Artículo por: Revista Primera Piedra Nº 831 | May 20, 2019 | Por Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo).

Siguiendo el consejo de José Ortega y Gasset, “vamos la historia del presente al pasado”. Paradójicamente, Evita fue enterrada en el cementerio de La Recoleta en compañía de tantos oligarcas a quienes tanto odió. Juan Domingo Perón, su marido, fue sepultado en La Chacharita, junto a los pobres.

El tirano Rafael Videla le tenía tanto miedo al cadáver de Evita que terminó por autorizar su sepultación en el cementerio de La Recoleta. Antes, en los años 70, Alejandro Agustín Lanusse, también golpista, pidió que se trasladara el cadáver momificado de Evita desde Milán a Madrid, y le fuera entregado a Juan Domingo Perón. A la reunión que se efectuó con motivo de la recepción del cadáver asistió el embajador de Argentina en España, Jorge Rojas Silveira, Isabel Martínez, José López Riga, y otros.
El ministro que tenía dominada a Isabel Martínez, José López Riga, se dedicaba a hacer sesiones de magia con el cadáver de Evita, con el fin de traspasarle a Isabel las cualidades de la difunta.

Años antes los golpistas militares habían encargada la custodia del cadáver al teniente coronel Eduardo Cabañillas, quien bajo la orden de Pedro Eugenio Aramburu, y ayudado por la iglesia argentina y el Vaticano, (especialmente por la Congregación de los Paulinos), se llevó a cabo el traslado del cadáver a Génova y, posteriormente, a Milán, lugar donde se sepultò con el nombre de María Maggi de Magistri. El Padre Penco, de la Congregación de los Paulinos, se encargó especialmente del cuidado de la tumba.

El 16 de septiembre de 1955, a la caída de Perón, el poder pasó a manos del general Eduardo Leonardi y, posteriormente derrocado por Pedro Eugenio Aramburu; ambos eran partidarios de enterrar el cadáver de Evita y brindarle, en secreto, una cristiana sepultura. El “Gorila” marino, Isaac Rojas, estaba inclinado por quemar el cadáver, pues los militares le tenían terror al cadáver de Evita Perón y podría ser usada en favor de los peronistas.

El 26 de julio de 1952, el día en que murió Evita, Perón, a diferencia de la familia, en vez darle sepultura optó hacerla momificar, a cargo del doctor español, Pedro Aria, guardando el cadáver en el segundo piso de la CGT.

El velorio de Evito Perón ha sido el mes concurrido hasta ahora en la historia argentina, y para el pueblo era una santa.(duro 16 días).

Antes de ser invadida por el cáncer al útero y de padecer dolores mes allá del límite humano, Evita había exigido concurrir a la toma del mando de su marido, utilizando un auto descapotable, preparado especialmente para que pudiera mantenerse de pie.

En agosto de 1941 los sindicalistas de CGT habían convocado a un cabildo, por el cual pedían a Eva Perón que fuera parte de la fórmula presidencial, como candidata a vicepresidenta y su marido que postulaba a la presidencia. Perón no estaba de acuerdo – no se sabe si le tenía envidia o, sabiendo que podía morir en el corto tiempo, quería ahorrarle al país un vacío de poder -.

Hacia el año 1947 Perón no quiso viajar a Europa por el temor de que su encuentro con el fascista Francisco Franco se prestara para malos entendidos. Argentina había regalado toneladas de sacos de trigo a España, cuyo régimen estaba aislado de los demás países de Europa. Perón delegó en su mujer la tarea de representarlo, quien se lució en España a tal punto que las mujeres españolas imitaban la moda de la primera dama argentina. Franco era un repugnante dictador tímido con las mujeres, razón por la cual gozó con la desenvoltura de Evita, a quien consideraba un enano rechoncho. La esposa de Franco, doña Carmen Polo, era una vieja flaca, seca y beata provinciana, (ella, muy chapada a la antigua, decía que las mujeres deberían estar en la cocina y los hombres a pelear; nada mes asqueroso que las mujeres fascistas españolas de la época), y en consecuencia, odió a Evita, una mujer liberada, con personalidad y que se metía en política.

Eva Perón, durante su corta vida – 33 años – tuvo algunos rasgos destacables: en primer lugar, su idolatría por Perón; el segundo lugar, el odio a la oligarquía; en tercer lugar, el amor sincero a los “descamisados”, sobre todo a los niños y a los ancianos; en cuarto lugar, un compromiso en la promoción de la mujer, manifestado en la ley que otorgó el sufragio femenino, en 1946; en quinto lugar, el trato de Evita con los demás era autoritario y hasta despótico.

El historiador Felipe Pigna describe el período del peronismo como de un terremoto, que tuvo lugar en la ciudad de San Juan, hasta un bombardeo, que puso fin al gobierno de Perón, es decir, que nace con terremoto y termina con un bombardeo.

Eva Perón tuvo una infancia bastante desgraciada, empezando por ser una hija adulterina: la familia de su padre, Juan Duarte, líder conservador, muerto en un accidente aéreo, la humilló a tal grado que junto a su madre huyeron a Junín. Si Eva no hubiera tenido una personalidad fuerte y decidida para comenzar una vida en Buenos Aires, luego convertido en vedete y luego gran artista de radioteatro, (representaba a las mujeres famosas de la historia, entre ellas a la emperatriz Carlota de México, jamás hubiera llegado las más altas esferas del poder, conquistando al popular general Juan Domingo Perón.

Desde el nacimiento, en Los Toldos, provincia de Buenos Aires, el 7 de mayo de 1919 y hasta hoy, 2019, muchas mujeres han querido imitar a Evita, entre ellas, la segunda esposa de Perón, Isabel Martínez, y más contemporánea, Cristina Fernández, pero Eva siempre será única para los argentinos.

Fuente Análisis Semanal Revista Primera Piedra Nº 831

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