Carlos Belli-Bello
Consejero Especial para los Asuntos Africanos en la presidencia de Angola. Consultor Internacional

 

COMO DIRIGENTE del conjunto de organizaciones revolucionarias que luchaban contra el colonialismo portugués, junto con Mario de Andrade, Amílcar Cabral, Agostinho Neto, Aquino Braganza, Marcelino dos Santos, Aristides Pereida, Pinto da Costa, Luis da Almeida, Paulo Jorge y otros, tuve el privilegio de entrevistarme con el Che durante su periplo africano a finales de 1964.

El martirologio de Patricio Lumumba lo había marcado muy profundamente, sentía que la conjura imperialista había arrancado la vida a uno de los más preclaros hombres de África, y ya entonces nos decía que su asesinato demostraba el miedo, el terror que sentían los imperialistas ante el surgimiento de un líder capaz de conducir a su pueblo a la lucha por alcanzar su genuina independencia, el disfrute de sus más sagrados derechos.

El Che conoció por nosotros el nivel de explotación existente en África, muy superior al de América Latina; cómo las metrópolis saqueaban nuestros recursos naturales; cómo los africanos éramos considerados como ciudadanos de tercera categoría; y en los países colonizados, no se nos reconocía derecho alguno, se mantenía a la mayoría de nuestros pueblos sumidos en la ignorancia, en el límite de la pobreza, semiesclavizados.

Su sensibilidad humana, su profundo sentimiento del dolor ajeno como propio, lo identificó de inmediato con la lucha de nuestros pueblos, principalmente con los que ya habíamos empuñado las armas para lograr nuestra libertad política, económica y social.

Con la modestia que lo caracterizaba, con el mayor respeto a nuestras opiniones, nos habló de los duros años de lucha contra la dictadura de Batista, de la guerra que supieron conducir desde el oriente al occidente del país, como verdaderos continuadores de la histórica hazaña de Maceo y Máximo Gómez contra el colonialismo español.

Su pensamiento político estuvo siempre unido a su experiencia militar. Si bien fue un hombre de una ideología férreamente definida al lado del dolor de los humildes, también fue un hombre que dominaba con maestría el arte de la guerra revolucionaria.

A nosotros del MPLA que combatíamos con las armas en Angola, sin recriminaciones, nos hablaba de la experiencia cubana en su lucha de liberación, y el papel que debían jugar los dirigentes revolucionarios en la guerra de liberación nacional, al lado del pueblo, al frente del combate, al lado de los que estaban dispuestos a entregar generosamente sus vidas por alcanzar la libertad.

En nuestros contactos con el Che no solo intercambiamos experiencias, no nos beneficiamos solamente con el conocimiento de su concepción científica del mundo, de la caracterización del colonialismo, el imperialismo y su política opresora, sino que también conocimos su profundo sentimiento solidario, internacionalista.

Como representante legítimo de la Revolución de Fidel Castro, que pocos años atrás había tomado por asalto el futuro, el Che nos ofreció la ayuda militante que era posible en aquellos difíciles momentos: entrenamiento militar, becas de estudio superiores y tecnológicas, instrumentos agrícolas para las zonas liberadas, medicamentos, armas y municiones, y el apoyo político, material y moral de la Revolución Cubana, a pesar de que nada les sobraba, y que un uniforme, un arma, un grano de arroz que nos proporcionaran, era parte de lo que tenían los cubanos para su sustento y su defensa de la Revolución.

No había otra prueba más cierta del significado de sentir en carne propia el dolor ajeno, como sentenció José Martí. No había enseñanza más loable que el internacionalismo proletario que profesaba el Che en todos los actos de su vida.

Cuando la ayuda cubana se hizo necesaria físicamente por vez primera en nuestras tierras africanas, el Che no titubeó ni un instante en pedir a su Comandante en Jefe que le permitiera marchar al frente de los instructores militares internacionalistas cubanos que irían al entonces Congo Leopoldville, hoy, treinta años después, República Democrática del Congo, para preparar y trasladar sus experiencias a los comandos guerrilleros del Consejo Supremo de la Revolución Congolesa, que dirigido por Gastón Soumialot y Laurent Desiree Kabila, luchaban por el derrocamiento del dictador Moises Thombe, impuesto por los imperialistas, y uno de los principales responsables del asesinato de uno de nuestros más gloriosos mártires, Patricio Lumumba.

La extraordinaria capacidad político-ideológica del Che, le permitió enriquecer en el Congo el conocimiento de la realidad africana, allí supo de la herencia dejada por los colonialistas a una sociedad dividida por el sistema esclavista, el feudalismo, el patriarcado, el fetichismo y la incultura, que sumía en las sombras las mentes de los combatientes congoleses, enfrascados además en luchas tribales y regionales.

Esa situación provocaba que los combatientes, orientados por los Mugangas, que servían de sacerdotes y curanderos, vieron a los mercenarios blancos enviados por el imperialismo como dioses inmortales a los que no penetraban las balas.

La extraordinaria capacidad política del Che le hizo comprender y adentrarse en esta situación. Aunque no había podido lograr que los principales dirigentes del Consejo Supremo de la revolución entraran al campo de batalla, decidió por sí mismo convertir al centenar de cubanos que allí se encontraban en asesores de combatientes guerrilleros, que demostraran que los blancos no eran infalibles y podían ser derrotados, que el combate no se abandonaba sin una estrategia y táctica adecuada al momento, que en la revolución se triunfa o se muere.

Comenzó a tomar clases de Swahili para poder comunicarse directamente con los combatientes congoleses, se vinculó con los Mugangas para tratar de neutralizar sus orientaciones fetichistas que auguraban de antemano si un hombre debía o no ir al combate; a los que hablaban francés les impartió clases sobre la historia, sobre sus propias realidades, sobre el colonialismo y el imperialismo y sus bases de sustentación, de la necesidad de combatir hasta alcanzar la victoria.

Como médico, atendió a los enfermos, consoló a los desválidos, y realizó, conjuntamente con el combate militar, un trabajo político en las aldeas que ocupaban para sumar adeptos, explicar las razones de la lucha.

Solo un hombre de su capacidad, de un pensamiento político tan avanzado, era capaz, viniendo del hemisferio occidental, de comprender estas realidades, tratar de modificarlas en favor de la Revolución, y ponerse al frente del combate, a pesar de su elevada grandeza, arriesgando su vida por África.

El Che salió de África para prepararse para su último destino, la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional de Bolivia, pero, a pesar de todo lo que se ha dicho, de lo que hoy escriben o imprimen en imágenes los que quieren perpetuar su memoria o mezquinamente falsear la realidad de su vida heroica, responsablemente digo que el Che salió de África victorioso.

El empuje del movimiento guerrillero en el Congo obligó al imperialismo a buscar un peón de relevo. Thombe fue derrocado, aunque su lugar lo ocupó Kasavubu.

Las enseñanzas del Che viven en África, en la independencia de las colonias portuguesas de Namibia, en los triunfantes combates de Cabinda, Cuito Cuanavale, y en otras regiones de Angola; en la eliminación del apartheid que tanto aborreció por su carácter racista, criminal y explotador.

El Che vive en los pueblos africanos que expresan su solidaridad con Cuba, que lo mantienen como bandera en las fachadas de sus casas.