Artículo por: por Revista Primera Piedra Nº 762 | Ene 22, 2018 | (Por John Bellamy Foster, editor general de Monthly Review.)

Este artículo es una versión revisada de “The Meaning of Work in a Sustainable Society: A Marxian View”, publicado en marzo de 2017 por el Center for the Understanding of Sustainable Prosperity de la University of Surrey.
¡Al diablo con esta vida ociosa! Quiero trabajar.
William Shakespeare, Enrique IV, Parte I, Acto II, Escena IV.

La crítica de la división del trabajo.

Marx y Morris argumentaron que la repulsión hacia el trabajo en la sociedad burguesa se debe a la organización alienante del trabajo, en una visión que combinaba la crítica estética del capitalismo con la crítica político-económica. Desde las primeras civilizaciones humanas, e incluso antes, las divisiones del trabajo se establecieron entre el género masculino y el femenino, entre la ciudad y el campo, y entre el trabajo intelectual y el trabajo manual. El capitalismo extendió y profundizó esta división desigual, dándole una forma aún más alienante, al separar a los trabajadores de los medios de producción e imponer un régimen laboral rígidamente jerárquico que no solo divide a los trabajadores en función de las tareas que realizan, sino que fragmenta al propio individuo. Esta profunda división del trabajo es la base sobre la que la clase capitalista garantiza el orden social. Derrocar el régimen del capital significa, ante todo, trascender el extrañamiento en el trabajo y crear una sociedad profundamente igualitaria basada en la organización colectiva del trabajo por parte de productores asociados.

La crítica a la división del trabajo bajo el capitalismo no fue un elemento menor para Morris, como tampoco lo fue para Marx. En una traducción libre de la edición francesa de El Capital, Morris escribió: “No es solo el trabajo el que se divide, subdivide y reparte entre diversos hombres: es el hombre mismo el que se escinde, transformándose en el resorte automático de una operación única y repetitiva”.[36] Morris, que se lamentaba también de la “transformación del operario en una máquina”, vio esto como la esencia de la crítica socialista (y romántica) del proceso de trabajo capitalista.[37]

Estos temas volvieron a aparecer, una vez más, a finales del siglo XX, en la obra de Harry Braverman El trabajo y el capital monopolista: la degradación del trabajo en el siglo XX (1974). Braverman documentó la forma en que el ascenso de la gestión científica del trabajo bajo el capitalismo monopolista, implementada en base a las aportaciones de Frederick Winslow Taylor en Los principios de la administración científica, había convertido la “subsunción formal del trabajo en el capital” en un proceso material real.[38] La centralización del conocimiento y el control tecnocrático del proceso de trabajo permitieron una enorme extensión de la división del trabajo y, en consecuencia, mayores ganancias para el capital. Lo que Braverman llamó la generalizada “degradación del trabajo bajo el capitalismo monopolista” constituyó la base material de la creciente alienación y pérdida de cualificación que se extendieron en el mundo laboral para la gran mayoría de la población.

Sin embargo, la evolución de la tecnología y de las capacidades humanas apuntaban hacia nuevas posibilidades revolucionarias, que estaban más en sintonía con Marx que con Smith. Como Braverman escribió:

“La tecnología moderna, de hecho, tiene una poderosa tendencia a romper las antiguas divisiones del trabajo, volviendo a unificar los procesos de producción. […] Los alfileres de Adam Smith, por ejemplo, ya no los hace un trabajador que estira los alambres, otro que corta las medidas, un tercero que da forma a las cabezas, un cuarto que las fija a los alfileres, un quinto que afila la punta, un sexto que les da un baño de estaño y los blanquea, el de más allá que los coloca en un papel, etc. El proceso total se reunifica en un sola máquina, que transforma grandes rollos de alambre en millones de alfileres, preparados en su papel y listos para la venta. […] El proceso reunificado, en el cual la ejecución de todos los pasos corresponde al mecanismo operativo de una sola máquina, parece casar bien con un colectivo de productores asociados, ninguno de los cuales debería dedicar toda su vida a una sola función, siendo posible que todos ellos participaran en la ingeniería, diseño, mejora, reparación y puesta en marcha de máquinas cada vez más productivas. Tal sistema no implicaría pérdida de productividad y representaría la reunificación de la fábrica en un cuerpo de trabajadores muy superior a los antiguos artesanos. En definitiva: los trabajadores pueden convertirse hoy en maestros de la tecnología que manejan y controlar el proceso productivo desde el terreno de la ingeniería, y pueden, además, distribuir entre ellos de manera equitativa las diversas tareas relacionadas con esta forma de producción, que se ha vuelto tan fácil y automática”.[39]

Para Braverman, el desarrollo tanto de la tecnología como del conocimiento y capacidades humanas, junto con la automatización, permiten una relación más completa y creativa del trabajador con respecto al proceso de trabajo, en contraste con la extrema división del trabajo que caracteriza a un sistema capitalista basado únicamente en la acumulación de beneficios. Esto abre nuevos horizontes para el trabajo no alienado y el desarrollo de destrezas en el puesto de trabajo, recuperando, a un nivel superior, lo que se ha perdido con la desaparición del trabajador artesanal. Pero hacer de esta posibilidad una realidad efectiva requiere un cambio social radical.

Un aspecto clave de la obra de Braverman era la crítica al marxismo, en la forma en que este se había desarrollado en la Unión Soviética, donde habían surgido entornos de trabajo degradado similares a los del capitalismo, pero sin la coacción del desempleo, lo que resultaba en problemas crónicos de productividad. Lenin había abogado por la adaptación de algunos aspectos de la gestión científica de Taylor en la industria soviética, alegando que combinaba “la refinada brutalidad de la explotación burguesa y algunos de los mayores logros científicos en su campo”. Los planificadores soviéticos posteriores hicieron caso omiso de los elementos más críticos de la propuesta de Lenin e implementaron un taylorismo puro, reproduciendo así los métodos más crudos de la organización del trabajo capitalista.

En la URSS y en la izquierda en general, la crítica de Marx (y Morris) al proceso de trabajo capitalista fue en gran parte olvidada, y el horizonte de progreso se vio reducido a mejoras relativamente menores en las condiciones de trabajo, a un cierto grado de “control obrero” y a la planificación centralizada de la economía. “Las similitudes entre las prácticas soviéticas y las propias del capitalismo”, escribió Braverman, “pueden conducir a la conclusión de que no hay otra manera de organizar la industria moderna” ―una conclusión que, sin embargo, va en contra del verdadero potencial contenido en la tecnología moderna para el desarrollo de las capacidades y necesidades humanas―.[40] Para Braverman, la alienación y la degradación del trabajo no son inherentes a las relaciones de trabajo modernas, sino que son el resultado de priorizar, por encima de cualquier otra cosa, el beneficio y el crecimiento; una vía, esta, que al ser parcialmente imitada en la Unión Soviética, socavó la inicial promesa de liberación contenida en la revolución.

Un mundo de trabajo creativo

Lo anterior sugiere que la esencia de una futura sociedad socialista sostenible debe ubicarse en el proceso de trabajo ―dicho en términos de Marx: debe girar en torno a la cuestión del metabolismo naturaleza-sociedad―. Las visiones de un futuro postcapitalista que giran en torno a la expansión del tiempo de ocio y la prosperidad general, sin abordar la necesidad de un trabajo con sentido, están destinadas a fracasar.

Sin embargo, hoy en día la mayoría de las representaciones de una sociedad futura sostenible toman el trabajo y la producción como dimensiones absolutamente determinadas por la economía y la tecnología, o simplemente como realidades que irán siendo desplazadas por la automatización. En consecuencia, la maximización del ocio aparece como el objetivo más elevado de la sociedad, a menudo acompañado de la garantía de algún tipo de renta básica.[41] Esto se puede ver en los trabajos de teóricos como Serge Latouche o André Gorz. El primero define el “decrecimiento”, del cual es un destacado defensor, como una formación social “más allá de la sociedad basada en el trabajo”. Despacha rápidamente los argumentos de aquella izquierda que aboga por el desarrollo de una sociedad en la que el trabajo asuma un papel más creativo, tildándolos de “propaganda pro-trabajo”. Es partidario, en cambio, de una sociedad en la que “el ocio y el juego tengan tanto valor como el trabajo”.[42]

Los primeros análisis ecosocialistas de Gorz adoptan una postura similar. En su libro Los caminos del paraíso (1983), subtitulado (en la traducción inglesa) Sobre la liberación del trabajo, regresa a la noción aristocrática de Aristóteles, según la cual la vida es más gratificante fuera del ámbito mundano del trabajo. Gorz prevé una gran reducción del tiempo de trabajo ―“el fin de la sociedad del trabajo”―, calculando que los empleados trabajarán solamente mil horas al año, en el transcurso de veinte años de vida laboral. Esta reducción del tiempo de trabajo formal planteada por Gorz, según él inevitable en una sociedad futura, es la idea de una sociedad en la que todos somos pequeño burgueses ―gracias a la “revolución microelectrónica” y a la automatización―, como explicaremos enseguida.

Las relaciones de trabajo estándar, tal como se conciben en Los caminos del paraíso, estarían dominadas por la automatización, y la reducción resultante de las horas de trabajo permitiría compartir los trabajos más divertidos y profesionales entre más personas. Sin embargo, todo esto ocupa un lugar secundario: lo más importante es la promesa de un gran aumento del tiempo libre, permitiendo a las personas participar en todo tipo de actividades autónomas, concebidas como actividades de ocio individual y de producción doméstica, y no en términos de trabajo asociado. El centro de trabajo capitalista sigue organizándose en base a la administración científica taylorista, mientras que las cuestiones más complejas relacionadas con la automatización y la degradación del trabajo apenas se examinan. La libertad es vista como no-trabajo, en la forma de puro ocio, o como producción casera o informal. El punto de vista socialista alternativo, que pone el foco en la transformación del trabajo mismo en una sociedad futura, es descartado rotundamente como un dogma de “los discípulos de la religión del trabajo”.[43]

Lo relevante es darse cuenta de que este tipo de proyecciones acerca de la sociedad capitalista avanzada, basadas en la automatización y la robotización ―y que con frecuencia se consideran representativas de tendencias teleológicas inevitables, provocando discusiones sobre “un mundo sin trabajo”―, no concuerdan con una concepción de la economía y la sociedad en estado estacionario, donde los seres humanos no serían apéndices de las máquinas ni sus siervos.[44] El fatalismo hoy dominante no está suficientemente cimentado en una crítica de las contradicciones capitalistas contemporáneas. Es posible afirmar, por ejemplo, y a diferencia de lo que suele suponerse, que en la economía política actual la productividad no es demasiado baja, sino demasiado alta. El mero desarrollo cuantitativo ―medido en términos de crecimiento del PIB― ya no es el desafío clave si se quieren satisfacer las necesidades sociales. En una sociedad más racional y próspera, como argumentan Robert W. McChesney y John Nichols en People Get Ready, se enfatizarían los aspectos cualitativos de las condiciones de trabajo.[45] Las relaciones laborales se verían como una base de igualdad y sociabilidad, en lugar de desigualdad y asocialidad. Los empleos repetitivos y poco cualificados serían reemplazados por formas de empleo activo, que pudieran contribuir al desarrollo humano integral. La tecnología, que constituye un valioso conjunto de conocimientos históricamente acumulados, se utilizaría para la promoción del progreso social sostenible, en lugar de para aumentar las ganancias y la concentración de capital de unos pocos.

Los seres humanos no solo necesitan un trabajo creativo en sus roles como individuos, sino que también lo necesitan en sus roles sociales, ya que el trabajo es un elemento constitutivo de la sociedad misma. Un mundo en el que la mayoría de la gente se retira de las actividades laborales, como sucede en la novela futurista de Kurt Vonnegut, La pianola, sería poco más que una distopía.[46] El fin del trabajo, al que se aspira en muchas proyecciones de futuro, solo podría conducir a una especie de alienación absoluta: supondría alejarnos del núcleo de nuestra “actividad vital”, la que nos hace seres humanos, agentes transformadores que interactúan con la naturaleza. Abolir el trabajo constituiría una ruptura con nuestra existencia objetiva en su forma más significativa, activa y creativa ―una ruptura con la propia especie humana―.[47]

La incapacidad de la que adolecen algunas visiones de una prosperidad sostenible para entender todo el potencial del trabajo humano libremente asociado socava, además, las (a menudo valientes) críticas al crecimiento económico que caracterizan al ecologismo radical actual. La desgraciada consecuencia es que muchos de los argumentos a favor de una sociedad próspera sin crecimiento tienen más en común con Bellamy que con Morris (o con Marx), ya que se centran casi exclusivamente en la expansión del ocio como no trabajo, mientras que minimizan las posibilidades productivas y creativas de la especie humana. En verdad, es imposible imaginar un futuro viable que no se centre en la metamorfosis del trabajo en sí mismo. Para Morris, como hemos visto, el arte y la ciencia son los dos ámbitos “inagotables” de la creatividad humana, en los que todas las personas podrían participar activamente en un contexto de trabajo humano asociado.

En una sociedad socialista futura, caracterizada por una prosperidad sostenible, que reconociera los límites materiales de la Tierra como su principio esencial ―de acuerdo con la máxima de Epicuro, según la cual “la riqueza, sin límites, es una gran pobreza”―, sería crucial concebir nuevas relaciones de trabajo, social y ecológicamente reproductivas.[48] La idea heredada de que la maximización del ocio, el lujo y el consumo es el objetivo principal del progreso humano, y de que la gente se negará a producir si no está sujeta a la coacción o impulsada por la codicia, pierde gran parte de su fuerza a la luz de las contradicciones cada vez más profundas de nuestra sociedad sobre-productora y excesivamente consumista. Esta visión hegemónica va en contra de nuestros conocimientos antropológicos con respecto a muchas culturas precapitalistas y está lejos de constituir una concepción realista de la naturaleza humana, que tenga en cuenta la evolución histórica de los seres humanos en tanto que animales sociales. La motivación de cada uno para crear y contribuir a la reproducción social de la humanidad, junto con las normas superiores resultantes del trabajo colectivo, proporcionan estímulos poderosos para continuar el libre desarrollo humano. La crisis universal de nuestro tiempo necesita una época de cambio revolucionario intransigente; uno destinado a aprovechar la energía humana para el trabajo creativo y socialmente productivo en un mundo ecológicamente sostenible y sustantivamente igualitario. Al final, no hay otra manera de concebir una prosperidad verdaderamente sostenible.

[36] Thompson, William Morris, pp. 37-38; Marx, Capital, vol. 1, p. 481.
[37] Ruskin, The Stones of Venice, vol. 2, p. 163; Thompson, William Morris, pp. 37-38.
[38] Harry Braverman, Labor and Monopoly Capital, Nueva York: Monthly Review Press, 1998.
[39] Braverman, Labor and Monopoly Capital, p. 320.
[40] Braverman, Labor and Monopoly Capital, pp. 8-11. A partir de la década de 1930, la psicología de las relaciones humanas se introdujo en la gestión de la empresa, supuestamente para hacer que el trabajo fuera más placentero y menos alienante, aunque en realidad no se introdujo ningún cambio significativo que pudiese contrarrestar la degradación objetiva que sufrió el trabajo. Braverman aborda esto en un capítulo titulado “The Habituation of the Worker to the Capitalist Mode of Production”.
[41] Aunque también hay algunas visiones progresistas del futuro que no caen en el determinismo tecnológico y otorgan un papel central a la agencia humana. Véanse, por ejemplo, los argumentos de Paul Mason, Postcapitalism, Londres: Penguin, 2015.
[42] Latouche, Farewell to Growth, pp. 81-88.
[43] Gorz, Paths to Paradise, pp. 29-40, 53, 67 y 117; Herbert Applebaum, The Concept of Work, Albany: State University of New York Press, 1992, pp. 561-65. Se podría argumentar que el análisis del trabajo que hace Gorz en su posterior Capitalism, Socialism, Ecology es más matizado. Pero en esta obra Gorz sigue dando por buena la idea de que, según la concepción clásica, el trabajo es “dolor, irritación y fatiga”. La idea del trabajo como un proceso creativo sería, de acuerdo con esto, una invención del movimiento obrero en el siglo XIX. Gorz afirma, por ejemplo: “La ideología del trabajo, según la cual ‘el trabajo es la vida’, y que exige tomárselo en serio y tratarlo como a una vocación ―junto con la concomitante utopía de una sociedad gobernada por los productores asociados [la concepción de Marx]―, favorece los intereses de los empresarios, consolida las relaciones capitalistas de producción y dominación, y legitima los privilegios de una élite laboral”, Capitalism, Socialism, Ecology, Londres: Verso, 1994, pp. 53 y 56.
[44] Derek Thompson, “A World Without Work”, Atlantic, julio-agosto de 2015.
[45] Robert W. McChesney y John Nichols, People Get Ready, Nueva York: Nation, 2016, pp. 96-114.
[46] Kurt Vonnegut, Jr., Player Piano, Nueva York: Simon and Schuster, 1952.
[47] Marx, Early Writings, pp. 327-29.
[48] Brad Inwood y L. P. Gerson (eds.), The Epicurus Reader, Indianapolis: Hackett, 1994, p. 37.
Fuente: https://monthlyreview.org/2017/09/01/the-meaning-of-work-in-a-sustainable-society/
Traducción: Pablo Scotto Benito.

Fuente Análisis Semanal Revista Primera Piedra Nº 762