lejos de los señores patilludos y las damas emplumadas, lejos de la gran ciudad vistosa y tramposa, el caudillo de Morelos liquida los latifundios. Nacionaliza los ingenios azucareros y las destilerías, sin pagar un centavo, y devuelve a las comunidades las tierras robadas a lo largo de siglos. Renacen los pueblos libres, conciencia y memoria de las tradiciones indias, y con ellos renace la democracia local. Aquí no deciden los burócratas ni los generales: decide la comunidad discutiendo en asamblea. Queda prohibido vender tierra o alquilarla. Queda prohibida la codicia.

A la sombra de los laureles, en la plaza del pueblo, no sólo se habla de gallos, caballos y lluvia. El ejército de Zapata, liga de comunidades armadas, vela la tierra recobrada y aceita las armas y recarga viejos cartuchos de máuser y treinta-treinta.

Jóvenes técnicos están llegando a Morelos con sus trípodes y otros raros instrumentos, para ayudar a la reforma agraria. Los campesinos reciben con lluvias de flores a los ingenieritos venidos de Cuernavaca; pero los perros ladran a los jinetes mensajeros que galopan desde el norte trayendo la atroz noticia de que el ejército de Pancho Villa está siendo aniquilado.

1915
El Paso

Azuela

En Texas, en el destierro, un médico del ejército de Pancho Villa cuenta la revolución mexicana como una furia inútil. Según la novela Los de abajo, de Mariano Azuela, ésta es una historia de ciegos borrachos, que tiran tiros sin saber por qué no contra quién y pegan manotazos de bestia buscando cosas que robar o hembras para revolcarse, en un país que huele a pólvora y a fritura de fonda.

 

1916
Tlaltizapán

Carranza

Todavía andan sonado espuelas algunos jinetes de Villa por las serranías, pero ya no son ejército. Han sido derrotados en cuatro largas batallan. Desde trincheras defendidas por alambradas de púas, las ametralladoras han barrido la fogosa caballería de Villa, que se ha hecho polvo en suicidas cargas repetidas con ciega obstinación,

Venustiano Carranza, presidente a pesar de Villa y de Zapata, se hace fuerte en la ciudad de México y emprende la guerra dl sur:

– Esto de repartir tierras es descabellado -dice. Un decreto anuncia que se

devolverán a sus antiguos amos las tierras distribuidas por Zapata; otro decreto promete fusilar a todo el que sea o parezca zapatista.

Fusilando y quemando, rifles y antorchas, los del gobierno se abalanzan sobre los campos florecidos de Morelos. A quinientos matan en Tlaltizapán, y a muchos más por todas partes. Los prisioneros se venden en Yucatán, mano de obra esclava para las plantaciones de henequén, como en los tiempos de Porfirio Díaz; y las cosechas y los rebaños, botín de guerra, se venden en los mercados de la capital.

En las montañas, el digno Zapata resiste. Cuando están por llegar las lluvias, la revolución se suspende por siembra; pero luego, terca, increíble, continúa.

1916
Columbus

América Latina invade los Estados Unidos

Llueve hacia arriba. La gallina muerde al zorro y la liebre fusila al cazador. Por primera y única vez en la historia, soldados mexicanos invaden los Estados Unidos.

Con la descuajaringada tropa que le queda, quinientos hombres de los muchos miles que tenía, Pancho Villa atraviesa la frontera y gritando ¡Viva México! Asalta a balazos la ciudad de Columbus.

1917
Campos de Chihuahua y Durango

La aguja en el pajar

Una expedición de castigo, diez mil soldados y mucha artillería, entra en México para cobrar a Pancho Villa el insolente ataque a la ciudad norteamericana de Columbus.

– ¡En jaula de hierro nos vamos a llevar a ese asesino! -proclama el general John

Pershing, y le hace eco el trueno de sus cañones.

A través de los inmensos secarrales del norte, el general Pershing encuentra varias tumbas -Aquí yace Pancho Villa- sin Villa adentro. Encuentra serpientes y lagartijas y piedras mudas y campesinos que murmuran pistas falsas cuando los golpean, los amenazan o les ofrecen en recompensa todo el oro del mundo.

Al cabo de algunos meses, casi un año, Pershing se vuelve a los Estados Unidos. Se lleva sus huestes, larga caravana de soldados hartos de respirar polvo y de recibir pedradas y mentiras en cada cabeza del cascajoso desierto. Dos jóvenes tenientes marchan a la cabeza de la procesión de humillados. Ambos han hecho en México su bautismo de fuego. Dwight Eisenhower, recién salido de West Point, está iniciando con mala pata el camino de la gloria militar. George Patton escupe al irse de este país ignorante y medio salvaje.

Desde la cresta de una loma, Pancho Villa Contempla y comenta:

– Vinieron como águilas y se van como gallinas mojadas.

1918
Montañas de Morelos

Tierra arrasada, tierra viva

Los cerdos, las vacas, las gallinas, ¿son zapatistas? ¿Y los jarros y las ollas y las cazuelas? Las tropas del gobierno han exterminado a la mitad de la población de Morelos, en estos años de obstinada guerra campesina, y se han llevado todo. Sólo piedras y tallos carbonizados se ven en los campos; algún resto de casa, alguna mujer tirando de un arado. De los hombres, quien no está muerto o desterrado, anda fuera de la ley.

Pero la guerra sigue. La guerra seguirá mientras sigan centellando los ojos del jefe Zapata.

1918
Ciudad de México

La nueva burguesía nace mintiendo

– Luchábamos por la tierra -dice Zapata- y no por ilusiones que no dan de comer… Con elecciones o sin elecciones, anda el pueblo rumiando amarguras.

Mientras arranca la tierra a los campesinos de Morelos y les arrasa las aldeas, el presidente Carranza habla de reforma agraria. Mientras aplica el terror de Estado contra los pobres, les otorga el derecho de votar por los ricos y brinda a los analfabetos la libertad de imprenta.

La nueva burguesía mexicana, hija voraz de la guerra y del saqueo, entona himnos de alabanza a la Revolución mientras la engulle con cuchillo y tenedor en mesa de mantel bordado.

1919
Cuautla

Este hombre les enseñó que la vida no es sólo miedo de sufrir y espera de morir

A traición tenía que ser. Mintiendo amistad, un oficial del gobierno lo lleva a la trampa. Mil soldados lo están esperando, mil fusiles lo voltean del caballo.

Después lo traen a Cuautla. Lo muestran boca arriba.

Desde todas las comarcas acuden los campesinos. Varios días dura el silencioso desfile. Al llegar ante el cuerpo, se detienen, se quitan el sombrero, miran cuidadosamente y niegan con la cabeza. Nadie cree: le falta una verruga, le sobra una cicatriz, este traje no es el suyo, puede ser cualquiera esta cara hinchada de tanta bala.

Secretean lentos los campesinos, desgranando palabras como maíces:

  • Dicen que se fue con un compadre para Arabia.
  • Que no, que el jefe Zapata no se raja.
  • Lo han visto por las cumbres de Quilamula.
  • Yo sé que duerme en una cueva del Cerro Prieto.
  • Anoche estaba el caballo bebiendo en el río.

Los campesinos de Morelos no creen, ni creerán nunca, que Emiliano Zapata pueda haber cometido la infamia de morirse y dejarlos solitos.

Corrido de la muerte de Zapata

Estrellita que en las noches
Te prendes de aquellos picos,
¿dónde está el jefe Zapata
que era azote de los ricos?

Trinitaria de los campos
De las vegas de Morelos,
Si preguntan por Zapata
Di que ya se fue a los Cielos.

Arroyito revoltoso,
¿qué te dijo aquel clavel?
– Dice que no ha muerto el jefe,
que Zapata ha de volver.

1923
Campos de Durango

Pancho Villa lee “Las mil y una noches”,

deletreando en voz alta a la luz del candil, porque ése es el libro que le da mejores sueños; y después se despierta tempranito a pastorear ganado junto a sus viejos compañeros de pelea.

Villa sigue siendo el hombre más popular en los campos del norte de México, aunque a los del gobierno no les guste ni un poquito. Hoy hace tres años que Villa convirtió en cooperativa la hacienda de Canutillo, que ya luce hospital y escuela, y un mundo de gente ha venido a celebrar.

Está Villa escuchando sus corridos favoritos cuando don Fernando, peregrino de Granada, cuenta que John Reed ha muerto en Moscú.

Pancho Villa manda parar la fiesta. Hasta las moscas detienen el vuelo

  • ¿Qué Juanito murió? ¿Mi cuate Juanito?
  • El mero mero

Se queda Villa entre creyendo y no creyendo.

– Yo lo vi -se disculpa don Fernando-. Está enterrado con los héroes de la revolución allá.

Ni respira la gente. Nadie molesta al silencio. Don Fernando murmura:

– Fue por tifus, no por bala.

Y Villa cabecea:

– Así que murió Juanito.

Y repite:

– Así que murió Juanito.

Y calla. Y mirando lejos, dice:

– Yo nunca había escuchado la palabra socialismo. Él me explicó.

Y en seguida se alza y abriendo los brazos increpa a los mudos guitarreros:

– ¿Y la música? ¿Qué hay de la música? ¡Ándale!

1923
Ciudad de México

Un millón de muertos puso el pueblo en la revolución mexicana,

en diez años de guerra, para que finalmente los jefes militares se apoderen de las mejores tierras y de los mejores negocios. Los oficiales de la revolución comparten el poder y la gloria con los doctores desplumadores de indios y los políticos de alquiler, brillantes oradores de banquete, que llaman a Obregón el Lenin mexicano.

En el camino de la reconciliación nacional, toda discrepancia se supera mediante contratos de obras públicas, concesiones de tierras o favores a bolsillo abierto. Álvaro Obregón, el presidente, define su estilo de gobierno con una frase que hará escuela en México:

– No hay general que resista un cañonazo de cincuenta mil pesos.

1923
Parral

Nunca pudieron amansarle el orgullo

Con el general Villa se equivoca Obregón.

A Pancho Villa no hay más remedio que matarlo a balazos. Llega a Parral en auto, de mañanita. Al verlo, alguien se frota la cara con un pañuelo rojo. Doce hombres reciben la señal y aprietan los gatillos.

Parral era su ciudad preferida, Parral me gusta tanto, tanto y el día que las mujeres y los niños de parral corrieron a pedradas a los invasores gringos, a Pancho Villa se le saltó el corazón, se le desbocaron los caballos de adentro, y entonces lanzó un tremendo grito de alegría:

– ¡Parral me gusta hasta para morirme!

Eduardo Galeano – Memoria del fuego 3

 

Eduardo Galeano

Cuenta la historia de la Revolución Sandinista

1963
Río Coco

En los hombros lleva el abrazo de Sandino, que el tiempo no ha borrado. Treinta años después, el coronel Santos López vuelve a la guerra, en la selva del norte, para que Nicaragua sea. Hace un par de años nació el Frente Sandinista. Lo nacieron, junto a Santos López, Carlos Fonseca Amador y Tomás Borge y otros muchachos que no conocieron a Sandino pero quieren continuarlo. La tarea costará sangre, y ellos lo saben:

– Tanta inmundicia no puede ser lavada con agua, por muy bendita que esté -dice Carlos Fonseca.
Perdidos, sin armas, ensopados por la lluvia eterna, sin comer pero comidos, jodidos, rejodidos, deambulan por la selva los guerrilleros. No hay peor momento que la caída del sol. El día es día y la noche, noche, pero el atardecer es hora de agonía y espantosa soledad; y los sandinistas no son nada todavía, o casi nada.

1976
Selva de Zinica

Carlos

Criticaba de frente, elogiaba por la espalda. Miraba como gallo enojado, por miope y por fanático, bruscos ojos azules del que veía más allá de los otros, hombre de todo o nada; pero las alegrías lo hacían brincar como a niño chico y cuando dictaba órdenes parecía que estaba pidiendo favores. Carlos Fonseca Amador, jefe de la revolución de Nicaragua, ha caído peleando en la selva. Un corones trae la noticia e la celda donde Tomás Borge yace reventado por la tortura.

Juntos habían andado mucho camino, Carlos y Tomás, desde los tiempos en que Carlos vendía diarios y caramelos en Matagalpa; y juntos habían fundado, en Tegucigalpa, el Frente Sandinista.

  • Murió -dice el coronel.
  • Se equivoca, coronel -dice Tomás

1977
Managua

Tomás

Atado a una argolla, tiritando, todo enchastrado de mierda y sangre y vómito, Tomás Borge es un montoncito de huesos rotos y de nervios desnudos, una piltrafa que yace en el suelo esperando el próximo turno de suplicio.

Pero ese resto de él todavía puede navegar por los secretos ríos que lo viajan más allá del dolor y la locura. Dejándose ir llega a otra Nicaragua; y la ve.

A través de la capucha que le estruja la cara hinchada por los golpes, la ve: cuenta las camas de cada hospital, las ventanas de cada escuela, los árboles de cada parque, y ve a los dormidos parpadeando, encandilados, los muertos de hambre y los muertos de todo que están siendo despertados por los soles recién nacidos de su vuelo.

1977
Archipiélago de Solentiname

Cardenal

Las garzas, que están mirándose al espejo, alzan los picos: ya vuelven las barcas de los pescadores, y tras ellas las tortugas que vienen a parir a la playa.

En un barracón de madera, Jesús come sentado a la mesa de los pescadores. Come huevos de tortuga y carne de guapotes recién pescados, y come yuca. La selva, buscándolo, mete sus brazos por las ventanas.

A la gloria de este Jesús escribe Ernesto Cardenal, el monje poeta de Solentiname. A su gloria canta el zanate clarinero, pájaro sin adornos, siempre volando entre pobres, que en las aguas del lago se refresca las alas. Y a su gloria pintan los pescadores. Pintan cuadros fulgurantes que anuncian el Paraíso, todos hermanos, nadie patrón, nadie peón; hasta que una noche los pescadores que pintan el Paraíso deciden empezar a hacerlo y atraviesan el lago y se lanzan al asalto del cuartel de San Carlos.

– ¡Jo-dío! ¡Jo-dío!

A muchos mata la dictadura mientras los buscadores del Paraíso caminan por las montañas y los valles y las islas de Nicaragua. La masa se levanta, el gran pan se eleva…

1978
Managua

“La Chanchera”

llama el pueblo nicaragüense al Palacio Nacional. En el primer piso de este pretencioso Partenón discursean los senadores. En el segundo, los diputados.

Un mediodía de agosto, un puñado de guerrilleros al mando de Edén Pastora y Dora María Téllez asalta la Chanchera, t en tres minutos se apodera de todos los legisladores de Somoza. Para recuperarlos, Somoza no tiene más remedio que liberar a los sandinistas presos. El pueblo ovaciona a los sandinistas todo a lo largo del camino al aeropuerto.

Éste va siendo un año de guerra continua. Somoza lo inauguró mandando matar al periodista Pedro Joaquín Chamorro. Entonces el pueblo en furia incendió varias empresas del dictador. Las llamas arrasaron a la próspera Plasmaféresis, S. A., que exportaba sangre nicaragüense a los Estados Unidos; y el pueblo juró que no descansará hasta enterrar al vampiro, en algún lugar más oscuro que la noche, con un a estaca clavada en el corazón.

1979
Siuna

Retrato de un obrero en Nicaragua

José Villarreina, casado, tres hijos. Minero de la empresa norteamericana Rosario Mines, que hace setenta años volteó al presidente Zalaya. Desde 1952, Villarreina escarba oro en los socavoces de Siuna; pero sus pulmones no están todavía del todo podridos.

A la una y media de la tarde del 3 de julio de 1979, Villarreina asoma por una de las chimeneas del socavón y un vagón de mineral le arranca la cabeza. Treinta y cinco minutos después, la empresa comunica al muerto que de conformidad con lo dispuesto por los artículos 18, 115, y 119 del Código de Trabajo, queda suspendido por incumplimiento de contrato.

1979
En toda Nicaragua

Corcovea la tierra

mas que en todos los terremotos juntos. Los Aviones sobrevuelan la selva inmensa arrojando napalm y bombardean las ciudades erizadas de barricadas y trincheras. Los sandinistas se apoderan de León, Masaya, Jinotega, Chinandega, Estelí, Carazo, Jinotepe…

Mientras Somoza espera un préstamo de 65 millones de dólares, que cuenta con el visto bueno del Fondo Monetario Internacional, en toda Nicaragua se pelea árbol por árbol y casa por casa. Enmascarados tras las caretas o pañuelos, los muchachos atacan con fusiles o machetes o palos o piedras o lo que venga; y si el fusil no es de verdad el de juguete sirve para impresionar.
En Masaya, que en lengua india significa Ciudad que arde, el pueblo, sabio en pirotecnia, convierte los tubos de agua en cañones de morteros y también inventa la bomba de contacto, sin mecha, que estalla al golpear. En medio del tiroteo caminan las viejecitas cargando grandes bolsas llenas de bombas, y las van distribuyendo como quien reparte pan.

1979
En toda Nicaragua

Que nadie quede solo,

que nadie se pierda, que se armó la runga, reventó la mierda, el gran corre-corre, el pueblo Arreche peleando a puro pecho contra tanques y tanquetas, camiones y avionetas, rifles y metralletas, todos el mundo a la bulla, de aquí nadie se raja, sagrada guerra mía y tuya y no guerrita de rifa y rafa, pueblo fiero, arsenal casero, a verga limpia peleando, si no te morís matando vas a morirte muriendo, que codo a codo es el modo, todos con todo, pueblo siendo.

1979
Managua

“Hay que estimular el turismo”,

ordena el dictador mientras arden los barrios orientales de Managua, incendiados por los aviones.
Desde el búnker, gran útero de acero y cemento, gobierna Somoza. Allí no se escucha el trueno de las bombas, ni los aullidos de la gente, ni nada se ve ni se huele. En el búnker vive Somoza desde hace tiempo, en pleno centro de Managua pero infinitamente lejos de Nicaragua; y en el búnker se reúne, ahora con Fausto Amador.

Fausto Amador, padre de Carlos Fonseca Amador, es el administrador general del hombre más rico de Centroamérica. El hijo, fundador del Frente Sandinista, entendía de patria; el padre, de patrimonio. Rodeados de espejos y de flores de plástico, sentados ante una computadora, Somoza y Fausto Amador organizan la liquidación de los negocios y el desvalije total de Nicaragua.

Después , Somoza declara por teléfono:

– Ni me voy ni me van.

1979
Managua

El nieto de Somoza

Lo van y se va. Al alba, Somoza sube al avión hacia Miami. En estos últimos días los Estados Unidos lo han abandonado, pero él no ha abandonado a los Estados Unidos:

  • En mi corazón, yo siempre seré parte de esa gran nación.

Somoza se lleva de Nicaragua los lingotes de oro del Banco Central, ocho papagayos de colores y los ataúdes de su padre y de su hermano. También se lleva, vivo, al príncipe heredero.
Anastasio Somoza Portocarrero, nieto del fundador de la dinastía, es un corpulento militar que ha aprendido las artes del mando y el buen gobierno en los Estados Unidos. En Nicaragua fundó y dirigió, hasta hoy, la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería, un juvenil cuerpo del ejército especializado en el interrogatorio de prisioneros y famoso por sus habilidades: armados de pinza y cuchara, estos muchachos saben arrancar uñas sin quebrar las raíces y saben arrancar ojos sin lastimar los párpados.

La estirpe de los Somoza marcha al destierro mientras Augusto César Sandino pasea por toda Nicaragua, bajo lluvia de flores, medio siglo después de su fusilamiento. Se ha vuelto loco este país: el plomo flota, el corcho se hunde, los muertos se escapan del cementerio y las mujeres de la cocina.

1979
Granada

Las comandantes

A la espalda, un abismo. Por delante y a los costados, el pueblo armado acometiendo. El cuartel La Pólvora, en la ciudad de Granada, último reducto de la dictadura, está al caer.
Cuando el coronel se entera de la fuga de Somoza, manda callar las ametralladoras. Los sandinistas también dejan de disparar.

Al rato se abre el portón de hierro del cuartel y aparece el coronel agitando un trapo blanco.
– ¡No disparen!

El coronel atraviesa la calle.

  • Quiero hablar con el comandante.

Cae el pañuelo que cubre la cara:

  • La comandante soy yo -dice Mónica Baltodano, una de las mujeres sandinistas con mando de tropa.
  • ¿Que qué?

Por boca del coronel, macho altivo, habla la institución militar, vencida pera digna, hombría del pantalón, honor del uniforme:

  • ¡Yo no me rindo ante una mujer! -ruge el coronel.
  • Y se rinde.

1979
En toda Nicaragua

Naciendo

Tiene unas horas de edad la Nicaragua recién nacida en los escombros, verdor nuevito entre las ruinas del saqueo y de la guerra; y la cantora luz del primer día de la Creación alegra el aire que huele a quemado.

1980
En toda Nicaragua

Andando

La revolución Sandinista no fusila a nadie; pero del ejército de Somoza no queda ni la banda de música. A manos de todos pasan los fusiles, mientras se desencadena la reforma agraria en los campos desolados. Un inmenso ejército de voluntarios, armados de lápices y de vacunas, invade su propio país. Revolución, revelación, de quienes creen y crean: no infalibles dioses de majestuoso andar sino personitas nomás, durante siglos obligadas a la obediencia y entrenadas para la impotencia. Ahora, a los tropezones, se echan a caminar. Van en busca del pan y la palabra: esta tierra, que abrió la boca, está ansiosa de comer y de decir.

1980
En toda Nicaragua

Descubriendo

Cabalgando, remando, caminando, los brigadistas de la alfabetización penetran las más escondidas comarcas de Nicaragua. A la luz del candil, enseñan a manejar el lápiz a quien no sabe, para que nunca más lo engañen los que se pasan de vivos.

Mientras enseñan, los brigadistas comparten la poca comida, se agachan en el acarreo y la deshierba, se pelan las manos hachando leña y pasan la noche tendidos en el suelo, aplaudiendo mosquitos. Descubren miel silvestre dentro de los árboles y dentro de las gentes leyendas y coplas y perdidas sabidurías; poquito a poco van conociendo los secretos lenguajes de las hierbas que alegran sabores y curan dolencias y mordeduras de serpientes. Enseñando, los brigadistas aprenden toda la maldición y la maravilla de este país, su país, habitado por sobrevivientes: en Nicaragua, quien no se muere de hambre o peste o tiro, se muere de risa.

1983
Río Tuma

Realizando

Entre la dignidad y el desprecio andan zumbando las balas en Nicaragua; y a muchos la guerra les apaga la vida.

Éste es uno de los batallones que están peleando contra los invasores. Desde los barrios más pobres de Managua han venido estos voluntarios hasta los lejanos llanos del río Tuma. Cada vez que cesa el estrépito, el Beto, el profe, contagia letras. El contagio ocurre cuando algún miliciano le pide que le escriba una carta. El Beto cumple y después:

  • Ésta es la última que te escribo. Te ofrezco algo mejor.

Sebastián Fuertes, soldador de hierro del barrio El Maldito, hombre de unos cuantos años y guerras y mujeres, es unos de los que se arrimó y fue condenado a la alfabetización. Lleva unos pocos días rompiendo grafos y desgarrando papeles en los respiros del tiroteo, y aguantándose a pie firme mucha broma pesada, cuando llega el primero de mayo y sus compañeros lo eligen para el discurso.

En un potrero lleno de bosta y garrapatas, se celebra el acto. Sebastián se alza sobre un cajón, saca del bolsillo un papelito doblado y lee las primeras palabras nacidas de su mano. Lee de lejos, estirando el brazo, porque la vista no lo ayuda y lentes no tiene:

– ¡Hermanos del batallón 8221!…

1983
Managua

Desafiando

Penachos de humo brotan de las bocas de los volcanes y de las bocas de los fusiles. Los campesinos van a la guerra en burro, con un papagayo al hombro. Dios era pintor primitivo cuando imaginó esta tierra de hablar suavecito.

Los Estados Unidos, que entrenan y pagan a los contras, la condenan a morir y a matar. Desde Honduras la atacan los somocistas; desde Costa rica, Edén Pastora la traiciona.
Y en eso viene el Papa de Roma. El Papa maldice a los sacerdotes que aman a Nicaragua más que al alto cuelo, y manda a callar, de mala manera, a quienes le piden que rece por las almas de los patriotas asesinados. Tras pelearse con la católica multitud reunida en la plaza, se marcha, furioso, de esta tierra endemoniada.

1984
Washington

“1984”

El Departamento de Estado de los Estados Unidos decide suprimir la palabra asesinato en sus informes sobre violación de derechos humanos en América Latina y en otras regiones. En lugar de asesinato, ha de decirse: ilegal o arbitraria privación de vida.

Hace tiempo que la CIA evita la palabra asesinar en sus manuales de terrorismo práctico. Cuando la CIA mata o manda matar a un enemigo, no lo asesina: lo neutraliza.

El Departamento de Estado llama fuerzas de paz a las fuerzas de guerra que los Estados Unidos suelen desembarcar al sur de sus fronteras; y llama luchadores de la libertad a quienes luchan por la restauración de sus negocios en Nicaragua.

 Eduardo Galeano – Memoria del fuego 3

 

Eduardo Galeano –

El canal de Panamá

1903
Ciudad de Panamá

El Canal de Panamá

El paso entre los mares había sido una obsesión de los conquistadores españoles. Con furor lo buscaron; y lo encontraron demasiado al sur, allá por la remota y helada Tierra del Fuego. Y cuando alguno tuvo la idea de abrir la cintura angosta de América Central, el rey Felipe II mandó a parar: prohibió la excavación del canal, bajo la pena de muerte, porque no debe separar lo que Dios unió.

Tres siglos después, una empresa francesa, la Compañía Universal del Canal Interoceánico, empezó los trabajos en Panamá. La empresa avanzó treinta y tres kilómetros y cayó estrepitosamente en quiebra.

Desde entonces, los Estado Unidos han decidido concluir el canal y quedarse con él. Hay un inconveniente: Colombia no está de acuerdo y Panamá es una provincia de Colombia. En Washington, el senador Hanna aconseja esperar, debido a la naturaleza de los animales con los que estamos tratando, pero el presidente Teddy Roosevelt no cree en la paciencia. Roosevelt envía unos cuantos marines y hace la independencia de Panamá. Y así se convierte en país aparte esta provincia, por obra y gracia de los Estados Unidos y sus buques de guerra.

En esta guerra mueren un chino y un burro, víctimas de las andanadas de una cañonera, pero no hay más desgracias que lamentar. Manuel Amador, flamante presidente de Panamá, desfila entre banderas de Estados Unidos, sentado en un sillón que la multitud lleva en andas. Amador va echando vivas a su colega Roosevelt.

Dos semanas después, en Washington, en el Salón Azul de la Casa Blanca, se firma el tratado que entrega a los Estados Unidos, a perpetuidad, el canal a medio hacer y más de mil cuatrocientos kilómetros cuadrados de territorio panameño. En representación de la república recién nacida, actúa en la ocasión Philippe Bunau-Varilla, mago de los negocios, acróbata de la política, ciudadano francés.

Eduardo Galeano – Memoria del Fuego 3 (1986)

 

Eduardo Galeano –

Ni derechos ni humanos
Página 12

Si la maquinaria militar no mata, se oxida. El presidente del planeta anda paseando el dedo por los mapas, a ver sobre qué país caerán las próximas bombas. Ha sido un éxito la guerra de Afganistán, que castigó a los castigados y mató a los muertos; y ya se necesitan enemigos nuevos. Pero nada tienen de nuevo las banderas: la voluntad de Dios, la amenaza terrorista y los derechos humanos. Tengo la impresión de que George W. Bush no es exactamente el tipo de traductor que Dios elegiría, si tuviera algo que decirnos; y el peligro terrorista resulta cada vez menos convincente como coartada del terrorismo militar. ¿Y los derechos humanos? ¿Seguirán siendo pretextos útiles para quienes los hacen puré?

***

Hace más de medio siglo que las Naciones Unidas aprobaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y no hay documento internacional más citado y elogiado. No es por criticar, pero a esta altura me parece evidente que a la Declaración le falta mucho más que lo que tiene. Por ejemplo, allí no figura el más elemental de los derechos, el derecho a respirar, que se ha hecho impracticable en este mundo donde los pájaros tosen. Ni figura el derecho a caminar, que ya ha pasado a la categoría de hazaña ahora que sólo quedan dos clases de peatones, los rápidos y los muertos. Y tampoco figura el derecho a la indignación, que es lo menos que la dignidad humana puede exigir cuando se la condena a ser indigna, ni el derecho a luchar por otro mundo posible cuando se ha hecho imposible el mundo tal cual es.

En los treinta artículos de la Declaración, la palabra libertad es la que más se repite. La libertad de trabajar, ganar un salario justo y fundar sindicatos, pongamos por caso, está garantizada en el artículo 23. Pero son cada vez más los trabajadores que no tienen, hoy por hoy, ni siquiera la libertad de elegir la salsa con la que serán comidos. Los empleos duran menos que un suspiro, y el miedo obliga a callar y obedecer: salarios más bajos, horarios más largos, y a olvidarse de las vacaciones pagas, la jubilación y la asistencia social y demás derechos que todos tenemos, según aseguran los artículos 22, 24 y 25. Las instituciones financieras internacionales, las Chicas Superpoderosas del mundo contemporáneo, imponen la “flexibilidad laboral”, eufemismo que designa el entierro de dos siglos de conquistas obreras. Y las grandes empresas multinacionales exigen acuerdos “unión free”, libres de sindicatos, en los países que entre sí compiten ofreciendo mano de obra más sumisa y barata. “Nadie será sometido a esclavitud ni a servidumbre en cualquier forma”, advierte el artículo 4. Menos mal.

No figura en la lista el derecho humano a disfrutar de los bienes naturales, tierra, agua, aire, y a defenderlos ante cualquier amenaza. Tampoco figura el suicida derecho al exterminio de la naturaleza, que por cierto ejercitan, y con entusiasmo, los países que se han comprado el planeta y lo están devorando. Los demás países pagan la cuenta. Los años noventa fueron bautizados por las Naciones Unidas con un nombre dictado por el humor negro: Década Internacional para la Reducción de los Desastres Naturales. Nunca el mundo ha sufrido tantas calamidades, inundaciones, sequías, huracanes, clima enloquecido, en tan poco tiempo. ¿Desastres “naturales”? En un mundo que tiene la costumbre de condenar a las víctimas, la naturaleza tiene la culpa de los crímenes que contra ella se cometen.

“Todos tenemos derecho a transitar libremente”, afirma el artículo 13. Entrar, es otra cosa. Las puertas de los países ricos se cierran en las narices de los millones de fugitivos que peregrinan del sur al norte, y del este al oeste, huyendo de los cultivos aniquilados, los ríos envenenados, los bosques arrasados, los precios arruinados, los salarios enanizados. Unos cuantos mueren en el intento, pero otros consiguen colarse por debajo de la puerta. Una vez adentro, en el paraíso prometido, ellos son los menos libres y los menos iguales.

“Todos los hombres nacen libres e iguales en dignidad y derechos”, dice el artículo 1. Que nacen, puede ser; pero a los pocos minutos se hace el aparte. El artículo 28 establece que “todos tenemos derecho a un justo orden social e internacional”. Las mismas Naciones Unidas nos informan, en sus estadísticas, que cuanto más progresa el progreso, menos justo resulta. El reparto de los panes y los peces es mucho más injusto en Estados Unidos o en Gran Bretaña que en Bangladesh o Ruanda. Y en el orden internacional, también los numeritos de las Naciones Unidas revelan que diez personas poseen más riqueza que toda la riqueza que producen 54 países sumados. Las dos terceras partes de la humanidad sobreviven con menos de dos dólares diarios, y la brecha entre los que tienen y los que necesitan se ha triplicado desde que se firmó la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Crece la desigualdad, y para salvaguardarla crecen los gastos militares. Obscenas fortunas alimentan la fiebre guerrera y promueven la invención de demonios destinados a justificarla. El artículo 11 nos cuenta que “toda persona es inocente mientras no se pruebe lo contrario”. Tal como marchan las cosas, de aquí a poco será culpable de terrorismo toda persona que no camine de rodillas, aunque se pruebe lo contrario.

La economía de guerra multiplica la prosperidad de los prósperos y cumple funciones de intimidación y castigo. Y a la vez irradia sobre el mundo una cultura militar que sacraliza la violencia ejercida contra la gente “diferente”, que el racismo reduce a la categoría de sub-gente. “Nadie podrá ser discriminado por su sexo, raza, religión o cualquier otra condición”, advierte el artículo 2, pero las nuevas superproducciones de Hollywood, dictadas por el Pentágono para glorificar las aventuras imperiales, predican un racismo clamoroso que hereda las peores tradiciones del cine. Y no sólo del cine. En estos días, por pura casualidad, cayó en mis manos una revista de las Naciones Unidas de noviembre del 86, edición en inglés del Correo de la Unesco. Allí me enteré de que un antiguo cosmógrafo había escrito que los indígenas de las Américas tenían la piel azul y la cabeza cuadrada. Se llamaba, créase o no, John of Hollywood.

***

La Declaración proclama, la realidad traiciona. “Nadie podrá suprimir ninguno de estos derechos”, asegura el artículo 30, pero hay alguien que bien podría comentar: “¿No ve que puedo?” Alguien, o sea: el sistema universal de poder, siempre acompañado por el miedo que difunde y la resignación que impone.

Según el presidente Bush, los enemigos de la humanidad son Irak, Irán y Corea del Norte, principales candidatos para sus próximos ejercicios de tiro al blanco. Supongo que él ha llegado a esa conclusión al cabo de profundas meditaciones, pero su certeza absoluta me parece, por lo menos, digna de duda. Y el derecho a la duda es también un derecho humano, al fin y al cabo, aunque no lo mencione la Declaración de las Naciones Unidas.

(Leído en Neuquén, el martes 26, cuando Galeano recibió el doctorado Honoris causa de la Universidad del Comahue por su contribución a los derechos humanos y a la identidad cultural.)

 

Eduardo Galeano,

Una voz contra la corriente
Entrevista realizada por Niels Boel

La alegría de narrar

Aún cuando recopila información detallada de una realidad social poco alentadora, la alegría de narrar de Eduardo Galeano no se desmiente. Las venas abiertas de América Latina (1971) es una obra de referencia para todos los que quieren entender la historia y la realidad de ese continente. Su punto de partida es un enigma: ¿Por qué una región tan favorecida por la naturaleza ha sido tan poco afortunada desde el punto de vista social y político? Esta obra, subyugante como una novela policíaca, cuenta con ardor, lucidez e indignación la historia del “pillaje” del continente latinoamericano, primero por los españoles y portugueses y luego por Occidente y las clases dominantes de las repúblicas.
Galeano acomete sin remordimientos la violación de las fronteras que separan los géneros literarios. Sus libros, donde confluyen la narración y el ensayo, la poesía y la crónica, recogen las voces del alma y de la calle y ofrecen una síntesis de la realidad y su memoria.

Nació en Montevideo, Uruguay, hace 60 años. En su ciudad natal fue jefe de redacción del semanario Marcha y director del diario Época. En Buenos Aires fundó y dirigió la revista Crisis. Estuvo exiliado en Argentina y en España desde 1973. A principios de 1985 regresó al Uruguay. Es autor de libros traducidos a varias lenguas y de una profusa obra periodística. Además de Las venas abiertas de América Latina, ha publicado:

Vagamundo (1973).

La canción de nosotros (1975).
La trilogía Memoria del fuego (Los nacimientos, 1982; Las caras y las máscaras, 1984, y El siglo del viento, 1986).
El libro de los abrazos (1989).
Las palabras andantes (1993).
El fútbol a sol y sombra (1995).
Patas arriba. La escuela del mundo al revés (1998).
También publicó dos recopilaciones de artículos y ensayos: Nosotros decimos no (1989) y Ser como ellos (1992).
Eduardo Galeano recibió el premio Casa de las Américas en 1975 y en 1978. Su trilogía Memoria del fuego recibió el American Book Award de la Universidad de Washington en 1989 y fue también premiada por el ministerio de Cultura del Uruguay.

El oficio del escritor uruguayo Eduardo Galeano es desenmascarar la realidad. En esta conversación con el periodista danés Niels Boel pasa revista a la globalización, la memoria, la identidad cultural, la lucha indígena… y al fútbol.

Sobre la globalización

La globalización no es un fenómeno nuevo, es una tendencia que viene de lejos. En estos últimos años se ha acelerado mucho como consecuencia del desarrollo vertiginoso de las comunicaciones y de los transportes. Y también de la no menos vertiginosa concentración de capitales a escala internacional. Pero no corresponde confundir globalización con “internacionalismo”. Una cosa es la certeza de la universalidad de la condición humana, de nuestras pasiones, de nuestros pánicos, de nuestras necesidades, de nuestros sueños… y otra muy diferente es la “borratina” de las fronteras para la libre circulación del dinero. Una cosa es la libertad de las personas y otra diferente y a veces opuesta es la libertad del dinero. Esto se observa ahora con mucha claridad en lugares como la frontera de México y Estados Unidos, virtualmente borrada para la circulación de dinero y mercancías, pero que en cambio levanta una suerte de muro de Berlín o de Muralla China para la circulación de las personas.

El derecho a la autodeterminación en la comida

El símbolo perfecto de la globalización es el éxito de empresas como Mc Donalds, que abre cinco nuevos restaurantes cada día en distintos lugares del planeta. Más importante que la caída del muro de Berlín fue la cola de rusos ante Mc Donalds en la Plaza Roja de Moscú cuando se derritió eso que llamaban Cortina de Hierro, que por la facilidad con que se deshizo era más bien una cortina de puré. La macdonaldización universal impone la comida de plástico en los cuatro puntos cardinales. Pero, al mismo tiempo, el éxito de Mc Donalds implica una lesión, una herida abierta en uno de los derechos humanos más importantes, el derecho a la autodeterminación en la comida. La barriga es una zona del alma. La boca es su puerta. Dime cómo comes y te diré quién eres. La comida es el modo de comer. El modo de cocinar es un rasgo de identidad cultural muy importante. No depende de la cantidad de cosas que se come. Es importante también para los pueblos pobres o muy pobres que comen poco o casi nada, pero que conservan tradiciones que hacen que ese acto mínimo de comer poco o casi nada se convierta de alguna manera en una ceremonia.

Contra la uniformización

Lo mejor que el mundo tiene está en la cantidad de mundos que contiene. Esta diversidad cultural, que es un patrimonio de la humanidad, se expresa en el modo de comer, y también en el modo de pensar, sentir, hablar, bailar, soñar.

Hay una tendencia muy acelerada a la uniformización de las costumbres. Pero al mismo tiempo hay reacciones hacia la afirmación de las diferencias que vale la pena perpetuar. Realzar las diferencias culturales, no las sociales, es lo que permite que la humanidad no tenga un solo rostro, sino muchísimos rostros a la vez. Ante esta avalancha de la homogeneización obligatoria hay reacciones muy saludables, pero también otras, a veces locas, que provienen del fanatismo religioso o de otras formas de afirmación desesperada de la identidad. Mi opinión es que no estamos de ninguna manera condenados a un mundo que sólo nos permita elegir entre dos posibilidades: o morir de hambre o morir de aburrimiento.

La identidad en movimiento

La identidad cultural no es una vasija quieta en una vitrina de un museo. Está en movimiento, cambia constantemente. Es continuamente desafiada por una realidad que también es dinámica. Yo soy lo que soy, pero también soy lo que hago para cambiar lo que soy. La pureza cultural no existe, como no existe la pureza racial. Afortunadamente, todo está muy mezclado a partir de cosas que a veces vienen de afuera; lo que define el carácter de un producto de cultura —sea un libro, un baile, una expresión popular, un modo de jugar al fútbol— nunca está en su origen, sino en su contenido. Una bebida típica de Cuba como el daiquiri no tiene ningún elemento cubano: el hielo vino de fuera al igual que el limón, el azúcar y el ron. Colón trajo el azúcar de las islas Canarias. Sin embargo el daiquiri es cubanísimo.

Los churros andaluces vienen de Arabia. Las pastas italianas provienen de China. No hay nada que pueda ser calificado o descalificado a partir de su origen. Lo que importa es lo que se hace con eso y en qué medida una colectividad puede reconocerse en un símbolo que tiene que ver con su modo preferido de soñar, vivir, danzar, jugar, amar.

Eso es lo bueno del mundo, que de las mezclas incesantes van surgiendo nuevas respuestas a nuevos desafíos. Pero hay una indudable tendencia actual —resultado de la globalización obligatoria— a la uniformización que en gran medida tiene que ver con la concentración de poder en los medios de comunicación dominantes.

Dos esperanzas: Internet y las radios comunitarias

¿El derecho a la expresión —reconocido por todas las constituciones— se reduce al derecho de escuchar? ¿No es también el derecho de decir? Pero, ¿cuántos tienen el derecho de decir? Estas preguntas tienen que ver muy profundamente con las “lastimaduras” que está sufriendo la diversidad cultural.
Los espacios de independencia en el mundo de las comunicaciones se han reducido muchísimo. Los medios dominantes de comunicación son los que imponen no sólo una información manipulada y tergiversada, sino también una cierta visión del mundo que tiende a convertirse en la única posible. Es como reducir una cara que tiene millones de ojos a los únicos dos ojos de la cara dominante, que ocupa el lugar de todas las caras.

Lo que ha surgido como novedad promisoria es el auge de Internet. Es una de las paradojas que alimenta la esperanza. El Internet, que nace a partir de la necesidad de la articulación mundial de los planes militares, es decir, que nace al servicio de la guerra y de la muerte, es hoy el campo de expresión de muchísimas voces que antes no tenían la menor difusión. Hoy la tienen y pueden articular redes de comunicación gracias a este instrumento. Sirve también para la promoción comercial y la manipulación, pero indudablemente ha abierto espacios de libertad muy importantes para la comunicación independiente, que en cambio tiene sus caminos bastante cerrados en otros campos, como por ejemplo la televisión o la prensa. En el campo de la radio también están ocurriendo cosas buenas. El desarrollo de las radios comunitarias en América Latina permite la expresión propia de la gente. Una cosa es hablar a la realidad y otra escucharla, escuchar qué voces suenan desde la realidad cuando ésta puede expresarse, cuando la gente practica el derecho a la expresión propia.

Los fines y los medios

En la Grecia antigua condenaban al cuchillo. Cuando ocurría un crimen se arrojaba el cuchillo al río. Hoy sabemos que una cosa son los medios y otra cosa los fines a los cuales sirven esos medios. En América Latina, el drama es que se impuso el modelo de la televisión comercial norteamericana. No hemos aprendido nada del modelo europeo de una televisión orientada a otros fines. En muchos países europeos, como Alemania, Dinamarca o los Países Bajos, la televisión todavía cumple, aunque ahora en menor medida que antes, una función cultural muy fecunda e importante sobre la base de una forma de propiedad publica. Acá se impuso en cambio el modelo norteamericano de televisión comercial, para el que todo lo que vende es bueno y todo lo que no vende es malo.

De la lucha indígena

Uno de los muchos músculos secretos, de las muchas fuentes de energía que contienen estas tierras es su gente, la recuperación de los movimientos indígenas y la tremenda vitalidad de los valores que encarnan esos movimientos. Son valores de comunión con la naturaleza, valores comunitarios de vida compartida y no centrada en la codicia. Valores que vienen del pasado, pero que hablan al futuro y tienen mucho que decir a la humanidad. Hoy encuentran un eco grande, porque son valores que la humanidad entera está necesitando recuperar, porque estamos ante un mundo donde los lazos de solidaridad han sido gravemente lastimados, y en muchos casos rotos. Un mundo muy centrado en el egoísmo, en el “sálvese quien pueda” y en el “cada cual a lo suyo”.

Del hombre y la tierra

Hace cinco siglos que América Latina fue adiestrada para separar la naturaleza del hombre, del llamado hombre, que en realidad es la mujer y el hombre. La naturaleza por un lado, la persona humana por el otro. En el mundo entero ocurrió ese divorcio.

Muchos de los indígenas que fueron quemados vivos por delito de idolatría no eran más que ecologistas de su tiempo que practicaban la única ecología que me parece que vale la pena. Una ecología de la comunión con la naturaleza. Comunión con la naturaleza y espíritu comunitario son las dos claves que explican la supervivencia de los valores indígenas tradicionales, a pesar de cinco siglos de persecución y de desprecio.

Durante siglos la naturaleza fue una bestia que había que domar. Enemiga extraña, traidora. Ahora que todos somos verdes, de la mano de una publicidad mentirosa hecha de palabras, no de hechos, la naturaleza ha pasado a convertirse en algo que hay que proteger. Pero en cualquiera de los dos casos, es decir, la naturaleza como objeto de dominación, para arrancarle ganancias, o como objeto de protección, está separada de nosotros. Es necesario recuperar el sentido indígena de la comunión con la naturaleza. La naturaleza no es el paisaje, está en nosotros y con nosotros vive. Y no me refiero sólo a los bosques, sino a todo lo relativo a la concepción sagrada que de la naturaleza tenían y tienen los aborígenes americanos. Sagrada en el sentido de que todo lo que podamos hacer contra ella se vuelve contra nosotros. Todo crimen se convierte en suicidio y esto se manifiesta también en las grandes ciudades latinoamericanas, una mala copia de las ciudades del mundo desarrollado en las que es virtualmente imposible caminar y respirar.

Estamos hoy habitando un mundo que tiene el aire envenenado, el agua envenenada, la tierra envenenada. Pero sobre todo tiene también el alma envenenada. Ojalá podamos recuperar energías lindas para curarnos.

De la memoria como catapulta

En Días y noches de amor y de guerra” me pregunté: “¿Nos dará permiso la memoria para ser felices?” Todavía no tengo respuesta. En una novela de una escritora norteamericana hay un bisabuelo que se encuentra con su biznieto. El bisabuelo no tenía ninguna memoria porque la había perdido. Estaba gagá. Sus pensamientos tenían el color del agua. El biznieto no tenía ninguna memoria porque estaba recién nacido. Cuando estaba leyendo esa novela pensé: “Ésa es la felicidad perfecta.” Pero no la quiero. Quiero una felicidad que nace de la memoria y contra ella combate. Que proviene de la memoria y de la experiencia y que está de ella adolorida, que está de ella herida, está por ella lastimada, pero que a partir de ella camina. No es la memoria como ancla, sino la memoria como catapulta, no la memoria como puerto de llegada, sino como puerto de partida.

Hay una tradición indígena americana que existía en las islas del Pacifico, en Canadá y también en otras comunidades como Chiapas, en México. Consiste en lo siguiente: cuando el maestro alfarero va a dejar el oficio porque ya las manos le tiemblan y los ojos ven poco, entrega en una ceremonia su vasija mejor, su obra maestra, al alfarero joven que empieza. El aprendiz recibe esa vasija perfecta y la revienta contra el piso en mil pedacitos. Recoge esos pedacitos y los incorpora a su propia arcilla. Ésa es la memoria en la que yo creo.

Autorretrato
Todos mis libros son de clasificación difícil. Es difícil decir esto es ficción o no lo es. A mí lo que más me gusta es narrar. Me siento un narrador. Yo recibo y doy. Es una ida y vuelta. Escucho voces y las devuelvo multiplicadas por el acto de creación, en forma de relato, de ensayo, de libros inclasificables donde se juntan todos los estilos y todos los géneros. Trato de hacer una síntesis de géneros que vaya más allá de las divisiones tradicionales entre la narrativa, el ensayo, la novela, la poesía, el relato, la crónica. Intento proponer un mensaje integrado porque creo en esa síntesis posible del lenguaje humano.
No hay una frontera entre el periodismo y la literatura. La literatura es el conjunto de mensajes escritos que una sociedad emite, tengan la forma que tengan. Uno puede decir lo que quiere decir escribiendo en periódicos o en libros. El periodismo bien ejercido puede llegar a ser muy buena literatura como lo demostraron entre muchos otros José Martí, Carlos Quijano y Rodolfo Walsh.

Siempre he sido periodista y no quiero dejar de serlo, porque una vez que uno entra en ese mundo mágico de la redacción, ¿quién te saca? Tiene virtudes: te enseña a ser breve, te obliga a la síntesis, lo cual es muy interesante para alguien que quiera escribir un montón de cosas. Te obliga a salir de tu microespacio para meterte en la realidad, bailar el baile de los demás. Te obliga a andar por allí, a escuchar. Y tiene defectos. El primero es la urgencia. A veces me tranco con una palabra y paso tres horas buscando otra. Ese es un lujo que el periodismo no me podría dar.

Del sueño y la vigilia

Mi única función es tratar de revelar una realidad enmascarada que vemos y también la que no vemos. Es la realidad de la vigilia, del sueño, es una realidad mentida, a veces mentirosa, pero también capaz de muchas verdades que son verdades desconocidas o raras veces escuchadas.

No hay ninguna fórmula mágica que te pueda permitir cambiar la realidad si no empiezas por verla como es. Para poder transformarla hay que empezar por asumirla. Este es el problema en América Latina. No podemos verla todavía. Estamos ciegos de nosotros mismos porque estamos entrenados para vernos con ojos de otros. Por ello el espejo nos devuelve una mancha de azogue y nada más que una mancha.

…Y del fútbol

Todos los uruguayos nacemos gritando gol y por eso hay tanto ruido en las maternidades, hay un estrépito tremendo. Yo quise ser jugador de fútbol como todos los niños uruguayos. Jugaba de ocho y me fue muy mal porque siempre fui un “pata dura” terrible. La pelota y yo nunca pudimos entendernos, fue un caso de amor no correspondido. También era un desastre en otro sentido: cuando los rivales hacían una linda jugada yo iba y los felicitaba, lo cual es un pecado imperdonable para las reglas del fútbol moderno.

 

Eduardo Galeano –

El niño perdido en la intemperie

En Bucarest, una grúa se lleva la estatua de Lenin. En Moscú, una multitud ávida hace cola a las puertas de McDonald’s. El abominable muro de Berlín se vende en pedacitos, y Berlín Este confirma que está ubicado a la derecha de Berlín Oeste.

En Varsovia y en Budapest, los ministros de Economía hablan igualito que Margaret Thatcher. En Pekín también, mientras los tanques aplastan a los estudiantes. El Partido Comunista Italiano, el más numeroso de Occidente, anuncia su próximo suicidio. Se reduce la ayuda soviética a Etiopía y el coronel Mengistu descubre, súbitamente, que el capitalismo es bueno. Los sandinistas, protagonistas de la revolución mas linda del mundo, pierden las elecciones: «Cae la revolución en Nicaragua», titulan los diarios. Parece que ya no hay sitio para las revoluciones, como no sea en las vitrinas del Museo Arqueológico, ni hay lugar para la izquierda, salvo para la izquierda arrepentida que acepta sentarse a la diestra de los banqueros. Estamos todos invitados al entierro mundial del socialismo. El cortejo fúnebre abarca, según dicen, a la humanidad entera.

Yo confieso que no me lo creo. Estos funerales se han equivocado de muerto.
En Nicaragua, pagan justos por pecadores La perestroika, y la pasión de la libertad que la perestroika desató, han hecho saltar por todas partes las costuras de un asfixiante chaleco de fuerza. Todo estalla. A ritmo de vértigo, se multiplican los cambios, a partir de la certeza de que la justicia social no tiene por qué ser enemiga de la libertad ni da la eficiencia. Una urgencia, una necesidad colectiva: la gente ya no daba más, la gente estaba harta de una burocracia tan poderosa como inútil, que en nombre de Marx le prohibía decir lo que pensaba y vivir lo que sentía. Toda espontaneidad era culpable de traición o locura.

¿Socialismo, comunismo? ¿O todo esto era, más bien, una estafa histórica? Yo escribo desde un punto de vista latinoamericano, y me pregunto: si así fue, si así fuera, ¿por qué vamos a pagar nosotros el precio de esa estafa? En ese espejo nunca estuvo nuestra cara. En las recientes elecciones de Nicaragua, la dignidad nacional ha perdido la batalla. Fue vencida por el hambre y la guerra; pero también fue vencida por los vientos internacionales, que están soplando contra la izquierda con más fuerza que nunca. Injustamente, pagaron justos por pecadores. Los sandinistas no son responsables de la guerra, ni del hambre; ni cabe atribuirles la menor cuota de culpa por cuanto ocurría en el este. Paradoja de paradojas: esta revolución democrática, pluralista, independiente, que no copió a los soviéticos, ni a los chinos, ni a los cubanos, ni a nadie, ha pagado los platos que otros rompieron,  mientras el Partido Comunista local votaba por Violeta Chamorro.

Los autores de la guerra y del hambre celebran, ahora, el resultado de las elecciones, que castiga a las víctimas. El día siguiente, el gobierno de los Estados Unidos anunció el fin del embargo económico contra Nicaragua. Lo mismo había ocurrido, años atrás, cuando el golpe militar de Chile. Al día siguiente de la muerte de Allende, el precio internacional del cobre subió por arte de magia. En realidad, la revolución que derribó a la dictadura de la familia Somoza no tuvo, en estos diez años largos, ni un minuto de tregua. Fue invadida todos los días por una potencia extranjera y sus criminales de alquiler, y fue sometida a un incesante estado de sitio por los banqueros y los mercaderes dueños del mundo. Y así y todo se las arregló para ser una revolución más civilizada que la francesa, porque a nadie guillotinó ni fusiló, y más tolerante que la norteamericana, porque en plena guerra permitió, con algunas restricciones, la libre expresión de los voceros locales del amo colonial.

Los sandinistas alfabetizaron Nicaragua, abatieron considerablemente la mortalidad infantil y dieron tierra a los campesinos. Pero la guerra desangró al país. Los daños de guerra equivalen en una vez y media al Producto Bruto Interno, lo que significa que Nicaragua fue destruida una vez y media. Los jueces de la Corte Internacional de La Haya dictaron sentencia contra la agresión norteamericana, y eso no sirvió para nada. Y tampoco sirvieron para nada las felicitaciones de los organismos de las Naciones Unidas especializados en educación, alimentación y salud. Los aplausos no se comen.

Los invasores rara vez atacaron objetivos militares. Sus blancos preferidos fueron las cooperativas agrarias. ¿Cuántos miles de nicaragüenses fueron muertos o heridos, en esta década, por orden del gobierno de los Estados Unidos? En proporción, equivaldrían a tres millones de norteamericanos. Y sin embargo, en estos años, muchos miles de norteamericanos visitaron Nicaragua y fueron siempre bien recibidos, y a ninguno le pasó nada. Sólo uno murió. Lo mató la contra.

(Era muy joven y era ingeniero y era payaso. Caminaba perseguido por un enjambre de niños. Organizó en Nicaragua la primera Escuela de Clowns. Lo mató la contra mientras medía el agua de un lago para hacer una represa. Se llamaba Ben  Linder).

La trágica soledad de Cuba Pero, ¿y Cuba?, ¿No ocurre también allí, como ocurría en el este, un divorcio entre el poder y la gente? ¿No está la gente, también allí, harta del partido único y la prensa única y la verdad única?

«Si yo soy Stalin, mis muertos gozan de buena salud», ha dicho Fidel Castro, y por cierto que no es ésta la única diferencia. Cuba no importó desde Moscú un modelo prefabricado de poder vertical, sino que fue obligada a convertirse en una fortaleza para que su todopoderoso enemigo no se la almorzara con cuchillo y tenedor. Y fue en esas condiciones que este pequeño país subdesarrollado logró algunas hazañas asombrosas: hoy por hoy, Cuba tiene menos analfabetismo y menos mortalidad infantil que los Estados Unidos. Por lo demás, a diferencia de varios países del este, el socialismo cubano no fue ortopédicamente impuesto desde arriba y desde afuera, sino que nació desde muy adentro y creció desde muy abajo. Los muchos cubanos que han muerto por Angola o han dado lo mejor de sí por Nicaragua a cambio de nada, no han estado cumpliendo sumisamente, y a contracorazón, las órdenes de un Estado policial. Si así hubiera sido, sería inexplicable: nunca hubo deserciones y siempre sobró fervor.

Ahora Cuba está viviendo horas de trágica soledad. Horas peligrosas: la invasión de Panamá y la desintegración del llamado campo socialista influyen de la peor manera, me temo, sobre el proceso interno, favoreciendo la tendencia a la cerrazón burocrática, la rigidez ideológica y la militarización de la sociedad.

Cara y cruz de los nuevos tiempos

Ante Panamá, Nicaragua o Cuba, el gobierno de los Estados Unidos invoca la democracia como los gobiernos del este invocaban el socialismo: a modo de coartada. A lo largo de este siglo, América Latina ha sido invadida más de cien veces por los Estados Unidos. Siempre en nombre de la democracia, y siempre para imponer dictaduras militares o gobiernos títeres que han puesto a salvo al dinero amenazado. El sistema imperial de poder no quiere países democráticos.

Quiere países humillados.

La invasión de Panamá fue escandalosa, con sus siete mil víctimas entre los escombros de los barrios pobres arrasados por los bombardeos; pero más escandalosa que la invasión fue la impunidad con que se realizó. La impunidad, que induce a la repetición del delito, estimula al delincuente. Ante este crimen de soberanía, el presidente Mitterrand hizo sonar su discreto aplauso y el mundo entero se cruzó de brazos, después de pagar el impuestito de una que otra declaración.

En este sentido, resulta elocuente el silencio, y hasta la mal disimulada complacencia, de algunos países del este. ¿La liberación del este implica luz verde para la opresión del oeste? Yo nunca compartí la actitud de quienes condenaban al imperialismo en el mar Caribe, pero aplaudían o se callaban la boca cuando la soberanía nacional era pisoteada en Hungría, Polonia, Checoslovaquia o Afganistán. Puedo decirlo, porque no tengo cola de paja: el derecho a la autodeterminación de los pueblos es sagrado, en todos los lugares y en todos los momentos. Bien dicen por ahí que las reformas democráticas de Gorbachov han sido posibles porque la Unión Soviética no corría el riesgo de ser
invadida por la Unión Soviética. Y simétricamente, bien dicen por ahí que los Estados Unidos están a salvo de cuartelazos y dictaduras militares, porque en los Estados Unidos no hay embajada de los Estados Unidos. Sin sombra de duda, la libertad es siempre una buena noticia. Para el este, que la está protagonizando con justo júbilo, y para todo el mundo. Pero, en cambio, ¿son una buena noticia los elogios al dinero y a las virtudes del mercado? ¿La idolatría del american way of life? ¿Las cándidas ilusiones de ingreso al Club Internacional de los Ricos? La burocracia, que sólo es ágil para acomodarse, se está adaptando aceleradamente a la nueva situación, y los viejos burócratas empiezan a convertirse en nuevos burgueses.

Hay que reconocer, desde el punto de vista latinoamericano y del llamado Tercer Mundo, que el difunto bloque soviético tenía, al menos, una virtud esencial: no se alimentaba de la pobreza de los pobres, no participaba del saqueo del mercado internacional capitalista y, en cambio, ayudaba a financiar la justicia en Cuba, en Nicaragua y en muchos otros países. Yo sospecho que esto será, de aquí a poco, recordado con nostalgia.

Una pesadilla realizada. Para nosotros, el capitalismo no es un sueño a realizar, sino una pesadilla realizada. Nuestro desafío no consiste en privatizar al Estado, sino en desprivatizarlo. Nuestros Estados han sido comprados, a precio de ganga, por los dueños de la tierra y los bancos, y todo lo demás. Y el mercado no es, para nosotros, más que una nave de piratas: cuanto más libre, peor. El mercado local, y el internacional. El mercado internacional nos roba con los dos brazos. El brazo comercial nos vende cada vez más caro y nos compra cada vez más barato. El brazo financiero que nos presta nuestro propio dinero, nos paga cada vez menos y nos cobra cada vez más.
Vivimos en una región de precios europeos y salarios africanos, donde el capitalismo actúa como aquel buen hombre decía: «Me gustan tanto los pobres, que siempre me parece que no hay suficiente cantidad». Sólo en Brasil, pongamos por caso, el sistema mata mil niños por día de enfermedad o de hambre. En América Latina, el capitalismo es antidemocrático, con o sin elecciones: la mayoría de la gente está presa de la necesidad y está condenada a la soledad y a la violencia. El hambre miente, la violencia miente: dicen pertenecer a la naturaleza, simulan formar parte del orden natural de las cosas. Cuando ese «orden natural» se desordena, los militares entran en escena, encapuchados o a cara descubierta. Como dicen en Colombia: «El costo de la vida sube y sube, y el valor de la vida baja y baja».
Pasito a paso. Las elecciones de Nicaragua fueron un golpe muy duro. Un golpe como del odio de Dios, que decía el poeta. Cuando supe el resultado yo fui, y todavía soy, un niño perdido en la intemperie. Un niño perdido, digo, pero no solo. Somos muchos. En todo el mundo, somos muchos.

A veces siento que nos han robado hasta las palabras. La palabra socialismo se usa, en el oeste, para maquillar a la injusticia; en el este, evoca al purgatorio, o quizás al infierno. La palabra imperialismo está fuera de moda y ya no existe en el diccionario político dominante, aunque el imperialismo sí existe y despoja y mata. ¿Y la palabra militancia? ¿Y el hecho mismo de la pasión militante? Para los teóricos del desencanto, es una antigualla ridícula. Para los arrepentidos, un estorbo de la memoria.

En pocos meses, hemos asistido al naufragio estrepitoso de un sistema usurpador del socialismo, que trataba al pueblo como a un eterno menor de edad y lo llevaba de la oreja. Pero hace tres o cuatro siglos, los inquisidores calumniaban a Dios cuando decían que cumplían sus órdenes; y yo creo que el cristianismo no es la Santa Inquisición. En nuestro tiempo, los burócratas han desprestigiado la esperanza y han ensuciado la más bella de las aventuras humanas; pero yo también creo que el socialismo no es el estalinismo.

Ahora hay que volver a empezar. Pasito a paso, sin más escudos que los nacidos de nuestros propios cuerpos. Hay que descubrir, crear, imaginar. En el discurso que Jesse Jackson pronunció poco después de su derrota, en los Estados Unidos, él reivindicó el derecho de soñar: «Vamos a defender ese derecho», dijo: «No vamos a permitir que nadie nos arrebate ese derecho». Y hoy, más que nunca, es preciso soñar. Soñar, juntos, sueños que se desensueñen y en materia mortal encarnen, como decía, como quería otro poeta. Peleando por ese derecho, viven mis mejores amigos; y por él algunos han dado la vida.

Este es mi testimonio. ¿Confesión de un dinosaurio? Quizás. En todo caso, es el testimonio de alguien que cree que la condición humana no está condenada al egoísmo y a la obscena cacería del dinero, y que el socialismo no murió, porque todavía no era: que hoy es el primer día de la larga vida que tiene por vivir.

Tomado de:

Eduardo Galeano, El tigre azul y otros relatos, Editorial de Ciencias Sociales,
La Habana, 1991.

 

El teatro del Bien y el Mal

En la lucha del Bien contra el Mal, siempre es el pueblo quien pone los muertos. Los terroristas han matado a trabajadores de cincuenta países, en Nueva York y en Washington, en nombre del Bien contra el Mal. Y en nombre del Bien contra el Mal el presidente Bush jura venganza: «Vamos a eliminar el Mal de este mundo»,  anuncia.

¿Eliminar el Mal? ¿Qué sería del Bien sin el Mal? No sólo los fanáticos religiosos necesitan enemigos para justificar su locura. También necesitan enemigos, para justificar su existencia, la industria de armamentos y el gigantesco aparato militar de Estados Unidos. Buenos y malos, malos y buenos: los actores cambian de máscaras, los héroes pasan a ser monstruos y los monstruos héroes, según exigen los que escriben el drama. Eso no tiene nada de nuevo. El científico alemán Werner von Braun fue malo cuando inventó los cohetes V-2, que Hitler descargó sobre Londres, pero se convirtió en bueno el día en que puso su talento al servicio de Estados Unidos. Stalin fue bueno durante la Segunda Guerra Mundial y malo después, cuando pasó a dirigir el Imperio del Mal. En los años de la guerra fría escribió John Steinbeck: «Quizá todo el mundo necesita rusos. Apuesto a que también en Rusia necesitan rusos.

Quizá ellos los llaman americanos.» Después, los rusos se adueñaron. Ahora, también Putin dice: «El Mal debe ser castigado.» Saddam Hussein era bueno, y buenas eran las armas químicas que empleó contra los iraníes y los kurdos. Después, se amaló. Ya se llamaba Satán Hussein cuando los Estados Unidos, que venían de invadir Panamá, invadieron Irak porque Irak había invadido Kuwait. Bush Padre tuvo a su cargo esta guerra contra el Mal. Con el espíritu humanitario y compasivo que caracteriza a su familia, mató a más de cien mil iraquíes, civiles en su gran mayoría. Satán Hussein sigue estando donde estaba, pero este enemigo número uno de la humanidad ha caído a la categoría de enemigo número dos.

El flagelo del mundo se llama ahora Osama Bin Laden. La Agencia Central de Inteligencia (CIA) le había enseñado todo lo que sabe en materia de terrorismo: Bin Laden, amado y armado por el gobierno de Estados Unidos, era uno de los principales «guerreros de la libertad» contra el comunismo en Afganistán. Bush Padre ocupaba la vicepresidencia cuando el presidente Reagan dijo que estos héroes eran «el equivalente moral de los Padres Fundadores de América». Hollywood estaba de acuerdo con la Casa Blanca. En estos tiempos, se filmó Rambo 3: los afganos musulmanes eran los buenos. Ahora son malos malísimos, en tiempos de Bush Hijo, trece años después. Henry Kissinger fue de los primeros en reaccionar ante la reciente tragedia. «Tan culpable como los terroristas son quienes les brindan apoyo, financiación e inspiración», sentenció, con palabras que el presidente Bush repitió horas después.

Si eso es así, habría que empezar por bombardear a Kissinger. Él resultaría culpable de muchos más crímenes que los cometidos por Bin Laden y por todos los terroristas que en el mundo son. Y en muchos más países: actuando al servicio de varios gobiernos estadounidenses, brindó «apoyo, financiación e inspiración» al terror de Estado en Indonesia, Camboya, Chipre, Irán, África del Sur, Bangladesh y en los países sudamericanos que sufrieron la guerra sucia del Plan Cóndor.

El 11 de septiembre de 1973, exactamente 28 años antes de los fuegos de ahora, había ardido el palacio presidencial en Chile. Kissinger había anticipado el epitafio de Salvador Allende y de la democracia chilena, al comentar el resultado de las elecciones: «No tenemos por qué aceptar que un país se haga marxista por la irresponsabilidad de su pueblo.»

El desprecio por la voluntad popular es una de las muchas coincidencias entre el terrorismo de Estado y el terrorismo privado. Por poner un ejemplo, la ETA, que mata gente en nombre de la independencia del País Vasco, dice a través de uno de sus voceros: «Los derechos no tienen nada que ver con mayorías y minorías. »Mucho se parecen entre sí el terrorismo artesanal y el de alto nivel tecnológico, el de los fundamentalistas religiosos y el de los fundamentalistas del mercado, el de los desesperados y el de los poderosos, el de los locos sueltos y el de los profesionales de uniforme. Todos comparten el mismo desprecio por la vida humana: los asesinos de los cinco mil quinientos ciudadanos triturados bajo los escombros de las Torres Gemelas, que se desplomaron como castillos de arena seca, y los asesinos de los doscientos mil guatemaltecos, en su mayoría indígenas, que han sido exterminados sin que jamás la tele ni los diarios del mundo les prestaran la menor atención. Ellos, los guatemaltecos, no fueron sacrificados por ningún fanático musulmán, sino por los militares terroristas que recibieron «apoyo, financiación e inspiración» de los sucesivos gobiernos de Estados Unidos.

Todos los enamorados de la muerte coinciden también en su obsesión por reducir a términos militares las contradicciones sociales, culturales y nacionales. En nombre del Bien contra el Mal, en nombre de la Unica Verdad, todos resuelven todo matando primero y preguntando después. Y por ese camino, terminan alimentando al enemigo que combaten. Fueron las atrocidades de Sendero Luminoso las que en gran medida incubaron al presidente Fujimori, que con considerable apoyo popular implantó un régimen de terror y vendió el Perú a precio de banana.

Fueron las atrocidades de Estados Unidos en Medio Oriente las que en gran medida incubaron la guerra santa del terrorismo de Alá. Aunque ahora el líder de la Civilización esté exhortando a una nueva Cruzada, Alá es inocente de los crímenes que se cometen en su nombre. Al fin y al cabo, Dios no ordenó el holocausto nazi contra los fieles de Jehová, y no fue Jehová quien dictó la matanza de Sabrá y Chatila ni quien mandó expulsar a los palestinos de su tierra. ¡Acaso Jehová, Alá y Dios a secas no son tres nombres de una misma divinidad?

Una tragedia de equívocos: ya no se sabe quién es quién. El humo de las explosiones forma parte de una mucho más enorme cortina de humo que nos impide ver. De venganza en venganza, los terrorismos nos obligan a caminar a los tumbos. Veo una foto, publicada recientemente: en una pared de Nueva York alguna mano escribió: «Ojo por ojo deja al mundo ciego». La espiral de la violencia engendra violencia y también confusión: dolor, miedo, intolerancia, odio, locura. En Porto Alegre, a comienzos de este año, el argelino Ahmed Ben Bella advirtió: «Este sistema, que ya enloqueció a las vacas, está enloqueciendo a la gente.» Y los locos, locos de odio, actúan igual que el poder que los genera.
Un niño de tres años, llamado Luca, comentó en estos días: «El mundo no sabe dónde está su casa.» Él estaba mirando un mapa. Podía haber estado mirando un noticiero.

Eduardo Galeano

 

Entrevista a Eduardo Galeano: Argentina, víctima “obediente”

”La lección para el mundo es no comprar el discurso del FMI, que conduce al
exterminio”

Jaime Avilés, La Jornada Montevideo, 22 de enero. Desde la banda oriental del río de La Plata, a 40 kilómetros de Buenos Aires, lleno de una tristeza que no pretende ocultar pero que lo nutre de hallazgos y revelaciones en el terreno del lenguaje, Eduardo Galeano observa la crisis terminal de Argentina, un país, dice, “víctima de la doctrina universal que aceptó, cumpliendo con todo lo que le mandaron” y al que “ahora, encima, castigan por obediente”.

En la Casa de los Pájaros, donde vive con Elena Vilagra en el barrio Malvín, caminando con su perro Morgan por las breves colinas que bajan a la playa, cenando con sus amigos en un restaurante italiano, en cuyos muros aparece retratado junto a Antonio Skármeta, Joan Manuel Serrat o José Saramago, charlando, en fin, con La Jornada hasta altas horas de la noche en el sótano de un antiguo molino habilitado como bar, el escritor uruguayo reflexiona en voz alta, con palabras lentas, que a veces alarga para subrayar su importancia dentro de la frase. -Argentina hizo todo lo que le ordenó el FMI y está destruida. ¿Cuál es la lección para México?

-No es sólo una lección para México, sino para el mundo, pero en general yo diría que no se crean el cuento: hay que tener un poco más de cuidado; los discursos del poder no expresan, ocultan, disfrazan. La lección es que no hay  que seguir comprando ese discurso que conduce al exterminio, no sólo de las economías nacionales, sino que además tiene horrorosas consecuencias y no sólo económicas. Un discurso que no se traduce sólo en un empobrecimiento masivo y en una concentración ofensiva de la riqueza, en la bofetada, el cotidiano insulto, que es la ostentación del poder de unos poquitos en medio del desamparo de tantos…

-¿Cuáles son las consecuencias no económicas?

-Primero, el desprestigio de la democracia. Ahora se la identifica con la corrupción, con la ineficiencia, con la injusticia, que es lo peor que podría pasarle a la democracia. Al fin y al cabo, democracia significa “poder del pueblo” y hasta qué extremos ha sido humillada esta palabra, que ha terminado por convertirse en antónimo de justicia. Mucha, muchísima gente cada vez más lo siente así, sobre todo entre los jóvenes. La democracia es una cueva de ladrones que no sirve para nada y que no hace más que lastimar a los pobres.

”Esta es la visión de la democracia que está teniendo una inmensa cantidad de gente, por lo menos en los países latinoamericanos, y ésta es la consecuencia cultural más grave, porque hay una cultura democrática que hace posible que el ejercicio de la democracia sea algo más que un juego de sombras chinas en la pared”.

-Un caldo de cultivo para el fascismo…

-Otro daño tremendo son las grandes lastimaduras que ha sufrido todos estos años la cultura de la solidaridad. Los lazos solidarios sociales tienen expresiones culturales nacidas del vínculo con los otros. En un sistema que predica el egoísmo y lo practica, la cultura de la solidaridad está siendo muy mal herida. Hoy por hoy la cultura que predomina es la del sálvese quien pueda y cada quien a lo suyo, y el que caiga que se joda. Y eso también me duele muchísimo. Te cuento cosas que me duelen de la realidad cultural actual y que se traducen en un cambio de lenguaje: hay una jodida actualización del diccionario.
Le pregunto por la melancolía que prevalece en países como Argentina y Uruguay, formados básicamente por inmigrantes nostálgicos de Europa.

-Sí -acepta-, estos son países que tienen una población de inmigrantes en su abrumadora mayoría, y allí es interesante anotar que eso está en el fondo de una perplejidad universal ante la magnitud de una crisis como la que está sufriendo Argentina, que es una verdadera tragedia. Perplejidad universal porque no se entiende cómo es posible que ocurra esto en un país blanco, bien nutrido, sin problemas de explosión demográfica, pero el hecho en sí cuestiona las teorías de antropólogos, sociólogos, politólogos y otros ólogos que identifican, por ejemplo, subdesarrollo y pobreza con explosiones sociales, cosas, nos dicen, que suceden en las regiones oscuras del planeta, las regiones condenadas de antemano a padecer la pobreza por su color de piel debido a mestizajes que no dieron buenos frutos. Pero contra esas interpretaciones racistas de la desdicha humana se producen episodios como este de la Argentina y no se explican cómo pudo ocurrir.

-Pero Argentina tiene todo -le recuerdo-, agua, petróleo, trigo, carne, un territorio gigantesco y vacío. Algunos sectores de izquierda piensan que podría salvarse sola. Galeano descarta la idea.

-Eso es impracticable. Solo no se salva nadie. La única salida para los países latinoamericanos para no perderlo todo o recuperar parte de lo que se ha perdido es que seamos capaces de unirnos. En América Latina los presidentes se reúnen pero no se unen; hacen esas cumbres, intercambian discursos, posan para la foto, pero no son capaces de unirse para hacer frente juntos a la banquería internacional que nos gobierna, a la usura de la deuda externa que nos está estrangulando, al derrumbe de los precios de todo lo que vendemos. Si los presidentes se unieran quizá se podría hacer algo para no asistir con fatalismo a esta suerte de imposición universal de la desdicha como destino al que pretenden condenarnos. Pero allí tienes otro aporte al nuevo diccionario.

-¿Cuál?
-El nuevo nombre de la dictadura financiera es comunidad internacional; cualquier cosa que hagas para defender lo poco que te queda de soberanía es un atentado contra la comunidad internacional, no un acto de legítima defensa contra la usura que practica la banquería que gobierna el mundo y a la cual cuanto más le pagas más le debes. Por eso, en un país como Argentina está desmantelado todo, la economía, el estado, la identidad colectiva de la gente que ya no sabe quién es, para qué es, de dónde viene o a dónde va. Hay un vaciamiento espiritual que simétricamente corresponde al vaciamiento material de  un país saqueado hasta las telarañas.

 

Entrevista a Eduardo Galeano publicada en el libro “Querido Che”

Lo que sigue a continuación es una entrevista hecha por Ios  Perales al escritor Eduardo Galeano, publicada en un pequeño libro titulado “Querido Che”.

  • Podríamos comenzar hablando de la personalidad del Che. El guerrillero de Sierra Maestra, el mito de Bolivia es, tal vez, el más conocido universalmente. Sin embargo, el Che tiene una proyección multilateral que puede resumirse en el factor subjetivo de la revolución. Es decir, revela, en sus escritos, en su comportamiento, el papel del hombre en la transformación de la sociedad, el rescate permanente de la utopía del comunismo…

Lo acusaban de voluntarista porque insistía mucho en el factor humano. Yo creo que eso no es voluntarismo en el sentido burgués, sino simplemente devolverle a la realidad lo que es de la realidad, porque las concepciones deterministas, mecánicas, de las que Marx es inocente, colocan la libertad fuera del hombre, como ocurría con Plejanov, que en algunas de sus páginas parece reducir la libertad humana a la libertad de la luna que gira alrededor de la tierra. El Che le devuelve a la conciencia el valor protagonista que tiene en la historia humana. Las concepciones economicistas del marxismo traicionan al marxismo y lo reducen a un mero mecanismo de relojería, como si el socialismo fuera posible porque dio la hora y señaló qué tenía que suceder.

Hasta en el asma era integral. Hay que subrayar el hecho histórico que en el Che no había contradicción entre lo que decía y lo que hacía, y eso es lo que no le perdonan los dogmáticos. Desafió el poder y el dinero, y se jugó la vida. Puso en evidencia a los que practican la doble moral. El Che dijo algo así como cuidado con la codicia, cuidado con las trampas de la codicia y, por eso, para burlarse firmaba Che en los billetes de banco, cuando era presidente del Banco Nacional de Cuba. Decía, cuidado con las concesiones que hacen del egoísmo un eje de la revolución y de la vida, porque esas trampas acaban mágicamente, se encierran mágicamente con la revolución social, y sobreviven al capitalismo como una suerte de veneno que puede joder el proceso de construcción de una nueva sociedad.

– Estás hablando de un ser humano excepcional. Pero a veces me pregunto si no hemos terminado por idealizar al Che, por construirnos una imagen divina, que mitificamos, porque nos interesa un nuevo Dios.

Después de su muerte, el sistema se encontró con que el desafío del Che era demasiado peligroso, y entonces intentó el operativo ¿cómo te diría?…de asimilación del Che como artículo de consumo, y echó a circular un Búfalo Bill de izquierda. Entrelazaron al Che con el bang-bang de la violencia, como si su obra y su pensamiento pudieran reducirse a la experiencia militar. Que la izquierda lo haya mitificado no es importante porque es un mito verdad, no un mito mentira que eso sí es peligroso. El Che pudo haberse equivocado en algunas cosas. El fracaso de Bolivia no se explica sólo por la traición de la izquierda boliviana, sino que, creo, se equivocó de tiempo y de lugar. Eligió un lugar vacío, despoblado, donde además, mal que bien había ocurrido una reforma agraria, y la situación no era la que él pensó que era. Allí se produjo un diálogo de sordomudos entre el foco guerrillero y el paisaje, entre lo que se supone que es la chispa que va incendiar la pradera y una pradera que no era propicia para la chispa. El Che estaba con su gente en total soledad. Pero no se equivocó de momento y de lugar en su mensaje esencial, y su mensaje resulta enmascarado por una imagen que en el fondo lo traiciona, o más que traicionarlo lo reduce y amputa a lo esencial, que es un mensaje lanzado a través de los siglos de los hombres y mujeres, y de los que vendrán después. O sea, su mensaje va mucho más allá de su concepción del foco, que puede ser discutido y cuestionado y confrontado con los hechos.

– Quiere decir que lo importante es lo sustantivo, no lo perecedero y coyuntural?

Claro, los hechos terminan por darle la razón. Su concepción de la revolución ampliada, no de la revolución aislada que reduce, que ese fue el drama de la revolución del XVII en la Unión Soviética, es importante. Al desaislarse la revolución, al sentirse complementada, apoyada dentro del continente, se enriquece. Y yo creo que el Che tuvo siempre la preocupación de que Cuba no terminara siendo una suerte de mancha en el mar, de excepción de la regla. Desgraciadamente no vivió para constatar la realidad Nicaragüense, porque es una suerte de confirmación de que Cuba no está sola. Desde 1979 para acá la propia revolución cubana que tan decisiva fue para el triunfo de la revolución Sandinista, resulta en cierto modo alimentada por la experiencia de Nicaragua. Por eso dicen bien los nicaragüenses que no se trata de hacer otra Cuba, sino otra Nicaragua. Pero su experiencia que no es calcada, que no es copiada, influye sobre la cubana y viceversa, en un diálogo necesario, y los diálogos que uno sostiene con el espejo o con la pared no son de verdad. Lo que es de lamentar es que el Che no lo hubiera visto con sus propios ojos, sentir los nuevos latidos de América Latina.

  • Me parece sugerente la idea de los espejos, en el sentido de que uno solo no basta. No creo que el continente del Che fuera, de todos modos, una estrategia monolítica para América Latina.

La historia de Latinoamérica es una historia loca, y su realidad es múltiple y compleja, de modo que hacen falta muchos espejos para contemplar un rostro del resto, el rostro del rostro. Y por eso los esquemas de América Latina terminan, tarde o temprano, por naufragar, porque se estrellan contra los acantilados de la realidad. El Che no se equivocó cuando señaló que un cambio sin profundidad no sirve, y los cambios profundos gritan una necesaria violencia, pero también dijo que no hay que confundirse, que la lucha armada para cristalizarse requiere de ciertas condiciones, que cuando hay espacios políticos abiertos hay que tener cuidado en meter la pata, o sea muchas meteduras de pata se han dado invocando al Che, contra su consejo y no a favor de las posiciones que mantuvo.

– Me ha impactado siempre esa idea del Che de que el revolucionario debe estar movido por sentimientos de amor. Cuando hace falta acumular tanto odio para decir ¡ya basta!, ¿cómo es posible esa armonía de amor y odio?

Yo creo que el amor y el odio van pegados, quien ama la libertad odia lo contrario, cualquier amor que no implique odio es medio sospechoso. Esa idea del Che no es para nada puritana. La realidad de la vida no es la realidad de la moral hipócrita.

  • ¿El Che vive?

Mira, en una tierra como Latinoamérica que está gravemente enferma de impotencia, o sea, donde en nombre del realismo se predica siempre la resignación, y esperar y esperar, y la esperanza se cansa de esperar, el Che es un impaciente, un hombre de esperanza y por eso es un profeta, una especie de Issaías de América Latina, un anunciador de otros tiempos. Tal vez habría que decir que nosotros también tendremos la paciencia para esperar al Che, el regreso del Che. Claro, él resucita en cada uno que cree en lo que él creyó, y resucita en los grandes movimientos populares de liberación en estas tierras que no fueron condenadas por ningún Dios a la desgracia que soportan.

Tomado de Bolivianet

Eduardo Galeano

Paradojas

La Jornada

La mitad de los brasileños es pobre o muy pobre, pero el país de Lula es el segundo mercado mundial de las lapiceras Montblanc y el noveno comprador de autos Ferrari, y las tiendas Armani de Sao Paulo venden más que las de Nueva York. Pinochet, el verdugo de Allende, rendía homenaje a su víctima cada vez que hablaba del “milagro chileno”. El nunca lo confesó, ni tampoco lo han dicho los gobernantes democráticos que vinieron después, cuando el “milagro” se convirtió en “modelo”: ¿qué sería de Chile si no fuera chileno el cobre, la viga maestra de la economía, que Allende nacionalizó y que nunca fue privatizado?

En América nacieron, no en la India, nuestros indios. También el pavo y el maíz nacieron en América, y no en Turquía, pero la lengua inglesa llama turkey al pavo y la lengua italiana llama granturco al maíz. El Banco Mundial elogia la privatización de la salud pública en Zambia: “Es un modelo para el África. Ya no hay colas en los hospitales”. El diario The Zambian Post completa la idea: “Ya no hay colas en los hospitales, porque la gente se muere en la casa”.

Hace cuatro años, el periodista Richard Swift llegó a los campos del oeste de Ghana, donde se produce cacao barato para Suiza. En la mochila, el periodista llevaba unas barras de chocolate. Los cultivadores de cacao nunca habían probado el chocolate. Les encantó.

Los países ricos, que subsidian su agricultura a un ritmo de mil millones de dólares por día, prohíben los subsidios a la agricultura en los países pobres. Cosecha récord a orillas del río Mississippi: el algodón estadunidense inunda el mercado mundial y derrumba el precio. Cosecha récord a orillas del río Níger: el algodón africano paga tan poco que ni vale la pena recogerlo.

Las vacas del norte ganan el doble que los campesinos del sur. Los subsidios que recibe cada vaca en Europa y en Estados Unidos duplican la cantidad de dinero que en promedio gana, por un año entero de trabajo, cada granjero de los países pobres.

Los productores del sur acuden desunidos al mercado mundial. Los compradores del norte imponen precios de monopolio. Desde que en 1989 murió la Organización Internacional del Café y se acabó el sistema de cuotas de producción, el precio del café anda por los suelos. En estos últimos tiempos, peor que nunca: en América Central, quien siembra café cosecha hambre. Pero no se ha rebajado ni un poquito, que yo sepa, lo que uno paga por beberlo.

Carlomagno, creador de la primera gran biblioteca de Europa, era analfabeto. Joshua Slocum, el primer hombre que dio la vuelta al mundo navegando en solitario, no sabía nadar.  Hay en el mundo tantos hambrientos como gordos. Los hambrientos comen basura en los basurales; los gordos comen basura en McDonald’s.

El progreso infla. Rarotonga es la más próspera de las islas Cook, en el Pacífico sur, con asombrosos índices de crecimiento económico. Pero más asombroso es el crecimiento de la obesidad entre sus hombres jóvenes. Hace 40 años eran gordos 11 de cada 100. Ahora, son gordos todos.

Desde que China se abrió a esta cosa que llaman “economía de mercado”, el menú tradicional de arroz con verduras ha sido velozmente desplazado por las hamburguesas. El gobierno chino no ha tenido más remedio que declarar la guerra contra la obesidad, convertida en epidemia nacional. La campaña de propaganda difunde el ejemplo del joven Liang Shun, que adelgazó 115 kilos el año pasado.

La frase más famosa atribuida a Don Quijote (“Ladran, Sancho, señal que cabalgamos”) no aparece en la novela de Cervantes; y Humphrey Bogart no dice la frase más famosa atribuida a la película Casablanca (Play it again, Sam).

Contra lo que se cree, Alí Babá no era el jefe de los 40 ladrones, sino su enemigo; y Frankenstein no era el monstruo, sino su involuntario inventor. A primera vista, parece incomprensible, y a segunda vista, también: donde más progresa el progreso, más horas trabaja la gente. La enfermedad por exceso de trabajo conduce a la muerte. En japonés se llama karoshi. Ahora los japoneses están incorporando otra palabra al diccionario de la civilización tecnológica: karojsatsu es el nombre de los suicidios por hiperactividad, cada vez más frecuentes.

En mayo de 1998, Francia redujo la semana laboral de 39 a 35 horas. Esa ley no sólo resultó eficaz contra la desocupación, sino que además dio un ejemplo de rara cordura en este mundo que ha perdido un tornillo, o varios, o todos: ¿para qué sirven las máquinas, si no reducen el tiempo humano de trabajo? Pero los socialistas perdieron las elecciones y Francia retornó a la anormal normalidad de nuestro tiempo. Ya se está evaporando la ley que había sido dictada por el sentido común.

La tecnología produce sandías cuadradas, pollos sin plumas y mano de obra sin carne ni hueso. En unos cuantos hospitales de Estados Unidos los robots cumplen tareas de enfermería. Según el diario The Washington Post, los robots trabajan 24 horas por día, pero no pueden tomar decisiones, porque carecen de sentido común: un involuntario retrato del obrero ejemplar en el mundo que viene.

Según los evangelios, Cristo nació cuando Herodes era rey. Como Herodes murió cuatro años antes de la era cristiana, Cristo nació por lo menos cuatro años antes de Cristo. Con truenos de guerra se celebra, en muchos países, la Nochebuena. Noche de paz, noche de amor: la cohetería enloquece a los perros y deja sordos a las mujeres y los hombres de buena voluntad. La cruz esvástica, que los nazis identificaron con la guerra y la muerte, había sido un símbolo de la vida en la Mesopotamia, la India y América.

Cuando George W. Bush propuso talar los bosques para acabar con los incendios forestales, no fue comprendido. El presidente parecía un poco más incoherente que de costumbre. Pero él estaba siendo consecuente con sus ideas. Son sus santos remedios: para acabar con el dolor de cabeza, hay que decapitar al sufriente; para salvar al pueblo de Irak, vamos a bombardearlo hasta hacerlo puré.

El mundo es una gran paradoja que gira en el universo. A este paso, de aquí a poco los propietarios del planeta prohibirán el hambre y la sed, para que no falten el pan ni el agua.

 

Galeano llega al Comahue
Por Osvaldo Bayer

Dentro de la difícil y confusa época que nos toca vivir, con el triunfo de la inmoralidad en el poder y un manejo tortuoso y vergonzante de la ética en Cámaras de Representantes y en la mayoría de los medios, sobresalen de pronto hechos de coraje civil que nos dignifican y nos hacen admirar a esos argentinos que se juegan el todo por el todo para seguir manteniendo los valores ciertos de la humanidad. Por ejemplo, la escuela de enseñanza media de Morón Sur que en un acto memorable inauguró su auditorium con el nombre de “Compañeros Detenidos Desaparecidos” y un fresco de Carlos Terribili, que nos habla de esa juventud a quien la historia posterior de crímenes y robos oficiales les dieron razón a su búsqueda. Y la Universidad del Comahue, que acaba de dar el título de Doctor Honoris Causa a un intelectual latinoamericano que jamás dio un paso atrás en su denuncia de sistemas económicos y políticos que han hundido en la miseria y en la humillación a nuestro continente: Eduardo Galeano.

Me gustaría hoy hablar sobre Galeano, para que aprendamos de su constante lucha.

A Eduardo Galeano lo conocí –a principios de los setenta– en la redacción de Crisis. Esa redacción era un verdadero taller de planes, de revoluciones, de fantasías, de desafíos. Galeano parecía un obrero mecánico que procuraba poner en movimiento la locomotora de todo eso, con responsabilidad e imaginación. No voy a olvidar ese día porque también conocí en esa ocasión a Haroldo Conti, con su cara de capitán de remolcador y sus relatos del Delta. Pero ya las bestias uniformadas estaban detrás de él y lloramos desconsolados cuando supimos de su secuestro y, más tarde, de sus torturas y de su muerte. Qué bestias esas bestias de uniforme, las tuvimos y las tenemos aún, muchas de ellas representándonos en la democracia. Haroldo, sus paisajes, sus personajes, sus decires; un escritor abierto de las llanuras y de las aguas. Muerto por ratas premiadas con leyes y decretos de los denominados representantes del pueblo.

Galeano, oriental. La interminable batalla, siempre formando la partida de los que están para abrir las brechas cerradas por el egoísmo y la explotación. Ciudadano del mundo que golpea fuerte en la mesa de los derechos de los pueblos. Galeano, paisano e intelectual, con el lenguaje de los que no se van a dejar engañar nunca. El pan, la tierra, las uvas, para los que trabajan desde siglos. Galeano, Eduardo, desnudador de las grandes mentiras, de los explotadores, de los falsificadores de los diez mandamientos. ¿Cómo ha hecho para hacer lo que hizo toda su vida? Solo, contra el Estado, sus informados, sus burócratas, sus envidiosos.

La segunda vez lo vi en Alemania, ya en el exilio; él llegaba desde Barcelona. Llevaba en la mano Las venas abiertas de América Latina. Evangelio latinoamericano. Le dije que ese libro había cambiado radicalmente en Europa el pensamiento que se tenía sobre América latina. Que a él le debíamos que, de pronto, los exiliados que luchábamos por nuestra gente tuviéramos detrás a una juventud europea que se interesaba emocionada por ese lejano continente entre la maravilla y la sangre. Me autorizó a hacer la versión radiofónica de “Las venas abiertas”, con diálogos y meditaciones. Fue un éxito, trasmitida por casi todas las radios de derecho público. Los casetes en alemán sirvieron para la enseñanza de la historia y de la materia Derechos de los Pueblos. Cuando terminé el trabajo me di cuenta de que este poeta “vagamundo” era tan grande analista e intérprete como Alexander von Humboldt. Sí, no exagero, ni me dejo llevar por el entusiasmo. Sin ninguna duda von Humboldt fue el verdadero descubridor de América latina; el descubridor en todos los aspectos del realismo mágico que rodea a la gente, el paisaje, la historia, los sueños de este continente herido. Galeano vaga y describe, y más que todo, descubre. Se sorprende y no puede menos que ofrecérnoslo en la letra. En un idioma claro, sencillo, pero nada antiacadémico. Precisamente es eso, es el verdadero académico, que describe lo descubierto con el idioma de algún viejo maestro sabio que habita en algún rancho debajo de dos palmeras o un ombú. Me imagino que el vagamundo autóctono es visitado por el gringo von Humboldt y quedan conversando horas sobre la maravilla y sobre lo increíble. Comparemos y no nos sorprenderemos: el idioma, la curiosidad, el talento en descubrir lo que encontramos en las crónicas del berlinés los volvemos a hallar, actualizados, en Galeano. Claro, a von Humboldt le faltan los personajes de la epopeya, aquel llamado Emiliano Zapata; y el otro, más al sur pero tan inverosímil como aquél: Sandino, el general de hombres libres con su pequeño ejército loco. O aquel otro, todavía no captado, muerto en tierra boliviana. Magia pura, casi sin realismo.

Galeano recorre y dice la verdad, no es necesario exagerar en territorio de guanacos y tucanes. Por ejemplo, ahora, piqueteros y música de cacerolas. Qué conflicto para el gringo von Humboldt si viviera hoy y mandara tal crónica a Europa.

Galeano no da ni un paso atrás. Dice al aire, a nosotros, los intelectuales: “Decídase, señor escritor, y una vez, al menos, sea usted la flor que huele en vez de ser el cronista del aroma. Poca gracia tiene escribir lo que se vive. El desafío está en vivir lo que se escribe”.

l que vive lo que escribe es el verdadero académico, el verdadero científico, el filósofo. Y completa su sana sabiduría agregando: “Pienso que todo esto lleva a valorar el sentido que tiene la aventura de escribir, devolverles a las palabras el sentido que han perdido, manipuladas como están por un sistema que las usa para negarlas. Hay una lección que el mundo ignora y que nos han dado los guaraníes a todos, a la hora en que crearon su lenguaje. En el idioma guaraní, palabra y alma se dicen igual. Y en este sistema desalmado la palabra ha estado y sigue manipulada con propósitos comerciales o de engaño político. Su uso y abuso traiciona al alma”.

El sistema nos condena a la soledad. Nos ha destrozado nuestros instrumentos de música, nos quiere cortar las piernas para que no podamos bailar.

Pero nuestro Doctor Honoris Causa en resistencias y libertades se nos ha puesto firme, bellamente firme y nos arrebata con estas palabras: “O sea, si el sueño no nos permitiera anticipar un mundo diferente, si la fantasía no hiciera posible esta capacidad un poco milagrosa más allá de la infamia, ¿qué podríamos creer? ¿qué podríamos esperar? ¿qué podríamos amar? Porque en el fondo, uno ama al mundo a partir de la certeza que este mundo, triste mundo convertido en campo de concentración, contiene otro mundo posible. O sea, que el horror está embarazado de maravilla”.

Estoy de nuevo en la redacción de Crisis. Lo veo entrar al sonriente Haroldo Conti. Quiero invitarlo a caminar. Pero Haroldo se me va, se me pierde en las brumas del Delta.

Al entregarle el diploma a Galeano, en Neuquén, le digo: “Gracias Eduardo, por tus luchas, gracias por volver a pintar siempre el horizonte de la tierra latinoamericana”.

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Eduardo Galeano

La guerra de las falacias

I. Preguntitas del primer día

La guerra, ¿para qué?

¿Para probar que el derecho de invasión es un privilegio de las grandes  potencias, y que Hussein no puede hacer a Kuwait lo que Bush hace a Panamá? ¿Para que el ejército soviético pueda apalear impunemente a lituanos y letones? ¿Para que Israel pueda seguir haciendo a los palestinos algo que podría llegar a parecerse a lo que Hitler hizo a los judíos?

¿Para que los árabes financien la carnicería de los árabes? ¿Para que quede claro que el petróleo no se toca?

¿O para que siga siendo imprescindible que el mundo desperdicie en armamentos dos millones de dólares por minuto, ahora que se acabó la guerra fría?

¿Y si un día de éstos, de tanto jugar a la guerra, estalla el mundo? ¿El mundo convertido en arsenal y cuartel? ¿Quién ha vendido el destino de la humanidad a un puñado de locos, codiciosos y matones?

¿Quién quedará vivo, para decir que ese crimen de ellos ha sido un suicidio nuestro?

  1. Imágenes del tercer día

La imagen más vendedora: la guerra como espectáculo. La operación Tormenta del Desierto tiene por estrellas al índice Dow Jones y a la Cotización del Petróleo, acompañados por un amplio elenco de Comadrejas Salvajes, Avispas, Vampiros, misiles, misiles antimisiles, misiles anti-anti-misiles y muchos extras aterrorizados bajo sus máscaras de marcianos. La imagen más cambiada: Saddam Hussein. Es el villano. Antes, era el héroe.  Desde la caída del muro de Berlín, Occidente se quedó sin enemigos. La economía de guerra en tiempos de paz, que está en la base de la prosperidad de los prósperos, exige enemigos. Si nadie amenaza, ¿para qué tiene el mundo un soldado cada cuarenta habitantes, mientras tiene nada más que un médico cada mil? Hussein había servido al Mundo Libre contra el Hitler de Teherán. No había mejor cliente para la industria de armamentos. Ahora, él es el Hitler de Bagdad. La televisión muestra sus ojos de loco fanático. El peligro del fundamentalismo iraquí ha sustituido al peligro del fundamentalismo iraní.  Hussein reza. Bush reza. El Papa reza. Todos rezan. Todos creen en Dios. Y Dios, ¿en quién cree? La imagen más pétrea: El presidente Bush explica la guerra. Evocando la pasada gesta mundial contra Hitler, Bush habla en nombre de los aliados. Los aliados van a liberar a un pequeño país avasallado por un vecino prepotente y ambicioso. ¿Panamá? No; el pequeño país se llama Kuwait.

Pero ocurre que la invasión de Kuwait no ha sido solamente un acto de indudable irresponsabilidad y matonismo. También ha sido un acto de estupidez: al invadir, Hussein ha servido, en bandeja, la coartada que Bush necesitaba. Y ahora, todos contra uno: veintiocho naciones acompañan esta gloriosa operación destinada a salvar la hegemonía norteamericana en el planeta.  Guerra mediante, los Estados Unidos consolidan su poder amenazado. Amenazado desde adentro, por la recesión que asoma en el país que tiene la deuda externa más alta del mundo. Y amenazado desde afuera, por la imparable competencia del Japón y de la Alemania unida. Índice de alarma: una productividad tres veces menor que la del Japón y dos veces menor que la de Europa. La imagen más reveladora: la reticencia de Helmut Kohl, tan decidora como el casi silencio de los japoneses. Los rivales de los Estados Unidos dependen del petróleo del Golfo Pérsico, que a los Estados Unidos pertenece. A los Estados Unidos y a Inglaterra, la colonia fiel a su antigua colonia. La imagen más lastimosa: soldados rusos envían, desde Moscú, un mensaje a Washington. Son veteranos de la invasión de Afganistán. Se ofrecen para invadir Irak.
El Este ya no es el contrapeso del Oeste. Una nueva era: los Estados Unidos pueden ejercer impunemente su función de policías del mundo. Y ya se sabe que este país, que nunca fue invadido por nadie, tiene la vieja costumbre de invadir a los demás. En un par de siglos de vida independiente, más de doscientas agresiones armadas contra otros países independientes.

La imagen más elocuente: Pérez de Cuéllar, en sombras, con la cara entre las manos. Nacidas para la paz, las Naciones Unidas son ahora un instrumento de guerra. El Consejo de Seguridad ha dado luz verde. A la Unión Soviética le pareció bien. China no se opuso. Cuba y Yemen votaron en contra. Irak está siendo castigado, porque se negó a cumplir una resolución de la ONU. Antes, los Estados Unidos se habían negado a cumplir varias resoluciones de la ONU sobre Nicaragua. También Israel se había negado a cumplir varias resoluciones de la ONU sobre los territorios que usurpa. Y el mundo no les declaró la guerra por eso.

La imagen más siniestra: el rey Fahd y el emir de Kuwait, los hombres más ricos del mundo, y los demás gangsters del desierto, monarcas de ópera bufa que administran los países que el Imperio Británico, en sus buenos tiempos,  había comprado o inventado. Las petrocracias encarnan a la Democracia en esta telenovela sangrienta. Y en la ceremonia del sacrificio, corren con los gastos. El petróleo da para todo.  La imagen más eufórica: júbilo en Wall Street. La Bolsa de Valores de Nueva York registra una de las mayores alzas de la historia. Mientras tanto, cae el precio del petróleo. O sea: se restablece la normalidad del mercado. En la zona de guerra yace más de la mitad de las reservas petroleras del mundo; pero parece garantizado el derecho al despilfarro de las potencias consumidoras.

 

Se puede seguir quemando la energía del planeta. Honda preocupación había causado una falsa alarma: no, Europa no tendrá que reducir su consumo en un 7 por ciento. Los automóviles suspiran con alivio.

Los televisores, también. Esta guerra ha batido todos los récords de rating.
La imagen más helada: los tecnócratas de la muerte. Arte de la guerra, el canibalismo como gastronomía: los generales explican la buena marcha del plan de aniquilación. Se ven mapas sin habitantes, o pantallas de videogame donde  las crucecitas blancas señalan el destino de las bombas que caen como lluvia. La imagen más estimulante: las manifestaciones pacifistas. Rosas o velas encendidas en las manos. La televisión las ningunea; pero en algunas ciudades son multitudes las que caminan y crecen. Creen que la guerra no es nuestro destino. La imagen más trágica: la no transmitida. La imagen ausente, censurada en estos primeros días: los muertos, los heridos, los mutilados. Las vidas humanas. Ese detalle.

La imagen más angustiosa: los días que pasan. 1991, único año capicúa del siglo veinte, había nacido prometiendo buena suerte. A poco andar, ya lo enchastran la sangre y la mugre de la guerra. Ojalá este año chiquilín pueda cambiar de signo. Ojalá lo dejen. Él no quiere ser un jodido.

(1991)

Eduardo Galeano, Ser como ellos y otros artículos, Siglo Veintiuno de España
Editores, Madrid, 1992

 

Eduardo Galeano

Ser como ellos
(a Karl Hubener)

Los sueños y las pesadillas están hechos de los mismos materiales, pero esta pesadilla dice ser nuestro único sueño permitido: un modelo de desarrollo que desprecia la vida y adora las cosas.

¿Podemos ser como ellos?

Promesa de los políticos, razón de los tecnócratas, fantasía de los desamparados: el Tercer Mundo se convertirá en Primer Mundo, y será rico y culto y feliz, si se porta bien y si hace lo que le mandan sin chistar ni poner peros. Un destino de prosperidad recompensará la buena conducta de los muertos de hambre, en el capítulo final de la telenovela de la Historia. Podemos ser como ellos, anuncia el gigantesco letrero luminoso encendido en el camino del desarrollo de los subdesarrollados y la modernización de los atrasados.

Pero lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible, como bien decía Pedro el Gallo, torero: si los países pobres ascendieran al nivel de producción y derroche de los países ricos, el planeta moriría. Ya está nuestro desdichado planeta en estado de coma, gravemente intoxicado por la civilización industrial y exprimido hasta la penúltima gota por la sociedad de consumo.

En los últimos veinte años, mientras se triplicaba la humanidad, la erosión asesinó al equivalente de toda la superficie cultivable de los Estados Unidos. El mundo, convertido en mercado y mercancía, está perdiendo quince millones de hectáreas de bosque cada año. De ellas, seis millones se convierten en desiertos. La naturaleza, humillada, ha sido puesta al servicio de la acumulación de capital. Se envenena la tierra, el agua y el aire para que el dinero genere más dinero sin que caiga la tasa de ganancia. Eficiente es quien más gana en menos tiempo.

La lluvia ácida de los gases industriales asesina los bosques y los lagos del Norte del mundo, mientras los desechos tóxicos envenenan los ríos y los mares, y al Sur la agroindustria de exportación avanza arrasando árboles y gente. Al Norte y al Sur, al Este y al Oeste, el hombre serrucha, con delirante entusiasmo, la rama donde está sentado.

Del bosque al desierto: modernización, devastación. En la hoguera incesante de la Amazonia arde media Bélgica por año, quemada por la civilización de la codicia, y en toda América Latina la tierra se está pelando y secando. En América Latina mueren veintidós hectáreas de bosque por minuto, en su mayoría sacrificadas por las empresas que producen carne o madera, en gran escala, para el consumo ajeno. Las vacas de Costa Rica se convierten, en los Estados Unidos, en hamburguesas McDonald’s. Hace medio siglo, los árboles cubrían las tres cuartas partes del territorio de Costa Rica: ya son muy pocos los árboles que quedan, y al ritmo actual de deforestación, este pequeño país será tierra calva al fin del siglo. Costa Rica exporta carne a los Estados Unidos, y de los Estados Unidos importa plaguicidas que los Estados Unidos prohíben aplicar sobre su propio suelo.

Unos pocos países dilapidan los recursos de todos. Crimen y delirio de la sociedad del despilfarro: el seis por ciento más rico de la humanidad devora un tercio de toda la energía y un tercio de todos los recursos naturales que se consumen en el mundo. Según revelan los promedios estadísticos, un solo norteamericano consume tanto como cincuenta haitianos. Claro que el promedio no define a un vecino del barrio de Harlem, ni a Baby Doc Duvalier, pero de cualquier manera vale preguntarse: ¿Qué pasaría si los cincuenta haitianos consumieran súbitamente tanto como cincuenta norteamericanos? ¿Qué pasaría si toda la inmensa población del Sur pudiera devorar al mundo con la impune voracidad del Norte? ¿Qué pasaría si se multiplicaran en esa loca medida los artículos suntuarios y los automóviles y las neveras y los televisores y las usinas nucleares y las usinas eléctricas? ¿Qué pasaría con el clima, que está ya cerca del colapso por el recalentamiento de la atmósfera? ¿Qué pasaría con la tierra, con la poca tierra que la erosión nos está dejando? ¿Y con el agua, que ya la cuarta parte de la humanidad bebe contaminada por nitratos y pesticidas y residuos industriales de mercurio y plomo? ¿Qué pasaría? No pasaría. Tendríamos que mudarnos de planeta. Éste que tenemos, ya tan gastadito, no podría bancarlo.

El precario equilibrio del mundo, que rueda al borde del abismo, depende de la perpetuación de la injusticia. Es necesaria la miseria de muchos para que sea posible el derroche de pocos. Para que pocos sigan consumiendo de más, muchos deben seguir consumiendo de menos. Y para evitar que nadie se pase de la raya, el sistema multiplica las armas de guerra. Incapaz de combatir contra la pobreza, combate contra los pobres, mientras la cultura dominante, cultura militarizada, bendice la violencia del poder.

El american way of life, fundado en el privilegio del despilfarro, sólo puede ser practicado por las minorías dominantes en los países dominados. Su implantación masiva implicaría el suicidio colectivo de la humanidad.

Posible, no es. Pero, ¿sería deseable?

¿ Queramos ser como ellos?

En un hormiguero bien organizado, las hormigas reinas son pocas y las hormigas obreras, muchísimas. Las reinas nacen con alas y pueden hacer el amor. Las obreras, que no vuelan ni aman, trabajan para las reinas. Las hormigas policías vigilan a las obreras y también vigilan a las reinas.

La vida es algo que ocurre mientras uno está ocupado haciendo otras cosas, decía John Lennon. En nuestra época, signada por la confusión de los medios y los fines, no se trabaja para vivir: se vive para trabajar. Unos trabajan cada vez más porque necesitan más que lo que consumen; y otros trabajan cada vez más para seguir consumiendo más que lo que necesitan.

Parece normal que la jornada de trabajo de ocho horas pertenezca, en América Latina, a los dominios del arte abstracto. El doble empleo, que las estadísticas oficiales rara vez confiesan, es la realidad de muchísima gente que no tiene otra manera de esquivar el hambre. Pero, ¿parece normal que el hombre trabaje como hormiga en las cumbres del desarrollo? ¿La riqueza conduce a la libertad, o multiplica el miedo a la libertad?

Ser es tener, dice el sistema. Y la trampa consiste en que quien más tiene, más quiere, y en resumidas cuentas las personas terminan perteneciendo a las cosas y trabajando a sus órdenes. El modelo de vida de la sociedad de consumo, que hoy día se impone como modelo único en escala universal, convierte al tiempo en un recurso económico, cada vez más escaso y más caro: el tiempo se vende, se alquila, se invierte. Pero, ¿quién es el dueño del tiempo? El automóvil, el televisor, el video, la computadora personal, el teléfono celular y demás contraseñas de la felicidad, máquinas nacidas para ganar tiempo o para pasar el tiempo, se apoderan del tiempo. El automóvil, pongamos por caso, no sólo dispone del espacio urbano: también dispone del tiempo humano. En teoría, el automóvil sirve para economizar tiempo, pero en la práctica lo devora. Buena parte del tiempo de trabajo se destina al pago del transporte al trabajo, que por lo demás resulta cada vez más tragón de tiempo a causa de los embotellamientos del tránsito en las babilonias modernas.

No se necesita ser sabio en economía. Basta el sentido común para suponer que el progreso tecnológico, al multiplicar la productividad, disminuye el tiempo de trabajo. El sentido común no ha previsto, sin embargo, el pánico al tiempo libre, ni las trampas del consumo, ni el poder manipulador de la publicidad. En las ciudades del Japón se trabaja 47 horas semanales desde hace veinte años. Mientras tanto, en Europa, el tiempo de trabajo se ha reducido, pero muy lentamente, a un ritmo que nada tiene que ver con el acelerado desarrollo de la productividad. En las fábricas automatizadas hay diez obreros donde antes había mil; pero el progreso tecnológico genera desocupación en vez de ampliar los espacios de libertad. La libertad de perder el tiempo: la sociedad de consumo no autoriza semejante desperdicio. Hasta las vacaciones, organizadas por las grandes empresas que industrializan el turismo de masas, se han convertido en una ocupación agotadora. Matar el tiempo: los balnearios modernos reproducen el vértigo de la vida cotidiana en los hormigueros urbanos.

Según dicen los antropólogos, nuestros ancestros del Paleolítico no trabajaban más de veinte horas por semana. Según dicen los diarios, nuestros contemporáneos de Suiza votaron, a fines de 1988, un plebiscito que proponía reducir la jornada de trabajo a cuarenta horas semanales: reducir la jornada, sin reducir los salarios. Y los suizos votaron en contra.

Las hormigas se comunican tocándose las antenas. Las antenas de la televisión comunican con los centros de poder del mundo contemporáneo. La pantalla chica nos ofrece el afán de propiedad, el frenesí del consumo, la excitación de la competencia y la ansiedad del éxito, como Colón ofrecía chucherías a los indios. Exitosas mercancías. La publicidad no nos cuenta, en cambio, que los Estados Unidos consumen actualmente, según la Organización Mundial de la Salud, casi la mitad del total de drogas tranquilizantes que se venden en el planeta. En los últimos veinte años, la jornada de trabajo aumentó en los Estados Unidos. En ese período, se duplicó la cantidad de enfermos de stress.

La ciudad como cámara de gas

Un campesino vale menos que una vaca y más que una gallina, me informan en Caaguazú, en el Paraguay. Y en el nordeste del Brasil: Quien planta no tiene tierra, quien tiene tierra no planta.

Nuestros campos se vacían, las ciudades latinoamericanas se hacen infiernos grandes como países. La ciudad de México crece a un ritmo de medio millón de personas y treinta kilómetros cuadrados por año: ya tiene cinco veces más habitantes que toda Noruega. De aquí a poco, al fin del siglo, la capital de México y la ciudad brasileña de San Pablo serán las ciudades mayores del mundo.

Las ciudades del Sur del planeta son como las grandes ciudades del Norte, pero vistas en un espejo deformante. La modernización copiona multiplica los defectos del modelo. Las capitales latinoamericanas, estrepitosas, saturadas de humo, no tienen carriles para bicicletas ni filtros para gases tóxicos. El aire limpio y el silencio son artículos tan raros y tan caros que ya ni los ricos más ricos pueden comprarlos.

En el Brasil, la Volkswagen y la Ford fabrican automóviles sin filtros para vender en el Brasil y en los demás países del Tercer Mundo. En cambio, esas mismas filiales brasileñas de Volkswagen y Ford producen automóviles con filtros (convertidores catalíticos) para vender en el Primer Mundo. La Argentina produce gasolina sin plomo para la exportación. Para el mercado interno, en cambio, produce gasolina venenosa. En toda América Latina, los automóviles tienen la libertad de vomitar plomo por los caños de escape. Desde el punto de vista de los automóviles, el plomo eleva el octanaje y aumenta la tasa de ganancia. Desde el punto de vista de las personas, el plomo daña el cerebro y el sistema nervioso. Los automóviles, dueños de las ciudades, no escuchan a los intrusos.

Año 2000, recuerdos del futuro: gente con máscaras de oxígeno, pájaros que tosen en vez de cantar, árboles que se niegan a crecer. Actualmente, en la ciudad de México se ven carteles que dicen: Se ruega no molestar los maros y Favor de no azotar la puerta. Todavía no hay carteles que digan: Se recomienda no respirar. ¿Cuánto demorarán en aparecer esas advertencias a la salud pública? Los automóviles y las fábricas regalan a la atmósfera, cada día, once mil toneladas de gases y humos enemigos. Hay una niebla de mugre en el aire, ya los niños nacen con plomo en la sangre y en más de una ocasión han llovido pájaros muertos sobre la ciudad que era, en tiempos, no tan lejanos, la región más transparente del aire. Ahora el cóctel de monóxido de carbono, bióxido de azufre y óxido de nitrógeno llega a ser tres veces superior al máximo tolerable para los seres humanos. ¿Cuál será el máximo tolerable para los seres urbanos?

Cinco millones de automóviles: la ciudad de San Pablo ha sido definida como un enfermo en vísperas del infarto. Una nube de gases la enmascara. Sólo los domingos se puede ver, desde las afueras, a la ciudad más desarrollada del Brasil. En las avenidas del centro, los carteles luminosos advierten cada día a la población:

Calidad del aire: ruin.

Según las estaciones medidoras, el aire estuvo sucio o muy sucio durante 323 días del año 1986.

En junio de 1989, Santiago de Chile disputó con las ciudades de México y San Pablo, en unos días sin
lluvia ni viento, el campeonato mundial de contaminación. El cerro San Cristóbal, en pleno centro de Santiago, no se veía, oculto tras una máscara de smog. El naciente gobierno democrático de Chile impuso algunas mínimas medidas contra las ochocientas toneladas de gases que cada día se incorporan al aire de la ciudad. Entonces los automóviles y las fábricas pusieron el grito en el cielo: esas limitaciones violaban la libertad de empresa y lastimaban el derecho de propiedad. La libertad del dinero, que desprecia la libertad de los demás, había sido ilimitada durante la dictadura del general Pinochet, y había hecho una valiosa contribución al envenenamiento general. El derecho de contaminar es un incentivo fundamental para la inversión extranjera, casi tan importante como el derecho de pagar salarios enanos. Y al fin y al cabo, el general Pinochet nunca había negado a los chilenos el derecho de respirar mierda.

La ciudad como cárcel

La sociedad de consumo, que consume gente, obliga a la gente a consumir, mientras la televisión imparte cursos de violencia a letrados y analfabetos. Los que nada tienen pueden vivir muy lejos de los que tienen todo, pero cada día los espían por la pantalla chica. La televisión exhibe el obsceno derroche de la fiesta del consumo y a la vez enseña el arte de abrirse paso a tiros. La realidad imita a la tele, la violencia callejera es la continuación de la televisión por otros medios. Los niños de la calle practican la iniciativa privada en el delito, que es el único campo donde pueden desarrollarla. Sus derechos humanos se reducen a robar y a morir. Los cachorros de tigre, abandonados a su suerte, salen de cacería. En cualquier esquina pegan el zarpazo y huyen. La vida acaba temprano, consumida por el pegamento y otras drogas buenas para engañar el hambre y el frío y la soledad; o acaba la vida cuando alguna bala la corta en seco.

Caminar por las calles de las grandes ciudades latinoamericanas, se está convirtiendo en una actividad de alto riesgo. Quedarse en casa, también. La ciudad como cárcel: quien no está preso de la necesidad está preso del miedo. Quien tiene algo, por poco qué sea, vive bajo estado de amenaza, condenado al pánico del próximo asalto. Quien tiene mucho, vive encerrado en las fortalezas de la seguridad. Los grandes edificios y conjuntos residenciales son castillos feudales de la era electrónica. Les falta el foso de los cocodrilos es verdad, y también les falta la majestuosa belleza de los castillos de la Edad Media, pero tienen grandes rejas levadizas, altas murallas, torres de vigía y guardias armados.

El Estado, que ya no es paternalista sino policial, no practica la caridad. Pertenecen a la antigüedad los tiempos aquellos de la retórica sobre la domesticación de los descarriados a través de las virtudes del estudio y del trabajo. En la época de la economía de mercado, las crías humanas sobrantes se eliminan por hambre o tiro. Los niños de la calle, hijos de la mano de obra marginal, no son ni pueden ser útiles a la sociedad. La educación pertenece a quienes pueden pagarla; la represión se ejerce contra quienes no pueden comprarla.

Según el New York Times, entre enero y octubre de 1990, la policía asesinó más de cuarenta niños en las calles de la ciudad de Guatemala. Los cadáveres de los niños, niños mendigos, niños ladrones, niños hurgadores de basura, aparecieron sin lenguas, sin ojos, sin orejas, tirados en los basurales. Según Amnesty International, durante 1989 fueron ejecutados 457 niños y adolescentes en las ciudades brasileñas de Río de Janeiro, San Pablo y Recife. Esos crímenes, cometidos por los Escuadrones de la Muerte y otras fuerzas del orden parapolicial, no han ocurrido en las áreas rurales atrasadas, sino en las más importantes ciudades del Brasil: no han ocurrido donde el capitalismo falta, sino donde sobra. La injusticia social y el desprecio por la vida crecen con el crecimiento de la economía.

En países donde no hay pena de muerte, se aplica cotidianamente la pena de muerte en defensa del derecho de propiedad. Y los fabricantes de opinión suelen hacer la apología del crimen. A mediados de 1990, en la ciudad de Buenos Aires, un ingeniero mató a balazos a dos jóvenes ladrones que huían con el pasacasetes de su automóvil. Bernardo Neustadt, el periodista argentino más influyente, comentó en la televisión: Yo hubiera hecho lo mismo. En las elecciones brasileñas de 1986, Afanásio Jazadji ganó un puesto de diputado en el estado de San Pablo. Él fue uno de los diputados más votados en toda la historia de ese estado. Jazadji había conquistado su inmensa popularidad desde los micrófonos de la radio. Su programa defendía a gritos a los Escuadrones de la Muerte y predicaba la tortura y el exterminio de los delincuentes.

En la civilización del capitalismo salvaje, el derecho de propiedad es más importante que el derecho a la vida. La gente vale menos que las cosas. Resulta revelador, en este sentido, el caso de las leyes de impunidad. Las leyes que absolvieron al terrorismo de Estado ejercido por las dictaduras militares, en los tres países del Sur, perdonaron el crimen y la tortura, pero no perdonaron los delitos contra la propiedad (Chile: decreto-ley 2191, en 1978; Uruguay: Ley 15848, en 1986; Argentina: Ley 23521, en 1987).

El «costo social» del Progreso

Febrero de 1989, Caracas. Sube a las nubes, de golpe, el precio del boleto, se multiplica por tres el precio del pan y estalla la furia popular: en las calles quedan tendidos trescientos muertos, o quinientos, o quién sabe.

Febrero de 1991, Lima. La peste del cólera ataca las costas de Perú, se ensaña sobre el puerto de Chimbote y los suburbios miserables de la ciudad de Lima y mata a cien en pocos días. En los hospitales no hay suero ni sal. El ajuste económico del gobierno ha desmantelado lo poco que quedaba de la salud pública y ha duplicado, en un santiamén, la cantidad de peruanos en estado de pobreza crítica, que ganan por debajo del salario mínimo. El salario mínimo es de 45 dólares por mes.

Las guerras de ahora, guerras electrónicas, ocurren en pantallas de videogame. Las víctimas no se oyen ni se ven. La economía de laboratorio tampoco escucha ni ve a los hambrientos, ni a la tierra arrasada. Las armas de control remoto matan sin remordimientos. La tecnocracia internacional, que impone al Tercer Mundo sus programas de desarrollo y sus planes de ajuste, también asesina desde afuera y desde lejos.

Hace ya más de un cuarto de siglo que América Latina viene desmantelando los débiles diques opuestos a la prepotencia del dinero. Los banqueros acreedores han bombardeado esas defensas, con las certeras armas de la extorsión, y los militares o políticos gobernantes han ayudado a derrumbarlas, dinamitándolas por dentro. Así van cayendo, una tras otra, las barreras de protección alzadas, en otros tiempos, desde el Estado. Y ahora el Estado está vendiendo las empresas públicas nacionales a cambio de nada, o peor que nada, porque el que vende, paga. Nuestros países entregan las llaves y todo lo demás a los monopolios internacionales, ahora llamados factores de formación de precios, y se convierten en mercados libres. La tecnocracia internacional, que nos enseña a dar inyecciones en patas de palo, dice que el mercado libre es el talismán de la riqueza. ¿Por qué será que los países ricos, que lo predican, no lo practican? El mercado libre, humilladero de los débiles, es el más exitoso producto de exportación de los fuertes. Se fabrica para consumo de los países pobres. Ningún país rico lo ha usado jamás.

Talismán de la riqueza, ¿para cuántos? Datos oficiales de Uruguay y Costa Rica, los países donde menos ardían, antes, las contradicciones sociales: ahora uno de cada seis uruguayos vive en extrema pobreza, y son pobres dos de cada cinco familias costarricenses.

El dudoso matrimonio de la oferta y la demanda, en un mercado libre que sirve al despotismo de los poderosos, castiga a los pobres y genera una economía de especulación. Se desalienta la producción, se desprestigia el trabajo, se diviniza el consumo. Se contemplan las pizarras de las casas de cambio como si fueran pantallas de cine, se habla del dólar como si fuera persona:

—¿Y cómo está el dólar?

La tragedia se repite como farsa. Desde los tiempos de Cristóbal Colón, América Latina ha sufrido
como tragedia propia el desarrollo capitalista ajeno. Ahora lo repite como farsa. Es la caricatura del desarrollo: un enano que simula ser niño.

La tecnocracia ve números y no ve personas, pero sólo ve los números que le conviene mirar. Al cabo de este largo cuarto de siglo, se celebran algunos éxitos de la modernización. El milagro boliviano, pongamos por caso, cumplido por obra y gracia de los capitales del narcotráfico:: el ciclo del estaño se acabó, y con la caída del estaño se vinieron abajo los centros mineros y los sindicatos obreros mas peleones de Bolivia: ahora el pueblo de Llallagua, que no tiene agua potable, cuenta con una antena parabólica de televisión en lo alto del cerro del Calvario. O el milagro chileno, debido a la varita mágica del general Pinochet, exitoso producto que se está vendiendo, en pócimas, en los países del Este. Pero, ¿cuál es el precio del milagro chileno? ¿Y quiénes son los chilenos que lo han pagado y lo pagan? ¿Quiénes serán los polacos y los checos y los húngaros que lo pagarán? En Chile, las estadísticas oficiales proclaman la multiplicación de los panes y a la vez confiesan la multiplicación de los hambrientos. Canta victoria el gallo. Este cacareo es sospechoso. ¿No se le habrá subido el fracaso a la cabeza? En 1970, había un 20 por ciento de chilenos pobres. Ahora hay un 45 por ciento.

Las cifras confiesan, pero no se arrepienten. Al fin y al cabo, la dignidad humana depende del cálculo de costos y beneficios, y el sacrificio del pobrería no es más que el costo social del Progreso.

¿Cuál sería el valor de ese costo social, si pudiera medirse? A fines de 1990, la revista Stern hizo una cuidadosa estimación de los daños producidos por el desarrollo en la Alemania actual. La revista evaluó, en términos económicos, los perjuicios humanos y materiales derivados de los accidentes de autos, los congestionamientos del tránsito, la contaminación del aire, del agua y de los alimentos, el deterioro de los espacios verdes y otros factores, y llegó a la conclusión de que el valor de los daños equivale a la cuarta parte de todo el producto nacional de la economía alemana. La multiplicación de la miseria no figuraba, obviamente, entre esos daños, porque hace ya unos cuantos siglos que Europa alimenta su riqueza con la pobreza ajena, pero sería interesante saber hasta dónde podría llegar una evaluación semejante, si se aplicara a las catástrofes de la modernización en América Latina. Y hay que tener en cuenta que en Alemania el Estado controla y limita, hasta cierto punto, los efectos nocivos del sistema sobre las personas y el medio ambiente. ¿Cuál sería la evaluación del daño en países como los nuestros, que se han creído el cuento del mercado libre y dejan que el dinero se mueva como tigre suelto? ¿El daño que nos hace, y nos hará, un sistema que nos aturde de necesidades artificiales para que olvidemos nuestras necesidades reales? ¿Hasta dónde podría medirse? ¿Pueden medirse las mutilaciones del alma humana? ¿La multiplicación de la violencia, el envilecimiento de la vida cotidiana?

El Oeste vive la euforia del triunfo. Tras el derrumbamiento del Este, la coartada está servida: en el Este, era peor. ¿Era peor? Más bien, pienso, habría que preguntarse si era esencialmente diferente. Al Oeste: el sacrificio de la justicia, en nombre de la libertad, en los altares de la diosa Productividad. Al Este: el sacrificio de la libertad, en nombre de la justicia, en los altares de la diosa Productividad.

Al Sur, estamos todavía a tiempo de preguntarnos si esa diosa merece nuestras vidas.

(1991)

Eduardo Galeano, Ser como ellos y otros artículos, Siglo Veintiuno Editores, México, 1992.

Eduardo Galeano –

Úselo y tírelo

La sociedad de consumo ofrece fugacidades. Cosas, personas; las cosas fabricadas para durar, mueren al nacer, y hay cada vez más personas arrojadas a la basura desde que se asoman a la vida. Los niños abandonados en las calles de Colombia, que antes se llamaban gamines y ahora se llaman desechables, y están marcados para morir. Los numerosos nadies, los fuera de lugar, son “económicamente inviables”, según el lenguaje técnico. La ley del mercado los expulsa por superabundancia de mano de obra barata. El Norte del mundo genera basuras en cantidades asombrosas. El Sur del mundo genera marginados. ¿Qué destino tienen los sobrantes humanos?. El sistema los invita a desaparecer;
les dice: “Ustedes no existen”.

¿Qué hace el Norte del mundo con sus inmensidades de basura venenosa para la naturaleza y la gente? Las envía a los grandes espacios del Sur y del Este, de la mano de sus banqueros, que exigen libertad para la basura a cambio de sus créditos, y de la mano de sus Gobiernos, que ofrecen sobornos.

Los 24 países desarrollados que forman la Organización para la Cooperación en el Desarrollo Económico del Tercer Mundo produce el 98% de los desechos venenosos de todo el planeta. Ellos cooperan con el desarrollo regalando al Tercer Mundo su mierda radioactiva y la otra basura tóxica que no saben dónde meter. Prohíben la importación de sustancias contaminantes, pero las derraman generosamente sobre los países pobres. Hacen con la basura lo mismo que con los pesticidas y abonos químicos prohibidos en casa: los exportan al Sur bajo otros nombres.

En el reino de lo efímero, todo se convierte inmediatamente en chatarra para que bien se multipliquen la demanda, las deudas y las ganancias, las cosas se agotan en un santiamén, como las imágenes que dispara la ametralladora de la televisión y las modas y los ídolos que la publicidad lanza al mercado.

El Sur, basurero del Norte, hace todo lo posible por convertirse en su caricatura. Pero la sociedad de consumo -dime cuánto consumes y te diré cuánto vales- invita a una fiesta prohibida para el 80% de la humanidad. Las fulgurantes burbujas se estrellan contra los altos muros de la realidad. La poca naturaleza que le queda al mundo, maltrecha y al borde del agotamiento, no podría sustentar el delirio del supermercado universal, y al fin y al cabo, la gran mayoría de la gente consume poco, poquito y nada necesariamente, para garantizar el equilibrio de la economía mundial mediante sus brazos baratos y sus productos a precio de ganga. En un mundo unificado por el dinero, la modernización expulsa mucha más gente que la que integra.

Para un innumerable cantidad de niños y jóvenes latinoamericanos, la invitación al consumo es una invitación al delito. La televisión te hace agua la boca y la policía te echa de la mesa. El sistema niega lo que ofrece; y no hay valium que pueda dormir esa ansiedad ni prozac capaz de apagar ese tormento. La lucha social aparece en las páginas políticas y sindicales.

El mundo de fin de siglo viaja con más náufragos que navegantes, y los técnicos denuncian los “excedentes de población” en el Sur, donde las masas ignorantes no saben hacer otra cosa que violar el sexto mandamiento día y noche. ¿”Excedentes de población” en Brasil, donde hay 17 habitantes por kilómetro cuadrado, o en Colombia, donde hay 29? Holanda tiene 400 habitantes por kilómetro cuadrado y ningún holandés se muere de hambre; pero en Brasil y en Colombia, un puñado de voraces se queda con todos los panes y peces. Cada vez son más los niños marginados que, según sospechan ciertos expertos, “nacen con tendencia al crimen y la prostitución”. Ellos integran el sector más peligroso de los “excedentes de población”. El niño como amenaza pública, la conducta antisocial del menor en América, es el tema recurrente de los Congresos Panamericanos del Niño desde 1993.
A principios de siglo, el científico inglés Cyril Burt propuso eliminar a los pobres muy pobres “impidiendo la propagación de su especie”. Al fin de siglo el Pentágono anuncia la renovación de sus arsenales, adaptados a las guerras del futuro, que tendrán por objetivo los motines callejeros y los saqueos; y en algunas ciudades latinoamericanas, como Santiago de Chile, ya hay cámaras de televisión vigilando las calles.

El sistema está en guerra con los pobres que fabrica, y a los pobres más pobres los trata como si fueran basura tóxica. Pero el Sur no puede exportar al Norte estos residuos peligrosos, que se multiplican cada día. No hay manera de “impedir la propagación de su especie”, aunque según al arzobispo de San Pablo, cinco niños caen asesinados cada día en las calles de las ciudades brasileñas, y, según la organización Justicia y Paz, son niños buena parte de los 40 desechables que cada mes caen asesinados en las calles de las ciudades colombianas.

Tampoco se puede mantenerlos escondidos, aunque los desechables no existen en la realidad oficial: la población marginal que más ha crecido en Buenos Aires se llama Ciudad Oculta y se llaman ciudades perdidas los barrios de lata y cartón que brotan en los barrancos y basurales de los suburbios de la ciudad de México.

No hace mucho, los desechables colombianos emergieron de debajo de las piedras y se juntaron para gritar. La manifestación estalló cuando se supo que los escuadrones parapoliciales, “los grupos de limpieza social”, mataban indigentes para venderlos a los estudiantes que aprenden anatomía en la Universidad Libre de Baranquilla. Y entonces Buenaventura Vidal, contador de cuentos, les contó la verdadera historia de la Creación. Ante los vomitados del sistema, Buenaventura contó que a Dios le sobraban pedacitos de todo lo que creaba. Mientras nacían de su mano el sol y la luna, el tiempo, el mundo, los mares y las selvas, Dios iba arrojando al abismo los desechos que le sobraban, pero Dios, distraído, se había olvidado de la mujer y del hombre, que esperaban allá en el fondo del abismo, queriendo existir. Y ante los hijos de la basura, Buenaventura contó que la mujer y el hombre no habían tenido más remedio que hacerse a sí mismos, y se habían creado con aquellas sobras de Dios. Y por eso nosotros, nacidos de la basura, tenemos todos algo de día y algo de noche, y somos un poco tierra y un poco agua y un poco viento.