Artículo por: Revista Primera Piedra Nº 817 | Feb 11, 2019 | Por Patrice-Hans Perrier

El populismo, nos dice el diccionario, mucho antes de ser un movimiento político, fue una corriente literaria que buscaba retratar la vida de la gente común. Y que es el pueblo? Es un grupo de humanos, una comunidad que vive en sociedad, compartiendo costumbres y una historia. Finalmente, son las personas las que dan forma a la nación. El populismo parece hacerse eco de la indiferencia de la élite ante la miseria del pueblo.

Los medios de comunicación rebosan sobre un nuevo populismo que amenaza a nuestras sociedades democráticas. Hablamos de la revuelta del pueblo.

Muchos franceses de la “Francia profunda” decidieron asaltar el espacio público un día a la semana. El movimiento de los chalecos amarillos se desborda sobre los lugares públicos y rotondas todos los sábados. Por qué sucede esto? Este movimiento de revuelta no tiene nada que ver con una huelga que se llevaría a cabo durante los días hábiles o una serie de eventos organizados por las principales organizaciones sindicales. No!

Más bien, es un movimiento de rebelión espontáneo, que se viene gestando desde la revuelta de los bonnets rojos, que comenzaron en Bretaña alrededor de 2013 y que se ha extendido a los cuatro rincones de una Francia popular que se siente engañada por sus élites parisinas. Es la Francia, que se levanta temprano por la mañana para ir a trabajar, que es estrangulada por una carga fiscal abrumadora y que es testigo de la destrucción de todo lo que fundó una calidad de vida que fue envidiada por todos.

El diario Le Devoir ha publicado, el sábado pasado, una serie de artículos en los que trata de definir el populismo en un contexto en que la gente común ya no confía en sus elites. El periodista Fabien Deglise retoma las palabras de Catherine Côté, profesora de la Universidad de Sherbrooke, para quien “los movimientos de indignación han traído de vuelta al ciudadano [el populista] hacia la política. ¿Hasta qué punto este retorno se hará hacia la democracia? es otra historia Cuando no te sientes representado, hay una fuerte tentación de cuestionar la validez y legitimidad del sistema democrático que se suponía debía representarlo”.

Sin embargo, un tercio de los votantes potenciales, en Quebec como en Francia, que no se mueven para ir a votar bien podrían constituir un grupo significativo de esta nueva cohorte de “populistas”. Estos son los eternos engañados por un sistema que es una forma de espectáculo que no representa a las capas populares. La mayoría silenciosa de alguna manera que las elites tienen miedo de que se despierten y los sobrepasen.

Los periodistas de Le Devoir (diario independiente de Québec, Canadá) se regocijan, apoyándose en los argumentos de algunos intelectuales, porque este resurgimiento del populismo puede hacer que el ciudadano vuelva a la política, mientras que muchos de los que se quedan atrás no quieren escuchar nada del juego electoral.

Sin embargo, los principales interesados se toman la molestia de advertirnos que el populismo de derecha sería peligroso debido a su aspecto “reaccionario”, su disposición a botar la democracia representativa que bien podría ser solo un señuelo para abandonarla al final.

Sin embargo, Fabien Deglise periodista de Le Devoir, cree que “el veneno a veces puede ser la cura”. La izquierda estaría interesada en aprovechar esta ira popular para “contribuir a refundar o rehabilitar este sistema de representación política en crisis, dice el periodista. Curiosamente, la “izquierda-caviar” (N de la Red PPiedra: izquierda acomodada con el sistema), que monopoliza una parte importante de los medios de comunicación e instituciones públicas, se da cuenta de que la mayoría silenciosa ya no le compra sus discursos.

Así se intenta en Francia, apoyado por el presidente Macron, lanzar un pseudo debate nacional en el vacío, para recuperar el movimiento desactivando la carga populista que corre el riesgo de explotar tarde o temprano. Las principales partes interesadas, si toman nota de la falta de justicia social o la falta de equidad fiscal que aflige a la gente común, temen un populismo de derecha que se base en los sentimientos xenófobos, o sobre el rechazo a este gran proyecto globalista en que habitan.
Aquí está el problema: nuestros observadores más agudos todavía no entienden que el nuevo populismo no es una de las categorías de conceptos propuestos anteriormente por la izquierda o la derecha. Este populismo corresponde a la voluntad manifiesta de los que se han quedado fuera de la globalización para proteger la poca dignidad que les queda. Es decir, ser capaces de satisfacer necesidades vitales, al mismo tiempo que compartir valores comunes, y poder transmitir un patrimonio cultural a las generaciones futuras.

Fuente Análisis Semanal Revista Primera Piedra Nº817

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