Al lado de otros grandes problemas globales, la guerra comercial no era el mayor riesgo del año

Por una razón u otra cada inicio de año, a invitación de alguien que cree en el buen juicio de quien suscribe, vengo preparando una presentación de lo que pueden ser las perspectivas del año en curso. Más allá de mis intuiciones -mejores por olfato de viejo que por capacidad predictiva de economista académico-, suelo acudir a la Inteligence Unit (quien no lo haría con este reclamo) para ver como identifica ‘The Economist’ los riesgos globales de la economía. Este año en el primer rango y con la más alta intensidad (esto es, por encima del peligro de ciberataques, la inestabilidad por la salida británica de la Unión Europea o de los roces bélicos de soberanía en el Sur y Este del mar de la China) se identificaba la guerra comercial entre Xi Jinping y Donald Trump; esto es, entre China y los Estados Unidos.

Trump y Xi Jinping se dan otra tregua en la guerra comercial

Una primera valoración con detalles filtrados desde la experiencia me hacía sin embargo reclasificar aquel diagnóstico hacia derroteros menos dramáticos. Al fin y al cabo, el mayor contendiente pesa menos ahora que hace una década. Estados Unidos supone una cuarta parte del comercio mundial (en pasadas confrontaciones era un tercio y China tiene solo un 15% de sus exportaciones con destino USA). Existen más intraáreas comerciales que en el pasado, lo que permite salidas comerciales alternativas (la propia Unión Europea, y con Mercosur estos mismos días) y el comercio moderno se mueve en clave electrónica transfronteriza de más difícil control.

Gana peso por lo demás el registro de cuánto produce un país en otro y no cuánto exporta al país en cuestión, y las economías, en la medida que se desarrollan desde los servicios e intangibles más que desde las manufacturas tradicionales, ven como el armamento arancelario pierde importancia. En cualquier caso, una guerra plena, estimaba la fuente consultada, podría representar un retroceso a tres años, para el PIB mundial, de un punto. Concluía yo que ante otros problemas por los que atraviesa la humanidad (el cambio climático) o las potencialidades que ofrece el desarrollo de Africa, entre otros vectores de la mano de la inversión china (que ya no sabe dónde colocar sus excedentes), no me parecía el de la guerra comercial el mayor peligro del año. Y afortunadamente, así creo será después de la cumbre de los G20.

En cualquier caso me gustaría destacar aquí el hecho de que China sea hoy la contraparte más relevante del tablero de poder internacional. Tenía yo un tío abuelo que no paraba de criticar el Domund (domingo mundial de las misiones) en el que todos recogíamos dinero de nuestros próximos para dotar una huchas que llevaban como reclamo las caritas de unos negritos y un oriental, alegando que cuando estos tuvieran las barrigas llenas vaciarían las nuestras. Sin duda exageraba, pero lo cierto es que hoy China con su comercio a precio reventado ha llenado sus balances con montañas de divisas (dólares en particular). Y con más intuición propia que entendimiento ajeno, en lugar de relanzar toda su economía ha invertido solo una parte de estas ganancias en modernizar sus ciudades (no las zonas rurales), privilegiando una élite y no mejorando el bienestar social de sus trabajadores o acabando con la miseria de millones de conciudadanos.

Ciertamente el empuje de demanda que esto hubiera supuesto probablemente acabara calentando más su economía con una hiperinflación que por esta puerta trasera erosionase las rentas reales y su competitividad. Más seguridad ofrecía para el Gobierno chino, con los dólares acumulados por sus exportaciones, comprar activos ‘made in USA’: bonos municipales y todo lo que se ponía por delante. Recuerdo en mi época estadounidense el escándalo que supuso conocer que quien había comprado todo o parte del puerto de San Francisco (ya se sabe que la gestión privada por sociedades anónimas lo permite) fuese capital chino. ‘America First’ tenía que compaginar mal con una situación que sin dominar las entradas marítimas del Pacífico perdiera el control -así se decía- de la entrada de cabezas nucleares y padeciera formas diversas de espionaje industrial. Herido el orgullo, ha sido finalmente Donald Trump quien, con el reclamo del evidente ‘dumping’ social, ha abierto el ataque.

Seguro que las guerras comerciales son malas. Todos pierden. Al menos en el corto plazo. A largo plazo ello puede ser más discutido en función del tipo de importaciones que se han de sustituir y las capacidades respectivas para, haciéndolo, reforzar autárquicamente la eliminación de dependencias. Pero en un mundo global, volver a las barricadas no parece ser la mejor opción.

De la información disponible de lo tratado en Osaka estos días sabemos dos cosas. Una que el conflicto, aún sin armisticio, no se ha agravado. Y segundo, que este tipo de conferencias siempre tienen el valor de posibilitar el diálogo. Lo que no es poca cosa, aun siendo la discusión a menudo subida de tono y con protagonistas (Jinping y Donald) que no me llevaría yo a mi casa de fin de semana.

Fuente Análisis Semanal Revista Primera Piedra Nº 840

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