Artículo por: Revista Primera Piedra Nº 759 | Ene. 01, 2018 | Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

En la democracia fiduciaria los comicios electorales equivalen a la compra-venta en los supermercados, en que los candidatos ofrecen todo tipo de productos a sus clientes a cambio de que compren sus promesas, ofertas para que concurran a sufragar.

Edmund Burke, en sus Cartas a los electores de Bristol define, a la perfección en qué consiste la democracia representativa o fiduciaria: cuando elector entrega su voto al representante y este podrá hacer lo que quiera durante el período de su mandato, y el representado no tiene ningún derecho a revocarlo en su cargo – en el caso chileno, durante cuatro años – y el único castigo, si realiza una mala gestión, es abstenerse de votar por él en la siguiente elección.

Los especialistas, muy siúticamente, han puesto de moda el término “electorado líquido” para referirse al cambio de opinión entre una elección y la siguiente y, a veces, ni siquiera media un mes entre la primera y la segunda vuelta. El 17 de noviembre parecía que los electoresclientes se habían pronunciado por la centro-izquierda, y los dirigentes del Frente Amplio se mostraban felices, mientras que los de Piñera, decepcionados y tristes; en la segunda vuelta, 19 de diciembre, la opinión de los clientes-electores cambió radicalmente: Piñera arrasó y Guillier terminó perdiendo por más de 600 mil votos, el 9%.

Predecir la conducta de los consumidores electores es casi imposible: por ejemplo, el diputado Pepe Auth, un reputado analista de la plaza, aseguraba que mientras más ciudadanos concurrieran a las urnas, mejores posibilidades se daban para Guillier de vender sus productos, pero en el mercado ocurrió todo lo contrario, votaron más 7 millones en la segunda vuelta contra 6 millones en la primera y, claro, estos nuevos votantes fueron para Piñera, que le permitió triunfar y convertirse en Presidente.

Culpar a las encuestas de los errores en los pronósticos es pueril, pues hasta el más tonto de los comentaristas lo repite. Este fenómeno ocurre en todas las elecciones: en las de Estados Unidos, con Trump, en el Brexit, en Inglaterra, en la primera y segunda vueltas en las recientes elecciones en Chile, en Cataluña, y así sucesivamente, pero aun cuando estén desprestigiadas, los banqueros y empresarios seguirán alimentando a las empresas encuestadoras – en el caso chileno, CADEM Y CEP, especialmente -.

Ad portas del Año Nuevo no faltan los ingenuos que creen que por hacerse a prendas interiores amarillas o comer lentejas o 12 uvas, se convertirán en millonarios en el 2018. No faltó el cándido que preguntara a los numerólogos, tarotistas, astrólogos y otras yerbas, en los programas matinales, quién ganaría las elecciones y, como los arcanos mayores son “todos momios”, pronosticaron por Piñera, y le apuntaron un 100%, y ningún mago dio como ganador a Guillier – claro que no había que ser muy acertado para ganar su predicción -.

Piñera fue mucho mejor vendedor que Guillier, no lo podemos negar – por algo es una profesional de la pillería. ¡Cuánta razón tenía el utopista al expulsar a los comerciantes de sus falansterios! Lo mismo había hecho Jesús de Nazaret con los vendedores del Templo.
Piñera supo explotar bien los miedos de los clientes, y los temores de los fachos pobres a caer en la miseria de la cual acaban de salir gracias al chorreo del neoliberalismo, supo meter en la mente de los visitantes del Mall electoral que el país, si votaban por Guillier, se convertiría en “Chilezuela”, y el Costanera Center estaría con sus góndolas vacías – en vez del rico Pan de Pascua estaríamos consumiendo pan duro e, incluso los Plasmas y celulares habría que rematarlos al mejor postor -. El hambre de poder es mil veces más útil que la siesta irrenunciable de poder, es decir, “el fin justifica los medios”, pues lo que cuenta en una elección es llegar al poder.

Si el elector es un cliente, no tiene ningún sentido la existencia de derechas, izquierdas o centros en política, pues la ideología sólo puede venderse en tiendas de viejos – como la de libros antiguos en la Calle San Diego y en otros lugares especiales de Santiago – que sólo los adquieren los coleccionistas. Hoy, hablar de la doctrina democratacristiana, socialista, comunista… es sólo recordar cosas obsoletas, como el tren eléctrico tan apetecido por los niños, en los años 50.

Para los clientes debieran existir otros partidos políticos que se llamaran “Penta, BCI, Santander, Banco de Chile” y que fueran financiados por estas instituciones. Sólo personas muy básicas pueden creer que el voto de los ricos vale igual que el de los pobres, que los ciudadanos de La Pintana son iguales a los de Las Condes. Si estudiamos la realidad de las últimas elecciones, en Las Condes hubo una abstención del 20% a lo sumo, mientras que en las comunas populares hubo más del 70% de abstención, es decir, el sufragio de los ricos vale más de tres veces que el del pobre. En el Mall, una persona de altos ingresos puede comprar en el Jumbo, productos más finos y sanos que en la tienda de la esquina de un barrio marginal.

El Mall es el zoológico de los pobres donde se divierten los niños junto a sus padres, y tal vez puedan adquirir un plasma a crédito, que les costará encalillarse de por vida, o bien, que le embarguen sus pocos bienes. (Hasta en Mozambique, en épocas de gran escasez, las mandas de elefantes huían hacia África del Sur).

Fuente Análisis Semanal Revista Primera Piedra Nº759